Sobrevivir en la era de los picos: también hay un «peak fish»

Si conoce las típicas características del proceso de agotamiento de los recursos naturales o, por ejemplo, ha seguido los diferentes post que se han publicado en este blog sobre el «peak oil» (como esteeste o este), le resultará familiar la forma de campana que toma la curva de la capturas mundiales de peces y especies marinas entre 1950 y 2005. Es lo que se llama «Fish Peak«. En otras palabras, se estarían agotando los caladeros marinos de pesca que llegan a sus picos de capturas. Las poco más de 16 millones de toneladas de 1950, llegaron a un pico máximo de capturas de 87.7 millones en 1996. Luego empezó el plateau que anuncia el declive, con unos 80 millones de toneladas capturadas en 2006, valor que -más o menos- se mantiene hasta hoy. En el gráfico de abajo verá en azul (marino, por supuesto) las capturas en mares y océanos, y en grana en ríos, lagos y marismas que aumentan algo ese valor: unos 10 millones de toneladas anuales (entre un 10 y un 15 por ciento del total).

Ahí verá dos grandes subidas: una en los años 60-70 y otra a mediados-finales de los 80. En la primera, la causa fue tecnológica: las mejoras en la propulsión marina permitían aumentar la velocidad y autonomía de las embarcaciones, y así pescar más y más lejos. En la segunda, fue administrativa: las áreas jurisdiccionales marinas de los países pasaron de 12 a 200 millas náuticas, y se establecieron áreas de exclusividad económica marinas (EEZ). Ello fue un incentivo para sobreexplotar los mejores caladeros de pesca, por parte de los enormes buques factoría que congelan directamente la captura en alta mar, como nos contaba el maestro Antonio Cerrillo en La Vanguardia hace unos días. Sobrecapturar colapsa la capacidad de recuperación del caladero; luego, llega el inevitable peak (que llegó en 2000, no se equivoque) y, tras él, la disminución drástica de capturas. Eso ya ha pasado en el norte, centro y sudeste del Atlántico, en el Mediterráneo y el Mar Negro y en el sudoeste del Pacífico según el informe de la FAO de 2011 «Review of the State of World Marine Fisheries«. En otras zonas aún se crece. Poco, pero se crece.

Igual recuerda el conflicto del fletán entre Canadá y España en 1995. Cuando la flota pesquera gallega se metió en la EEZ canadiense de Terranova a pescar el fletán (de hecho, un pescado bastante malo, que se parece al lenguado pero sólo en el color), ésta preparó la declaración de guerra a España… Es algo muy serio esto de la pesca: de ella viven en el mundo –según el «Green Economy Report» de Naciones Unidas– unos 500 millones de personas de forma indirecta (170 millones directamente y, de estos, el 30% con pequeños botes de pesca). Además, 1.000 millones sólo toman como proteínas las del pescado. Sólo China consumió el 36% del total de las capturas de pescado en 1997, lejos del reducido 11% de 1976. Son elementos que introducen enorme presión en los ecosistemas marinos (y tambien políticos, porqué no decirlo). Es un tema tan obvio que Achim Steiner -el jefe del PNUMA- denunciaba la situación en Rio+20 sin ningún tipo de complejo.

Pero ¿Tiene remedio esto del «peak fish«? La publicación en 2003 del artículo en Nature de Myers y Worm donde denunciaba el agotamiento del 80% de la biomasa pesquera de grandes peces (tiburones, atunes…) desde 1986 (es decir, desde las EEZ a 200 millas y la consolidación del modelo de la pesca industrial), ha seguido en una tendencia imparable. Ese proceso se ha dado no sólo en las costas sino en todo el océano mundial. En 2006, Worm publicó otro artículo -esta vez en Science– con una predicción escalofriante: en 2048 las capturas -de seguirse con el modelo actual- serían prácticamente nulas (es el gráfico de arriba). Una especie colapsa cuando produce menos del 10% de capturas de su potencial anterior. Pues Worm detectaba que el 30% de las especies de pesca ya estaban en esa situación…  y muchos estudios similares apuntan en esa misma dirección. Sin embargo, hay una puerta a la esperanza: los fondos marinos tienen una elevada capacidad de recuperación si se establecen cierres temporales suficientes de caladeros.

Estos trabajos fueron la base en 2010 del documental «The End of the Line» (bueno, y también es una canción de Metallica…), basado en el libro de idéntico título de Charles Clover, un periodista del Telegraph, acerca de la sobrepesca. Con esto del «peak fish» ha pasado como con el cambio climático: se conocía desde hace mucho, pero sólo desde hace pocos años empezó a preocupar.

¿Qué debe hacerse? tomar una serie de medidas simples, que se realimentan entre ellas: reducir los límites de captura para las especies sobreexplotadas; establecer incentivos económicos para la conservación; obligar a utilizar artes de pesca más selectivas, apostar de forma decidida por la acuacultura (que ya es el 38% del total de la pesca consumida en el mundo) y establecer la zonificación de los océanos en las áreas de pesca explotadas y explotadas. Sin embargo, es un problema muy complejo donde, a menudo, las mayores reticencias a las vedas biológicas las establecen… los gobiernos de los países. Y es que los gobiernos dedican cada año unos 35 mil millones de dólares a subvencionar a las flotas pesqueras (más o menos el 20-25% de lo que cuestan las capturas en el mercado). Se trata de muchos votos en un sector muy beligerante.

