Roses, 1998


El parque eólico de Roses en operación. La caseta de la fotografía es la que ardió por dentro por el rayo. (Foto: Lluís Serrat, restaurada con IA)

El rayo entró por la pala de uno de los aerogeneradores. Bajó por la máquina y achicharró la red de baja tensión enterrada y el centro de maniobra que había detrás. Lo paró la puerta cortafuegos de la sala del transformador de 25 kV.

Nadie lo vio, porque en aquel parque eólico no había nadie. Seis máquinas, 590 kW en total, a 490 metros en el Puig Alt, entre Roses y Cadaqués, en el Alt Empordà. El proyecto tenía lo que en 1990 se llamaba telecontrol: un equipo al que llamabas por línea telefónica, con módem, y te bajabas los datos. No avisaba de nada. Esperaba a que le contactases.

Parece que el rayo lo vieron caer unos chavales que se habían subido al cerro cercano del Pení a saltar en parapente. Se lo contaron a alguien. Alguien se lo contó a los de Hidroeléctrica de l’Empordà, «La Hidro», que nos llamaron. Subimos unos días después. Mi jefe, Josep Sábat, los técnicos de Spark Ibérica y yo. Arriba nos esperaba un técnico veterano de «la Hidro» que se apellidaba Monje. Recorrimos el parque a pie. Fuera todo parecía normal, pero dentro de la caseta eléctrica los equipos se habían fundido. Los armarios, los cuadros y las celdas no se habían solo quemado: se habían doblado por el enorme calor generado. Ondulados. Blandos. Como los relojes del pequeño cuadro que Dalí pintó en Port Lligat, a pocos kilómetros de allí, en 1931. El paisaje del fondo de “La persistencia de la memoria” es el Cap de Creus de Girona, y hay quien dice que la sombra triangular que cruza el cuadro la proyecta el cerro del Pení. Más de sesenta y cinco años después, en esa misma montaña, los armarios y cuadros de la sala de celdas se habían derretido de la misma manera.

Fijamos el alcance de la reparación con los de Spark allí mismo, a ojo. Los aerogeneradores (cuatro de 110 kW y dos de 75, fabricados por MADE del grupo ENDESA; cada uno más o menos la misma potencia que tiene un motor de coche) estaban intactos por fuera, pero se tenía que instalar de nuevo toda la red colectora de baja tensión y todos los equipos de dentro del centro de maniobra. La exagerada retribución de entonces para el llamado «régimen especial» del Real Decreto 2366/94 hacía el resto. Eso fue todo lo que hicimos. Nadie acreditó la intensidad del rayo caído. Nadie levantó un informe de causa raíz. Nadie modeló en un EMTP el transitorio de una intensidad de 200 kiloamperios. Fue un rayo porque estaba a la vista lo que pasó y porque lo habían visto unos chicos saltando en parapente.

Llevar las producciones y gestión de aquel parque fue mi primer trabajo de verdad en «la Enher» que era la propietaria de «la Hidro». La Generalitat de Catalunya y ENHER habían firmado el convenio en febrero de 1988; las turbinas empezaron a girar en 1990. Era el segundo parque eólico de Cataluña. El primero, el experimental de Garriguella, también de ENHER y la Generalitat, había empezado a funcionar en 1984 y ya había sido desmantelado. Quizás no se entiende muy bien que eran 590 kW entonces. En 1990 había unos cien aerogeneradores con 7,2 MW de potencia nominal en toda España. A finales de 2025 había casi 33.000 MW instalados. Hoy una sola turbina del parque eólico de Aldeavieja de Endesa en Ávila tiene 6 MW: multiplica por diez el parque entero de Roses.

Aquellas seis máquinas eran algo más del ocho por ciento de la potencia eólica española. Y tres personas acabábamos de valorar su reparación a ojo, de pie en el cerro.

Tú eras el estado del arte

Josep me mandó buscar el proyecto al regreso. Tardé días en dar con lo que necesitaba. Pero al final localicé unos planos en papel en un archivador de la oficina de la calle Lepanto de Barcelona: unos unifilares dibujados a mano y pasados a tinta y unas memorias mecanografiadas.

No había mucho más. En aquellos años no existían en España consultoras en energía eólica como las que hoy son habituales: un tercero experto al que encargar el diagnóstico de la reparación. En realidad, a final de los noventa, todas las empresas que hacíamos eólica éramos una oficina técnica completa. Todos teníamos a un meteorólogo en plantilla; era imprescindible. También solían contar con un abogado full time para gestionar los múltiples trámites, ocupaciones y permisos. ¿Técnico ambiental? Por supuesto que era necesaria esa lectura de los proyectos todos los días. Y luego, el que proyectaba más tarde que pronto pisaba el terreno, y si no el que iba a ir a obra estaba, sin duda, a un escritorio de distancia.

