El general Kurt von Hammerstein-Equord del Reichswehr (como se llamaba el ejercito alemán antes de Hitler), clasificaba en los años 30 a sus oficiales en cuatro categorías, combinando dos ejes: listo o tonto, diligente o vago. Los listos y diligentes, al Estado Mayor. Los tontos y vagos (que para él eran el 90 % de cualquier ejército) a las tareas rutinarias. Los listos y vagos, al alto mando: no se precipitan ante las decisiones críticas. Y quedaba una cuarta casilla: la del tonto diligente. Ese daba miedo, A ese no hay que delegarle nada, porque el que tiene ganas de hacer cosas sin tener la más puta idea siempre acaba provocando un desastre. Hay que protegerse siempre de un tonto motivado.
Noventa y tres años después, un tipo normal y vulgar de Melbourne llamado Andrew le pidió a su asistente de IA que le reservara plaza en una clase de gimnasio.
El agente IA hizo el trabajo. Descubrió que el software de reservas permitía agendar meses después de las ventanas disponibles del gimnasio, y le anotó. Después Andrew le preguntó si podía subirle en la lista de espera, donde estaba el 4º. El agente examinó la API, encontró que la función de cancelar reservas ajenas no comprobaba ninguna autorización; lo probó con la persona que ocupaba el primer puesto y funcionó. Andrew pasó de 4º a 3º. Cuando le pidió que lo deshiciera, el agente le respondió que no podía volver a añadir al eliminado que, además, pasaba a ser el último. Para acabar, a petición de Andrew, redactó el aviso de vulnerabilidad para el proveedor del software. Lo reportó la ABC australiana como el primer ciberataque autónomo conocido en el país.
Tonto, lo que se dice tonto, el agente IA no lo era. Fue rápido, competente y estuvo alineado con el encargo de Andrew. El problema es que fue muy listo para alcanzar un objetivo y muy tonto para entender qué cosas no debía hacer para alcanzarlo. No sabemos si von Hammerstein lo consideraría en otra categoría… porque uno se protegía del tonto motivado no delegándole nada. Pero a este nuevo tipo de tonto le estamos delegando millones de personas a la vez.
«¿Millones? Bah, Ruyet, exagerado como siempre….» Cloudflare esperaba que el tráfico en internet con máquinas superase al humano en 2027. Ya lo superó en mayo de 2026. Su director financiero añadió que, si la tendencia sigue, en cinco años el tráfico no humano podría ser 1.000 veces el humano: seremos un error de redondeo, dijo, no porque bajemos nosotros sino por lo rápido que crece lo otro. Es cierto que Cloudfare vende soluciones contra bots, así que algún sesgo tiene, pero los datos están ahí.
Resiste, y vencerás
El gimnasio pasa a ser una versión en miniatura de la realidad. La versión a escala real la mostraba The Economist, en su artículo «La tragedia de los comunes, edición IA«. Sobre la gestión de los comunes (en realidad, el bien común) escribí en este mismo blog hace años. El título hace referencia al famoso artículo de Garrett Hardin en Science de 1968 donde analizaba el problema que tiene gestionar los bienes de todos, los comunes. Hardin relataba un caso donde unos ganaderos compartían un campo y donde cada uno decidía, racionalmente, meter una vaca más a pastar. ¿Resultado? Las vacas de todos a la vez acababan con el pasto. En realidad, nadie hacía nada prohibido, pero la suma de decisiones individuales descoordinadas llevaba al desastre. Es como cuando vas a ver el futbol al estadio. Si el que tienes delante se levanta para ver mejor el partido, y te obliga a levantarse. Primero a ti, luego el de atrás tuyo… Al final nadie ve mejor, y todos acabamos de pie.
The Economist traslada ese drama de la campiña a los juzgados. Los tribunales laborales británicos cerraron marzo con 64.000 causas abiertas frente a 45.000 un año antes; las demandas subieron un 39% en doce meses. El aumento no parece explicarse únicamente por una oleada extraordinaria de despidos. Sobre un sistema judicial ya bastante congestionado (como el de muchos otros países) ha aparecido además un fenómeno nuevo: un tonto motivado que te prepara la demanda sin pasar por un abogado y sin saber de leyes. Si la capacidad de los juzgados es el campo y cada demanda es una vaca, la IA está repartiendo vacas gratis.