Además, cuando se cierra un caladero (como, por ejemplo, el reciente de la anchoa en el mar Cantábrico a pesqueros franceses y españoles), al instante se denuncian los empleos en riesgo, el posible cierre de empresas, y los cientos o miles de familias afectadas (como por ejemplo, nos cuentan aquí). Da igual que los sindicatos lo apoyen. Casos como el de la caballa son paradigmáticos. Es ese tipo de miopía (donde se ven las cosas bien de cerca, pero mal de lejos; sobre todo con el tiempo…) que también se da en otros frentes (llámese carbón, industria discográfica…). Son esos sectores donde se han producido cambios de entorno evidentes (ambientales, culturales, tecnológicos, climatológicos…), pero la industria lucha por mantener el business as usual como sea. Y piense que, en este escenario, la acuacultura (en inglés, fish farming) será una de las principales actividades económicas y de mayor recorrido en el sector alimentario. Nutreco, Marine Harvest y Tyson Foods, son sólo tres compañías líderes en este sector que crecen al +10% anual.

Pero la gran dificultad -porque el riesgo sobre la biodiversidad marina y sus afectaciones sobre la cadena trófica siguen- es la que ya Garret Hardin explicaba en 1968 en su famoso artículo en Science, «The Tragedy of Commons» y la cosa no ha cambiado: es muy difícil conseguir la cooperación cuando existe el libre acceso a los recursos. Siempre existe un incentivo para actuar por tu cuenta (pescar mientras los otros respetan las moratorias de pesca). Para eso están multas y cuotas; si no, el incentivo para sobrepescar es evidente. Es la búsqueda absurdamente racional (pues es puro coste-beneficio) del bien propio frente al común, incluso matando la gallina de los huevos de oro. Y ahí da igual que hablemos de bosques, petróleo, minerales, pastos o peces. Recordemos lo que decía Hardin hace 44 años: “cuando un individuo da rienda suelta a sus intereses particulares en una situación de bienes comunes, asumiendo que su conducta es natural y racional, el resultado es la ruina de todos”. Pues tan fácil y, a la vez, tan difícil como eso.

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¿Petróleo abundante y a 70 dólares? Otro artículo del que (casi) todo el mundo habla

Hará un mes o así, el mundo (científico) andaba revuelto con el artículo «Approaching a state shift in earth’s biosphere» de Nature (y que motivó el post más leído de este blog con más de 23.000 visitas). Pues hace una semana se ha generado cierto debate con el documento de Leonardo Maugeri titulado «Oil: the next Revolution«. El informe, de unas 70 páginas, tiene interés por dos elementos: por un lado, porque ha sido publicado por el Belfer Center, el centro experto en temas de seguridad, tecnológicos, ambientales y de recursos de la Universidad de Harvard; por otro, Maugeri es uno de los más relevantes expertos en petróleo. Ha sido uno de los primeros directivos de ENI, la petrolera italiana, y tiene varios artículos publicados sobre el posible fin del petróleo. Desde agosto de 2011 está de retiro sabático (afortunado él), investigando en Harvard. El documento sigue las ideas mantenidas por Maugeri en los últimos diez años, que no creen demasiado en la existencia del «peak oil«, y ha gozado de cierta expectación más aún cuando publicó una columna resumiendo su trabajo en el WSJ.

Lo del «peak oil» seguro que lo conoce (si no, aquí un post). En 1956 M. King Hubbert, geofísico de la Shell, preveía en «Nuclear energy and the fossil fuels» que la producción de los campos de crudo americanos empezaría a declinar en 1970. Las carcajadas del mundillo petrolero se oyeron desde el 56… hasta ese año (mire el gráfico abajo). Entonces la producción yanqui, tras un máximo de 10.2 millones de barriles al día (mbd), empezó a declinar, justo como Hubbert había predicho. Años después, en el número de marzo de 1998 de Scientific American, los geólogos Campbell y Laherrère publicaban «The end of cheap oil«, donde revisitaban la idea del pico de Hubbert, pero ahora a escala mundial. Claro, a precios de 10 $/barril, también se partieron la caja muchos. Luego el precio rebotó en 2004, y hoy se paga 10 veces más caro. Campbell y Laherrère planteaban, como Hubbert, que las razones del incremento marginal de costes eran de tipo «fundamental«, o sea «técnicas» (en especial el agotamiento de campos sin tasa de renovación suficiente). En la actualidad sabemos que no hay una única razón para la subida del precio del crudo:  la responsabilidad se la reparten los «fundamentales» y los «especuladores«.

Cualquier elemento finito que se extraiga (minerales, agua, galletas de una caja…; da igual) sufre un «peak«. Existen dos fases: en la primera, el coste de la extracción de cada unidad (extraer un barril más para el crudo) es marginalmente decreciente; se amortizan las inversiones iniciales a mayor extracción, y resulta un menor coste medio. Cada vez es más barato producir (o extraer). Tras el pico (que suele darse en el 50% del yacimiento) el coste marginal empieza a aumentar: en el crudo hay que bajar a mayor profundidad, inyectar más agua, gastar más en refino… Piense en la caja de galletas: las de arriba salen fácil; las del fondo, no. Pues el petróleo igual: al ser finito, tendrá su «peak«, y tras él el aumento sostenido de precios. No es «Mad Max«: son costes marginales crecientes.

