Cuando el aire acondicionado te calienta la cabeza

Hace unos días «The Guardian» publicaba un artículo de Stan Cox sobre el crecimiento  del aire acondicionado en todo el mundo (más de un 13% de nuevos equipos en dos años), y en especial en Estados Unidos. Cox trabaja en la Universidad de Yale y colabora con el web Yale Environment 360 que, si no conoce, es muy interesante. Hará un par de años que Cox publicó un libro de cierto éxito, titulado «Loosing our cool«, que jugaba con el doble sentido de la frase literal (algo así como «quedarte sin frío«) con el de la frase hecha en inglés: «Perdiendo la calma«. Y no era para menos. El subtítulo del libro se traducía como «verdades incómodas sobre nuestro mundo climatizado«, y desgranaba los problemas del uso del frío para climatizar en América. El artículo de Cox coincide con un debate en el New York Times titulado «¿Debemos racionar el aire acondicionado?«. El tema ahora no es trivial, pues estos días Estados Unidos afronta una terrible ola de calor con docenas de muertos, como en julio de 2011. Pues esas opiniones versan sobre construcción sostenible, ventilación natural y, para no sesgar, hay una interesante aportación de un fabricante de equipos de frío. Incluso el mismo Cox opina con un significativo «un lujo que no podemos permitirnos«. ¿Es así? ¿Es un lujo?

Han pasado muchos años -en 1906- desde que que Willis Carrier patentó el llamado «Apparatus for Treating Air» con el nº 808897, el primer equipo eléctrico que humidificaba (calentando agua) o deshumidificaba (enfriando) el aire en New York. Con la primera guerra mundial, la Buffalo Forge Co. «recortó» la división de aire acondicionado donde trabajaba Carrier y con seis colegas suyos invirtieron en esa empresa 32.000 dólares. 15 años después abrían oficina en Tokyo. Hoy la Carrier Corp. factura 13.500 millones de dólares al año, ocupa a 45.000 personas y es el mayor fabricante de equipos de aire acondicionado (llamémosle A/C o esto no se acaba nunca…) del planeta. No está mal. Pero el boom llegó en los Estados Unidos por allí los años 30. Carrier armó unos equipos baratitos, que costaban entre 5.000 y 10.000 dólares, y que permitían climatizar sin excesivos problemas cines y teatros (y ver la función fresquito). De hecho, el de Carrier fue de los pocos negocios que crecieron durante la Gran Depresión. Pero en 1930, el aire frío era todavía un lujo para muy pocos.

Con los años 50 se empezaron a instalar equipos de A/C en las oficinas para… aumentar la productividad. Por ejemplo, los mecanógrafos rendían un 27% más sin calor, según Gail Cooper. Se pasaba del lujo a la necesidad. En 1962, 6,5 millones de hogares tenían aire acondicionado y el 60% de los hoteles. En 1999, el 90% de los nuevos hogares en Estados Unidos los que tenían aire frío «de serie».  No ha sido el único equipo intensivo en energía que ha revolucionado nuestras vidas en el siglo XX: están los automóviles, la televisión, los PC, la aviación… pero igual ha sido el más discreto. ¿Acaso creen que Las Vegas sería posible sin A/C? Pues ni las Vegas ni la mayoría del sudoeste americano -incluyendo a los jubilados de Florida- estarían tan densamente poblados sin enfriar el aire. En 1944 Sydney F. Markham escribía en «Climate and the Energy of Nations» que «economic progress is possible only in regions that are neither too cold nor too hot, and that heating had made the northern U.S. an almost ideal incubator for progress«. Mire el mapa: la línea de la «Civilization» separa aquellos lugares que en verano la media está por debajo de 75ºF (24ºC) y en invierno por encima de 10ºF (-12ºC) del resto. O sea, si hay mucho calor no hay «civilización». El aire frío cambiaría totalmente el país en muy pocos años. Sin las autopistas, la gasolina barata, y sobretodo el A/C (por decir los elementos más energéticos) el difuso urbanismo americano no sería cómo es.

Y si Markham decía en 1947 «The greatest contribution to civilization in this century may well be air-conditioning — and America leads the way» (gracias a Carrier), Choinier y Horowitz demostraban en 2000 que los países del menor PIB eran los más cálidos, y en 2006 sacaban la recta de regresión, que confirmaba las ideas de Markham. También el año 2000, Jeffrey Sachs demostraba que sólo dos economías tropicales (Singapur y Hong Kong) estaban entre las 30 primeras del mundo, siendo sólo el 1% de la población. El clima ha sido siempre un elemento estratégico histórico, ya fuese para la productividad de los servicios, o para distinguir las frías potencias coloniales de las cálidas colonizadas. No es tan extraño: piense en la malaria, el cólera, la mosca tse-tse, el paludismo o el dengue, epidemias que precisan de altas temperaturas y más altas humedades para extenderse más fácilmente. O piense en trabajar en julio en el campo a las 3 de la tarde por debajo del paralelo 40. Da igual que sea en Osuna, Siracusa, Heraklio, Nicosia, Essaouira o Bodrum. Simplemente, no se puede (aunque Merkel no se lo crea). Y es que el A/C no es tan sólo confort: realmente tiene probados beneficios para la salud pública.

