
En 1941, el ingeniero suizo George de Mestral volvió de cazar por los Alpes con su perro cubierto de cardos. Cualquiera se habría limitado a quitárselos cagándose en todo. Él, sin embargo, los recogió, los puso bajo el microscopio y los miró. Vio cientos de ganchitos diminutos enganchados a los bucles del pelo del perro, y de ahí salió el velcro. La palabra velcro, de hecho, casi explica la historia ella sola: se formó juntando la palabra en francés velours (terciopelo) con crochet (gancho).
Esa historia se cuenta siempre por el final: el invento, la patente, el negocio. A mí me interesa el principio. Se suele preguntar por qué se le ocurrió a él y no a los miles de cazadores que habían quitado cardos a sus perros antes. La respuesta no es el cardo, sino lo que De Mestral llevaba en la cabeza: curiosidad, un microscopio en casa y la costumbre de mirar las cosas de otra manera: de lado. Pero ¿y si no se le hubiese ocurrido el invento? Jugar con el microscopio le habría valido exactamente lo mismo. Nadie lo contaría como un ejemplo de ingenio increíble que generó un negocio de millones, pero De Mestral habría entendido algo que antes no entendía. ¿Eso para qué vale? Ahí empieza la utilidad de lo inútil.
Una llama en la Vía Láctea
Cuando he tenido que viajar al norte de Chile, a Antofagasta, por mi trabajo de ingeniero, he aprovechado para hacer lo mismo que casi todos los que pasan por allí: mirar el cielo. Es uno de los mejores lugares para ver las estrellas: la sequedad y claridad del desierto dejan la atmósfera cristalina buena parte del año. Esos cielos inabarcables los vi en San Pedro de Atacama, de paso a ver proyectos, y también más al sur, en la región de Coquimbo, en el valle del Elqui, ahí de paseo con mi mujer y mi hermana. En todos esos sitios aprendí cosas que no me han servido para nada.
Sabemos que los griegos dibujaban constelaciones uniendo estrellas en figuras imaginarias. En Atacama me contaron que los pueblos andinos, y los incas entre ellos, no solo dibujaban figuras con los astros: también se fijaban en los huecos oscuros, en las zonas sin estrellas. En las nubes de polvo de la Vía Láctea que tapan la luz, veían animales: una serpiente, un sapo, una perdiz junto a la Cruz del Sur y, sobre todo, la Yacana, una llama con su cría. Los puntos luminosos eran cosas. Las zonas oscuras estaban vivas. El guía que nos mostró esas luces y esas sombras nos habló de «los ojos de la llama». Eran dos estrellas brillantes, Alfa y Beta Centauri (miren la primera imagen del post). A los navegantes europeos les señalaban la Cruz del Sur y, con ella, el camino al sur. Pero son las mismas dos estrellas: para unos eran una herramienta; para otros, la mirada de un animal.
¿Para qué sirve saber esto? Para nada. Ya no navegamos con estrellas, el GPS sabe dónde está el sur mejor que nadie y ningún cliente me va a pagar más por saber cómo se llama una llama imaginaria. Sin embargo, esas noches entendí un poco mejor cómo pensaba la gente que vivió en esos valles hace siglos. Entendí que mirar las sombras en lugar de las luces también es una buena manera de pensar.

La utilidad de lo inútil
Nuccio Ordine, el celebrado profesor italiano que murió demasiado joven en 2023, dedicó un libro entero a defender exactamente esto. Si no lo han leído, se lo sugiero. No es muy largo; no llega a 200 páginas, pero es fascinante. En su libro «La utilidad de lo inútil», usando mil ejemplos y fragmentos de textos de la literatura y la filosofía universales, Ordine sostiene que los saberes sin beneficio inmediato, como la literatura, la filosofía, la música o la contemplación, son en realidad los que nos hacen humanos.
Ordine critica, tras ese inicio tan humanista e inspirador, lo que llama la universidad-empresa. Y detalla a todos los actores de la obra: el profesor-burócrata y el estudiante-cliente. Ambos son las piezas necesarias para que la universidad sea poco más que una fábrica de expedir títulos sin sustancia. Profesores desganados que reciclan año tras año sus filminas (hoy powerpoints) porque, en el fondo, nadie las cuestiona y su tiempo se debe dedicar a producir papers a escala industrial para no perder su plaza. Estudiantes ansiosos que quieren un título y una calificación, exigiendo profesores dóciles y máximas puntuaciones, porque para eso pagan. «El cliente siempre tiene la razón», ironiza Ordine.
Su punto más radical es que lo inútil no debe justificarse por su utilidad, y mucho menos por su rentabilidad. No hay que defender la poesía porque mejore la productividad, igual que no hay que defender las constelaciones incas porque algún día sirvan para algo. Por eso el velcro, siendo una buena historia, es un mal argumento. Ordine dice, además, dos cosas más que interesantes. La primera, que el conocimiento es de los pocos bienes que no se gastan al compartirlos: cuando les cuento lo de la llama, yo no la pierdo y ustedes la ganan. La segunda, que la lógica de la posesión y el beneficio mata lo que más vale: el amor, la dignidad, la búsqueda de la verdad. Quien solo aprende aquello que hoy le sirve se pierde todo lo que mañana podría inspirarle.