El problema es saber cuándo ocurrirá. Aquí tiene una presentación de Robert Hirsch, que recoge previsiones posibles. ¿Cuándo? Chi lo sa? Aquí, como en el fútbol, hay bandos. Los que creen que el business as usual con una economía mundial basada en el petróleo seguirá frente a los que ven inminente el fin de una época. En una serie de este blog que dediqué al colapso energético se habló de ellos, pero el fin de la época del petróleo barato (pongamos 30$/barril) no plantea dudas. No volverá. Y ni la IEA las tiene, que ya en el World Energy Outlook de 2010 presentaba un plateau sostenido (abajo) desde 2006. Literalmente decía «su pico histórico«. O sea el «peak oil«… ¿O quizás no? pues Maugeri propone un escenario mucho más optimista: «Contrary to what most people believe, oil supply capacity is growing worldwide at such an unprecedented level that it might outpace consumption. This could lead to a glut of overproduction and a steep dip in oil prices«. Un «glut» dice Maugeri,  o sea, «mogollón» de petróleo.

A partir de datos de BP (la petrolera del reputado «Statistical Review of World Energy» y de la plataforma Deepwater Horizon) Maugeri ha previsto un salto en la producción desde los 93 mbd actuales a más de 110 mbd netos en 2020 (y si son «netos» los brutos, es decir la capacidad de producción, debe ser mayor). En la línea de Yergin (recuerde el post del «plateau«), justifica el aumento por los petróleos no convencionales (recuerde el post de las arenas asfálticas). La producción crecería en Estados Unidos (via «shale oil«), Canadá («tar sands«), Brasil («pre-salt oils«) e Iraq. Los tres primeros con producción no convencional, e ignora a Venezuela («extra-heavy oils»), el país con mayores reservas 3P del mundo, por cuestiones geopolíticas. Por eso Maugeri recuerda que la condición básica para que se cumpla su previsión es «a long-term price of oil of $70 per barrel«. A esos costes empieza a ser rentable el refinado de betunes y alquitranes o acceder a aguas muy profundas. Es el «turn today’s expensive oil into tomorrow’s cheap oil» de Maugeri.

¿Y por qué -humildemente- dudo de los resultados de Maugeri? Por varias razones:

  • La producción de los principales campos (como Ghawar en Arabia Saudí que produce 5 mbd, Samotlor en Rusia que hoy produce 3 mbd de los 7 mbd que producía en 1980, Cantarell en México que produce 2 mbd o Burgan en Kuwait con 2.4 mbd; pero es que estos 4 campos producen… !el 17% del total mundial!), están ya en declive (o sea su «peak oil» particular), como parte de su proceso natural.
  • Los datos de reservas 1P son “sospechosos” (los cables de Wikileaks mostraban las dudas sobre las reservas declaradas, especialmente en Oriente Medio). Igual no hay tanto petróleo como pensamos. Además, Maugeri da por buenos los datos de BP que son «primary sources» es decir, datos brutos de petroleras y gobiernos sin contrastar.
  • Tampoco se descubren nuevos campos grandes, y cuando ocurre, es lentamente, con goteo de inversiones y sin mucho personal cualificado (por todo ello hay una menor tasa de extracción). Piense que el 50% del petróleo mundial sale de 120 campos, y que el 25% sólo de 20. El último gran campo descubierto fue Kashagan en Kazakstan en 2000, y produce 1.8 mbd. El resto del Top 20, a excepción de Shaybah en Arabia Saudí, entró en explotación antes de 1982…
  • Aumenta la tasa de autoconsumo de petróleo de los países extractores (en realidad no son productores, porque no producen nada) y reducen la capacidad de exportación. Por eso la IEA, el G20, la OCDE han pedido eliminar los subsidios (en realidad el petróleo que los ciudadanos árabes, venezolanos, kuwaities, iraníes… consumen a precios de risa y así sus gobiernos tienen paz social). Pero no es ninguna broma, porque con sus elevadas tasas… ¡Arabia Saudí podría ser consumidor neto en 2025!
  • Todo ello incrementa los costes de extracción. Así los costes medios de producción (o sea, suma de OPEX y margen) de 2011 llegaron a los 36 $/barril, pero el marginal estuvo sobre los 92 $ (como en los caros campos de PEMEX). Eso implicó una subida del +26% de los costes de producción durante 2010-2011 según Sanford C. Bersntein.
  • Y en ese escenario, el llamado “petróleo no convencional” (o sea el de betún y arenas asfálticas, como las de Canadá, el Delta del Orinoco, o incluso Vaca Muerta) o el de aguas muy profundas (como el del Tupí y el Pre-sal brasileño) es difícil y caro de extraer (abajo datos de CERA), al margen de los problemas ambientales y de la tasa de retorno energético (la energía que se precisa para extraer un barril de petróleo).