¿Pero qué contrapartidas tiene este progreso? Cox recordaba en «Loosing our cool» que el 20% del consumo eléctrico en Estados Unidos se destinaba al A/C. Pero es que, además, resulta un claro ejemplo de «efecto rebote«. Una vez más, la eficiencia energética carece de sentido si no se acompaña de políticas de racionalidad en el consumo. Piense que desde mitad de los 90, los equipos de A/C residenciales han mejorado su eficiencia en un 28%; sin embargo, la cantidad de energía que se utiliza para enfriar un hogar medio americano se ha incrementado un +37%. Por una parte, al ser baratos y eficientes todo el mundo se instala su equipo de A/C (un 80% de los hogares americanos). No hay mucha refrigeración centralizada pues el 63% de las viviendas americanas son unifamiliares. Pero, además, es que estas viviendas son cada vez más grandes (más del doble que en 1950) y, claro, hay que enfriarlas más… ¡y vive menos gente en ellas! (unos 2,5 por vivienda frente a los 3,62 de los años 50). Y todo eso sin olvidar que los veranos han sido (y serán) cada vez más calurosos, y existirán estímulos de todo tipo para darle al «ON».

En Europa las cosas son parecidas, aunque es un mercado menos maduro y con muchos más matices (aquí tiene un excelente informe al respecto), y que crece un 10% anual a pesar de la crisis. Y crece en especial en los países del sur de Europa: entre Italia, España y Grecia copan el 67% del mercado europeo. Si nos fijamos en el segmento residencial el líder es… España con el 37% de todas las ventas en Europa (en el total el líder es Italia). Probablemente, el urbanismo español se ha vuelto también cada vez más difuso. Ahí está ese enorme stock de vivienda construida everywhere, con más de 800.000 viviendas nuevas sin vender, y con unos 6 millones de viviendas vacías. Y mientras el mercado de Asia Pacífico ya es el 55% del mundial (y el 70% de los equipos de aire acondicionado se producen en China). O sea que la cosa no tiene visos de decrecer. Sin embargo, es interesante la experiencia japonesa en el A/C: Japón no admite equipos de baja eficiencia (el llamado EER no puede ser inferior a 4.8). Y eso en un mercado maduro, de compra del segundo o tercer equipo tiene su gracia, sobretodo cuando el incremento de precio no es por mejora de su eficiencia, sino por una mejor programación o por reducción de ruido.

No me entiendan mal: en absoluto, se trataría de prohibir el A/C. Eso sería poco más que una estupidez. No se le pueden poner puertas al campo: es bueno que los refrigeradores sean más eficientes y que vivamos cada vez con mayor confort. Pero es preciso establecer algún tipo de compromiso al respecto… ¿se trata de limitar el consumo eléctrico a un máximo (en potencia y energía) y qué a partir de entonces sea mucho más caro? Igual un dato le convence: la climatización (frío y calor) es responsable del 12% de las emisiones de CO2. Cuanto más nos enfriamos, más nos calentamos. Maldito trade-off. Además, el efecto del A/C en la punta de demanda de energía eléctrica es muy relevante: en algunos momentos China o India no son capaces de cubrir la demanda punta por calor extremo y eso obliga a montar centrales «rápidas» y «firmes», generalmente centrales térmicas de gas o carbón pues aquí poco pueden resolver las renovables, para cubrir esas puntas. ¿Y si Arabia Saudí pasase a consumir más petróleo del que exporta? Pues sería por el A/C… Y aún no hemos hablado de los automóviles, que también queremos bien fresquitos. No es un tema fácil. Hay que establecer una estrategia lo antes posible, porque queriendo seguir helados, igual acabamos achicharrados.

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Se acabó la época de los carbones españoles

En estos días, la «marcha negra» llega a Madrid. Así se llama a la ruta emprendida a pie por los mineros de las cuencas asturiano-leonesas, por un camino, y de Aragón, por otro, desde sus minas a Madrid. La idea es sensibilizar a la población y presionar a los políticos españoles, tras semanas de conflictos en Asturias. Sigue la huelga indefinida en protesta por las reducciones en las ayudas directas a la explotación (de 311 bajan a 111 millones de euros), pero se mantienen otras que, en su conjunto en 2012, llegarán a 656 millones (un 39% menos que en 2011). Pero no sólo hay polémica con el carbón aquí. Ayudas se pagan también en Polonia, Hungría, Eslovenia. Eslovaquia y, sobre todo, Alemania y Rumanía. En 2010 se propuso desde la Unión Europea cortar las ayudas a la minería en 2014. Pero presionados por algunos de los estados miembros de la UE-27 prorrogaron el plazo de cierre hasta 2018 a cambio de cerrar las «instalaciones no competitivas«. Las ayudas se irían reduciendo entre 2013 y 2018, pero a cambio de presentar «planes de cierre«, a partir de la Council Decision 2010/787/EU. Ese escenario es el que se quiere negociar.

