Las estatuas de mármol de los frontones del Partenón se esculpieron para verse desde abajo. Están a más de doce metros de altura. Tienen las espaldas en la sombra, pegadas al muro. Nadie iba a verlas jamás. Pero, sin embargo, están también trabajadas por detrás: las túnicas mantienen sus pliegues, la anatomía está definida, y el mármol se pulió a conciencia. Los escultores del taller de Fidias trabajaron durante años la cara oculta de unas piedras que nadie podía acercase a ver de cerca hasta que, hace dos siglos, operarios mandados por lord Elgin las bajaron para llevárselas al British Museum de Londres. Los primeros en ver aquellas espaldas fueron los que se las llevaron.
La pregunta es evidente: ¿para qué espectador trabajaban esos escultores griegos?
El arquitecto y diseñador catalán Óscar Tusquets construyó un libro entero alrededor de esa pregunta, que leí hace años. El libro se llama «Dios lo ve« (Anagrama, 2000) y reúne una colección de detalles invisibles a los ojos: las líneas de Nazca, que solo se leen desde el aire; los jardines secos de Kioto, de arenas blancas rastrilladas para nadie; los fondos de los cuadros de Velázquez; un pase del torero Curro Romero que el tendido no llegó a percibir del todo. De todo. El título sale de una anécdota del arquitecto inglés Edwin Luytens. Uno de sus ayudantes diseñó, en una fachada trasera, una ventana asimétrica respecto al resto del edificio: cuando Luytens le discutió, el ayudante le replicó que, por su ubicación, no iba a verse desde ningún sitio. Lutyens respondió «Dios sí lo ve. Rectifique eso ahora mismo«.
Tusquets no sufrió una súbita conversión. Racionalista confeso, tomó la frase sin pensar en teología; plantea actuar como si existiera un ojo capaz de juzgar tu obra. No es mística. Es una forma de entender el trabajo, y quizás la vida. Ese libro, más que un tratado de estética, es un ensayo sobre la ética del oficio. De cualquier oficio. El creador serio no trabaja para el aplauso, ni para el cliente, ni para su jefe, ni para la crítica. Trabaja impulsado por un motor vital invisible que acaba siendo más exigente con tu tarea que cualquier espectador.
Llevo treinta años en proyectos de infraestructuras y sé lo que es enterrar trabajo bien hecho. Febrero de 2018, parque eólico de Arauco, en Aimogasta, en la provincia argentina de La Rioja. La armadura de la fundación de un aerogenerador, se monta barra a barra, se ata, se comprueba. 45 toneladas de hierro del 16 entrelazadas en una impresionante y simétrica cúpula. A la mañana siguiente esa jaula quedará sepultada bajo 500 metros cúbicos hormigón durante los próximos treinta años. Nadie la verá. Nadie te va a aplaudir por eso. Se hace bien. Punto. Quien haya pisado una obra sabe que la diferencia entre una instalación que dura y una que da problemas está, casi siempre, en lo que no se puede ver.

El martillo de Joan Maragall
Lo que Tusquets observa en los grandes creadores, el poeta Joan Maragall –otro catalán– lo había hecho universal un siglo antes. En su «Elogio del Vivir» de 1910 hay un párrafo que quizás se debería colgar en la entrada de todas las escuelas de ingeniería y arquitectura:
«Ama tu oficio, tu vocación, tu estrella, aquello para lo que sirves, aquello en que realmente eres uno entre los hombres. Esfuérzate en tu quehacer como si de cada detalle que piensas, de cada palabra que dices, de cada pieza que colocas, de cada martillazo que das, dependiese la salvación de la humanidad. Porque depende, créeme»
Maragall baja la excelencia del frontón del Partenon y del cuadro del Prado. Ya no hablamos de Fidias ni de Velázquez: hablamos del carpintero, de la maestra, del programador, del fontanero. Un artista es cualquiera que trabaja con vocación de obra. Cualquiera que tenga un propósito para su faena del día a día. Suena romántico. Quizá lo es. Pero también es exactamente lo contrario de la cultura del trabajo que hoy hemos construido, donde cotiza lo visible sobre lo excelente: el engagement sobre el mensaje, el storytelling sobre el producto, la métrica sobre la obra. He visto ganar concursos a la mejor presentación, no al mejor proyecto. Todos hemos visto esas cosas.
Pero Maragall va más lejos. La consecuencia de ese motor vital es política: la paz social no emerge de los grandes planes redistributivos, ni de los consensos, ni de los mesías de turno, sino del mérito individual y cotidiano bien entendido. Es una meritocracia sin ranking. Aquí no se premia el origen, ni la red de contactos, ni el relato. Se premia el talento cultivado con esfuerzo y con amor, por el oficio y la obra. No todos seremos Fidias. Pero todos podemos esculpir la espalda de nuestra figura hasta que la veamos perfecta.
La IA no mata el oficio. Lo desnuda.
