8 euros y 47 céntimos para salvar la biodiversidad del planeta

9 euros es, hoy en día, una cantidad de dinero para poder comer un menú razonable en la mayoría de capitales de provincia de España al mediodía. Un primer plato a base de ensalada o carbohidratos, un segundo decente (incluso con pescado), un postre industrial, pan precongelado y vino peleón -con gaseosa a discreción-; también puede escoger agua, si no quiere dormirse al mediodía. Pues esa misma cantidad es lo que le costaría a usted cada año detener la que parece ya inevitable sexta extinción masiva de especies de la Tierra. Con unos 80.000 millones de dólares, que divididos entre los 7.000 millones de habitantes que habitan el planeta dan esa cantidad de 8,47 euros o 11,42 dólares, parece que se podría detener la pérdida masiva de biodiversidad. O al menos eso es lo que se deduce del estudio publicado en “Science” titulado «Financial costs of meeting global biodiversity conservation targets: current spending and unmet needs» y liderado por Donal McCarthy de BirdLife. De esa cantidad  una pequeña parte (4.000 millones de dólares) iría a “reducing the extinction” de las especies amenazadas y el resto (76.100 millones de dólares de nada) a proteger hábitats en situación crítica. ¿Barato?

Eso de «biodiversidad» suena muy académico desde que lo propuso Walter Rosen en 1986. Así que si, en lugar de eso de “perder biodiversidad”, le cuentan que estamos eliminando masivamente muchas de las especies animales y vegetales que hay en el planeta, es probable que la cosa le empiece a preocupar. Igual piensa que sólo se trata de algunas plantas exóticas y unos pocos bichos raros. En absoluto. De los 7 millones de especies que, más o menos, habitan la Tierra están en peligro… ¡un 12%! y con una tasa de pérdida de unas 150 especies al día. Y eso que la comunidad científica cataloga cada año unas 10.000 nuevas especies -principalmente insectos-, y que parece que quedarían por descubrir hasta 40 millones de nuevas especies, en su mayoría insectos (¡30 repugnantes millones!), bacterias y hongos. Sólo una especie de todas las que habitan la Tierra parece no tener riesgo de desaparecer: los 7 mil millones de humanos, que podrían llegar a ser 9 mil millones en 2050.

Que la Tierra pueda estar cerca de la sexta extinción masiva de especies es algo sobre lo que muchos científicos nos advierten desde hace tiempo. En realidad, nuestro planeta ya habría vivido otras extinciones masivas de especies hace 450, 359, 251, 200 y 2 millones de años que habrían acabado con el 75% de las especies. Tras 3,5 millones de años de evolución y cinco grandes extinciones, cierto es que las especies que habitan la Tierra son duras de pelar, pero igual no tanto… En otro estudio, liderado por Anthony Barnosky, de Berkeley y publicado en “Nature” hace un año, de significativo título como es “Has the Earth’s six mass extinction already arrived?”, se planteaba el hecho de que podríamos estar enfrentando la sexta gran extinción de especies. Esta vez la causa no serían glaciaciones o meteoritos como en las otras, sino… el hombre. De todo ello ya se habló en este post (el mas leído en este blog).

El estudio de McCarthy calcula los costes financieros de conservar la biodiversidad; es decir, de evitar esa sexta extinción masiva. Se presentó en 11ª sesión de la Convención sobre la Diversidad Biológica (CDB) que tuvo lugar en Hyderabad, India, hace un par de semanas. Allí trataban de establecer los compromisos para detener la extinción y preservar la naturaleza para el año 2020, el compromiso internacional establecido en la  la famosa convención de 2002 sobre la biodiversidad. Aunque parece firme y 2011-2020 se declaró la Década de la Biodiversidad, todo esto no parece suficiente. Sigue el goteo de especies extinguidas para siempre. De hecho, en un artículo de «Science» en 2010, donde el investigador Stuart Butchart coordinaba a un grupo de investigadores del IUCN, se determinaba que el ritmo de pérdida de la biodiversidad seguía siendo significativo, sin descender las presiones sobre flora y fauna del planeta. La cosa no anda bien. De hecho, a partir de ese informa, claro y verosímil, se ha armado buena parte del informe ambiental de Naciones Unidad GEO5, que resulta referente periódico del estado ambiental de nuestro planeta.

¿Pero cómo llegan a esas conclusiones monetarias? Bueno, es importante recordar que los dos autores principales provienen, respectivamente, de BirdLife Internacional y la RSPB, y que extrapolaron los resultados del estudio realizado sobre aves para obtener respuestas a cómo conseguir la protección de todas las especies. En cualquier caso, otros autores provienen del PNUMA, de WWF, de las universidades de Princeton y Cambridge y de una docena de organizaciones ambientales más. Hay activismo, sí; pero también hay rigor académico y, claro, el aval de «Science»… No creo que el estudio sea parcial ni infle las cifras. ¿Qué cifras? Para empezar, reducir el riesgo para todas las especies de aves amenazadas hoy costaría entre 880 millones y 1.230 millones de dólares al año durante la próxima década. La “reducción del riesgo» sería mejorar la situación de todas las aves de la «Red List» de Especies Amenazadas de la IUCN (o sea, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Son aves que hoy se categorizan como «en peligro crítico» que, de mejorar, pasarían a «en peligro» y que, de mejorar, luego pasarían a «vulnerable«. La cosa está muy complicada para los que caen en esa maldita “Red List”…