Hay algo en la lucha de los mineros de la hulla y antracita española, que remite al romanticismo de la lucha obrera de principios de siglo (mi simpatía les aseguro que la tienen). Trabajadores manuales de una profesión dura-durísima, sin muchas alternativas en su región, que entroncan con los conflictos históricos de media Europa. Sin embargo, la realidad -al menos en España- es menos romántica: el sector recibirá unas ayudas de 656 millones de euros y ocupaba a 1 de enero de 2012 a 4.342 personas (de ellas, 2.000 en la estatal Hunosa, empresa que nunca ha tenido beneficios y eso que redujo su plantilla un 94% desde los años 80). El sector del automóvil, que ocupa al 8.7% de la población activa y es la primera industria exportadora del país (2ª europea, y 8ª mundial), recibirá 220 millones en préstamos blandos. Por otra parte, el sector habría recibido hasta 24.000 millones de euros desde 1990 en sucesivos planes (aquí tiene el diario de sesiones del Senado donde el ministro lo contaba; vaya a la página 8) para reducir la producción de las cuencas mineras y plantear otras alternativas económicas. Parece que los mineros tienen la batalla perdida en estos tiempos de recortes y ajustes. Ese esquema ya no sería admisible ni en Europa, ni aquí.

Pero no debe olvidar que en Europa se subsidian muchas cosas: energéticas y no energéticas. El carbón es una pequeña parte de estas ayudas en volumen (2.9 billones de euros en 2010); las renovables, por ejemplo, se subvencionaron durante el periodo 2005-2010 unas 6-7 veces más en el conjunto de la UE-27. En ese periodo, el sector industrial también se subvencionó: hasta unas 15 veces más que el carbón (y eso sin incluir a la agricultura). Sin embargo, no es sencillo. El punto 107 del Tratado de Funcionamiento de la UE (el TFEU) prohibe las ayudas estatales, así que deben existir caso particulares… Un lío, vaya. Porque ¿para qué se utiliza el carbón en Europa? básicamente para producir electricidad. Sólo el 10% del carbón mundial (en peso) se destina a la producción de acero. Pero la UE ya no apuesta por el carbón como energía autóctona: prefiere las renovables. «The EU is aiming for a drastic reduction in carbon emissions from coal-fired power stations, through clean technologies like carbon capture and storage – so we can continue to use coal in the future.«O sea, o «clean» o nada.

Y aunque cada prejubilación de un minero en España cuesta 433.000 € con un mínimo de 8 años en la minería (el 48% se habría jubilado con menos de 45 años), no piense en coste por empleo subvencionado. Piense en que los costes laborales de la extracción de carbón europeo restan competitividad, al subir el coste de la generación eléctrica. Luego, para mejorar el autoabastecimiento (o sea el porcentaje de energía primaria no importada), se confía más en las renovables (al menos como sector). Con el carbón, los europeos nos movemos en una curiosa relación amor-odio. No nos gustan sus emisiones (las peores por kWh emitido), pero es la fuente de energía primaria del 30% de la electricidad en la UE, y en algunos países el 50%. De hecho, si uno entra en Eurostat no encuentra el carbón desagregado sino dentro de «Conventional Thermal«, o sea mezclado con el gas natural y el gasóleo. Los partidos de la izquierda defienden los subsidios, pero sólo defienden las renovables en el modelo energético. Se apuesta (es un decir) por la innovación, pero el carbón sigue siendo el sector más subvencionado en España. Y no hablamos de nuevas tecnologías o aplicaciones, sino de subsidios directos a la mano de obra. Será que estamos todos un poco esquizofrénicos con esto del carbón. O serán los votos.

Porque el carbón está viviendo un «revival» en todo el mundo. Según el World Coal, en 2010, el carbón fue el 29.6% de toda la energía primaria del planeta y produjo el 42% de toda la electricidad. Se extrajo un 7% más que en 2009  y siguió suministrando la mayoría del acero que se produce en el planeta. Incluso en Europa hay «revival» del carbón. Los alemanes, una vez han cerrado las nucleares están construyendo 8.000 MW en centrales con carbón; les salen los números con su lignito autóctono de buena calidad y fuera lo compran más barato y con precios más estables que el gas natural. Luego ya irán y compensarán sus emisiones de CO2. Ya sabe que estos siguen creciendo, y necesitan potencia eléctrica. La clave sería el CCS («carbon capture and storage«), o la posibilidad de capturar el CO2 de las centrales térmicas y almacenarlo para evitar que se emita a la atmósfera. Bueno, eso en Europa. Fuera de Europa, hasta 429.000 MW de nuevas centrales térmicas con carbón (y sin CSS) construirán en el horizonte 2015. En China (83.000 MW), Estados Unidos (29.000 MW en proyecto o construcción para 2012-2015), en India (97.000 MW), en Rusia (4.000 MW)… Incluso 27.000 MW en el Sudeste Asiático. Y ya sabe qué piensan estos de Kyoto y los mercados de carbono. No piensan.

