12 textos que cambiaron la forma en que el mundo veía el medio ambiente

«Oiga ¿cuál es su película favorita?» ¿Y por qué sólo una? ¿Por qué no pueden ser 5? Siempre me han parecido algo absurdas esas listas de «los 10 mejores pintores» o «las 5 mejores salsas para macarrones«. ¿Qué le importa eso a nadie? ¿Para qué esa competición?. Dicho esto, igual no entenderá el porqué de este post. ¿Por qué estos 12 textos? ¿Por qué no 23? La verdad, no lo sé. Podían ser más o menos. Y seguro que otros piensan que son otros. OK. Pero los textos de esta selección, que no son un ranking sino que son ideas brillantes que cambiaron la forma en cómo se paso a entender la Tierra desde entonces. Están ordenados por cronología, y han establecido un antes y un después en la visión ambiental tras cada uno de ellos. Que los disfrute.

1) «A Sand-County Almanac» (1948), de Aldo Leopold: vamos a llevarnos bien de entrada, así que no les voy a engañar: este libro me pareció un coñazo. Bambi contaba lo mismo de forma mucho más entretenida. Pero oigan: ES QUE ESTE TIPO FUE EL PRIMERO. Así como suena. Antes de Aldo Leopold, NADIE, repito: NADIE sabía, ni entendía, ni necesitaba eso del medio ambiente. Leopold fue un visionario. Estuvieron los ambientalistas de finales del siglo XIX, vale, como John Muir (el fundador del Sierra Club); y antes los trascendentalistas, de acuerdo, como Ralph Waldo Emerson; pero estos contaban historias a mitad de camino del mundo feliz de los evangelistas del séptimo día y el flipe de los colgados de peyote (algo así como la suma de ecología+religión+belleza). Y llega Leopold y ¡patapám! introduce la ética ambiental, o sea el respeto entre las especies. Y desde ahí realiza una lectura del medio ambiente total (algunos lo llamarían hoy holística), más allá del puro antropocentrismo. O sea planeta, hombre y especies en un único conjunto. Y el primero que entendió esto, y lo contó, fue Leopold. Y ya saben que el que da primero…

2) «Silent Spring» (1962), de Rachel Carson: poco se iba a imaginar esta buena señora la que iba a liar con su libro. En realidad, es más parecido a una novela que a un texto científico. El problema es que es una novela de miedo; sin querer, sí, pero de miedo. Rachel Carson, bióloga del United States Fish and Wildlife Service, describía una ciudad imaginaria que, en el corazón de Estados Unidos, habría sufrido una extraña epidemia; animales y muchas familias habrían muerto víctima de misteriosas enfermedades. Como en el primer capítulo de «The Walking Dead«, vaya. “The birds, for example- where had they gone?… It was a spring without voices.”contaba Mrs. Carson. Y esa metáfora sobre una primavera donde no cantarían los pájaros, ni se oiría el rechinar de las cigarras, todos desaparecidos sin explicación, y con el único testigo de un polvo blanco que lo cubriría todo, era una denuncia del, cada vez más evidente, riesgo de deterioro del medio por la contaminación industrial, en especial de la industria química. El libro tuvo un gran éxito, interesando incluso al mismo presidente John F. Kennedy, que integró a la Sra. Carson en su grupo de consejeros. ¿Causa-efecto? Esta vez sí. Si se preguntó alguna vez si hubo un libro que cambió el mundo casi sin querer, éste fue uno de ellos.

3) “The Economics of the Coming Spaceship Earth” (1966), de Kenneth Boulding: «Ground control to Major Tom» ¿le suena? Premio. Es el principio de «Space Oddity» de David Bowie. Ya sabe la historia de aquel astronauta que a mitad de camino de no se sabe qué galaxia, le da un cuelgue. Al margen de qué carajo significa lo de «Take your protein pills and put your helmet on» (a mi me suena a tripi), son finales de los 70 y las misiones espaciales son la repanoché. Pero antes de que en 1969 el Apolo 11 llegase a la Luna y que Bowie pensara en el Mayor Tom, el Sr. Boulding escribió un artículo ME-MO-RA-BLE en el American Economic Review y al que no se le ha reconocido su mérito suficientemente. La Tierra sería una nave espacial en un largo viaje estelar, con la única energía del sol y donde sus habitantes serían astronautas. Boulding, economista, entendía al planeta como un sistema económico cerrado, donde economía y medio ambiente tendrían una relación circular. Como el astronauta que bebe su pipí. Genial. Pero, además, Boulding era un guasón. A él se debe la famosa frase «Anyone who believes exponential growth can go on forever in a finite world is either a madman or an economist«. Y aquí «madman» debe traducirse como «gilipollas«. Sólo por ser capaz de esa genialidad, Boulding y su «spaceship» merecen leerse.

4)  “The tragedy of the Commons” (1968), de Garret Hardin: es el famoso artículo de Science de 1968. De lo mejor que se ha escrito nunca sobre la relación de los humanos con el medio ambiente. Liga el problema del uso del “bien común” con el comportamiento individual. Imagine –dice Hardin- a unos ganaderos en un prado, cada uno con su ganado, pastando tranquilamente. Aunque cada uno de ellos racional y lícitamente busca maximizar sus beneficios, resulta que -sin remedio- acabarán con el prado. Cada uno pensará en utilizar aquella parte que otro ganadero no utiliza y así aumentar su beneficio propio. Resultado: desastre total racional. Esa es la tragedia de las cosas comunes -como el medio ambiente- que no son de nadie y son de todos. Si entendió lo de los juegos cooperativos, es consecuencia del equilibrio de Nash (seguro que recuerda a Russell Crowe haciendo de sabio loco en Princeton) y, claro, no hay incentivo para que no exista el free rider (es decir, que hacer lo que te da la gana en contra de todos no está penalizado). Hardin es un clásico, y como todos los clásicos –ya sean Goya, Victor Hugo o los Pet Shop Boys- para él no pasan los años. Es al revés.