Desde ahí, y junto con datos sobre los costos necesarios para proteger a otras especies de animales y plantas, estimaron que mejorar la situación de todas las especies conocidas y amenazadas en la actualidad vendría a costar entre 3.410 y 4.760 millones de dólares anuales. La media son unos 4.000 millones. Para la protección de los hábitats, consideraron las «Important Bird Areas«. Se trata de 11.731 espacios terrestres y marinos identificados como importantes para la conservación de la biodiversidad en todo el mundo. Como la gestión eficaz del 28% de esos lugares costaría 7.200 millones al año, extrapolando la protección de los espacios adicionales salen unos 50.600 millones. Todo en dólares. Luego extrapolaron para calcular el coste de proteger todos espacios importantes para el mantenimiento de la biodiversidad. Como el 71% de los espacios necesarios para proteger a todas las demás especies ya están en las áreas importantes para las aves, resulta un total de 76.100 millones de dólares anuales para proteger todos esos espacios naturales realmente importantes del plantea y las especies que dependen de ellos. Ya ve: de las aves al resto.

No son buenos tiempos para pedir dinero. Eso está claro. Los gobiernos de casi todo el planeta están en bancarrota, la banca comercial anda achicharrada por los activos tóxicos inmobiliarios, la banca de inversión -pobrecica mía- ha reducido algunos de sus bonus; los que fabrican no tiene clientes, y los que compran no tienen dinero ni humor. ¿Soluciones? Los que piden más austeridad están congelando la economía mundial; los que piden planes de estímulo quieren resolver la crisis de deuda… con más deuda. La solución de unos y otros es, al final, enchufarle el problema a las generaciones futuras, míseras y endeudadas de por vida y, encima, en un planeta hecho un asco. Gracias a las tres generaciones de gilipollas que han gobernado despilfarrando y han dilapidado el planeta entre siglo XX al XXI. Pero luego estamos los que tenemos la responsabilidad de pensar si vamos a renunciar a un menú al año para evitar la extinción de todas las especies amenazadas del planeta. Bueno, sólo son números, aunque como dice el mismo Donal McCarthy «el total requerido es inferior al 20% por ciento del gasto anual de refrescos en el mundo«. No sé si es mucho o poco, ni como se recaudaría; ¿con un bote como las propinas? ¿con un website? ¿con un gran día de recaudación con pegatinas, como con la lucha contra el cáncer? No sé, pero… ¿no cree que vale la pena renunciar a ese menú? Es triste pedir, pero más triste es perder la biodiversidad. 9 euros. No. Menos.

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Racionalmente green

Hará unos días que www.amazon.com, la mayor plataforma del mundo de venta on line, fundada a mitad de los 90 por el hoy poderoso y rico (eso dice Forbes) Jeff Bezos como Cadabra.com (vaya birria de nombre), y rebautizada como Amazon (para salir antes en las búsquedas alfabéticas) acaba de abrir un nuevo website llamado Vine.com donde vende productos «green» (llamémosles así). Vine.com ofrece a sus clientes un amplio espectro de productos que van desde los alimentos, a los cosméticos, droguería, comida para mascotas, ropa… En el argot del marketing de consumo es un one-stop shop: un sitio dónde se vende un poco de todo. Lo que te haga falta; y lo que no, pues también. Es el paraíso del cross-selling. Sus productos fomentan el consumo local («made in your own community«), son orgánicos («great tasting, good for you«), eficientes («energy- or water- efficient«), saludables («contribute to a healthier home«) o, incluso, renovables («run on their own renewable energy«).

En realidad, no es un proyecto 100% de Amazon. En 2010, compraron Quidsi Inc. que es la promotora de este portal, que ya vendía on line productos «del hogar» a través de Yoyo.com, Diapers.com o Soap.com. Sólo les costó 550 millones de dólares. Pero en Vine.com sí utilizan la potente plataforma on line de Amazon, con sus fantásticas recomendaciones, según tus compras anteriores y las de otros clientes similares, (inteligencia colectiva, como ya vio en otro post), y sus robots, que en dos días han encontrado los productos, los han empaquetado y enviado a su casa. Que Amazon se ha tomado en serio este portal lo prueba haber puesto al mando de Vine.com a un auténtico gurú del «green» como Josh Dorfman, el tipo que se inventó GoodGuide. ¿Y eso qué es? Una plataforma multimedia que compara productos, valorando si son saludables, si impactan sobre el medio ambiente y evaluando la conducta social de las empresas. En pocas palabras, si usted duda sobre si un chisme concreto es más o menos «green», en GoodGuide se lo han evaluado y puntuado, y así usted toma su decisión fácilmente, e incluso desde su Smartphone.