¿Seguiremos consumiendo carbón para electricidad? Mucho. El problema (para los mineros españoles) es que no serán las hullas y antracitas de las comarcas carboneras ibéricas. Será de otras explotaciones: más lejanas, más baratas, mejores. La realidad es obstinada, y parece que le pasó la época al carbón español. El problema es si el caso del carísimo carbón español no será uno más de las piedras que pavimentan el camino de la decreciente competitividad de la industria española; el final del «qué bien que se vive con un subsidio»; del clientelismo convertido en un arte; de la irrealidad del estado del bienestar español soportado en las ayudas a la convergencia europeas; de los puestos de trabajo pasando de padres a hijos en las empresas públicas… De todas esas cosas que, tacita a tacita, nos han ido enterrando en lo que somos: un país modestito que debe reinventarse, porque los tiempos de la arcadia feliz pared que no volverán… Y tampoco volverán para los mineros. Qué carbonada. Qué cabronada.

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El artículo de «Nature» del que todo el mundo habla (o casi)

Definitivamente, se trata de un «must«. O mejor dicho, un «must read«. Tres semanas atrás se publicó en el número 486 de «Nature» un artículo titulado «Approaching a state shift in earth’s biosphere. Sinceramente, si la temática ambiental, energética y social son de su interés no debería perdérselo. El estudio ha sido realizado por un conjunto de 22 científicos de renombre internacional: Anthony Barnosky, Elizabeth A. Hadly, Charles Marshall, Nicholas Matzke, Eric L. Berlow, Wayne M. Getz, Rosemary Gillespie, Justin Kitzes, John Harte y Neo D. Martinez de Berkeley; Jordi Bascompte y Eloy Revilla de la Estación Biológica de Doñana del CSIC; Mikael Fortelius de la Universidad de Helsinki; James H. Brown de la Universidad de New Mexico; Alan Hastings, David P. Mindell y Geerat Vermeij de la Universidad de California; Arne Mooers de la Simon Fraser; Pablo A. Marquet de la Pontificia Universidad Católica de Chile; Peter Roopnarine de la California Academy of Sciences; John W. Williams de la Universidad de Wisconsin y Adam B. Smith del Missouri Botanical Garden. Además, es un equipo multidisciplinar: hay botánicos, ecólogos, biofísicos, bioquímicos… incluso expertos en management. Ha sido noticia en la prensa generalista (Forbes, Wired…), y tiene como referente inmediato otro artículo de «Nature» (en el número 471) con algunos de los mismos autores, titulado con un inquietante: «Has the Earth’s sixth mass extinction already arrived?”.

Nature es una reputadísima revista científica que se publica desde 1869. Junto con Science son posiblemente los dos mejores escaparates para mostrar las innovaciones y descubrimientos científicos. Nature tuvo un traspiés en 1989 con un artículo sobre la fusión nuclear fría propuesta por los físicos Fleischmann y Pons. Estos científicos habrían conseguido en el laboratorio la unión de dos átomos para convertirse en otro más pesado y liberando energía… a 27ºC, o sea a temperatura ambiente (aquí el artículo original de Fleischmann y Pons). El problema de la fusión es que se precisan enormes temperaturas para que eso suceda (como en el sol). Aunque no lo llegó a publicar, pasó el peer-review, presionado porque el «Journal of Electroanalytical Chemistry» sí lo publicó. Pero luego les surgieron dudas sobre el tema, y entonces Fleischmann y Pons se hicieron los locos. Acabaron retirando el artículo, pero hubo jaleo con el tema. Cualquier artículo que se publica en Nature pasa por la revisión por pares (eso es el peer-review). El principal problema del peer-review es que es muuuuuuuy lento; sin embargo, es una garantía, pues  lo revisan otros científicos de primerísimo nivel en paralelo, y por ello se demora.

La conclusión de este estudio (que también ha pasado por el peer-review, claro) es la certeza de un cambio «abrupto e irreversible» de la Tierra. Los ecosistemas habrían superado diferentes umbrales críticos («critical transitions caused by threshold effects are likely«), y el hombre está detrás de esa presión sobre el planeta. No hay fecha para el cambio. De hecho, sería bastante absurdo concretar una fecha (este tipo de cambios son fenómenos progresivos), pero se considera seguro durante la segunda mitad de este siglo. Una ‘critical transition‘ es la que de producirse no permite volver al estado previo. ¿Eso ya ha pasado? Pues al final de la última glaciación, hará unos 14.300 años (y que duró… 3.000 años). El Holoceno (que así se llama ese periodo geológico) acabó con la extinción de la mayoría de mamíferos grandes, como el mamut o el oso cavernario. El hombre que, ya llevaba un montón de años por el planeta, también habría colaborado en esa extinción, cazando mamuts o similares y arrasando zonas de cultivo. Otras ‘critical transitions‘ habrían sido las «Big Five’ mass extinctions» hace 450, 359, 251, 200 y 2 millones de años (por eso Barnosky habla de si esta será la sexta) que habrían acabado con el 75% de las especies. En la conocida como K/T, hace 65 millones de años, en la que se extinguieron los dinosaurios (parece ser que tras el impacto de un meteorito).

