Las dudas existencIAles de Hamlet


Dinamarca. Siglo XI. En el castillo de Elsinor, Hamlet recibe a Rosencrantz y Guildenstern, amigos de juventud que le visitan – dicen– alegres, y para interesarse por su melancólico estado. Bajo una sonrisa fría, sospecha que han sido enviados por el rey y la reina para espiarle. Aún golpeado por la muerte de su padre (quizás asesinado por su tío, ahora rey), confiesa haber perdido la alegría: el mundo se le ha vuelto estéril, pesado, sin vida. La tierra ya no le parece hermosa. El aire, contaminado. Y entonces, mezcla de lucidez, tristeza e ironía, eleva el tono y pronuncia:

¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble en la razón! ¡Cuán infinito en facultades, en forma y en movimiento! ¡Cuán expresivo y admirable en la acción! ¡Cuán semejante a un ángel en la comprensión! ¡Cuán semejante a un dios!

(Hamlet, Acto II, Escena 2)

Cuatrocientos años después, Shakespeare sigue teniendo razón. Qué obra única somos los seres humanos. Hace algunos meses Daniela Amodei – cofundadora de Anthropic y autores de Claude, el LLM de ya en cuarta generación que está redefiniendo qué puede hacer una “máquina”– entrevistada en la cadena ABC , reivindicaba que las habilidades humanas se volverán «mucho más importantes, no menos«. Y de repente los mismos campus universitarios que hace diez años recortaban departamentos de filosofía para financiar Labs de Python empiezan a redescubrir a Kant. Como con casi todo, parece el péndulo está volviendo, empujado por la IA que ha democratizado y deflacionado la gestión de la información. De pronto, la inesperada paradoja de los tiempos de la IA: ahora hay que ser de letras, no de ciencias.

Honestamente, no creo que sea así. La IA no rehabilita a las humanidades. Sencillamente, nos muestra que no apreciamos bien lo que es realmente valioso.


La venganza del filósofo

En mayo, un artículo opinión de Maureen Dowd (Premio Pulitzer 1992) en el New York Times de hizo viral: “What A.I. Kant Do”. Detrás de ese provocativo titular, desarrollaba esta tesis: la IA commoditiza las habilidades técnicas, el código se vuelve barato, y por tanto aquello que nos hace humanos: la empatía, pensamiento crítico, tolerancia a la ambigüedad… y que la máquina no puede replicar (“todavía” parece avisar su autora en el artículo), se vuelve el recurso escaso y estratégico. Las humanidades, rehabilitadas. El ingeniero, desplazado. El filósofo, vengado.

Hay algo de cierto en eso. Pero hay dos elementos que deben considerarse.

El primero es evidente: las humanidades no son una crema solar que aplicada por vía tópica, nos dotarán mágicamente de pensamiento crítico; recíprocamente, saber de matemáticas y física no nos permite por sí solo construir un cohete. Leer a Kant no produce automáticamente tolerancia a la ambigüedad. Estudiar a Nietzsche no genera pensamiento crítico riguroso por ósmosis. Las humanidades pueden producir tanto claridad en el conocimiento como confusión sistemática. Pueden formar personas capaces de articular preguntas difíciles con precisión, o personas capaces de envolver trivialidades en prosa densa. “Chamuyo” le dicen a eso en Argentina. Nadie que haya visto funcionar una universidad de cerca (y no digamos las facultades y escuelas de hoy en día) puede creerse eso en serio.

El segundo error es más grosero: asumir que «lo técnico» ya no sirve porque la IA «hace código». Eso solo es verdad si crees que la ingeniería es código, o la IA solo hace código.

Entender cómo piensa la máquina – sus mecanismos reales, sus límites de inferencia, por qué alucina y cuándo, qué tipo de problemas resuelve mal aunque parezca que los resuelve bien–  es una ventaja operativa concreta. El ingeniero que sabe lo un LLM puede y no puede hacer, y especialmente cómo lo hace el transformer, va a tomar siempre mejores decisiones que el filósofo que sabe que Heidegger tenía dudas sobre la técnica. Monty Python ya lo resolvió: el partido entre filósofos acaba en gol de Arquímedes en el último minuto. No de Aristóteles.


Entonces, ¿dónde está la escasez real?

He construido treinta y dos parques eólicos. He negociado contratos en medio del chaco paraguayo sobre royalties petroleros. He pintado una iglesia para ayudar a obtener un permiso ambiental. He implementado la política energética de una ciudad. He actuado como perito en arbitrajes internacionales donde el problema técnico suele estar claro, pero la pelea es sobre otra cosa. Y podría extenderme más. Son, ya, 30 años soportados en la autoridad de mis fracasos.