Pero si usted echa un vistazo a Vine.com se dará cuenta de que por ningún lado se habla de catástrofes, calentamiento global, crisis ambiental o de querer salvar el planeta. No. Simplemente presentan productos que califican como mejores. Dorfman declaraba al New York Times: «This is a site that is not necessarily about saving the planet, though we feel the products are useful in that regard«. Genial. Dorfman hará unos años publicó un libro que tuvo un cierto éxito «The Lazy Environmentalist«, que subitulaba como «Your Guide to Easy, Stylish, Green Living«. De entrada, su portada no tenía el verde, ni arboles, ni cielos azules. Sólo un sofá. Con un cierto sentido del humor, Dorfman proponía practicas, productos y empresas compatibles con la sensibilidad ambiental. Desde ataúdes a pañales. Pero todo ello sin sugerencias de corresponsabilidad o dogmas ni, sobretodo, fatiga. Ya sabe que la fatiga es el primer enemigo de la sensibilidad ambiental (como ya se comentó en este otro post). Pues ese modelo lo sigue en Vine.com: «It’s really saying to mom, ‘If you care about raising safe and healthy kids and you feel green products without chemicals can help along the way, we’ve figured out ways to help you do that«. Si te interesa esto, aquí lo puedes encontrar. Es su filosofía.

Aquí se plantean dos buenos ejemplos de la problemática de la sostenibilidad. Por un lado, ¿Hasta qué punto fomentar el consumismo es una buena práctica en sí misma? Para algunos quizá Vine.com y Amazon.com (con sus envíos gratis y su presión sobre los pequeños comercios locales), no sea el mejor ejemplo de empresa sostenible. Depende de cómo se quiera entender eso de la sostenibilidad, si como austeridad en el consumo (algo más cercano al consumo responsable) o como consumismo compatible con el desarrollo (una simple actividad económica más). En esa línea, el hecho de presentarse simplemente como un portal en el que uno puede comprar «everything to live life green» le distingue. Lo que Vine.com vende no deja de ser una opción más. No es un cambio de vida, ni una virtud. Es una elección. Si a usted le interesa esto, aquí lo tiene. Sin más. Vine.com es una marca green que usted buscará. Comprar en Vine.com hablará de usted. Como establecía John Grant en el excelente «Green Marketing Manifesto» allí por 2007 (ya se contó en este post): “green marketing is about making green stuff seem normal, and not about making normal stuff seem green“. Eso hace literalmente Vine.com.

Pero Vine.com también es un buen ejemplo de una nueva forma de hacer comunicación más lejana de lo emocional que ha sido la tradicional del green. En efecto, la habitual política del green marketing ha buscado provocar en el consumidor sentimientos positivos o negativos, como bienestar, malestar, placer, deseo, nostalgia, tristeza, ternura, etc. que le empujen hacia dicho producto. Y culpa. Muy a menudo, la culpa. Es la teorizada como «consumer guilt» y considerada -desde los 90- un relevante elemento del marketing. La culpa es una emoción distintiva muy útil para modificar actitudes, pero no conductas. La culpa no es racional. Bajo la culpa o el miedo no se piensa con claridad, y eso es aprovechado para enchufarnos productos salvadores. Por ejemplo, uno se siente culpable de no apagar las luces, pero no instalar bombillas de bajo consumo no genera la misma responsabilidad. ¿Lo duda? la consultora Shelton realiza el Eco Pulse de forma periódica, una encuesta sobre conductas green. En la de 2012 contaban como el 40% de los americanos se sentía culpable de malgastar comida. Culpable. Sólo al 9% le sabía mal el no usar LEDs. No culpable.

Y quizá por eso me parece interesante lo que propone Vine.com. Mejor dicho: cómo lo propone. Es cierto que todos queremos vivir de forma más sostenible; pero me van a tener que convencer de que todos esos mismos no quieren comprar cosas. Vine.com le ofrece una alternativa de consumo claramente blue-green (es como se denomina a lo que podríamos llamar como «eco-capitalismo» y que en algunos partidos políticos empieza a ser algo más que una idea: ser conservador y ecologista). Y si se puede elegir (hoy en día hay demasiados que no tienen elección en su consumo), y usted puede escoger consumir más, menos o nada de lo que sea, me parece de agradecer que la comunicación sobre los productos «green» no sea tan emocional, por no decir inculpatoria. Porque, al consumir, todos buscamos lo más saludable, equilibrado, humano y respetuoso con el medio ambiente. Pero no es menos cierto que, igual, ya no somos tan impresionables. Y sabemos que la cosa no va de comprar «green«, sentarnos, limpiarnos las manos y, mientras nos dan cuatro palmaditas y nos felicitan por lo majos que somos, pensar que no tenemos ninguna responsabilidad sólo porque compramos algo hecho de bambú, en una bolsa sin PVC en el comercio de la esquina.