Lo que señalan Barnosky y sus investigadores es la existencia de una serie de ‘global scale forcings‘. En realidad, es otra versión de los modelos IPAT de los años 70 de Ehrlich y Holdren. La ecuación plantea que una población «P», que consume «A» a partir de la tecnología «T», genera un impacto «I»: I=PAT. O sea, una reedición de la clásica trampa malthusiana que relaciona población y recursos. Bueno, pues ahora resulta que la presión del crecimiento demográfico (9.000 millones en 2045- 2050, a razón de 77 millones de nuevas personas al año) sobre los recursos, las transformaciones de los ecosistemas y su fragmentación, el subsiguiente consumo energético lleva como contrapartida el cambio climático. Todo esto, en su conjunto, habría superado la presión de la última era glaciar: entonces el 30% del planeta era hielo; hoy el 43% son terrenos agrícolas o urbanizados. Luego estaría también la apropiación de los humanos del 20-40% de la NPP (net primary productivity) de la Tierra. Esto sería la cantidad de materia orgánica que se produce por fotosíntesis y quimiosíntesis, o sea, los nutrientes básicos. El CO2 ha aumentado un 35% desde antes de existir los combustibles fósiles. Se han acificado los océanos (el pH ha bajado un 0.05) y la polución ha alterado la cadena de nutrientes en el mar,… ¿Seguimos?

En estas mismas fechas (y en un claro efecto imán Rio+20), Naciones Unidas (por vía de la UNEP, o PNUMA, si quiere) también ha advertido sobre ese «colapso inminente» o menor dicho «inevitable«. Y lo ha hecho con un informe de 525 páginas donde también avierte que nuestro planeta  está experimentando cambios sin precedentes al acercarse a sus «límites biofísicos«. Es el GEO-5 Report (el informe estrella del PNUMA) también llamado «Global Environmental Outlook 2012» La primera sorpresa es que hay puntos de vista coincidentes con el articulo de Barnosky & Co.. Dice el GEO-5:  «a medida que las presiones humanas sobre el sistema Tierra se aceleran, varios de los umbrales críticos a nivel mundial, regional y local están cerca e superarse o se han superado» Añade: «Los cambios que actualmente se observan en el sistema Tierra no tienen precedentes en la historia de la humanidad«; y es totalmente deprimente cuando dice: «En los últimos cinco años no han disminuido ni la escala de los cambios ni su velocidad«. Toma castaña.

¿Y qué dice en realidad Barnosky? Que hay evidencias científicas de que la Tierra está a punto de pasar un punto sin retorno en que no podremos volver atrás. Pero no sabemos el estado nuevo del planeta. Sí se sabe que será muy diferente, y seguro que los climas serán muy distintos: eso afectará, por ejemplo, a cómo producimos los alimentos (piense en los cereales)… La cosa favorecerá a unos y perjudicará a otros. La vida seguirá ahí, y el planeta seguirá ahí. Los humanos no están en riesgo de extinción; no se trata de eso. Pero lo que es seguro es que (una vez más) eso perjudicará a los más pobres y vulnerables: ¿Políticas? Ese es un juego a corto plazo. Los políticos no piensan en nuestros hijos (a veces, ni en los suyos): piensan en las próximas elecciones. ¿Qué será clave? Primero, reducir la natalidad (basta con invertir en educación y sanidad, no nos engañemos) y sobre todo reducir el consumo energético, consumiendo menos recursos fósiles (es decir, hay que consumir menos per cápita: reducir la huella ecológica, vaya).

Pero ahora la cosa va de economía, ya sabe. Hemos de salvar los bancos, deudas y deudores con cantidades que causan sonrojo (¿sabía que el coste de erradicar la pobreza en el mundo es de 40.000 millones de dólares al año? Eso es la tercera parte del rescate a la banca española). ¿Por qué cuesta tanto entender que Economía y Medio Ambiente es lo mismo? La economía depende de la energía y de los recursos naturales de forma directa. ¿Y qué es eso sino medio ambiente? ¿No está claro? ¿Y de dónde sale eso sino del planeta? La concepción economicista clásica del mundo entiende el planeta como una serie de economías de frontera, que asumen los recursos como ilimitados. Pues no es así. Seguimos creciendo explotando territorios y recursos remotos, pero para Barnosky y su equipo de investigadores es como si le hubiésemos dado la vuelta al planeta: back where we started. Cada vez queda menos. O nada. Dice el GEO-5: «si la humanidad no cambia de inmediato sus hábitos, se puede llegar a sobrepasar umbrales críticos, a partir de lo cual las funciones vitales del planeta pueden sufrir cambios bruscos e irreversibles«. Hay que cambiar, y cambiaremos: por las buenas, o por las malas.