Pero es que tampoco había normas para eso de los rayos en la eólica. La primera edición de la IEC 61400-1, la norma internacional de diseño de aerogeneradores, es de diciembre de 1994. Y la primera referencia específica sobre protección contra rayos no llegó hasta 2002, y como informe técnico. Es decir, se diseñó sin norma específica. Porque aquellas palas no llevaban receptores ni bajante de pararrayos. El rayo entraba por donde quería y salía por donde podía.

El replanteo se hacía en obra. Cartografía en papel, estación total desde vértices geodésicos; criterio del que estaba allí de pie mirando la retroexcavadora. Las decisiones se tomaban delante del problema, no delante de una pantalla con el problema abstracto. Pisabas el terreno con tus compañeros. Discutías. Te peleabas, negociabas, repensabas, convencías o aceptabas. En la visita al Puig Alt, vimos que las máquinas estaban bien y la reparación era asumible. Lo analizamos y discutimos allí en el cerro, y cuando se lo contamos al Sr. Mur en la calle Lepanto, nos preguntó qué habíamos visto, qué pensábamos y qué le sugeríamos: pensó cinco minutos después de escucharnos sobre cómo reparar el parque y dijo: adelante.

Hoy diríamos que era agilidad. No era eso. Era, en realidad, que nadie de fuera podía mejorar mucho nuestro trabajo técnico, porque nadie de fuera sabía más. El Sr. Mur solo nos tenía a nosotros.

Lo que había era un vademécum, tablas, la HP y gente que llevaba veinte años mirando cerros y pisando obras. La precariedad de la técnica la resolvía el criterio de las personas. Y ese criterio se había armado, en realidad, bajo esa misma precariedad.

Lo mejor que se podía, no lo mejor que se sabía

El parque de Roses no era perfecto: las seis máquinas estaban dispuestas en un único cordal: unas junto a otras en una única línea y perpendiculares a las dos direcciones dominantes del viento típicas de la zona: tramuntana del norte y migjorn del sur. Era un criterio razonable porque un solo vial reducía la obra civil. Pero un criterio de conjunto no dice nada de cada posición concreta. Una de las máquinas estaba plantada frente a un turonet, un montículo pequeño. Según por dónde le entrara el viento, el flujo se dividía en el montículo y llegaba partido a la veleta del molino. La turbina caboteaba siempre. La pobre se pasaba el día corrigiendo la orientación hacia un viento que le llegaba en dos direcciones a la vez, buscando una posición que no existía.

Mi madre, que era ingeniera textil, me repetía muchas veces una frase: «el que hace lo que puede no está obligado a más«. No sé si lo hacía para animarme o para disimular mis carencias. Pero nunca entendí del todo esa frase hasta tener que reparar aquel parque eólico, pionero en España.

Todos hacíamos lo mejor que se podía. No lo mejor que se sabía.

No sé si en 1990, antes de construir el parque, alguien corrió un estudio detallado de flujo. Probablemente no. El famoso software de diseño de parques eólicos WAsP existía desde 1987 (Risø lo había desarrollado para el Atlas Eólico Europeo), pero era solo un modelo lineal que extrapolaba desde una medida de viento según la rugosidad y la altura del suelo. Y si el flujo se separa en terreno abrupto, WAsP deja de ser fiable. Aunque se hubiera usado, probablemente tampoco habría visto el turonet. La herramienta no daba para más.

Así que muchas veces, con herramienta o sin ella, y con mediciones de viento de un año o menos, lo que de verdad decidía la posición de una turbina era mirar el cerro con la dirección predominante del viento y ver los movimientos de tierra que implicaba ese layout. No mucho más. Y una vez puesta, ahí se quedaba. En el Puig Alt no se iba a desmontar una turbina de 110 kW tres años después porque cabotease. No salía a cuenta: se convive con ello y se paga en desgaste del sistema de orientación y en una energía que no se iba a generar nunca.

Hoy ese análisis de micrositing eólico se realiza en poco más de una tarde, sentado en la oficina, y antes de mover ninguna excavadora. Y esa es toda la diferencia: no es que hoy seamos mejores que hace 30 años, sino que el error se detecta cuando corregirlo todavía es gratis. Entonces solo se podía detectar cuando ya era imposible, y por la evidencia. Aquella máquina se pasó años cabeceando por estar frente a un montículo que cualquier ingeniero junior evitaría ahora desde su mesa.

Hay otra cosa que hoy es imposible. De aquella mañana no existe una sola fotografía. O llevabas la cámara encima o no había fotos, y nadie la llevaba. Quizás los de Spark o algún jubilado de la «Hidro» tengan alguna foto. No lo sé. Todo lo que acabo de contar se sostiene únicamente en que yo estuve allí. Y creo que los otros que subieron aquel día al Pení ya no están.