5) «Small is beautiful» (1973), de E. F. «Fritz» Schumacher: si el título tenía gancho, el subtítulo era una declaración: «Economics As If People Mattered«. Era 1973 y éste ya se olía que al Big Money le importaba un cuerno la gente. Murió en 1977 y menos mal, porque si llega a ver lo de las preferentes en España se vuelve a morir. E.F. Schumacher era un alemán huido del nazismo, que acabó de profesor en la Columbia University, trabajó en los años 40 hasta con Keynes, y que pasó una temporada en la India que, digamos, le influyó mucho. La idea central del libro es la absurdidad del crecimiento desmedido de una sociedad que «convierte el lujo en necesidad«. Lo que pretendía Schumacher era repensar el uso que se estaba haciendo de los recursos naturales, y reorientar la economía, centrándola en el hombre, pero -esa es la gracia- a su escala: «Man is small, and, therefore, small is beautiful«. Y con una escala pequeñita, ya sería suficiente. Lo orgánico, lo local, lo básico, o que la respuesta a casi todas las preguntas se encontraba en la naturaleza, eran conceptos que Schumacher defendía hace casi 40 años. Otro libro que cambió el mundo, sin duda. Beautiful ¿no?

6) “Gaia: a New Look at Life on Earth” (1982), de James Lovelock: la hipótesis Gaia (la diosa griega que personificaba la fertilidad de la Tierra) de James Lovelock propone ver al planeta como un super-organismo complejo. No es un pedrusco tonto dando vueltas por el espacio (va más allá que Boulding), sino que es un organismo que incluye la biosfera, la atmósfera, las hidrosferas y la pedosfera, y que se autorregula mediante procesos geoquímicos. Cuando apareció la vida en la Tierra, ésta se hizo cargo del planeta y la cambió. Dejó de perder agua (como hacen los otros planetas), y pasó a controlar la evolución: el sistema orgánico e inorgánico trabajaron conjuntamente y transformaron el planeta en un sitio agradable. Esta idea tan simple (y genial) cambió nuestra visión a partir de los 80: ya no habían muchas razones para seguir pensando que somos los amos de la creación. Si bien la hipótesis no ha sido probada, ni hay consenso como para constituir una teoria del comportamiento de los ecosistemas terrestres, ha tenido una evidente influencia política, social e, incluso, religiosa. Luego a Lovelock le ha dado un subidón y ha escrito más cosas, pero ya sabe que, excepto «El Padrino II» y «Toy Story 2«, segundas partes nunca fueron buenas.

7) «Cannibals with forks» (1997), de John Elkington: hasta 1997 (aunque Michael Porter ya había escrito alguna cosa: siempre es el primero, el muy cabrón), las empresas asimilaban el medio ambiente como una obligación. Y llegó Elkington. La idea era convertir un problema económico (multidecisión) en uno técnico (monodecisión). ¿Cómo? Con el Triple Bottom Line. Si puedo unir los ejes ambiental, económico y social en torno a una única variable de decisión, podré alinear todos los objetivos de la sostenibilidad empresarial, porque la muy puñetera tiene 3 dimensiones y no una. En 1992 Kaplan y Norton inventaban el cuadro de mando integral, una herramienta ideal para alinear a toda la organización en la consecución de la “misión”. Pues esto va de lo mismo. Además, Elkington tiende a usar la ironía y el sarcasmo y, la verdad, te descojonas con su libro. Pero vaya con cuidado, pues a menudo Elkington se transforma en una especie de paramilitar serbio, atiborrado de anabolizantes, con el cuchillo de Rambo y enchufado de speed. ¿O como llamaría a un tipo que titula un libro «Caníbales con tenedores» consciente de que esto no tiene arreglo y que, como mucho, se puede llegar a ser sólo un monstruo más civilizado? Pero el tipo ha cambiado la visión de las empresas. Vigile con él: crea adicción.

8) «The skeptical environmentalist» (2001), de Bjørn Lomborg: igual aquí he mentado a la bicha, pero este tipo me cae bien. Bjørn Lomborg es un troublemaker, pero es que con este libro aportó propuestas interesantes y, sobre todo, diferentes. Es un enorme y constante «Sí, pero…» y eso siempre es bueno, hasta si se equivoca pues te hace pensar. La idea central que defiende el guapetón ese de Lomborg es que «no estamos tan mal«. Ahí entronca con otro libro (más ameno y actual) como «El Optimista Racional» de Matt Ridley. Bjørn Lomborg (no le confunda con Bjørn Borg) defiende que la mayoría de problemas ambientales no se han evaluado correctamente, que estamos mucho mejor que antes, que la pobreza de reduce, que mejora la esperanza de vida… que puede seguir la prosperidad humana si lo hacemos bien. Denuncia el alarmismo extremo y la utilización partidista de información ambiental sesgada de los grupos ecologistas internacionales como WWF, el Worldwatch Institute o Greenpeace. Más allá de tener o no razón en todo (que no), Lomborg es un estimulante Pepito Grillo ambiental; una mosca cojonera que va chinchando al green establishment. Un mal necesario, un engañabobos neoliberal o un visionario clarividente. Usted elige.

9) “Cradle To Cradle: Remaking the Way We Make Things” (2002), de William McDonough y Michael Braungart: este libro fue un patadón en el hígado a la visión que de la industria y de la sociedad de consumo mantenía el ecologismo clásico. Éste se había centrado históricamente en las 3R: «reducir, reutilizar y reciclar». Pero McDonough -que ya avisó de sus intenciones en los geniales «Principios de Hannover» en 1992- creía que ese «reducir«, en el fondo, llevaba al mismo sitio que el «no reducir«. Consumir y punto. Así que en lugar del «Cut» se pasan al «Switch» y entienden que la tecnología (el diseño), o sea la forma en que alteramos el mundo para vivir mejor en él, debe considerar otra secuencia: “valores”, “principios”, “objetivos”, “estrategia”, “tácticas” y “medidas”.  Cuidado, pues dicen algo muy interesante: sin valores, la tecnología nunca podrá ser útil. Hay que dotar de sentido a lo que hacemos. Y para ello, retomando las ideas de Boulding, en «Cradle to Cradle» proponen revisar y repensar el proceso del diseño, considerando todas las fases de cualquier producto y servicio, circularizando el proceso. Hay que considerar todas las etapas de esa solución: diseño, extracción de materias primas, fabricación, montaje, uso y retiro. O sea todo el ciclo de vida. Hay que buscar el óptimo. Y si el arquitecto McDonough puso el software, el químico Braungart le puso el hardware. Un clásico moderno, IN-SUS-TI-TU-I-BLE. No se lo pierda.