Como verá, razones para mantener los precios altos, pero no para soportar una época de crudo abundante ¡que haga bajar los precios! Cierto es que Maugeri se fija sobre todo en Estados Unidos y ahí probablemente acierte… en parte. Por ejemplo, que vuelvan a producir 12 mbd cuando en su «peak oil» (de convencional) de 1970 producían 10.2 mbd parece complicado. Y que sean autosuficientes cuando hoy consumen 18.7 mbd, también… Además, pasa de puntillas en su documento por varios elementos clave: un breakdown de costes creíble (no lo hace), una evaluación precisa de las inversiones (dice que en 2012 han sido muy elevadas, y con eso basta), nula descripción de los impactos ambientales o las necesidades de agua (recurre a la discriminación positiva: encuentra yacimientos que tienen agua cerca y ¡zasca! todos son iguales); eso sin olvidar ideas como que Iraq y Libia resolverán sus problemas políticos y producirán como antes de sus conflictos como por arte de magia. O sea, es más bien un documento técnicamente inconsistente.

La sorpresa ha sido que el informe de Maugeri ha convencido a más de uno. Algo a los de Reuters; a los del Wall Street Journal bastante más («Has peak oil peaked?«). Pero al Financial Times, no, y a Le Monde menos. La prensa española aún no se ha enterado. Pero ha llamado la atención el cambio de opinión de George Monbiot, uno de los más relevantes periodistas ambientales, convencido del cambio climático. «We were wrong about peak oil: there’s enough in the ground to deep-fry the planet» escribió hace unos días en The Guardian. Mombiot ha pegado un patinazo enorme, al no entender qué es el «peak oil». Ha confundido costes crecientes con escasez y, lo peor, abundancia con costes bajos. No es lo mismo. El «peak oil» traerá crudos cada vez más caros, más lentamente, y de peor calidad. Los crudos convencionales (de la OPEP) subirán de precio, ocupando buena parte de la capacidad de refino (que es un cuello de botella); los no convencionales (sobre todo OCDE) tendrán costes tan elevados de producción que haría falta una enorme cantidad en el mercado (quizás más que un «glut«) para poder llevar el precio medio al switch-up de 70 $/barril de Maugeri. Sinceramente, no creo que el petróleo baje de 100$ por más de dos meses nunca más (si no se va todo a la mierda). Como decía Rockefeller: «fall is not a reason to fear, but an opportunity to buy«. Pues ya sabe: compre.

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Ejércitos «green» y soldados sostenibles ¿Estupidez o necesidad?

¿Qué es la sostenibilidad? Además de una de las palabras más exageradamente utilizadas en lo poquito que llevamos de Siglo XXI, es una forma de hacer y entender las cosas. La palabra se usó por primera vez modernamente en el llamado «Informe Brundtland». En 1987 la ONU encargó a una comisión internacional liderada por la Doctora Gro Harlem Brundtland un informe socioeconómico sobre el futuro desarrollo del planeta. El documento se tituló «Our Common Future«, aunque, a la práctica, tomó el nombre de la Dra. Brundtland. El hecho es que es reconocido por definir por primera vez eso del «desarrollo sostenible» (o sustentable): «aquél que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones«. Pero si me tengo que quedar con una definición, no creo que nadie mejore la que dio un delegado africano en 2002 durante la conferencia Rio+10 en Johannesburg. ¿Qué es la sostenibilidad? Simple: «ENOUGH – FOR ALL – FOREVER». Genial. Comprimido, sucinto y perfecto como un poético haiku japonés. «SUFICIENTE – PARA TODOS – PARA SIEMPRE». No puede ser más sencillo y más perfecto. Así es imposible equivocarse ¿no?

Pues igual no es tan sencillo. Y si no, a ver cómo interpreta las prácticas sostenibles de la marina militar americana, la US NAVY. Y no me crea antiamericano. En absoluto. Unos tipos que incluyen entre sus ciudadanos a la fascinante Scarlett Johansson, a mi venerado Cormac McCarthy o mi admirado Thomas A. Edison, gozan y gozarán de mi simpatía. Creo que la competencia es buena, y los americanos son competencia y competitividad. Y eso me gusta. La cuestión es que a algún tipo se le ocurrió pensar porqué el ejército no podía incorporar prácticas sostenibles. Pues éste se lo debió contar a otro, que mandaba más, y le dieron presupuesto. Y otro, por encima de aquél, aprobó el plan y así, poco a poco, la historia debió ir subiendo en la cadena de mando, y hoy existe una «GREAT GREEN FLOAT«, o sea… una flota de guerra «green»… Con su logo (verde, por supuesto) y todo. Se trata de un conjunto de navíos de guerra y aviones de combate con base en el USS Nimitz (uno de los mayores portaaviones del mundo, con un amplio historial bélico en varias conflictos), que testean el funcionamiento de la flota de guerra mediante el uso de biocombustibles obtenidos a partir de algas y aceites de cocina reciclados.

