Aviso: este texto destripa el final de El protegido y de X-Men. Avisados quedan.
Un niño nace en Filadelfia con los brazos y las piernas rotos. Cuando crece no mejora: sus huesos se quiebran como el cristal con cualquier golpe o esfuerzo. Osteogénesis imperfecta. Los otros niños se burlan de él. Para que no se esconda y salga a la calle, su madre le regala un cómic cada vez que lo intenta. Así fue la infancia de Elijah Price: entre viñetas.
De adulto sigue fascinado con los dibujos. Se gana la vida vendiendo cotizadísimo arte original de cómic mientras defiende una extraña teoría: los tebeos son el último eslabón de una forma muy antigua de contar la historia, como las figuras de hombres y animales pintadas en los muros de las tumbas egipcias. Quizás exageran, pero no mienten. Si en los cómics hay héroes y villanos, en el mundo también debe haberlos. Y si él está en un extremo de la fragilidad humana, en el otro tiene que haber alguien indestructible. Un superhéroe.
Para encontrarlo, Elijah está dispuesto a todo. A estrellar un avión, a incendiar un hotel… Hasta que encuentra a David Dunn, el único superviviente del tren que ha hecho descarrilar a las puertas de Filadelfia. M. Night Shyamalan nos contó esta historia en Unbreakable (El protegido), en 2000. Una de esas películas que si la pillas en a medias, haciendo zapping en la TV, la acabas viendo hasta el final.
El primer espejo
Lo inquietante de la película no es el crimen. Es la lógica. Elijah no sabe quién es hasta que encuentra a David. Como los bebés, que hasta los dos años no se reconocen en el espejo, y el día que lo hacen sonríen entusiasmados. Hasta encontrar a David Dunn, Elijah solo se ha visto en el reflejo de los demás: las burlas de sus compañeros, la preocupación de su madre, la lástima de las enfermeras asustadas con sus eternas fracturas… Ese día se convierte en Mister Glass.
¿Y David? Fue una gran promesa del fútbol americano que nunca llegó a cumplirse; ahora es vigilante de seguridad en un estadio, con un matrimonio que se le escapa sin saber qué hacer. Un perdedor que no entiende qué le pasa ni, peor aún, por qué a él. 20 años sin una baja médica, y sin darse cuenta. David Dunn no sabe que es un héroe hasta que descubre al villano. Y hasta convertirse en héroe el espejo no le refleja como necesitaba: con la admiración de su hijo Joseph. Desde esa sonrisa, David tiene el coraje suficiente para salir todas las noches, oculto bajo la capucha de su impermeable, para ayudar a los demás.
Solo al encontrarse, cada uno se reconoce en la imagen invertida del otro. Sin el otro, ninguno de los dos tiene sentido. Y ninguno de los dos es otra especie. Son humanos en los extremos: el más frágil y el indestructible. Lo que los separa no es la biología. Es el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Y la necesidad, terrible, de que otro exista para poder saber quién eres tú.

Más que humanos
La loca teoría de Elijah llevaba décadas en los quioscos. Septiembre de 1963. Doce centavos de dólar. Stan Lee y Jack Kirby lanzan el número 1 de The X-Men. Un profesor en silla de ruedas que lee tu mente, Charles Xavier, abre una academia para educar a chicos con poderes incontrolados. No son adolescentes mordidos por una araña radiactiva, ni tampoco extraterrestres con capa caídos del cielo. Son gente como tú y como yo, con un gen alterado que les da superpoderes. Mutantes.
Enfrente del Profesor X está Magneto. Un hombre con casco que cree que un mutante no es alguien a quien educar: es un homo superior destinado a dominar el mundo. En el número 150 de Uncanny X-Men, Magneto está a punto de matar a una chica. No lo hace. Conmovido, le confiesa de dónde viene. Detrás del casco hay un niño superviviente de Auschwitz: Erik Lehnsherr. Qué ironía: el hombre que proclama el relevo de la especie humana sobrevivió al intento de una autodenominada raza superior de exterminar a quienes consideraba inferiores. La conclusión de Magneto es lógica, pero terrible: si los humanos destruyen lo que no ven como a un igual, mejor pegar primero.
Magneto y el Profesor X son los extremos de una minoría que posee capacidades extraordinarias, pero que es temida, discriminada y perseguida por los humanos. La mutación los ha hecho más que humanos. La pregunta es si también los ha hecho menos humanos.