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Climas extremos llegados para quedarse

El tiempo está loco. O peor. Lluvias torrenciales en el sureste de España a final de septiembre. 10 muertos. Terribles tornados en Kentucky en marzo. La peor sequía en Estados Unidos en los últimos 25 años. En Rusia, algo parecido. Incendios forestales en media Europa (agravados por los recortes en servicios públicos). En India, un 10% menos de precipitación en este año ha generado una terrible crisis agraria, que tuvo su reflejo en el apagón más grande de la historia del mes de julio. Eso sólo en 2012…. Porque mirando los últimos años aún  hallamos muchos más ejemplos extremos. Recuerde. En 2011, el huracán Irene visitaba Nueva York. Tremendas inundaciones en Pakistán en 2010 que dejaban cientos de muertos. El ciclón Nargis dejaba más de 130.000 muertos tras su paso por Birmania. La ola de calor de 2003 mató a decenas de miles de personas en Europa: sólo en Francia se calcularon casi 15.000. Y eso sin contar a los terremotos y tsunamis (eso no es climatología).

Porque… ¿Qué le pasa al clima? ¿Realmente está cambiando o es casualidad? ¿Qué tiene que ver el cambio climático en esto? En 2012, y viendo como el hielo ártico está en mínimos desde 1979, pocas dudas quedan ya sobre la existencia del cambio climático. La duda es si eventos climáticos en el corto plazo (como son los metereológicos extremos) pueden relacionarse vía el causa-efecto con un fenómeno tan complejo y, en el fondo, de consecuencias a largo plazo como es el calentamiento global. El mexicano (de origen) Mario Molina, que compartió en 1995 el premio Nobel de química por sus trabajos sobre los CFC y sus efectos sobre el agujero de la capa de ozono, sin embargo, lo tiene claro: «important changes have occurred in the scientific understanding of the extreme weather events […]. They are now more clearly connected to human activities, such as the release of carbon dioxide ― the main greenhouse gas ― from burning coal and other fossil fuels«.

Igual Molina ha leído el último articulo de Hansen de julio pasado titulado «Perception of climate change«. El Dr. James E. Hansen es, ni más ni menos, el tipo que popularizó el cambio climático en el estamento nivel político, allí por 1988. Entonces trabajaba en la NASA y tenía suficiente llegada como para presentar ante el Congreso Americano (ante un flipado Al Gore, entonces congresista por Tennesse) sus conclusiones sobre el tema: «The global warming now is large enough that we can ascribe with a high degree of confidence a cause-and-effect relationship to the greenhouse effect«. Empezaba una época. Pues ahora Hansen (que en estos años ha publicado mucho más) dice que, como piensa Molina, podemos ver como el cambio climático ya modifica nuestra meteorología. Hansen demostraría en ese paper cómo la probabilidad de tener estaciones inusualmente cálidas aumenta. En especial en verano, cuando los cambios tienen efectos prácticos.

Hansen ha estudiado las anomalías de la temperatura en el período de base 1951-1980: un periodo donde la temperatura global resultó muy estable, siendo útil para comparar. Sus resultados muestran como la distribución de probabilidad (frecuencia de ocurrencia de temperaturas) de las anomalías locales de la temperatura media de verano seguías una distribución normal en los años 1950, 1960 y 1970 en ambos hemisferios. Pero a cada nueva década, la distribución se habría achatado y desplazado hacia las anomalías positivas, es decir a la zona de mayores temperaturas (las llama «hot outliers«). Al revisar las desviaciones típicas (σ) mayores de 3, y observa que si en 1950 ahí estaba el 0.1% de los episodios de calor extremo, en 1980 a 3σ estaba… el 10%. O sea 100 veces más. El planeta se calienta y cuando hace más calor, es mucho más calor. Y con el frío ha pasado lo mismo, aunque son más frecuentes los episodios calientes que los fríos…

La gracia es que Hansen no utiliza un modelo informático de simulación climática, sino que estudia estadísticamente datos empíricos. Explica qué ha pasado. Y, claro, explica muy bien las sucesivas y salvajes olas de calor que han azotado los últimos años, y en especial, el hemisferio norte. La duda está en por qué ha pasado eso. Está claro que hay correlación  entre calentamiento global y mayor presencia de episodios extremos, pero establecer una relación causa-efecto es difícil. Y Hansen se moja, porque literalmente dice: «[…] we can state, with a high degree of confidence, that extreme anomalies such as those in Texas and Oklahoma in 2011 and Moscow in 2010 were a consequence of global warming because their likelihood in the absence of global warming was exceedingly small«. Quizá demasiado categórico. Y, claro, muchos científicos han rebatido esa declaración.

Y es que es muy difícil demostrar esa relación. Weber establecía en 2010 esas barreras para entender el cambio climático e indicaba el enorme riesgo de asumir esa relación demasiado tarde, por el desfase temporal entre causas a corto y efectos a largo. Que hay relación parece evidente, pero… ¿Si atacamos el cambio climático con éxito reduciremos episodios de clima extremo? Igual hay que ser más pragmáticos. Munich Re -sin duda, la primera compañía de seguros del mundo– habla sin tapujos del tema. Su NatCatSERVICE recoge datos de hasta 1.000 catástrofes naturales al año, que estudia y analiza. Mire el gráfico de abajo. Los fenómenos naturales extremos se han multiplicado por 3 en 30 años (los terremotos más o menos siguen periódicamente iguales; no es el fin del mundo que pronostican los mayas -aunque parece, que en realidad, se quedaron sin papel-).