Dos niñas y un camino a ninguna parte
Mis dos hijas sacan buenas notas, por suerte, pero se enojan muchísimo cuando les pregunto las capitales de Europa, los sistemas montañosos o qué río pasa por Budapest. Para ellas es una pregunta absurda: «¿para qué, si lo puedo buscar?». Mi generación se educó a base de memoria, quizá en exceso; la suya, en la sospecha de depender de ella, quizá también en exceso. Pero la memoria no es un almacén muerto. Es el material desde el que piensas. Saber que el Danubio pasa por Viena, Bratislava, Budapest y Belgrado no te convierte en sabio. Pero te permite preguntarte por qué cuatro capitales crecieron a orillas del mismo río. Y esa pregunta no te la puedes hacer si no sabes (y recuerdas) por dónde pasa el río.
Leer cosas que no valen para nada es, en realidad, ampliar tu vocabulario mental. Una novela de detectives, un cómic de Mortadelo y Filemón, un dato absurdo en una valla publicitaria, un posteo transgresor de Twitter, deleitarse con la etiqueta de un bote de champú sentado en el WC, una receta en un folleto de un supermercado, una conversación con alguien que piensa distinto… son todo piezas extra en la caja. No sabes cuándo las vas a necesitar. Probablemente nunca de forma directa. Pero un día un cardo se te pegará al pantalón y tendrás algo con qué conectarlo.
Pero tener piezas en la caja no basta: hay que juntarlas. Y para eso no conozco nada mejor que escribir. Este texto es la prueba. Empezó con una pelea con mis hijas sobre ríos, un libro de Ordine que leí hace años, unas noches en el desierto chileno y un calendario lunar biodinámico (ya verán más abajo). No pensé que tuvieran nada que ver hasta que me puse a escribir. Un texto terminado es un resultado; escribirlo es un camino. Y es un camino en el que ordenas, cambias, dudas, te contradices y, al final, entiendes algo aunque no te hayas movido de la silla. Hoy cualquiera puede obtener un texto impecable sin haber pensado nada. Lo que no se puede obtener así es el paseo por el camino.

La jaula del ingeniero
Tengo que ser honesto: estoy defendiendo esa utilidad de los textos inútiles, y soy ingeniero. Y de los peores: nuclear. De los que viven asustados por las cosas que no se ven. Más de treinta años entendiendo el mundo a través de la física, la química, el álgebra y el cálculo. Cabeza cuadriculada. Blanco o negro: el gris es de cobardes. Sistemática, orden y planificación. ¿Rígido? Sí. Pero a la vez con una herramienta muy potente: el pensamiento analítico, la capacidad de coger un problema enorme, partirlo en problemas chicos y resolverlos uno tras otro. Edward de Bono lo llamaba pensamiento vertical, y funciona tan bien que muy pocas veces tienes razones para probar otra cosa.
Es tan útil que puede ser una barrera. El pensamiento lateral consiste justamente en salirse del marco: cuestionar el punto de partida, mirar desde otro sitio, fijarte en las sombras en lugar de en las luces. Y a mí eso me cuesta. Cuando mi amigo Lluisma, enólogo, me habla de plantar cebollas según el ciclo lunar, de enterrar un cuerno de vaca con estiércol en luna menguante, o de abrir una botella de vino en un «día de flor» y no en un «día de raíz» porque el vino estará mejor, algo en mi cabeza deja de escuchar. ¿Calendario biodinámico? What the hell me estás contando. No digo que tenga que creérmelo. Digo que mi cabeza lo descarta sin mirarlo.
La psicología lo llama efecto Einstellung: la manera aprendida de resolver un problema te impide ver otras, y cuanto más sabes de algo, más expuesto estás a sufrir ese mal. Así que esto no va de saber mucho de algo. Esto va de saber cosas distintas y conservar la disposición a dudar de lo que crees saber. Lo que sabes puede ser tu jaula si es lo único que sabes. Las constelaciones oscuras de los incas no me enseñaron astronomía. Me enseñaron que hay otras maneras de mirar el cielo: mirar el que no se ve.
Para qué ha servido todo esto
Podría terminar diciendo que los 6 o 7 minutos que llevan leyendo esto les servirán para algo: para tener mejores ideas, para conversar con cualquiera, para que no le engañen a uno. Y es verdad. Pero sería caer en la trampa que denuncia Ordine, la de justificar lo inútil por su utilidad.
La razón de fondo es más sencilla. Leer por el gusto de leer hace la vida más ancha. Aprender para entender sirve para vivir una vida más completa. Para comprender el mundo donde vives en lugar de limitarte a consultarlo y para que, cuando mires un cardo, veas algo más que un cardo. Es la diferencia entre mirar Alfa y Beta Centauri y ver únicamente dos puntos brillantes, o ver los ojos de una llama. Las dos miradas son correctas. Pero solo una de las dos te deja preguntarte quién vio esa llama por primera vez, y por qué.
Quizá por eso, algún día y por mucho que le cueste, este ingeniero nuclear se atreverá a abrir una botella en día de flor. No para comprobar si el vino está mejor, sino solo para ver qué pasa.