Si se ha repuesto del shock (a mí me costó cuando lo leí por casualidad en Reuters) y sigue leyendo, sepa que hace poco más de un mes se realizó una de las primeras pruebas de la «Great Green Float» en el Pacífico. En esas maniobras participaron, además del USS Nimitz, dos destructores (el USS Chafee y el USS Chung Hoon), un crucero (el USS Princeton) y varios F-18A Super Hornet y helicópteros Seahawk, todos alimentados con biocombustibles; incluso un misil guiado utilizó combustible «green». La factura del citado biofuel costó 12 millones de dólares, usando 189 millones de litros mezclado al 50% con fuel convencional. Igual pensará que esto es bastante raro y que seguro que han habido descontentos. Las mayores protestas han venido de los políticos republicanos, así que… desconfíe. Las quejas de varios senadores de estados petroleros, han sido lideradas por John McCain. La principal reclamación ha ido en la línea de no gastar más de lo que toca, en lo que creen que no toca. De paso, se le patea el culo a Obama, que así impulsaba el sector de los biocombustibles americano. Recuerde que el historial de Obama con las renovables no ha sido muy lucido, como con el caso Solyndra (aquí el post). Con las algas para biocombustibles algunos han querido buscar cosas raras.

Pero es que las prácticas de incorporar las energías renovables en el ejército americano no se limitan a este test de biocombustibles. Por ejemplo, el USMC (o sea los Marines, ya sabe la infantería de marina americana, probablemente los soldados más famosos del planeta) han integrado el uso de la energía solar en sus equipos militares. La «USMC Expeditionary Energy Strategy«. En otras palabras, conseguir equipos más autónomos de suministro energético en el campo de batalla. Según el manual desclasificado de los Marines sobre agua, energía y residuos, un menor uso de los recursos permite soldados «más ligeros y rápidos«, con mayor «self-sufficiency» y menor «foot print on the battlefield«. 

¿Cómo? pues por ejemplo, con paneles solares flexibles usados en Helmand (Afganistán) para recargar equipos pequeños como radios de campaña, módulos solares autónomos para suministro eléctrico individual, instalaciones solares en las bases de la retaguardia, grandes lonas de camuflaje con paneles solares incorporados, containers solares-eólicos móviles para generación eléctrica, como el Skybuilt… Piense que si los soldados llevan menos baterías en las mochilas se puede llevar más munición, por ejemplo. Y llevan muchas: una patrulla de ocho soldados, que avance unas 40 horas, necesitará 60 kg de baterías… ¡de hasta 7 modelos diferentes! Incluso han pensado en incorporar paneles solares en mochilas y fundas de teléfono. Lo que sea. Todos esos chismes se prueban antes en el ExFOB (Experimental Forward Operating Base), una vez que el E2O de los USMC lo ha estudiado previamente. Y parece que la cosa tiene éxito: los mandos en Afganistán solicitan estos equipos. Y no sólo son los americanos: los soldados australianos también han incorporado células fotovoltaicas a sus equipos de combate.

¿Qué es esto, en realidad? ¿un estudiado Green marketing? ¿un evidente Greenwash? Al margen si el uso de la fuerza es la mejor estrategia para la solución de conflictos (que está claro que con menor ejércitos y armas nos iría mejor), y si tiene sentido defender misiles sostenibles de destrucción masiva (lo que sería una idiotez), lo cierto es que la US NAVY es el primer consumidor individual de combustible fósil del planeta y la incorporación de energías renovables (piense mejor en «autosuministro mediante recursos energéticos locales» más que en otras cosas) puede, además del ahorro, permitir al USMC «saving lives». No es ninguna tontería: más de 3.000 soldados americanos habrían caído en el transporte de suministros en Afganistán e Iraq en emboscadas a los convoyes. La idea es reducir un 50% el uso de energía en el frente, con un menor flujo de aprovisionamientos, que evita poner muchos soldados en peligro, porque, más o menos, los equipos en campaña vienen a consumir el 32% de toda la energía del ejercito (aviones y helicópteros el 46%: ahora entiende lo de los biofuels). Marketing poco: presupuesto puro y duro.

Porque, además de la mejor eficiencia como recuerda el gurú de la energía Amory Lovins (el del segundo informe del Club de Roma de 1998 y del famoso modelo «Factor 4«) esta «desmaterialización» de la tropa (menos peso, menor materiales, menos recursos) es una excelente estrategia competitiva. Pero es que, por otro lado, ni siquiera el Pentágono americano puede abstraerse a este época de austeridad global que vivimos, y en 2008 ya decían «More Figth – Less Fuel«. Lo cierto es que el logo de la «Green Fleet» dice «Energy Security» y no otras cosas. Eso sí sería coherente con la megatrend del ahorro energético. Es lo que Maggie Koerth-Baker nos cuenta en «Before the lights go out» (ya se contó en otro post). No se trata de salvar al planeta (dice) se trata de ahorrar energía o lo que es lo mismo: dinero. Y ya ve que lo de la «sostenibilidad» no aparece por ningún lado. Y si Estados Unidos sigue sin apostar por la lucha global por el cambio climático (el 40% de sus ciudadanos lo niega), es uno de los países con mayor tasa de ahorro energético del planeta. Piense que desde el año 2006 ha reducido sus emisiones un 7.7%. A su rollo, eso sí. El pragmatismo al extremo. Excelente idea, esa de consumir menos energía, incluso siendo militar. A ver si, ya puestos y ahora que parece ser que repiensan el negocio, se dejan de pegar tiros. Los buenos o los malos. Todos.