10) «The death of environmentalism» (2004), de  Michael Schellenderger y Ted Nordhaus: imagine que en la cena que organiza usted para los patrocinadores de su equipo de fútbol a final de temporada, en lugar de contarles  lo fantástico que ha sido todo y alabar el cesped, balones, camisetas y sueldos que le han pagado todo el año, pues va usted y les dice «el futbol es una mierda«. Pues eso es, más o menos, lo que hicieron en 2004 estos dos ecologistas americanos. En la reunión de la Environmental Grantmakers Association presentaron «The Death of Environmentalism«, con un bonito subtítulo como «políticas en un mundo post-ambientalista«. Allí defendían que los grupos ecologistas habían fracasado en su intento de cambiar la sociedad. El actual ambientalismo no sería más que una serie de actuaciones descoordinadas que le acercan más a un simple grupo de presión que a otra cosa, planteando si su rechazo al capitalismo y a la tecnología, su apuesta por las leyes y regulaciones como base de sus propuestas, así como su mensaje catastrofista no llevaban ya a ningún lado. El texto abrió un estimulante debate en The Economist en 2005. La mayoría de ecologistas no se han dado por aludidos. A ver si van a tener razón…

11) «The Stern Review: The Economics of Climate Change» (2007), de Lord Nicholas Stern: este, además de ser un coñazo mucho peor que el de Leopold… ¡lleva números dentro! ¡y muchos! Es auténticamente insoportable, pero… ¡espere! ¡no se deje vencer! ¡tiene su gracia! Mmmmm. No. Falso. Es un informe técnico, largo y pesado. Fue un encargo de Tony Blair para conocer el coste de oportunidad del cambio climático. En otras palabras, cuánto costaría no actuar y cuánto ahorrarías actuando. Lord Nicholas Stern (antiguo economista jefe del Banco Mundial y el EBRD y profesor en la London School of Economics) le dio la respuesta: invertir el 1% del PIB mundial permitiría evitar la pérdida del 20%, que es lo que podría perderse de no hacer nada y dejar al planeta calentarse. O sea: Stern evaluó el coste-beneficio del cambio climático. Otros (como Nordhaus o Weitzman) calcularon antes ese mismo coste y no les cuadraron los números de Stern. Éste daba mucho valor a la pérdida de las cosas y, claro, los costes salían elevados (es lo que se llama tomar una tasa de actualización baja). Le cayeron muchos palos, pero popularizó el actuar o no contra el cambio climático y nos dió una cifra; gorda, pero cifra. Cosas del glamour de Tony Blair. Tenía otra opción: «The Inconvenient Truth» que va más o menos de lo mismo, pero lo del pesado de Al Gore es, en realidad, una simple snuff movie con osos.

12) “Approaching a state shift in Earth’s biosphere” (2012), de Barnosky et al.: si sigue este blog SEGURO que conoce este texto. Se trata del estudio publicado en Nature de eco mundial. Concluye con la certeza de un cambio “abrupto e irreversible” de la Tierra. Los ecosistemas habrían superado diferentes umbrales (“critical transitions caused by threshold effects are likely“), y el hombre estaría detrás de esa presión sobre el planeta. El artículo hereda toda la tradición neomalthusiana que en los 70 iniciaron Ehrlich, Holdren, Commoner o los Meadows de «The Limits to Growth«. Concluye con los resultados lógicos de los modelos IPAT (en realidad I=PAT), donde el impacto «I» sobre el planeta es el resultado del efecto conjunto de la presión demográfica de la población «P», con su hábito de consumo «A» y a partir del rendimiento tecnológico «T». No es que sea una maravilla de texto, pero como es lo último de lo último, heredero de una amplia tradición pesimista,  es un resumen de lo mal que va nuestra relación con el planeta y (lo peor) no parece que vaya muy equivocado, pues aquí lo tiene. ¿Influirá en todos nosotros? Esperemos que sí, porque si no…

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La bombilla, la elefanta, el asesino y la curiosa guerra de las corrientes

El 31 de diciembre de 1879 Thomas Alva Edison presentaba al mundo la primera bombilla eléctrica. Un filamento que, dentro de una campana de vidrio al vacío, se ponía incandescente al ser alimentado por un motor de corriente continua. Edison, con cierto olfato para eso del marketingpresentaba su invento en la nochevieja de 1879 en New Jersey, en su laboratorio de Menlo Park (hoy museo). Llegaba así la luz eléctrica, revolucionando el mundo. En realidad, el mérito de Edison no fue inventar la bombilla (que inventó el químico inglés Sir Humphry Davy en 1802) sino encontrar el material adecuado para que el filamento no se fundiese al poco de encender. El 21 de octubre de 1879 la bombilla de Edison conseguía 48 horas seguidas de luz, y el 27 de enero de 1880 le concedían la patente nº 223.898 para su “electric lamp”. Si bien no fue un artilugio totalmente atribuible a Edison, lo cierto es que nadie le ha ganado aún como inventor: patentó hasta 1.093 inventos. Unos 1.093 más que yo, vaya. Casi ná.

Pero la bombilla eléctrica necesitaba electricidad. Así que en 1882, Edison instalaba la primera planta generadora eléctrica de la historia en Pearl Street, en pleno distrito financiero de Wall Street. Edison se convertía así en suministrador de electricidad mediante las famosas “Jumbo Dynamo” de 100 kW (o de suministro equivalente para unas 1.200 bombillas) de corriente directa. Entonces la Pearl Street Station suministraba a 400 bombillas y 85 clientes. Un par de años más tarde, se instalaron motores de vapor que proporcionaban la fuerza motriz a las dinamos que, a su vez, producían corriente continua (al poco llegaría la turbina de Parsons). Pero el suministro se realizaba siempre en corriente continua (DC); es decir, con un único flujo continuo de electrones entre dos potenciales eléctricos diferentes. Como en una pila, vaya. Si piensa que la tensión de generación en DC eran 100 voltios, pues ya se puede imaginar las enormes pérdidas que tenía el negocio. Ya sabe: a menor tensión, mayores pérdidas eléctricas. Así que a Edison no le salía a cuenta tener un cliente, pongamos, a 400 metros de Pearl Street.