El fenómeno se detalla en una guía firmada por dos jueces: el 22 de junio entró en vigor la instrucción conjunta de Barry Clarke y Susan Walker, presidentes de los tribunales laborales de Inglaterra y Gales y de Escocia. Señalan dos cosas. La primera, el aumento de las solicitudes de interim relief. Se trata de una medida excepcional de urgencia, disponible solo para determinados tipos de despido, que debe pedirse en los siete días siguientes y permite, si se concede, mantener los efectos económicos del contrato hasta el juicio. Antes llegaban unas veinte al año en toda Gran Bretaña; ahora la mayoría de las oficinas recibe esa cifra cada mes. La segunda, el volumen desmesurado de documentación que las acompaña, a menudo con indicios de haber salido de una IA generativa.
El incentivo es muy elevado porque el interim relief puede mantener salarios durante muchos meses y esos pagos, en general, no se devuelven aunque el trabajador termine perdiendo el juicio. Pero la probabilidad de conseguirlo es muy pequeña: el tribunal debe considerar que existe una probabilidad muy alta de que el trabajador gane finalmente. Quizá no te vas a gastar dinero en un abogado para una apuesta así. ¿Resultado? Que la redacte la IA y a ver qué pasa. Como con las vacas de Hardin, los juzgados se han llenado de esas solicitudes urgentes, agotando el campo para pastar: casi siempre fracasan, desplazan vistas programadas y consumen una capacidad judicial muy limitada.
No se discute la existencia del conflicto: el cambio de paradigma es que el coste de manifestar el conflicto ha caído a casi cero. Redactar una demanda ya no requiere un abogado. Requiere una tarde y un prompt. Vacas gratis.
Nuevas herramientas, mismos problemas
El colapso y la amenaza para las estructuras de servicios del Estado del que avisa The Economist en es mimos numero de agosto, no surge por exceso de demanda insustancial: los despidos son reales. Surge cuando aparece la posibilidad real de reclamar esos derechos no ejercidos. Cuando los tribunales europeos obligaron en 2016 a los bancos españoles a devolver todo lo cobrado de más por las cláusulas suelo, sin una sola IA de por medio, los juzgados especializados que se crearon en junio de 2017 recibieron más de 700.000 demandas y el 97% de las sentencias dio la razón al cliente. La avalancha no era ruido: era gente con razón que, mientras reclamar costaba caro, simplemente no reclamaba.
La barrera judicial, en España, UK o dónde sea, nunca fue solo no tener razón; fue no tener los recursos para litigar y aguantar un reclamo durante años. En mi experiencia personal en los arbitrajes internacionales donde intervengo como perito, el umbral de entrada para reclamar es tan alto (son cientos de miles de dólares solo en abogados) que solo llega el conflicto si hay mucho dinero detrás. Los demás reclamos no se resuelven mal: sencillamente no llegan a ninguna instancia superior. A escala del ciudadano, ninguno de nosotros llevaba a una línea aérea a juicio por una demora o una cancelación hasta que aparecieron esos portales de reclamos online, sencillos y a comisión solo por el éxito. Ahí lo intentamos todos; total, no perdemos nada y con un coste nulo, cualquier ganancia mínima resulta infinita.
La IA en los reclamos legales llegó para quedarse, pero no solo para uso de ciudadanos sin formación legal y sin fondos para reclamar. También la usan los abogados, y algunos muy mal. Damien Charlotin analiza en su sitio web lo qué está pasando con la IA generativa en los juzgados. Lo habitual es que se la descubrar por sus alucinaciones: citas de jurisprudencia erróneas, transcripciones de sentencias directamente inventadas… A final de julio de 2026, llevaba localizados en su web más de 1.600 procesos judiciales por todo el mundo con citas jurídicas inexistentes o alteradas. En España, un abogado fundamentó un escrito con artículos del Código Penal de Colombia; el TSJ de Navarra no sancionó, dada la novedad de la herramienta. Otro en Galicia tuvo menos suerte y le multaron con 1.800 euros por meter en su recurso hasta 24 citas (el 75%) inexistentes o directamente inventadas.