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El gran apagón indio

Fuente: AP

El martes pasado la India sufrió su segundo gran apagón en 2 días. De sus 1.210 millones de habitantes, más de 600 millones se quedaron sin electricidad el 31 de julio en el norte y este del país, y con temperaturas de más de 30ºC. Un fallo en una subestación de la ciudad de Agra (donde está el Taj Mahal) se propagó por 19 estados; se paralizaron trenes (con 300.000 pasajeros tirados en ellos), suspendiendo el servicio del metro de Delhi y Calcuta, se interrumpieron la actividad de casi todas las grandes infraestructuras del país: hospitales, plantas de tratamiento de agua, industrias… Se generaron múltiples atascos: la carretera Delhi-Gurgaon se bloqueó con más de un millón de conductores en sus coches. Incluso en una mina de Bengala quedaron atrapados 200 mineros que, felizmente, pudieron abandonar sin más que el susto. Un día antes, el lunes, más de 300 millones de personas, en 14 estados, fueron afectadas por otro apagón, también en el norte, producido a las dos de la madrugada. Tras unas doce horas la estatal Power Grid Systems Corp. informó que la operación en Delhi se restauraba, pero la cosa fue a peor… al día siguiente.

Para entender la magnitud del suceso, equivale a que el 10% de la población mundial se quedara sin electricidad. Es el peor apagón de la historia. En febrero de 2009 hubo otro enorme «blackout» en Estados Unidos, que sólo afectó a 50 millones de personas. Ese mismo año hubo otro entre Brasil y Paraguay que, tras la caída de la hidroeléctrica de Itaipú, dejó sin suministro a 90 millones de abonados a las diez de la noche. El pánico fue tal que en Río y Sao Paulo se movilizó a los soldados que, fusil en mano, apatrullaron la ciudad. El de 2005 en Indonesia, entre las islas de Java y Bali, dejó sin luz a 120 millones de personas. Aún recuerdo el de septiembre del año 2003 en Italia, por los SMS con los que iba informando il Cavaliere, y que algunos amigos italianos me mostraron. Pero, seguramente, el blackout más famoso fue el del 19 de noviembre de 1965, que dejó sin luz a cerca de un millón de newyorkers, y que originó la leyenda urbana de un «baby boom» en Nueva York nueve meses después. Qué más les hubiese gustado a algunos…

A pesar del récord, el apagón indio no fue algo inesperado. Con sólo el 80% del país electrificado, la India padece una escasez crónica de energía. Y hay que suministrar a esos 400 millones de personas que no conocen la electricidad y proveer combustibles para ese nuevo millón y medio de automóviles (sí, lo leyó bien: 1.500.000) que cada mes se matriculan. Muchas ciudades sufren con regularidad cortes temporales en el suministro eléctrico, y un total blackout genera un debate sobre cómo seguir creciendo. La India consumía 15 kWh por persona en 1950, y pasó a consumir unos 470 kWh en 2007… Los chinos el triple. India aún es el país 160 del mundo en consumo eléctrico per cápita.

¿Qué precisan para seguir creciendo? Aumentar su capacidad instalada. El Ministry of Power indio ha ido desarrollando planes quinquenales que si bien han tenido éxitos económicos, no han cumplido los objetivos energéticos. El Eight Energy Sector Plan (1992-1997) buscaba «Strengthening the infrastructure (energy, transport, irrigation, communication) in order to support the- growth process on a sustainable basis» instalando 40 GW, se quedó en poco más de 17 GW. El Ninth (1997-2002) que aspiraba a 42 nuevos GW «ensuring environmental sustainability of the development process through social mobilization and participation of people at all levels», no instaló más que 19 GW. El Tenth (2002-2007) se quedó en 20,5 GW de los 41 GW previstos. En pocas palabras, todos sus planes de desarrollo de nueva potencia se han quedado a medias. Y ahora se nota ese déficit de capacidad, y que de «sustainable«, más buen poco. Con 208 GW instalados (en 1947 sólo tenía 1,5 GW), el país sigue creciendo (aunque ¡cuidado! del 9,3% de 2010 se ha pasado a un 5,3% de PIB en 2012, sin los dos dígitos de 2004-2008) pero muchas infraestructuras ya no dan más de sí. Eso sin olvidar que el 80% del sector eléctrico indio es público.

Fuente: National Geographic

¿Y qué ocurre si no desarrollas nuevas infraestructuras energéticas? Dos cosas: por un lado, sobreexplotas las que tienes (redes, subestaciones, centrales eléctricas); piense que las pérdidas eléctricas han aumentado del 22% al 25% en menos de diez años; por otro, sigues apostando por las energías fósiles (tus centrales viejas queman más carbón o gas, yendo a mayores factores de carga). Ello explica que la India ha aumentado sus emisiones de gases de efecto invernadero un 58% en 1994-2007, en especial en el sector energético (la mitad). En India el carbón es el 70%, la hidroeléctrica el 14% y el gas natural el 10% de la matriz energética. La demanda de energía crece, y se apuesta por el carbón (ya lo vio en el anterior post). Pero hay también un «apagón» en el carbón, pues buena parte del mismo es autóctono. Cuando el año pasado decidieron cerrar algunas minas por problemas ambientales (en las zonas «no-go«), empezaron los «shortages» de carbón, la escalada de precios por el carbón indonesio importado y, de paso, las broncas entre el ministerio, los ecologistas y la industria. Ya sabe: a mayor renta, mayor preocupación ambiental. «Qué sucio» dicen unos; «así no creceremos» dicen los otros. Lo de siempre.