Y ahí que apareció en la historia Nikola Tesla: un serbio genial que había llegado a Nueva York en 1884 y que empezó a trabajar con Edison. Consciente de las limitaciones de la DC, Tesla propuso el uso de la corriente alterna (AC). La leyenda dice que Tesla imaginó en un paseo en 1887 el sistema polifásico de tensiones alternas de la AC (basado en las ideas de Hopkinson). Pero Edison sufría del famoso síndrome de “cualquier solución es buena mientras sea mía”. Ya sabe: solemos despreciar las ideas ajenas. Así que el genio de Edison chocó con el genio de Tesla, y Edison empezó a intentar justificar el no utilizar la AC, y sí la DC. Como el suministro en AC se realizaba con fases, y las tensiones eran más elevadas, un operario se electrocutó en las pruebas, muriendo. Y ahí Edison vio su oportunidad. “Esto es un peligro”. Adiós AC. O no. La cabezonería de Edison fue una suerte para George Westinghouse, que compró a Tesla todas sus patentes en 1888. La compañía de Westinghouse era la principal competidora de la General Electric Co. (igual le suena eso de GE…), compañía surgida de la fusión de la Edison Light Co, con la British Thomson-Houston años antes. Pero el invento de la AC ahora gozaba de capital. A Tesla se le caían los lagrimones.

Pero Edison no se quedó parado. Sabedor del poder del marketing inició una campaña publicitaria para hundir a la AC. Así que, ni corto ni perezoso, empezó a electrocutar animales para demostrar sus peligros: 50 perros y gatos, una vaca y un caballo fueron fritos en sus ansias de desprestigiar la AC. Pero la guinda llegó cuando Edison convenció a la Asamblea de Nueva York de que un generador de AC sería ideal para… ajusticiar a personas. El primer ejecutado con silla eléctrica, William Kemmler, en 1890 debió la gracia a Edison y a uno de sus ingenieros, Harold Brown, que diseñó el aparato. Kemmler (que mató a su amante con un hacha) fue literalmente cocido al no usarse suficiente tensión (sólo 2.000 voltios). Las crónicas cuentan que le empezó a salir humo de la cabeza y a oler a pollo frito, y que le tuvieron que dar dos descargas. Dantesco. Los diarios titularon “Kemmler Westinghoused”… lo que hizo partirse de risa a Edison. Westinghouse (otro cachondo) declaró que habría sido mejor matarle de un hachazo. Era la guerra. Pero lo cierto es que la AC era mejor hasta para electrocutar a alguien. De hecho, en 1903, Edison llegó a freir a una elefanta llamada Topsy con 6.600 voltios y a filmarlo todo en Coney Island, ante 1.500 hooligans enloquecidos. Debió ser la primera snuff movie de la historia. Qué tipo el tal Edison. Qué mala leche.

Pero la tecnología suele ser tozuda. Más tarde o más temprano se adoptan las soluciones más eficientes. Y llegó ese momento con… un concurso. En la Exposición Colombina de Chicago de 1893 (en honor de Cristobal Colón) Westinghouse se llevó el contrato para la iluminación de la Feria… por la mitad del precio que ofertó General Electric y con un sistema de generación polifásico de 11.000 kW. La puntilla final se la puso Tesla en el concurso de la Niagara Falls Power Company. En 1896 consiguió suministrar a la ciudad de Buffalo con electricidad, situada a unos 32 kilómetros de distancia. La Westinghouse Electric Co. instalaba unos generadores en AC a 25 Hz, accionados por la potencia hidroeléctrica de las cataratas del Niágara, basados en la patente de Tesla y con su nombre en las placas de los alternadores. Tesla de debió de descojonar del todo al saber que General Electric construyó las líneas eléctricas de distribución según… las patentes del propio Tesla. Toma castaña. Pero es que, en realidad, Edison siempre tuvo las de perder; aunque fuera acercando la generación al consumo, no podía competir con las ventajas de la AC frente a la DC. Igual por eso se desfogó unos año después friendo a la pobre Topsy. Quién sabe. La guerra se había acabado.

Esa guerra que inició la bombilla incandescente ya es historia… como la propia bombilla. En 2009, la Directiva 2009/125/E1 de la Unión Europea establecía un plazo para que en los estados miembros se dejase de fabricar y comercializar bombillas incandescentes. Ese plazo se cumple… ¡hoy, 1 de septiembre de 2012! Pues sí. Desde hoy se dejan de fabricar en Europa las bombillas incandescentes de 40 W y 25 W. El 1 de septiembre de 2009 ya se prohibieron las de más de 100 W; justo un año siguiente las de 75 W, y ese mismo día  del año pasado las de 60 W. Adiós a esos ineficientes y calurosos filamentos. Las antiguas bombillas de incandescencia se sustituyen desde hace años por opciones más eficientes, como las feísimas lámparas fluorescentes compactas y las basadas en las tecnologías LED. Esto me ha hecho recordar la historia de la primera bombilla, la guerra de la corriente continua y la alterna, y los guantazos entre Edison y Westinghouse. Y algo de eso cuento en mis clases de “Generación distribuida” en IQS. Para entender la electrotecnia es útil recurrir a la historia (y los culebrones). Eso sí, creo que en pocos años nadie sabrá de qué hablo con eso de «bombilla» y según cómo, ni de Edison…

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Sobrevivir en la era de los picos: también hay un «peak fish»

Si conoce las típicas características del proceso de agotamiento de los recursos naturales o, por ejemplo, ha seguido los diferentes post que se han publicado en este blog sobre el «peak oil» (como esteeste o este), le resultará familiar la forma de campana que toma la curva de la capturas mundiales de peces y especies marinas entre 1950 y 2005. Es lo que se llama «Fish Peak«. En otras palabras, se estarían agotando los caladeros marinos de pesca que llegan a sus picos de capturas. Las poco más de 16 millones de toneladas de 1950, llegaron a un pico máximo de capturas de 87.7 millones en 1996. Luego empezó el plateau que anuncia el declive, con unos 80 millones de toneladas capturadas en 2006, valor que -más o menos- se mantiene hasta hoy. En el gráfico de abajo verá en azul (marino, por supuesto) las capturas en mares y océanos, y en grana en ríos, lagos y marismas que aumentan algo ese valor: unos 10 millones de toneladas anuales (entre un 10 y un 15 por ciento del total).