Eso sí, resulta evidente que un fenomemo no climatológico, como los terremotos, son la peor catástrofe. Pero las peores con la que lidian las compañías de seguros (es decir, las que casi seguro obligan al pago de primas) incluyen huracanes, tormentas e inundaciones (7 de las 10 peores de los últimos 30 años). Clima extremo, sí; pero con extremas pérdidas económicas. Y es que 2011 fue el año más costoso en lo referente a catástrofes naturales. Cierto es que el terremoto (y posterior tsunami) de Japón de 9 en la escala de Richter computó el 50% de los costes; pero el año pasado los desastres naturales nos costaron casi 380.000 millones de dólares. Eso sí, terremotos aparte, si nos fijamos sólo en los desastres causados por grandes tormentas y huracanes, en 2008 y 2009 se batieron records históricos. Las opiniones de Munich Re sobre la fracasada COP de Durban sobre el cambio climático (digan lo que digan) fueron muy críticas. O más.

Munich Re hablaba a finales de 2011 del informe «Managing the Risks of Extreme Events and Disasters to Advance Climate Change Adaptation«, también llamado SREX. Decía más o menos lo de Hansen pero algo antes. Y Munich Re escribe: «It would seem that the growing number of weather- related catastrophes can only be explained by climate change. The view that weather extremes are more frequent and intense due to global warming is in keeping with current scientific findings«. Era noviembre de 2011 y nadie se quejó. Y es que Munich Re (en su origen católico de Baviera, como Benedicto XVI) cree en la validez y utilidad del llamado «Principio de precaución«, que estableció la declaración de Rio en 1992. Este principio también está incorporado al Tratado de la Unión Europea (es el artículo 191). Es simple: «Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente«. Tenga o no tenga razón Hansen, según este principio, se debe actuar. Sería más lo que se ganaría que lo que se perdería. Actuar o no, esa es la cuestión. O esperar. Vuelven las dudas de Hamlet… ¿usted duda?

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Samuel Insull, el tipo que se inventó las compañías eléctricas

Samuel Insull desembarcaba del «City of Chester» en Nueva York en 1881. Era un joven contable de 22 años acabado de llegar de Londres, fascinado con Edison y su invento del filamento incandescente alimentado por un motor de corriente continua: la bombilla eléctrica. Edison presentaba su invento en la nochevieja de 1879 en su laboratorio de Menlo Park (hoy museo). Llegaba la luz eléctrica. Ironías del destino, el primer trabajo como contable de Insull fue en el despacho del banquero que llevaba los negocios de Edison en Europa. Gracias a ese network, logró ser contratado como secretario personal de Edison. Su primera tarea en Nueva York fue encargarse de las desordenadas finanzas de la Edison Light Co. de Manhattan. Tras eso, Insull puso en orden el negocio y reorganizó finanzas y ventas. En 1889 -con 30 años- ya era uno de los primeros ejecutivos de la compañía, y supervisó la fusión de la Edison Light Co. con su principal competidora la British Thomson-Houston. Esa fusión daba origen a la General Electric Company. Igual les suena lo de GE. Resultado de su excelente gestión Insull fue nombrado Presidente de la Chicago Edison Co. una de las 20 eléctricas de Edison. Y a Chicago se fue.

Al margen de las polémicas entre Edison y Tesla, cuando el segundo inventó la generación polifásica alterna (recuerde el post de la guerra de las corrientes), lo cierto es que los «Edison Boys» la habían armado. En poco más de dos años desarrollaban todos los elementos cruciales para que la electricidad fuese la gran alternativa energética del siglo XX. Diseñaron una potente dinamo eléctrica (la enorme «Jumbo«, bautizada con el mismo nombre que un elefante de circo muy famoso; lo de Edison con los elefantes era, definitivamente, raro…), desarrollaron una aparamenta para los circuitos eléctricos en paralelo, que permitían  la disposición de muchas bombillas con un solo cable, diseñaron el contador de electricidad y al final, todo el conjunto, lo aprovechaba la famosa bombilla de incandescencia para iluminar. En pocas palabras: se inventaban el esquema eléctrico completo: generación, distribución, medida y consumo. La primera central eléctrica del mundo, en Pearl Street, que arrancaba a las tres de la tarde del 4 de septiembre de 1882 demostraba que el invento funcionaba. Ahora se trataba de inventar el negocio eléctrico.

Y vaya si lo hicieron: la Edison Co. licenciaba el sistema; la Edison Lamp Works fabricaba bombillas; la Edison Machine Works, las dinamos y la Edison Electric Tube el cableado. Un imperio empresarial, vaya. El problema era que con corriente continua en baja tensión no había eficiencia a más de 400 o 500 metros (todo eran pérdidas térmicas). Pero Edison se negaba a apostar por la alterna, aunque Tesla tuviese razón. Así que su negocio se basaba (forzosamente) en tener la generación en el punto de consumo. Así, en 1900 el uso de la electricidad sólo podía ser marginal. Aunque pequeñas centrales eléctricas licenciadas por Edison (hasta 50.000 en 1905) surgían por doquier en los Estados Unidos no suministraban sino a unas pocas bombillas, comercios locales y, ocasionalmente, alguna fábrica despistada. Los industriales de la época eran muy reticentes a que un extraño se metiese en su proceso productivo. Así que aunque Edison había inventado un nuevo servicio público, no podía dotarlo de dimensión suficiente, tanto en escala como en alcance.