Veintitantos años después del libro de Tusquets llegó la inteligencia artificial generativa. La IA democratiza la técnica (ya casi que cualquier diseño eléctrico, civil o térmico) a una velocidad sin precedentes: hoy podemos generar, sin tener mucha idea y en pocos minutos, renders que hace poco exigían un estudio entero; cualquier empresa redacta en una tarde documentos que hace tres años requerían un equipo en semanas full time. Lo veo cada día en mi propio trabajo: informes que a un ingeniero junior le costaban días, ahora son producidos en minutos. Correctos. Grises. Suficientes.
Y esa es la palabra peligrosa: suficiente. Cuando lo suficientemente bueno es instantáneo y, además, casi gratis, pulir detalles invisibles carecen de lógica. ¿Qué sentido tiene el martillazo de Maragall si la máquina ahora clava los clavos ella solita? Estamos todos acojonados ante la amenaza, cada vez más real y cercana, de que la IA nos quite nuestros empleos. Sin duda quitará algunos… Pero el riesgo real es que la IA nos quite el sentido del trabajo. El oficio reducido a supervisar salidas impersonales de un algoritmo: instrucción, revisión, selección, retoque mínimo. Listo. Sin densidad, sin sudor, sin pelea, sin ansiedad…. sin esa maldita exigencia interna que te convertía en artista de tu propio quehacer, cuando no eres más que un sencillo menestral.
Pero la IA no decide eso. Lo decide quien la usa como muleta. Quién para evitar el esfuerzo traiciona el «Dios lo ve». Porque el que la usa para amplificar su propio criterio, en realidad honra el oficio: generas cien variantes y rechazas noventa y nueve; auditas, corriges, reescribes, iteras de nuevo, y vuelves a empezar; dedicas el tiempo liberado a esa parte del trabajo donde tu juicio no puede ser sustituido por ninguna máquina. Mismos problemas, diferentes herramientas. Porque la excelencia nunca estuvo en la herramienta: no lo estuvo en el compás, ni en la cámara, ni en el pie de rey, ni en la calculadora o la computadora. Estuvo siempre en las decisiones de antes y de después: qué pedir, qué descartar, qué rehacer obsesivamente aunque nadie lo vaya a notar.
Pero, ay, la excelencia invisible parece que ya no cotiza. Ahora el mercado paga lo suficiente, no lo excelente; además, el cliente cada vez va a distinguir menos lo uno de lo otro, y la IA lleva a cero el coste de lo suficiente. Exigirse el detalle que nadie verá puede ser, en términos estrictamente económicos, irracional. Maragall tampoco nos resuelve esa cuestión. Su argumento nunca fue de mercado: era de sentido vital. La exigencia interna no se ingresa con la factura sino que te llega a ti sin intermediarios: quien trabaja para su propio estándar depende menos del aplauso, del like, del reconocimiento del jefe. La exigencia es liberadora. El desgaste tiene menos que ver con exigirse mucho que con exigirse para otros.
El escultor de la espalda de Dionysos
Durante décadas la técnica escaseaba, y te bastaba dominarla para sostener tu carrera profesional y un ingreso recurrente y goloso. Esa época parece que quedó atrás. La técnica es lo replicable, y ahora ya se replica sola. Pero lo que la máquina no replica es tu vocación, tu criterio, tu estándar de exigencia, ese ojo que decide que esa variante noventa y nueve todavía no es suficiente, y que hay que analizar una más. La IA no matará el espíritu del trabajo. Lo desnudará. Nos mostrará quién trabajaba por oficio y quién solo lo hacía por simple técnica; técnica, que ahora es gratis.
Cuando ni el cliente, ni el mercado, ni el algoritmo distingan ya lo excelente de lo suficiente: ¿cuántos locos nos pasaremos las putas horas esculpiendo la espalda de Dionysos tumbado? ¿La exigencia invisible será una ética cotidiana al alcance de cualquiera, como quería Maragall, o un lujo de unos pocos bendecidos por los dioses, como fue casi siempre el arte? Me gustaría creer en lo primero, pero no sé si hay muchas evidencias que me den la razón.
Maragall, en la segunda parte de su elogio, concluía así:
«Si olvidándote de ti mismo haces todo lo que puedes en tu trabajo, haces más que el emperador que rige automáticamente sus estados; haces más que el que inventa teorías universales sólo para satisfacer su vanidad; haces más que el político, que el agitador, que el que gobierna. Puedes despreciar todo esto y el arreglo del mundo. El mundo se arreglaría bien solo, sólo con que cada uno cumpliera su deber con amor, en su casa.»
Maragall dejó escrita su apuesta hace más de un siglo. Creo que sigue siendo la mejor respuesta disponible a mi pregunta.
¿Dependerá la salvación de la humanidad de mantener nuestros esfuerzos en los detalles insignificantes?
Porque dependerá. Créeme.