Ahí verá dos grandes subidas: una en los años 60-70 y otra a mediados-finales de los 80. En la primera, la causa fue tecnológica: las mejoras en la propulsión marina permitían aumentar la velocidad y autonomía de las embarcaciones, y así pescar más y más lejos. En la segunda, fue administrativa: las áreas jurisdiccionales marinas de los países pasaron de 12 a 200 millas náuticas, y se establecieron áreas de exclusividad económica marinas (EEZ). Ello fue un incentivo para sobreexplotar los mejores caladeros de pesca, por parte de los enormes buques factoría que congelan directamente la captura en alta mar, como nos contaba el maestro Antonio Cerrillo en La Vanguardia hace unos días. Sobrecapturar colapsa la capacidad de recuperación del caladero; luego, llega el inevitable peak (que llegó en 2000, no se equivoque) y, tras él, la disminución drástica de capturas. Eso ya ha pasado en el norte, centro y sudeste del Atlántico, en el Mediterráneo y el Mar Negro y en el sudoeste del Pacífico según el informe de la FAO de 2011 «Review of the State of World Marine Fisheries«. En otras zonas aún se crece. Poco, pero se crece.

Igual recuerda el conflicto del fletán entre Canadá y España en 1995. Cuando la flota pesquera gallega se metió en la EEZ canadiense de Terranova a pescar el fletán (de hecho, un pescado bastante malo, que se parece al lenguado pero sólo en el color), ésta preparó la declaración de guerra a España… Es algo muy serio esto de la pesca: de ella viven en el mundo –según el «Green Economy Report» de Naciones Unidas– unos 500 millones de personas de forma indirecta (170 millones directamente y, de estos, el 30% con pequeños botes de pesca). Además, 1.000 millones sólo toman como proteínas las del pescado. Sólo China consumió el 36% del total de las capturas de pescado en 1997, lejos del reducido 11% de 1976. Son elementos que introducen enorme presión en los ecosistemas marinos (y tambien políticos, porqué no decirlo). Es un tema tan obvio que Achim Steiner -el jefe del PNUMA- denunciaba la situación en Rio+20 sin ningún tipo de complejo.

Pero ¿Tiene remedio esto del «peak fish«? La publicación en 2003 del artículo en Nature de Myers y Worm donde denunciaba el agotamiento del 80% de la biomasa pesquera de grandes peces (tiburones, atunes…) desde 1986 (es decir, desde las EEZ a 200 millas y la consolidación del modelo de la pesca industrial), ha seguido en una tendencia imparable. Ese proceso se ha dado no sólo en las costas sino en todo el océano mundial. En 2006, Worm publicó otro artículo -esta vez en Science– con una predicción escalofriante: en 2048 las capturas -de seguirse con el modelo actual- serían prácticamente nulas (es el gráfico de arriba). Una especie colapsa cuando produce menos del 10% de capturas de su potencial anterior. Pues Worm detectaba que el 30% de las especies de pesca ya estaban en esa situación…  y muchos estudios similares apuntan en esa misma dirección. Sin embargo, hay una puerta a la esperanza: los fondos marinos tienen una elevada capacidad de recuperación si se establecen cierres temporales suficientes de caladeros.

Estos trabajos fueron la base en 2010 del documental «The End of the Line» (bueno, y también es una canción de Metallica…), basado en el libro de idéntico título de Charles Clover, un periodista del Telegraph, acerca de la sobrepesca. Con esto del «peak fish» ha pasado como con el cambio climático: se conocía desde hace mucho, pero sólo desde hace pocos años empezó a preocupar.

¿Qué debe hacerse? tomar una serie de medidas simples, que se realimentan entre ellas: reducir los límites de captura para las especies sobreexplotadas; establecer incentivos económicos para la conservación; obligar a utilizar artes de pesca más selectivas, apostar de forma decidida por la acuacultura (que ya es el 38% del total de la pesca consumida en el mundo) y establecer la zonificación de los océanos en las áreas de pesca explotadas y explotadas. Sin embargo, es un problema muy complejo donde, a menudo, las mayores reticencias a las vedas biológicas las establecen… los gobiernos de los países. Y es que los gobiernos dedican cada año unos 35 mil millones de dólares a subvencionar a las flotas pesqueras (más o menos el 20-25% de lo que cuestan las capturas en el mercado). Se trata de muchos votos en un sector muy beligerante.

Además, cuando se cierra un caladero (como, por ejemplo, el reciente de la anchoa en el mar Cantábrico a pesqueros franceses y españoles), al instante se denuncian los empleos en riesgo, el posible cierre de empresas, y los cientos o miles de familias afectadas (como por ejemplo, nos cuentan aquí). Da igual que los sindicatos lo apoyen. Casos como el de la caballa son paradigmáticos. Es ese tipo de miopía (donde se ven las cosas bien de cerca, pero mal de lejos; sobre todo con el tiempo…) que también se da en otros frentes (llámese carbón, industria discográfica…). Son esos sectores donde se han producido cambios de entorno evidentes (ambientales, culturales, tecnológicos, climatológicos…), pero la industria lucha por mantener el business as usual como sea. Y piense que, en este escenario, la acuacultura (en inglés, fish farming) será una de las principales actividades económicas y de mayor recorrido en el sector alimentario. Nutreco, Marine Harvest y Tyson Foods, son sólo tres compañías líderes en este sector que crecen al +10% anual.

Pero la gran dificultad -porque el riesgo sobre la biodiversidad marina y sus afectaciones sobre la cadena trófica siguen- es la que ya Garret Hardin explicaba en 1968 en su famoso artículo en Science, «The Tragedy of Commons» y la cosa no ha cambiado: es muy difícil conseguir la cooperación cuando existe el libre acceso a los recursos. Siempre existe un incentivo para actuar por tu cuenta (pescar mientras los otros respetan las moratorias de pesca). Para eso están multas y cuotas; si no, el incentivo para sobrepescar es evidente. Es la búsqueda absurdamente racional (pues es puro coste-beneficio) del bien propio frente al común, incluso matando la gallina de los huevos de oro. Y ahí da igual que hablemos de bosques, petróleo, minerales, pastos o peces. Recordemos lo que decía Hardin hace 44 años: “cuando un individuo da rienda suelta a sus intereses particulares en una situación de bienes comunes, asumiendo que su conducta es natural y racional, el resultado es la ruina de todos”. Pues tan fácil y, a la vez, tan difícil como eso.