Y ahí entró Insull. La idea del inglés era convencer a los industriales para que comprasen directamente la electricidad, no que se la fabricasen. Esa idea chocaba frontalmente con la de Edison, así que el tipo… la desarrolló por su cuenta. La primera idea fue hacer mayores las centrales eléctricas de Chicago. Si en 1890 la Central de Harrison Street tenía dos grupos de 2.400 kW, en 3 años multiplicó esa potencia por 6. En 1900 la nueva planta en Fisk Street tenía diez turbinas de 12.000 kW cada una. El tamaño importaba para Insull, y con él los costes se desplomaban. Es lo que se llama “generar economías de escala”: el coste de producción de la central grande era, comparativamente más bajo que la pequeña. Y esa idea la había aplicado a todo: antes que hacer mayores centrales, Insull había comprado a todos sus competidores. En 1886 la electricidad en Chicago era un monopolio de Insull, aunque no era un estrategia para subir los precios (en realidad, sería absurdo pues no habían aún clientes…), sino para producir a costes más bajos con las ganadas economías de escala.

Porque la otra gran idea genial que Insull vio era que si las compañías eléctricas vendían servicios, los clientes podían dedicar ese capital para invertir en los aparatos eléctricos: ferrocarril eléctrico (o sea, el tranvía) en lugar de caballos, bombillas en lugar de velas, motores eléctricos en lugar de turbinas, planchas eléctricas en lugar de hierros calientes, refrigeradores en lugar de nada (recuerde el post sobre Carrier)… ¿Para qué montar una central eléctrica? ¿Para qué asumir riesgos? ¿Para qué tener personal? That’s not my business, man. Es más, nadie quería electricidad sino lo que ésta permitía. La intuición de Insull fue que la electricidad podría ser una tecnología de aplicación general para todo tipo de aparatos y clientes. Edison sólo entendía las centrales eléctricas como elemento de generación de corriente continua. ¿Pero cómo vender un flujo de electrones? Primero Insull montó lo que hoy se llamaría un Show Room. En el llamado “Electric Shop” se hacían presentaciones de maquinas industriales que funcionaban con motores eléctricos. Pero además, publicó anuncios en prensa, artículos explicativos… se gastó una pasta en marketing, vaya.

¿Y a qué precio se vendía todo esto? ¿Y cómo? Insull utilizaba unos contadores ingleses con indicador de consumo máximo (lo que se llama maxímetro). Ello permitía saber no sólo el total de kWh consumidos sino cuándo se consumían. Eso era muy importante, pues el problema no era si los clientes consumían mucho, sino si lo hacían a la vez. En otras palabras, cuando se producían las horas punta. Ese era el problema. Tener suficiente potencia instalada para cubrir esa punta de consumo. ¿Adivinan qué propuso Insull? Cobrar la punta de forma separada del consumo. La punta, o potencia máxima, era cobrada con una tarifa fija (que, en realidad, se correspondía con los costes fijos de las centrales eléctricas), mientras que el consumo total (la energía) con una fórmula variable. Así empezaron a segmentar los clientes: los de mucho consumo con tarifas pequeñas, y los de poco con tarifas grandes. Diversidad de precios, sí; pero con la idea de maximizar el número de clientes y de que se complementasen entre ellos. Todo era tan estupendo como para cambiarle el nombre al negocio. La Chicago Edison Co. cambió su nombre en 1907 por Commonwealth Edison Co. Insull triunfaba.

¿Resultado? Chicago pasó de un consumo de 10 kWh por cliente en 1899 a 450 kWh de consumo en 1915. La cosa funcionaba. Por un lado, Insull se dió cuenta de que producir electricidad era más rentable si aumentaba el llamado «factor de carga«, o sea el número horas de producción de electricidad sobre las posibles. La electricidad se consumía sobre todo por la noche. Así que quedaba, al menos, el 50% del factor de carga disponible en las horas del día. Insull empezó a buscar a esos clientes, y empezó por el tranvía y las plantas de fabricación de hielo. Éxito total, pues los tranvías funcionaban de día y paraban de noche, al revés que sus usuarios. Una idea tan buena que Insull, entre 1910 y 1920 había adquirido y modernizado los principales tranvías interurbanos del área de Chicago y las líneas de tránsito rápido. Insull descubría los llamados «monopolios naturales» de la era moderna casi sin querer. Maximización total del factor de carga. Pero, además, los menores costes de producción permitían ganar más y seguirlos bajando y extendiendo el servicio. «Circulo virtuoso» le llaman a eso.