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Cuando China dejó de ser una potencia mundial

Vivimos tiempos de crisis y eso, sobre todo, quiere decir cambio. Después de 500 años, de visión eurocéntrica del mundo, nos cuesta asumir esa nueva realidad. Muchas de las potencias económicas y políticas del siglo XX serán sustituidas por otras: Lo de China e India está claro. Pero también Brasil, México, Egipto… los Next-11 de Goldman Sachs. Pero desde una perspectiva histórica, esa dinámica no es tan extraña. Ese mundo nuestro eurocéntrico (y luego Atlantista) se empezó a armar políticamente en 1648. Entonces se firmaron los famosos Tratados de Westfalia entre el Sacro Imperio Romano Germánico (el llamado «Primer Reich«), los Países Bajos y los Reinos de España, Francia y Suecia. Con ese acuerdo acababa la guerra de los Treinta Años en Alemania y la guerra de los Ochenta Años entre españoles y holandeses. Pero, además, la «Paz de Westfalia» establecía un nuevo orden político. Liquidaba el sistema feudal y esa idea suya de que los territorios se heredaban. Surgían así los modernos Estados-Nación y aparecía una burguesía mercantil que, poco a poco, erosionaría el poder de los reyes y de la Iglesia.

¿Pero qué pasaba en el resto del mundo en 1648? América empezaba a colonizarse. Los portugueses y holandeses se repartían la costa del actual Brasil, mientras los españoles conquistaban la Sudamérica que da al Pacífico. África era un guirigay de tribus, donde los europeos empezaban a capturar a sus esclavos. En Asia Central campaba a sus respetos el poderoso Imperio Mongol del sultán Sha Yaján (el que hizo construir el Taj Majal), que gobernaba el territorio existente entre las actuales Irán e India, Afganistán incluido. El resto del planeta, simplemente, no existía. Bueno, también estaba China. En China finalizaba la era de la Dinastía Ming «una de las mayores eras de gobierno disciplinado y estabilidad social de la historia humana» (según Reischauer) tras casi 300 años. China era una potencia mundial, que comerciaba con portugueses e ingleses y que, además, era un polo de innovación: las técnicas textiles chinas por entonces eran mucho mejores que las técnicas contemporáneas europeas; producía mucho más acero que los ingleses o españoles, desarrolló la imprenta, el papel, la pólvora, armas… era una potencia manufacturera, que exportaba a todas partes, con barcos mucho más eficientes que los occidentales (de 3.000 toneladas frente a los de 400 toneladas de ingleses).

Tras la Dinastía Ming, vino la Dinastia Qing (pronúnciese chinj). Sería la última dinastía imperial hasta la Revolución Comunista liderada por Mao, y la abdicación de Pu-yi, el último emperador, en 1912. Con los Qing, el desarrollo económico de China no se detuvo. Y eso que los Qing (de etnia Manchú, que no de etnia Han como los Ming) miraron más dentro que fuera: se centraron en unificar el país y en establecer un férreo gobierno central, llevando la capital a Beijing. Pero China seguía prosperando. El gobierno central estimulaba el cultivo de nuevas tierras, reduciendo o eximiendo de impuestos por ello. Esa política llevó al desarrollo económico y social tanto en los terrenos fronterizos como en el interior. A finales del siglo XVIII, los chinos eran ya 300 millones de habitantes, el 40% de la población mundial (y sin PIB no habría más población). Pero es que China generaba la tercera parte del PIB mundial al final de la Dinastía Ming. En 1820, durante la Dinastía Qing, China llegó a ser el estado más rico y grande del planeta. Entonces, los colonos de Norteamérica no vivían mucho mejor que los campesinos chinos. Menos de 200 años después, a finales del Siglo XX, los chinos no conseguían generar más del 7% de la riqueza mundial. China se había quedado atrás sin saber muy bien cómo. ¿Qué pasó?

China se había centrado demasiado en sí misma. La colonización de las Indias y América daban a los europeos una fuente de productos agrícolas adicionales, que podía compensar sus malas cosechas. El azúcar de las Islas del Caribe aliviaba la presión al sistema agrario europeo. En esa época, y hasta que llegaron los fertilizantes nitrogenados sintéticos de Haber, los rendimientos agrarios dependían sobretodo del uso de abonos naturales. Pero aunque el delta del Yangtsé era tan eficiente como el valle del Támesis en producción textil (un producto de gran valor añadido), China se quedó atrás al estallar la Revolución Industrial. El cambio de paradigma que fue el cambio del trabajo manual por la industria y la manufactura, originado en Inglaterra, no cuajó en China. Antes que la máquina de vapor llegó la Spinning Jenny, la eficiente máquina de hilar inventada por James Hargreaves a mitad del siglo XVIII. Este cacharro multiplicaba el número de carretes que se hilaban mejorando enormemente la productividad. Y más todavía cuando la rueca se accionó con el giro de una rueda girada por agua (o sea, un molino hidráulico), como eran la máquina de hilar hidráulica de Arkwright y la de Crompton. Entonces el rendimiento se multiplicó por 100. En poco más de treinta años, los ingleses bajaron el precio de medio kilo de hilo de 38 chelines a 3 chelines. Era 1832. Y eso que Asia era el gran exportador mundial. Y luego llegaron los americanos. En 1860 los yanquis producían dos tercios de todo el algodón; eso sí, cultivado e hilado por esclavos…