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¿Petróleo abundante y a 70 dólares? Otro artículo del que (casi) todo el mundo habla

Hará un mes o así, el mundo (científico) andaba revuelto con el artículo «Approaching a state shift in earth’s biosphere» de Nature (y que motivó el post más leído de este blog con más de 23.000 visitas). Pues hace una semana se ha generado cierto debate con el documento de Leonardo Maugeri titulado «Oil: the next Revolution«. El informe, de unas 70 páginas, tiene interés por dos elementos: por un lado, porque ha sido publicado por el Belfer Center, el centro experto en temas de seguridad, tecnológicos, ambientales y de recursos de la Universidad de Harvard; por otro, Maugeri es uno de los más relevantes expertos en petróleo. Ha sido uno de los primeros directivos de ENI, la petrolera italiana, y tiene varios artículos publicados sobre el posible fin del petróleo. Desde agosto de 2011 está de retiro sabático (afortunado él), investigando en Harvard. El documento sigue las ideas mantenidas por Maugeri en los últimos diez años, que no creen demasiado en la existencia del «peak oil«, y ha gozado de cierta expectación más aún cuando publicó una columna resumiendo su trabajo en el WSJ.

Lo del «peak oil» seguro que lo conoce (si no, aquí un post). En 1956 M. King Hubbert, geofísico de la Shell, preveía en «Nuclear energy and the fossil fuels» que la producción de los campos de crudo americanos empezaría a declinar en 1970. Las carcajadas del mundillo petrolero se oyeron desde el 56… hasta ese año (mire el gráfico abajo). Entonces la producción yanqui, tras un máximo de 10.2 millones de barriles al día (mbd), empezó a declinar, justo como Hubbert había predicho. Años después, en el número de marzo de 1998 de Scientific American, los geólogos Campbell y Laherrère publicaban «The end of cheap oil«, donde revisitaban la idea del pico de Hubbert, pero ahora a escala mundial. Claro, a precios de 10 $/barril, también se partieron la caja muchos. Luego el precio rebotó en 2004, y hoy se paga 10 veces más caro. Campbell y Laherrère planteaban, como Hubbert, que las razones del incremento marginal de costes eran de tipo «fundamental«, o sea «técnicas» (en especial el agotamiento de campos sin tasa de renovación suficiente). En la actualidad sabemos que no hay una única razón para la subida del precio del crudo:  la responsabilidad se la reparten los «fundamentales» y los «especuladores«.

Cualquier elemento finito que se extraiga (minerales, agua, galletas de una caja…; da igual) sufre un «peak«. Existen dos fases: en la primera, el coste de la extracción de cada unidad (extraer un barril más para el crudo) es marginalmente decreciente; se amortizan las inversiones iniciales a mayor extracción, y resulta un menor coste medio. Cada vez es más barato producir (o extraer). Tras el pico (que suele darse en el 50% del yacimiento) el coste marginal empieza a aumentar: en el crudo hay que bajar a mayor profundidad, inyectar más agua, gastar más en refino… Piense en la caja de galletas: las de arriba salen fácil; las del fondo, no. Pues el petróleo igual: al ser finito, tendrá su «peak«, y tras él el aumento sostenido de precios. No es «Mad Max«: son costes marginales crecientes.

El problema es saber cuándo ocurrirá. Aquí tiene una presentación de Robert Hirsch, que recoge previsiones posibles. ¿Cuándo? Chi lo sa? Aquí, como en el fútbol, hay bandos. Los que creen que el business as usual con una economía mundial basada en el petróleo seguirá frente a los que ven inminente el fin de una época. En una serie de este blog que dediqué al colapso energético se habló de ellos, pero el fin de la época del petróleo barato (pongamos 30$/barril) no plantea dudas. No volverá. Y ni la IEA las tiene, que ya en el World Energy Outlook de 2010 presentaba un plateau sostenido (abajo) desde 2006. Literalmente decía «su pico histórico«. O sea el «peak oil«… ¿O quizás no? pues Maugeri propone un escenario mucho más optimista: «Contrary to what most people believe, oil supply capacity is growing worldwide at such an unprecedented level that it might outpace consumption. This could lead to a glut of overproduction and a steep dip in oil prices«. Un «glut» dice Maugeri,  o sea, «mogollón» de petróleo.

A partir de datos de BP (la petrolera del reputado «Statistical Review of World Energy» y de la plataforma Deepwater Horizon) Maugeri ha previsto un salto en la producción desde los 93 mbd actuales a más de 110 mbd netos en 2020 (y si son «netos» los brutos, es decir la capacidad de producción, debe ser mayor). En la línea de Yergin (recuerde el post del «plateau«), justifica el aumento por los petróleos no convencionales (recuerde el post de las arenas asfálticas). La producción crecería en Estados Unidos (via «shale oil«), Canadá («tar sands«), Brasil («pre-salt oils«) e Iraq. Los tres primeros con producción no convencional, e ignora a Venezuela («extra-heavy oils»), el país con mayores reservas 3P del mundo, por cuestiones geopolíticas. Por eso Maugeri recuerda que la condición básica para que se cumpla su previsión es «a long-term price of oil of $70 per barrel«. A esos costes empieza a ser rentable el refinado de betunes y alquitranes o acceder a aguas muy profundas. Es el «turn today’s expensive oil into tomorrow’s cheap oil» de Maugeri.