Pero… ¡ay! La arcadia feliz de los locos años 20 acabó con la Gran Depresión. Caída del consumo, desempleo bestial, suicidios, quiebras… ¿quién consumía electricidad ahora? ¿Con qué pagar las enormes inversiones de Insull? Además, fascinado por el nuevo mundo que inventaba la electricidad, Insull había invertido también en muchas empresas de radio. Incluso el Chicago Civic’s Opera House fue diseñado y en buena parte financiado por Insull en 1929, y él y su familia eran grandes mecenas de Chicago. Pero en 1929 la Gran Depresión se llevó por delante aquel imperio de 500 millones de dolares en empresas eléctricas y de transporte, excesivamente endeudado, y con un capital de sólo 27 millones de dolares. Quiebra. 600.000 accionistas arruinados, igual que Insull. Huido por Francia, Grecia y Turquía, desde donde lo extraditaron a Estados Unidos, fue juzgado en 1934 tres veces por fraude. Declarado inocente y emigrado a Francia, Samuel Insull murió de un infarto en 1938 en el metro de París, con 30 francos en el bolsillo (menos de un dólar). “I’m now a poor man” había dicho días antes. Pues fue que sí. No somos nada. Así que cuando ahora vuelva a mirar su factura eléctrica, lo rara que es, y lo caro que le cobran la electricidad, piense que todo, todo, todo lo que tiene se lo inventó un visionario contable inglés emigrado a Chicago cien años antes, flipado por la electricidad.

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La ecológica prohibición sagrada del cerdo

¿Es la alimentación sólo un acto de ingesta energética? No. Alimentarse es un fenómeno tan físico como social y cultural. De ahí que comer o no comer algo permite expresar una identidad. Ahí está algo tan tonto como untar tomate en una rebanada de pan (el pa amb tomàquet, o pantumaca, si les va la transcripción fonética). Detrás de ese producto no está sino el intentar reblandecer el pan seco y poder comerlo varios días después de su cocción, cuando está duro como una piedra. Sin embargo, esa acción casi ecológica (aprovechar al máximo los alimentos en un área pobre y seca, como es todo el litoral mediterráneo) ha acabado siendo un hecho de significación cultural: «Póngame un bocadillo con pan a la catalana«, dicen en muchos sitios. Pues eso. Modernamente la alimentación ha acabado siendo un proceso donde cada cultura elabora, reelabora, combina, mezcla, reduce o añade productos naturales. Si a eso le añade el calendario, la estructura de las comidas, el horario y el clima, resulta un proceso social completo donde la alimentación es una simbología. Y, claro, alimentación también es religión.

Piense ahora en España, Grecia o Italia. El paraíso del cerdo. Bueno, más bien de la cocina del cerdo (bromitas de PIGS aparte). Ahora en Marruecos, Libia, Jordania, Siria o Israel.  El cerdo, ni mentarlo. ¿Cómo pueden darse a la vez esa porcofilia y porcofobia -en palabras de Marvin Harris– en un área tan reducida y de identidad tan común? ¿Acaso no hay permeabilidad cultural? ¿Y la fermentación de la uva? Lo mismo. ¿Y el queso?… ¿Por qué hindúes, musulmanes o judíos no comen queso? ¿Por qué los sijs sí comen queso, si son vecinos de los hindúes y tan cercanos a ellos? La alimentación, como simbología, traduce también una visión religiosa. En otras palabras, hay siempre un juicio moral tras una producto alimenticio si uno observa una espiritualidad concreta. Ahí se mezclan cuerpo y alma (lo que es bueno para el cuerpo lo será para el alma), pero también salud y virtud (si estoy sano, también me convierto en santo). El cuerpo es un templo. Pero ¿Es pura creencia? ¿Es pura religiosidad? ¿O acaso se trata también de… energía y ecología?

Quizá el cerdo sea, junto con la vaca, el mejor ejemplo. Judíos y musulmanes (que se odian) tienen en común la prohibición del cerdo. Dice el capítulo 14 del Deuteronomio sobre los animales prohibidos para los judíos: «estos no comeréis, entre los que rumian o entre los que tienen pezuña hendida: camello, liebre y conejo; porque rumian, mas no tienen pezuña hendida, serán inmundos; ni cerdo, porque tiene pezuña hendida, mas no rumia; os será inmundo. De la carne de éstos no comeréis, ni tocaréis sus cuerpos muertos«. También prohibe los «animales que moran las aguas sin aletas ni escamas, porque son inmundos» y, en detalle, el águila, el quebrantahuesos, el buitre, los halcones, los cuervos, el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán, el mergo, el cisne, el ibis, el somormujo, el calamón y el buho; y todos esos sin olvidar el marisco, el calamar o el pulpo (que no tienen ni aletas ni escamas, para su suerte). Son los alimentos llamados טרײף o trayf, y que añaden también a esa lista los animales que se hallen muertos o hayan muerto por enfermedad, o las suculentas grasas. Los permitidos son los que se llaman כָּשֵׁר o kasher, y que cumplen esas reglas, en su conjunto el כַּשְׁרוּת o cashrut, que literalmente significa «lo correcto«.