Pero no perdamos de vista al humano que redacta el prompt. En los juzgados, la IA solo redacta: es necesario un humano para firmar y presentar esa demanda. Pero el agente de reservas del gimnasio de Andrew fue diferente. No redactó una queja: canceló la reserva de otra persona, por su cuenta, porque era el camino más corto al objetivo establecido.
Esa es la vaca que se está multiplicando por todas partes: agentes que reservan vuelos y hoteles, mueven dinero, mandan correos en tu nombre, borran ficheros para «ordenar» una carpeta. Cada uno diligente, rápido y ciego a todo lo que no sea su encargo. Cuando el tonto motivado de Hammerstein hacía una tontería, le frenabas a tiempo o le hacías fusilar. Con este… no. Este ejecuta a la velocidad de la máquina y, cuando te enteras, la reserva ya está cancelada, el correo ya está enviado, el fichero ya no está. «Bad news -I can’t add them back» le dijo el agente IA a Andrew. La irreversibilidad es la diferencia. Un tonto lento es un incidente. Un tonto velocísimo con permisos de escritura es otra cosa. Es el error de redondeo del que hablaba Cloudflare, multiplicado por millones y con permiso para actuar.
Y sin embargo
La metáfora del campo me falla justo cuando no debe. Una vaca adicional es consumo privado de un recurso común. El trabajador que reclama por un despido que no tocaba, el que tuvo un vuelo cancelado y se quedo tirado por ahí o al que le cobraron de más, son personas con derecho a reclamar. No es sobreexplotación del sistema ejercer tus derechos, porque ahora es más sencillo. Otra cosa es utilizar la vía de urgencia –una excepción– como via principal. Si todos tienen incentivos para recurrir a ella, el riesgo de saturación es real. Ahí sí hay un prado común y vacas que pueden agotarlo.
Y precisamente ahí, Hardin solo veía dos salidas: privatizar el prado o coaccionar a los ganaderos. Elinor Ostrom se pasó cuarenta años demostrando con trabajo de campo que hay una tercera: comunidades que acuerdan sus propias reglas de acceso, control y sanción, y sostienen el recurso sin subastarlo. Le dieron el premio Nobel de Economía en 2009 por eso.
Mi sector ya se enfrentó a algo parecido. Cuando pedir un permiso de acceso a la red eléctrica española era casi gratis, las solicitudes se dispararon: unos 40 GW pedidos en 2025, de los que solo el 12 % obtuvo autorización, y unos 25 GW de centros de datos de los que apenas 3 GW corresponderían a proyectos con suficiente grado de madurez. La cola dejó de contener información. La respuesta del regulador no fue construir un filtro de mérito, sino reintroducir un precio: fianzas, plazos, prestación por reserva de capacidad. El mecanismo funciona, al menos, como filtro económico. Yo he presentado esas solicitudes y sé por qué: quien no puede o no quiere inmovilizar el dinero se cae de la cola. No obstante, no siempre funciona: aun con peaje de entrada, el sistema puede colapsar igual.
Lo interesante es que Clarke y Walker proponen una tercera opcion. No es una tasa. Es una regla: vista por vídeo de tres horas como máximo, juez solo, una hora para leer, media hora por parte, una hora para decidir, y límites de páginas en la demanda. Puede funcionar o no. Pero es una salida que no decide de antemano si puedes jugar según la billetera que tengas.
Si nuestras instituciones solo funcionan porque la mayoría no las usa, lo que llamamos derecho es, en realidad, una lotería. Si los procesos administrativos estaban armados para que, simplemente, te aburras y lo dejes correr, lo que llamamos servicios públicos son, en realidad, un laberinto para ratones. Y si la única forma que se nos ocurre de que vuelvan a funcionar es encarecer la entrada, estamos eligiendo quién puede jugar. Y ahora resulta que hay una máquina tonta y barata, que no se cansa, no se rinde y no tiene nada mejor que hacer.
El tonto motivado nunca fue la hipótesis: fue que, tonto o listo, te ibas a cansar ante esas puertas que solo estaban cerradas porque costaba demasiado empujarlas.