¿Y por qué -humildemente- dudo de los resultados de Maugeri? Por varias razones:

  • La producción de los principales campos (como Ghawar en Arabia Saudí que produce 5 mbd, Samotlor en Rusia que hoy produce 3 mbd de los 7 mbd que producía en 1980, Cantarell en México que produce 2 mbd o Burgan en Kuwait con 2.4 mbd; pero es que estos 4 campos producen… !el 17% del total mundial!), están ya en declive (o sea su «peak oil» particular), como parte de su proceso natural.
  • Los datos de reservas 1P son “sospechosos” (los cables de Wikileaks mostraban las dudas sobre las reservas declaradas, especialmente en Oriente Medio). Igual no hay tanto petróleo como pensamos. Además, Maugeri da por buenos los datos de BP que son «primary sources» es decir, datos brutos de petroleras y gobiernos sin contrastar.
  • Tampoco se descubren nuevos campos grandes, y cuando ocurre, es lentamente, con goteo de inversiones y sin mucho personal cualificado (por todo ello hay una menor tasa de extracción). Piense que el 50% del petróleo mundial sale de 120 campos, y que el 25% sólo de 20. El último gran campo descubierto fue Kashagan en Kazakstan en 2000, y produce 1.8 mbd. El resto del Top 20, a excepción de Shaybah en Arabia Saudí, entró en explotación antes de 1982…
  • Aumenta la tasa de autoconsumo de petróleo de los países extractores (en realidad no son productores, porque no producen nada) y reducen la capacidad de exportación. Por eso la IEA, el G20, la OCDE han pedido eliminar los subsidios (en realidad el petróleo que los ciudadanos árabes, venezolanos, kuwaities, iraníes… consumen a precios de risa y así sus gobiernos tienen paz social). Pero no es ninguna broma, porque con sus elevadas tasas… ¡Arabia Saudí podría ser consumidor neto en 2025!
  • Todo ello incrementa los costes de extracción. Así los costes medios de producción (o sea, suma de OPEX y margen) de 2011 llegaron a los 36 $/barril, pero el marginal estuvo sobre los 92 $ (como en los caros campos de PEMEX). Eso implicó una subida del +26% de los costes de producción durante 2010-2011 según Sanford C. Bersntein.
  • Y en ese escenario, el llamado “petróleo no convencional” (o sea el de betún y arenas asfálticas, como las de Canadá, el Delta del Orinoco, o incluso Vaca Muerta) o el de aguas muy profundas (como el del Tupí y el Pre-sal brasileño) es difícil y caro de extraer (abajo datos de CERA), al margen de los problemas ambientales y de la tasa de retorno energético (la energía que se precisa para extraer un barril de petróleo).

Como verá, razones para mantener los precios altos, pero no para soportar una época de crudo abundante ¡que haga bajar los precios! Cierto es que Maugeri se fija sobre todo en Estados Unidos y ahí probablemente acierte… en parte. Por ejemplo, que vuelvan a producir 12 mbd cuando en su «peak oil» (de convencional) de 1970 producían 10.2 mbd parece complicado. Y que sean autosuficientes cuando hoy consumen 18.7 mbd, también… Además, pasa de puntillas en su documento por varios elementos clave: un breakdown de costes creíble (no lo hace), una evaluación precisa de las inversiones (dice que en 2012 han sido muy elevadas, y con eso basta), nula descripción de los impactos ambientales o las necesidades de agua (recurre a la discriminación positiva: encuentra yacimientos que tienen agua cerca y ¡zasca! todos son iguales); eso sin olvidar ideas como que Iraq y Libia resolverán sus problemas políticos y producirán como antes de sus conflictos como por arte de magia. O sea, es más bien un documento técnicamente inconsistente.

La sorpresa ha sido que el informe de Maugeri ha convencido a más de uno. Algo a los de Reuters; a los del Wall Street Journal bastante más («Has peak oil peaked?«). Pero al Financial Times, no, y a Le Monde menos. La prensa española aún no se ha enterado. Pero ha llamado la atención el cambio de opinión de George Monbiot, uno de los más relevantes periodistas ambientales, convencido del cambio climático. «We were wrong about peak oil: there’s enough in the ground to deep-fry the planet» escribió hace unos días en The Guardian. Mombiot ha pegado un patinazo enorme, al no entender qué es el «peak oil». Ha confundido costes crecientes con escasez y, lo peor, abundancia con costes bajos. No es lo mismo. El «peak oil» traerá crudos cada vez más caros, más lentamente, y de peor calidad. Los crudos convencionales (de la OPEP) subirán de precio, ocupando buena parte de la capacidad de refino (que es un cuello de botella); los no convencionales (sobre todo OCDE) tendrán costes tan elevados de producción que haría falta una enorme cantidad en el mercado (quizás más que un «glut«) para poder llevar el precio medio al switch-up de 70 $/barril de Maugeri. Sinceramente, no creo que el petróleo baje de 100$ por más de dos meses nunca más (si no se va todo a la mierda). Como decía Rockefeller: «fall is not a reason to fear, but an opportunity to buy«. Pues ya sabe: compre.

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Ejércitos «green» y soldados sostenibles ¿Estupidez o necesidad?

¿Qué es la sostenibilidad? Además de una de las palabras más exageradamente utilizadas en lo poquito que llevamos de Siglo XXI, es una forma de hacer y entender las cosas. La palabra se usó por primera vez modernamente en el llamado «Informe Brundtland». En 1987 la ONU encargó a una comisión internacional liderada por la Doctora Gro Harlem Brundtland un informe socioeconómico sobre el futuro desarrollo del planeta. El documento se tituló «Our Common Future«, aunque, a la práctica, tomó el nombre de la Dra. Brundtland. El hecho es que es reconocido por definir por primera vez eso del «desarrollo sostenible» (o sustentable): «aquél que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones«. Pero si me tengo que quedar con una definición, no creo que nadie mejore la que dio un delegado africano en 2002 durante la conferencia Rio+10 en Johannesburg. ¿Qué es la sostenibilidad? Simple: «ENOUGH – FOR ALL – FOREVER». Genial. Comprimido, sucinto y perfecto como un poético haiku japonés. «SUFICIENTE – PARA TODOS – PARA SIEMPRE». No puede ser más sencillo y más perfecto. Así es imposible equivocarse ¿no?