Pero lo que llama la atención del apagón del lunes 30 es que ocurrió a las 2:35 AM. Esas son las «horas-valle«, lejos de las llamadas «horas-pico«, de mayor demanda (que suelen ser las del mediodía, por lo general). No es lógico. Pero es que ante la falta de capacidad instalada, las políticas energéticas de la India han generado un tipo diferente de demanda. Durante el día, los clientes industriales (el 38%) sólo pueden consumir una cantidad limitada de energía ¡porque el gran consumo en India se produce en el sector doméstico! Pero después de las 10 PM la restricción se retira, y se les permite consumir todo lo que quieren a las industrias. Se buscó trasladar parte de la demanda del día a la noche para evitar que coincidiesen los consumos industriales y domésticos, pero ni así. Hay un déficit energético que el NBR ya ha denunciado, y que la CEA (Central Electricity Authority) considera del 8-12%.

Fuente: Indian Institute of Tropical Meteorology

¿Y cómo se agravan estos efectos? Con la falta de lluvias: sólo en este 2012 han sido el 10% menos. La dependencia de las lluvias estacionales de la India es única. Los famosos monzones, impredecibles e irregulares, les proporcionan el 80% del agua de lluvia. No olvide que es una de las regiones del planeta con mayores problemas de acceso al agua dulce (y piense que el 25% del PIB indio es agrícola, y ocupa al 70% de la población). Esa menor precipitación ha obligado a los agricultores han debido a bombear agua de pozos más profundos (60 metros de profundidad en el Punjab y hasta 200 en Gujarat) y eso aumenta el consumo eléctrico y de combustible en grupos diesel. ¿Adivinan a quién culparon del apagón los de las eléctricas del norte? pues a los estados agrícolas vecinos a Delhi. Pero es que los últimos 30 años (puede ver el gráfico de arriba del Indian Insitute of Tropican Meteorology) han constituido una serie de menores precipitaciones. Según Scientific American un 20% menos. ¿Adivina qué estados dependen más de la energía hidroeléctrica? Correcto. Los del norte en un 28% (el doble de la media del país).

¿Ha sido el cambio climático? Bueno, no directamente; aunque muchos entienden que sí. Esto no es un causa-efecto mecanicista (si es que algo lo es). Pero lo cierto es que las series extremas aumentarán. El cambio climático conllevará, en realidad, incertidumbre climática, y esa es la manifestación de los cambios en la meteorología: más años de sequía, más con inundaciones; las regiones húmedas, más húmedas y las secas, más secas. Las políticas energéticas indias agravarán, sin duda, esos efectos. Localmente, pues la dependencia climática de todo el sudeste asiático es muy elevada, pero la afectación es, en realidad, global. La salida de la India de la encrucijada es cambiar, apostando por un modelo menos intensivo en carbono. ¿Cómo? Por ejemplo, importando energía hidroeléctrica de Bután (como con la nueva central de 1 GW de Tala), apostando por la energía solar en aplicaciones off-grid, o -eso ya es más bestia, para ellos, tan hindues- aceptando inversiones pakistanies -tan musulmanes-. No será por opciones. Igual el apagón más grande de la historia cambia algunas ideas. Que sea para bien. Námaste.

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Megaciudades, con carbón por un lado y campesinos por el otro

Fue en algún día de 2007. «The world comes to town» decía The Economist. Era el mayor cambio global de la humanidad hacia el industrialismo. Por primera vez en la historia más del 50% de la población mundial vivía en ciudades. Dice la Organización Mundial de la Salud que en 2025 será el 58%: unos 4.000 millones de personas. En 2050 un 70%. ¿Blade Runner hecho realidad? Igual sí, pero sin coches volando. Se espera que la mayor parte de este nuevo crecimiento urbano tenga lugar en Asia. Normal. El eje de gravedad de la geopolítica mundial se ha desplazado del Atlántico al área del Asia-Pacífico (allí es donde Obama concentrará el gasto militar). No va a estar en el Atlántico como en los últimos 500 años. La Unión Europea y sus mercados (maduros y endeudados) no dan para tanto: las crecientes clases medias consumidoras están sobre todo en Asia. Y miles de emigrantes rurales cada día se desplazan del campo a la ciudad en busca de trabajo. Campesinos en éxodo hacia las ciudades indias, chinas, pakistaníes… Piense que la agricultura ocupa a 1.300 millones de personas: el 40% de los trabajadores (en Asia, Africa y Oceanía más del 50%).

Para McKinsey todo este crecimiento urbano aún potenciará más la «tercerización» de la economía global. De hecho, los gigantes económicos no son países, sino ciudades. No es población: es estructura productiva. La mitad del PIB mundial de 2007 lo generaron 380 ciudades en las regiones desarrolladas; de hecho, más del 20% del PIB mundial proviene de… 190 ciudades de Norteamérica (vea aquí la tabla del WSJ). El PIB de Nueva York (y alrededores) es parecido al de toda España. El de Chicago es como el de toda Bélgica. Los Ángeles supera el de Suiza, o San Francisco a Dinamarca. Luego, otras 220 ciudades más contribuyeron a otro 10%. Pero el cambio de paradigma será brutal: según McKinsey, 100 de esas ciudades caeran de la lista en 2025… porque entrarán 100 ciudades chinas. Por ejemplo, Shanghai añadirá unos 200,000 nuevos residentes al año entre 2010 to 2025 hasta llegar a los 20 millones. Sin embargo, las mayores tasas de urbanización se darán en las nuevas y emergentes mega-ciudades como Kinshasa, Lagos, Karachi, Dhaka, Mumbai, Manila, Lahore y la «campeona» Delhi, con más de 400.000 nuevos ciudadanos al día. Lo dicho: éxodo agrícola en busca de mejores oportunidades.