Y otra cosa más, que quizás es la peor. Un parque eólico ardió por un rayo en una montaña, y casi que nos enteramos porque unos chavales pasaban volando por allí. Ese mismo año, 1998, el Cap de Creus fue declarado Parque Natural. Hoy aquello sería un incidente que abriría las noticias por el riesgo de incendio forestal en un espacio protegido. Entonces fue una discreta llamada de teléfono y poco más. De los de auricular y rueda de números.

Parque Eólico de Roses, en el Puig Alt. En funcionamiento (izda.), durante el desmantelamiento de 2007, y lo que quedó: una cimentación, la torre de medición y la caseta que ardió en 1998 (dcha.). Composición propia a partir de fotografías de Lluís Serrat, M. P. Lladó y M. Ruiz, restauradas con IA.

Buscar, consultar, analizar, responder

Bajamos del cerro sin ninguna respuesta definitiva. Busqué el proyecto durante días. Lo leí. Lo analizamos entre varios y luego decidimos sobre las conclusiones del estudio. Buscar, consultar, analizar, responder. Cuatro verbos.

Hoy el mismo problema empieza de otra manera. Escribes en cualquier chatbot de IA «qué hago si un rayo entra por una pala» y en veinte segundos tienes una respuesta ordenada, con la referencia normativa correcta, la secuencia de comprobaciones y las opciones de reparación. Casi con total seguridad mejor que la nuestra. Ahora parece más sencillo. Pedir, responder. Dos.

Pero yo no aprendí de aquel parque cuando encontré el proyecto en un archivador. Lo aprendí buscándolo y leyendo página a página de lo que vi. Para dar con el plano de la red de baja tensión tuve que entender cómo estaba montado el parque entero: por dónde iba la línea, qué alimentaba cada celda, por qué el centro de maniobra estaba donde estaba. Ganar todo ese conocimiento no era, en realidad, el objetivo. No quería aprender cómo funcionaba el parque, pero no había otra forma de llegar a la respuesta sobre cómo poder repararlo. El conocimiento era un peaje a pagar en tu trabajo de cada día. Y acababa valiendo más que la respuesta.

No voy a fingir que prefiero los cuatro verbos. Trabajar con esa austeridad era largo, pesado, caro, lento… y con frecuencia daba peor resultado. El turonet que enloquecía turbinas sigue ahí por si se me olvida. Que hoy el conocimiento (o mejor dicho, salidas de IA que imitan conocimiento) se haya vuelto una commodity es una buena noticia para casi todo el mundo, y quien diga lo contrario probablemente no tuvo que pasar días en un archivador o en la biblioteca del colegio de ingenieros.

Pero el criterio no es commodity. El criterio es lo que te dice si la respuesta que acabas de recibir tiene sentido. En este cerro concreto, con este viento, con esta máquina y con este montículo delante, el criterio daba sentido a la respuesta. Y esa es la paradoja: hoy más que nunca necesitamos de criterio para juzgar las respuestas que nos da la IA, pero la mejor forma de adquirir ese criterio es, precisamente, haciendo las tareas que ahora le delegamos despreocupadamente.

La IA, de todas formas, me preocupa bastante menos por las respuestas equivocadas que por las correctas. Las equivocadas se acaban detectando, antes o después. Lo que no sé es qué ocurre cuando llegas a la respuesta correcta sin haber tenido que entender nada de lo que había por el camino. Porque durante mucho tiempo el criterio no se enseñó: se acumuló buscando planos, equivocándose de archivador, recorriendo instalaciones y preguntándose por qué una máquina caboteaba delante de un turonet. Estabas obligado a recorrer un proceso que te daba criterio. Se acumuló haciendo lo que se podía. Justo como me decía mi madre.


Años después presentamos un proyecto para sustituir las turbinas por otras más grandes y modernas. No hubo manera: el Cap de Creus ya era Parque Natural. Aquellas máquinas se habían levantado allí porque era donde mejor soplaba el viento y porque entonces se querían impulsar las renovables donde fuera. Y acabaron fuera por lo mismo que las había llevado ahí: era un sitio excepcional. Solo que la ley tardó ocho años en decirlo. En 2007 desmontaron las seis máquinas. Llevaban diecisiete años girando.

Arriba no queda casi nada de lo de aquel día. Ni las máquinas, ni las celdas, ni las fotos. Solo el viento.

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About David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) Soy ingeniero industrial y MBA por ESADE. Treinta años resolviendo problemas en energías renovables en Europa y América Latina — desde los primeros parques eólicos de España hasta proyectos de almacenamiento e hidrógeno verde en seis países. Fundador de Energías del Plata y cofundador de Qore-IA, donde aplicamos inteligencia artificial a la ingeniería de proyectos. Los problemas no han cambiado. Las herramientas sí, y esta es la más potente que he visto en treinta años. Escribo en Energy Puzzle desde 2011. No para explicar las cosas qué pasan. Para intentar entender por qué pasan y qué significan.
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