Pues igual no es tan sencillo. Y si no, a ver cómo interpreta las prácticas sostenibles de la marina militar americana, la US NAVY. Y no me crea antiamericano. En absoluto. Unos tipos que incluyen entre sus ciudadanos a la fascinante Scarlett Johansson, a mi venerado Cormac McCarthy o mi admirado Thomas A. Edison, gozan y gozarán de mi simpatía. Creo que la competencia es buena, y los americanos son competencia y competitividad. Y eso me gusta. La cuestión es que a algún tipo se le ocurrió pensar porqué el ejército no podía incorporar prácticas sostenibles. Pues éste se lo debió contar a otro, que mandaba más, y le dieron presupuesto. Y otro, por encima de aquél, aprobó el plan y así, poco a poco, la historia debió ir subiendo en la cadena de mando, y hoy existe una «GREAT GREEN FLOAT«, o sea… una flota de guerra «green»… Con su logo (verde, por supuesto) y todo. Se trata de un conjunto de navíos de guerra y aviones de combate con base en el USS Nimitz (uno de los mayores portaaviones del mundo, con un amplio historial bélico en varias conflictos), que testean el funcionamiento de la flota de guerra mediante el uso de biocombustibles obtenidos a partir de algas y aceites de cocina reciclados.

Si se ha repuesto del shock (a mí me costó cuando lo leí por casualidad en Reuters) y sigue leyendo, sepa que hace poco más de un mes se realizó una de las primeras pruebas de la «Great Green Float» en el Pacífico. En esas maniobras participaron, además del USS Nimitz, dos destructores (el USS Chafee y el USS Chung Hoon), un crucero (el USS Princeton) y varios F-18A Super Hornet y helicópteros Seahawk, todos alimentados con biocombustibles; incluso un misil guiado utilizó combustible «green». La factura del citado biofuel costó 12 millones de dólares, usando 189 millones de litros mezclado al 50% con fuel convencional. Igual pensará que esto es bastante raro y que seguro que han habido descontentos. Las mayores protestas han venido de los políticos republicanos, así que… desconfíe. Las quejas de varios senadores de estados petroleros, han sido lideradas por John McCain. La principal reclamación ha ido en la línea de no gastar más de lo que toca, en lo que creen que no toca. De paso, se le patea el culo a Obama, que así impulsaba el sector de los biocombustibles americano. Recuerde que el historial de Obama con las renovables no ha sido muy lucido, como con el caso Solyndra (aquí el post). Con las algas para biocombustibles algunos han querido buscar cosas raras.

Pero es que las prácticas de incorporar las energías renovables en el ejército americano no se limitan a este test de biocombustibles. Por ejemplo, el USMC (o sea los Marines, ya sabe la infantería de marina americana, probablemente los soldados más famosos del planeta) han integrado el uso de la energía solar en sus equipos militares. La «USMC Expeditionary Energy Strategy«. En otras palabras, conseguir equipos más autónomos de suministro energético en el campo de batalla. Según el manual desclasificado de los Marines sobre agua, energía y residuos, un menor uso de los recursos permite soldados «más ligeros y rápidos«, con mayor «self-sufficiency» y menor «foot print on the battlefield«. 

¿Cómo? pues por ejemplo, con paneles solares flexibles usados en Helmand (Afganistán) para recargar equipos pequeños como radios de campaña, módulos solares autónomos para suministro eléctrico individual, instalaciones solares en las bases de la retaguardia, grandes lonas de camuflaje con paneles solares incorporados, containers solares-eólicos móviles para generación eléctrica, como el Skybuilt… Piense que si los soldados llevan menos baterías en las mochilas se puede llevar más munición, por ejemplo. Y llevan muchas: una patrulla de ocho soldados, que avance unas 40 horas, necesitará 60 kg de baterías… ¡de hasta 7 modelos diferentes! Incluso han pensado en incorporar paneles solares en mochilas y fundas de teléfono. Lo que sea. Todos esos chismes se prueban antes en el ExFOB (Experimental Forward Operating Base), una vez que el E2O de los USMC lo ha estudiado previamente. Y parece que la cosa tiene éxito: los mandos en Afganistán solicitan estos equipos. Y no sólo son los americanos: los soldados australianos también han incorporado células fotovoltaicas a sus equipos de combate.

¿Qué es esto, en realidad? ¿un estudiado Green marketing? ¿un evidente Greenwash? Al margen si el uso de la fuerza es la mejor estrategia para la solución de conflictos (que está claro que con menor ejércitos y armas nos iría mejor), y si tiene sentido defender misiles sostenibles de destrucción masiva (lo que sería una idiotez), lo cierto es que la US NAVY es el primer consumidor individual de combustible fósil del planeta y la incorporación de energías renovables (piense mejor en «autosuministro mediante recursos energéticos locales» más que en otras cosas) puede, además del ahorro, permitir al USMC «saving lives». No es ninguna tontería: más de 3.000 soldados americanos habrían caído en el transporte de suministros en Afganistán e Iraq en emboscadas a los convoyes. La idea es reducir un 50% el uso de energía en el frente, con un menor flujo de aprovisionamientos, que evita poner muchos soldados en peligro, porque, más o menos, los equipos en campaña vienen a consumir el 32% de toda la energía del ejercito (aviones y helicópteros el 46%: ahora entiende lo de los biofuels). Marketing poco: presupuesto puro y duro.

Porque, además de la mejor eficiencia como recuerda el gurú de la energía Amory Lovins (el del segundo informe del Club de Roma de 1998 y del famoso modelo «Factor 4«) esta «desmaterialización» de la tropa (menos peso, menor materiales, menos recursos) es una excelente estrategia competitiva. Pero es que, por otro lado, ni siquiera el Pentágono americano puede abstraerse a este época de austeridad global que vivimos, y en 2008 ya decían «More Figth – Less Fuel«. Lo cierto es que el logo de la «Green Fleet» dice «Energy Security» y no otras cosas. Eso sí sería coherente con la megatrend del ahorro energético. Es lo que Maggie Koerth-Baker nos cuenta en «Before the lights go out» (ya se contó en otro post). No se trata de salvar al planeta (dice) se trata de ahorrar energía o lo que es lo mismo: dinero. Y ya ve que lo de la «sostenibilidad» no aparece por ningún lado. Y si Estados Unidos sigue sin apostar por la lucha global por el cambio climático (el 40% de sus ciudadanos lo niega), es uno de los países con mayor tasa de ahorro energético del planeta. Piense que desde el año 2006 ha reducido sus emisiones un 7.7%. A su rollo, eso sí. El pragmatismo al extremo. Excelente idea, esa de consumir menos energía, incluso siendo militar. A ver si, ya puestos y ahora que parece ser que repiensan el negocio, se dejan de pegar tiros. Los buenos o los malos. Todos.

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