¿Y los musulmanes? El Sagrado Corán distingue entre حلال (halâl) y حرام (harâm), o sea alimentos (y bebidas) literalmente permitidos y prohibidos. En detalle, en la Sura 2, versículo 173 sobre el halâl se dice: «se os prohíbe comer la carne del animal que haya muerto de muerte natural, la sangre, la carne de cerdo y la del animal que se sacrifique en nombre de otro que Allah«. Ahí destacar que, además del cerdo, es importante… el proceso. No hay una lista exhaustiva de bichos como en el Antiguo Testamento, pero se indica cómo preparar los animales para poderlos comer. Hay hasta cuatro Suras que indican qué se come según cómo se encuentre o prepare. Por ejemplo, la Sura 5, versículo 3 dice: «Se os prohíbe la carne del animal muerto por causa natural, la sangre, la carne de cerdo, la del animal que haya sido sacrificado en nombre de otro que Allah, la del que haya muerto por asfixia, golpe, caída, cornada o devorado por una fiera, a menos que lo degolléis. Y la del que haya sido sacrificado sobre altares y que consultéis la suerte con las flechas. Hacer esto es salirse del camino«. El proceso es importante, sí; pero el cerdo aquí tiene una mención explícita.

Parece como si musulmanes y judíos prohibiesen la ingesta de todos aquellos animales con riesgo potencial para la salud. Por ejemplo, parece evidente que -al margen de lo que crea uno- mejor no comer animales que estén muertos (vete tú a saber de qué han palmao), o aves carroñeras (que ya comen bichos muertos), o que transmitan fácilmente enfermedades (como mariscos, conejos y roedores en general). Pero ¿y el cerdo? ¿Porqué la Torá y el Corán son tan explícitos con el cerdo? ¿Y si Yahvéh y Allah, en sus sendas e inescrutables revelaciones, hubiesen considerado también… el equilibrio ecológico? Piense en los pastores nómadas de llanuras yermas y colinas sin bosques del Sinaí, por ejemplo. Terrenos difíciles de regar, con una agricultura demasiado dependiente de las esporádicas lluvias. ¿Qué animales viven mejor en esa zona? Los rumiantes: bichos con estómagos listos para poder asimilar la celulosa, cosa que los otros mamíferos tienen mucho más difícil. ¿Tiene sentido que el Deuteronomio proponga comer a «todo animal de pezuñas, que tiene hendidura de dos uñas, y que rumiare entre los animales«?  Pues sí. Piense en las elevadas temperaturas que se dan en esas latitudes. La lana de ovejas y cabras les permite soportar muy bien el calor. Y, además, todos esos animales dan leche, combustible en forma de boñigas y, una vez muertos, producen cuero y pieles.

¿Y los cerdos? Los marranos, chanchos o guarros son unos bichos que, originarios de China, vienen a ser unos jabalíes domesticados. Celulosa comen más bien poca. De hecho, les van más las nueces, bellotas, tubérculos, granos… O sea, compiten con los humanos. No comen hierba. De hecho, ningún pastor nómada hace pastar cerdos en ninguna parte, eso suponiendo que pudiesen recorrer grandes distancias. Tampoco producen leche. ¿Y el calor? Piense en Judea o en el desierto del Néguev… 40ºC fácilmente. Y ahora piense en los cerdos que, como no sudan (aunque se diga que «sudas como un cerdo«), se revuelcan en el lodo o en lo que sea para refrescarse… Cuanto más calor, más sucio es el cerdo. O sea, ni sombra ni agua. ¿Como criar un cerdo en Oriente Medio? Ya sabe cómo: a costa de muchos recursos. Trayendo agua y alimentos de otros sitios, dandole de comer lo que comería un pastor… En otras palabras, criar cerdos en el desierto es enormemente caro. Se puede alimentarlos y cuidarlos, pero a costa de un enorme desequilibrio ecológico. ¿Pero no son una tentación las suculentas proteínas animales de los cerdos, mucho más eficientes que las vegetales? Sí. Bueno, pues ahí entraban Yahvéh y Allah a acabar con la tentación (de hecho, parece que esa práctica de no comer cerdo incluso llegó antes que Mahoma…). No se puede. Y punto.

Estimated distribution of industrially produced pig populations

Estimated distribution of industrially produced pig populations

Porque la prohibición del cerdo puede entenderse – en el fondo- como un puro ahorro energético y búsqueda del óptimo ecológico (al revés que pasa en zonas húmedas como Indonesia o el sureste asiático, donde el cerdo es venerado). En una zona desértica donde las proteínas vegetales (recuerde este post) sean escasas, lo sensato es apostar por los animales que optimizan el input/output vegetal/animal: o sea, los rumiantes. En una zona seca y de mucho calor, debe apostarse por las especies que mejor lo toleran, que no hay mucha agua. En una zona yerma, apueste por los animales que no compiten con uno. En una zona trashumante, apuesto por animales de largo recorrido. Pura energía: criar muchos cerdos sería un desastre ecológico. Criar pocos haría ver lo buenos que son, y motivaría su cría. Solución: prohibir totalmente el consumo de cerdo y apostar por otros como «el buey, la oveja, la cabra, […] el ciervo, la gacela, el corzo, la cabra montés, el íbice, el antílope y el carnero montés«. Qué cosas, oye. Una prohibición dietética y simbológica ante un animal impuro. Sí. Pero también una excelente estrategia de ahorro energético y equilibrio ecológico.. אמן. Amén. إن شاء الله. Insha’Allah

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