Pero existía otro elemento fundamental. Por entonces, el suministro energético de las fábricas chinas e inglesas era muy parecido: esa energía hidroléctrica de turbinar el caudal de sus ríos. Pero eso sólo ocurría si las fábricas estaban en el lugar adecuado (es el problema de los recursos naturales: aquí sí hay pero aquí no). Y entonces llegó la máquina de vapor y, claro, la demanda de carbón. Los ingleses tenían minas de carbón a pocos kilómetros de sus fábricas, o cerca de cauces navegables. El carbón extraído en Newcastle o en Gales llegaba en pocos días a las plantas siderúrgicas de Sussex, Yorkshire o Cumberland. Con ese hierro se fabricaban las máquinas de hilar, mientras quemando carbón en maquina de Watt se hacía girarlo todo. Los tejidos de Lancashire inundaban el mundo; si las muselinas indias eran mejores, el algodón inglés era mucho más barato… en India. Y eso que el precio allí incluía una mano de obra más cara y veinte mil millas de transporte. Pura productividad. Se calcula que a principios del siglo XX, el 40% del textil del mundo se fabricaba en un radio de 80 kilómetros de la ciudad de Manchester.

¿Y China? el carbón chino estaba en Shaanxi y en Mongolia. A gran profundidad y a un mínimo de unos 2.000 kilómetros de distancia en línea recta, sin vías transitables y lejos de cauces navegables. Eso era un doble problema. El coste del acero para maquinaria sería mayor, y también el de la mecanización industrial del textil. Pero, además, esas tierras estaban bastante despobladas. Entre los bárbaros y la peste negra (que también asoló a China) en el siglo XIV buena parte de sus habitantes del norte carbonífero había migrado al sur, hacia el delta del Yangtsé: Shanghai, Nanjing, Hanzhou… era (y aún es) la gran área industrial de China. Pero se quedó atrás: sin telares, ni carbón y sólo quemando madera, ni el textil ni su siderurgia pudieron avanzar suficientemente. Añada a eso el poderío colonial, la armada inglesa, las guerras del opio, la organización feudal China, su autarquía financiera (se financiaban su propio déficit, sin incentivar a los inversores financieros, propios o ajenos) y entenderá como ese declive económico, industrial e incluso social (los Qing fueron cada vez más déspotas), que se inició por no tener energía barata, acabó con la Dinastía Qing en 1912. Las revoluciones, lícitas o no, siempre se originan cuando la gente tiene hambre y es humillada. Pues ya ven.

A ese momento histórico Samuel Huntington primero, y sobretodo Kenneth Pomeranz  después, le han llamado «la gran divergencia» (el libro del 2000 de Pomeranz es un best seller). Fueron esos años en que los europeos, con un sistema político lejos de lo feudal, mucho más estructurado (si quiere con el software de la Ilustración) con sus colonias (o sea recursos), con la tecnología y sus costes energéticos (o sea, una mejor productividad) eclipsaron a todas las potencias asiáticas. Jared Diamond daba una explicación similar en «Armas, gérmenes y acero» (premio Pulitzer 1998) a porqué el mundo se ve con los ojos de los occidentales. El título lo deja claro: una mejor organización política, la tecnología y las enfermedades a que los europeos eran ya resistentes, les permitieron dominar el mundo desde 1492. Y es que siempre es igual: la tecnología modifica la economía, y luego la sociedad. Y no al revés. Y eso pasó en China y en toda Asia. No pudieron competir con la tecnología europea, además de la disponibilidad de recursos. En el siglo XX la cosa ha cambiado para China, ya sabe. Pero esa es otra historia. U otro post.