Lo que toda esa acumulación de “proyectos” contiene no está en ningún plan de estudios de ingeniería o de humanidades. Ni en una escuela de negocio. Pero tampoco en una IA. Hay algo en medio de ese triangulo a lo que Maureen Dowd no le ha puesto nombre, y no es “humanidades”.

Un proyecto renovable puede ser técnicamente impecable, financieramente sólido y regulatoriamente correcto, y bloquearse durante años. No por cálculo. No por léxico. No porque me falte un papel. Es por no leer correctamente los incentivos, por no haber construido confianza con quien tenía poder de veto real, por no tener una narrativa que conectase con lo que la comunidad local necesitaba escuchar. Una compañía eléctrica me amargó dos años durante la construcción de un parque eólico porque no les invitamos a un asado. Nunca lo pidieron, pero no entendí que esas cosas no se piden… Ese fallo no es de ingeniería. No es de humanidades, en el sentido académico. Es de comprensión de comportamiento humano bajo incertidumbre con consecuencias reales, en tiempo real, sin red.

Esa capacidad no la produce ni un transformer de cien mil millones de parámetros ni un posgrado en filosofía neoclásica. Se construye de otra manera. Y esa es la que es escasa.


Lo que la economía de la IA está desnudando

No es que las humanidades sean valiosas en abstracto. Pero sí es cierto que hay un conjunto específico de capacidades – construir confianza institucional, articular valores en contextos sin respuesta correcta, operar con responsabilidad cuando los datos son insuficientes–  que tienen afinidad con algunas tradiciones del pensamiento, pero que lamentablemente no son su producto automático. La semilla no garantiza la cosecha.

Esa diferencia es la importante. Si el diagnóstico es «necesitamos más humanidades«, la respuesta es curricular y relativamente fácil de simular. Más plazas en filosofía y el literatura. Listo. Pero si el diagnóstico es «necesitamos personas capaces de operar bien donde la potencia técnica no es suficiente«, la respuesta ahí es más difícil, más específica, y no la va a resolver ningún departamento universitario o facultad por su cuenta.

El ingeniero que entienda que, al final del día, su trabajo es resolver problemas de la gente, lo va a tener más fácil. La IA le permitirá, sin duda, resolver esos mismos problemas más rápido. Se matan muchos “ladrones de tiempo” con un buen prompt… Pero el que, además, lo haga entendiendo cómo opera la confianza humana tendrá directamente ventaja estructural. No porque sea más sensible. Sino porque su modelo del mundo incluye una variable que el otro ha dejado fuera de la ecuación. Eso no es lateralidad cosmética. Es precisión.


Shakespeare «Reloaded»

«¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble en su razón! ¡Qué infinito en sus facultades!»

Pero Hamlet lo dice justo antes de añadir que el hombre no le produce más que desagrado. Es un elogio con trampa, porque sabe que sus amigos no están siendo sinceros con él y que quizás su propio tío mató a su padre. La grandeza humana sigue estando ahí, pero Hamlet ya no puede creer en ella sin malpensar.

“Y sin embargo, para mí, ¿qué es esta quintaesencia del polvo?”

Cuatrocientos años después, la IA nos devuelve la misma pregunta reformulada: si una máquina puede razonar, calcular y producir texto coherente a escala industrial, ¿qué queda de la «nobleza en la razón» de Hamlet como elemento diferencial humano? ¿No nos queda sino que malpensar de la máquina alejada de la grandeza humana?

La respuesta que más me convence no es la nostálgica ni la entusiasta. Es la más estrecha e incómoda: lo que queda es la capacidad de asumir responsabilidad con consecuencias reales. De estar presente cuando algo falla. De decir las cosas con una sonrisa. De no dudar cuando no se debr. De darse cuenta de que algunos te huelen el miedo. De construir confianza en entornos donde nadie tiene garantías.

Eso, por ahora, la máquina no lo hace. No porque no pueda procesar el concepto. Sino porque una responsabilidad no está asociada a un gran poder. La responsabilidad requiere siempre a alguien que pueda perder algo.

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About David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) Soy ingeniero industrial y MBA por ESADE. Treinta años resolviendo problemas en energías renovables en Europa y América Latina — desde los primeros parques eólicos de España hasta proyectos de almacenamiento e hidrógeno verde en seis países. Fundador de Energías del Plata y cofundador de Qore-IA, donde aplicamos inteligencia artificial a la ingeniería de proyectos. Los problemas no han cambiado. Las herramientas sí, y esta es la más potente que he visto en treinta años. Escribo en Energy Puzzle desde 2011. No para explicar las cosas qué pasan. Para intentar entender por qué pasan y qué significan.
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