Todo ello va a poner en tensión sus infraestructuras urbanas. Imagine el colapso de los transportes públicos, las necesidades de agua potable, los cortes de suministro eléctrico, los servicios sanitarios, las cloacas…  Y… !a edificar! Porque China e India precisarán de 16.000 millones de nuevos metros cuadrados para albergar a esos 1.000 millones de personas recién llegados…. Y ahí están sus burbujas. En 2006 Mike Davis publicaba su famoso «Planet of Slums«: un libro que relataba dónde iban a vivir los recién llegados. Eso de las «Slum cities» es la forma glamurosa que tienen los arquitectos de referirse a las «chabolas» en España, las «villas» en Argentina, los «ranchitos» en Venezuela, las «favelas» en Brasil, los «tugurios» de Colombia, los «shanty towns» americanos o el «llegaypón» cubano (estos, siempre tan guasones) . Todos son lo mismo: casetos para malvivir, montados como se puede y al margen del ordenamiento urbanístico. Nombres para expresar la misma miseria urbana. Y, como decía Davis, «constituyen un asombroso 78,2 por 100 de la población urbana de los países menos desarrollados y al menos un tercio de la población urbana global«. O sea, un montón de «volcanes a la espera de entrar en erupción«.

Pero es que, además, este éxodo, que resulta un «revival» de la revolución industrial victoriana, es el primer gran driver para la demanda de carbón. Aunque las economías emergentes han aumentado (y mucho) la demanda de petróleo, casi asumiendo el 100% de la cuota cedida por la OCDE (entre eficiencia y recesión), los kWh que producen no los generan quemando petróleo, sino… carbón. Desde el año 2000, el consumo de carbón ha aumentado más que el de cualquier otra fuente de energía: más del 56% según el BP Energy Outlook. ¡Ay el carbón…! Tan versátil como contaminante. Se puede almacenar fácilmente y transportarse por barco, tren, camión… Pero, además, es muy barato: en 2012 su precio ha caído un 40%. Y aún sale más rentable,  si te importa un bledo su contenido en azufre, sus inquemados, sus partículas y sus emisiones. En otras palabras, es el recurso energético perfecto para quemarlo sin ningún tipo de regulación ambiental vigilante. De hecho, cuatro de los seis primeros consumidores de carbón son BRICS: China (1º), India (3º), Russia (4º) y Sudáfrica (5º). Pero, sin olvidar que China usa hoy en día más carbón que el tercero, cuarto, quinto y sexto juntos.

Y es que más del 75% del carbón que se consume en Asia lo hace en China. Y piense que esa urbanización brutal se ha doblado desde el año 2000, a razón de un 1,5% anual de incremento, lo que para 1.400 millones de personas, es mucha gente. Y esperan a 300 millones de personas más dejando el campo por la ciudad. Porque el carbón suministra la electricidad de 3.000 millones de personas en el mundo (o sea el 40% de la generación eléctrica) y es básico para la producción de acero que a razón de 2.4 millones de toneladas al día. Porque el 70% del acero mundial precisa de carbón. El crecimiento económico y, por tanto, energético de Asia Pacífico se basa en el carbón. Bueno, y alcanza máximos en la generación eléctrica de ingleses, polacos, españoles, italianos e incluso alemanes… y la mayoría de utilities europeas no le hacen ascos al carbón, aunque losamericanos, eso sí, prefieren su baratísimo «shale gas»… Señoras y señores, vuelve el carbón hecho un chaval, como en los mejores tiempos de la inglaterra victoriana, con ganas de ser la primera fuente energética del planeta.

Porque el carbón -con sus maravillas y miserias- es el combustible perfecto para este mundo en colapso, no sólo económico, sino sobre todo ambiental y social. Esta crisis que empezó en el 2008, y que primero fue financiera, luego mutó a económica y ahora es fiscal, tras meter la pata todos los gobiernos europeos en su diagnóstico («gasta, que esto pasa rápido«), sólo van a acelerar la transición al carbón (barato, flexible, omnipresente) como la fuente de energía más utilizada en estos tiempos de perplejidad y bajo o nulo crecimiento. Porque ya hemos visto dónde ha ido a parar el medio ambiente en las agendas políticas: Cancún, Durban, Rio+20… «Who cares?» Con la convergencia de las economías OCDE -de alta renta-  hacia las BRICS -de baja renta-, el carbón queda como la forma más barata para la producción de energía global. Efectivamente, el sucio y barato carbón añade un enorme valor a las presionadas economías occidentales (que lo queman en sus viejas centrales eléctricas) y soportan el desarrollo de los BRICS (que no precisan del caro gas natural). El mundo apuesta por lo fósil… y es más que una metáfora.

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