El segundo espejo
El Profesor X y Magneto tienen poderes extraordinarios, la misma condición de mutantes y la misma certeza: los humanos les temen. Lo que los separa es cómo ven al otro. El Profesor X los juzga por lo que todavía pueden llegar a ser, y para eso no tiene pruebas, solo un pálpito. Magneto juzga a los humanos por lo que el Holocausto le ha demostrado que pueden ser. Magneto quiere proteger a los mutantes de la crueldad humana. El Profesor X quiere evitar que los mutantes reproduzcan esa misma crueldad. Esperanza y desconfianza. Mister Glass sonreiría en esa página del cómic: el superhéroe y el supervillano le dan la razón.
Cuando Bryan Singer llevó X-Men al cine en 2000, el mismo año de El protegido, empezó la película con el terror: un niño en un campo de concentración en Polonia, en 1944, doblando con la mente una verja de hierro mientras los nazis se llevan a sus padres. La última imagen del film era muy diferente: Erik Lehnsherr y Charles Xavier jugando al ajedrez en una celda de plástico, sin peleas.
Ese tablero de ajedrez, que separa adversarios, junta a dos viejos amigos en la escena final de la película. Es el segundo espejo, aunque funciona al revés que el primero. Erik y Charles no lo necesitan para saber quiénes son: lo saben desde hace mucho. Lo necesitan para encontrarse. El ajedrez no se puede jugar solo; hace falta alguien enfrente. Magneto puede creerse una especie superior, pero no tiene a nadie más con quien jugar.

Los nuevos mutantes
La inteligencia artificial es nuestra mutación. Somos centauros digitales: los dos pies nos han mutado en cuatro patas imaginarias que nos permiten trotar a gran velocidad. La metáfora no es nueva. En 1997, el ordenador Deep Blue de IBM ganó al ajedrez al campeón del mundo, Garry Kasparov. Ajedrez, otra vez: qué ironía. Un año después, en León, Kasparov se sentó a jugar con una máquina al lado. A esa simbiosis se la acabó llamando centauro: mitad humano, mitad máquina.
En 2026 se acabó ser un niño frágil: contesta este e-mail, ordena mis carpetas, resume este texto, hazme los deberes. Velocidad, velocidad, velocidad. El superpoder de la IA accesible para cualquiera que tenga una pantalla y una conexión. Por primera vez, millones de personas van a pensar, escribir, calcular y decidir con una amplificación que hace diez años no existía. Mister Glass se muere de risa.
¿Maravillas del hombre-máquina? Elon Musk se ha preguntado si los humanos no seremos el inicio de una futura inteligencia superior. Sam Altman habla de una singularidad amable y abundante. Alex Karp habla de civilizaciones: la república tecnológica como ventaja de Occidente frente a sus adversarios. Tres voces distintas. A mí me suenan a la misma idea: este poder es demasiado grande para estar en malas manos, y las buenas son las suyas. Desconfían de las manos ajenas: esta vez escuchamos a Magneto con la voz de Charles Xavier.
El tercer espejo
Ahora todos somos mutantes superpoderosos, aunque nuestra mutación es un gen alquilado en servidores. Magneto, David Dunn, el Profesor X y los X-Men llevaban el poder en la sangre. Nosotros lo llevamos en una suscripción. Y ese nuevo poder no solo nos añade capacidades. Cambia a quién necesitamos. Antes, para saber algo, le preguntabas a alguien. Para escribir mejor, leías a otro. Para aprender un oficio, te fijabas en tu jefe. Hoy te bastan las patas de la máquina. ¿Cuánto hace que no escribes a un amigo para una recomendación? ¿Para una receta? ¿Para usar la freidora de aire?
Esa máquina eres, en realidad, tú mismo: sin tu pregunta, la IA no existe. Tiene respuesta para todo: es tu entrenador personal, tu secretaria, un motivado nutricionista, un ágil abogado, un psicólogo amable… Y, sin embargo, es un espejo extraño: lleva dentro todo lo que sabe la humanidad, pero no te devuelve tu imagen. Solo te responde a tu pregunta. A ti, desde ti y para ti. Puede hacer casi todo, salvo una cosa: mirarte.
Elijah Price era el único sin superpoderes. Necesitaba a David Dunn para saber quién era. Erik y Charles necesitaban a alguien al otro lado del tablero. Hoy ya no quedan Elijahs: todos llevamos un veloz caballo debajo. Quizá estemos viendo el último baile de Mister Glass: el de un mundo en el que descubrir quién eras sólo podía pasar si lo vivías desde los demás.