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El criminal de guerra que ganó el premio Nobel y cambió la agricultura mundial

Fritz Haber nació en Prusia, en lo que hoy sería Polonia, pero que en 1868 era parte del Imperio Alemán. Su madre murió en el parto (algo no extraño en la época: en un nacimiento de cada 20-25 la madre fallecía). Su padre, un rico comerciante, tenía recursos para que el joven Fritz estudiase química. Al tipo no se le dio mal e, incluso, obtuvo el doctorado. Se casó en 1901 con Clara Immerwahr, la primera alemana con un doctorado en química. Clara era judía como Haber –askenazí-, pero este se había convertido al cristianismo años antes para disgusto de su padre. Tras la boda, Haber se dedicó a la electroquímica con éxito. Entre 1894 y 1911 se centró en la química del nitrógeno. Entonces, ya se sabía que los compuestos nitrogenados permitían una regeneración rápida de las tierras de cultivo. Pero hasta inicios del XIX lo único que se usaba como abono era una mezcla de estiércol con guano y agua, pues lo habitual era la rotación de tierras con leguminosas, que fijan el nitrógeno atmosférico al suelo. En 1820 en Chile y Perú se descubrieron y empezaron a explotar los grandes yacimientos de nitratos utilizables como abono, pero eran caros.

Y llegó Haber. Los nitratos eran interesante como fertilizantes y también para… fabricar explosivos. Así que imaginen la que se lió cuando patentó el llamado, entonces, Proceso Haber que permitía sintetizar amoníaco a partir de vapor, aire y metano (o sea, energía). En realidad, la reacción se produce a alta presión (200 kilos) y temperatura (450-500ºC) entre el nitrógeno del aire con el hidrógeno, que se obtiene por reformado del metano. El amoníaco resultante, al oxidarse, permite obtener los preciados nitratos, y así ¡zas! los preciados abonos sintéticos y el TNT. La innovación era brutal. Se pasaba de importar los lejanos y carísimos nitratos, a fijar de forma artificial el omnipresente nitrógeno (es más del 78% del aire). Con ello mejorarían enormemente los rendimientos agrarios. Adiós al estiércol. Adios al guano. Adiós a los barcos de Chile cargados de salitre. Carl Bosch, que trabajaba en BASF (pronúnciese béaseéfe), ayudó a Haber a mejorar el proceso en 1913 y a comercializarlo. De hecho, BASF financió buena parte de la investigación. Fruto de la cooperación, ese proceso de síntesis de amoníaco se llamó Proceso Bosch-Haber. La venta de la patente hizo rico a Haber a razón de un céntimo por kilogramo de amoníaco.

¿Qué significaba el amoniaco sintético? Un cambio de paradigma. Porque los abonos eran difíciles de conseguir y de pronto Haber y Bosch habían descubierto como producirlos de forma artificial. Piense que la alternativa a abonar era rotar cultivos o dejar las tierras en barbecho. Además, si había que importar nitratos, también había que importar el guano. El guano es esa mierda (literalmente) de aves, focas y murciélagos, que contiene un alto porcentaje de nitrógeno, fósforo y potasio, y que también tenía que traerse de lugares remotos en el Pacífico. Imaginen si era relevante el guano que Perú y España estuvieron en guerra en 1864 por el de las Islas Chincha. Pero es que Chile, Bolivia y Perú también se zurraron en 1880 por lo mismo: guano y salitre del desierto de Atacama. O sea, la cosa de las mierdas esas era muy seria. Y en esas que, mientras en BASF empezaban a fabricar los abonos sintéticos con el Proceso Haber, llegó otra guerra: La Primera Guerra Mundial.

Pero el cambio estaban en marcha. Hasta entonces, las grandes mejoras tecnológicas aplicadas a la agricultura habían sido poco más que pasar del buey al caballo como animal de tiro para arar (era más rápido). Y eso ocurrió en la Edad Media. Se siguió así (con alguna mejora en los arados) hasta 1868 cuando apareció el primer tractor accionado por una máquina de vapor: un arado acoplado a una locomotora pero sin railes, vaya. Piense que, además, un caballo tenía un elevado «autoconsumo» al comerse la tercera parte de lo que, tras labrar, se cosechaba. Y eso que entre 1650 y 1850 se había dado una auténtica revolución agrícola: el maíz, la caña de azúcar y la patata llegaron de América, se introdujeron los abonos, se inició la rotación y selección de cultivos,… Y, claro, con ello la población mundial dobló: se pasó de 550 a 1.200 millones de personas en 1900. Con la introducción masiva del petróleo llegó el tractor con motor de explosión a principios del siglo XX (entonces habían 21 millones de caballos en Estados Unidos) y con ello de paso se liberaban un montón de hectáreas para cultivo. Pero fíjese qué, en realidad, todas las mejoras técnicas agrarias fueron ¡mejoras energéticas! es decir, introducción de energía más barata. Porque los fertilizantes nitrogenados sintéticos de Haber no eran sino metano y vapor, a alta presión y alta temperatura, o sea…¡Energía! Hoy se producen más de 100 millones de toneladas de fertilizantes con el proceso Haber, que consumen casi el 1% de la energía mundial.

Pero volvamos a la Gran Guerra. Haber, además de un genio de la química, era un convencido patriota alemán. Eufórico cuando los alemanes invadieron Francia en julio de 1914, abrió otra línea de investigación en el Kaiser-Wilhelm-Institut für physikalische Chemie und Elektrochemie del que era director: la producción de gases venenosos para uso militar. Su primera gran idea fue producir gas cloro venenoso (el gas Chlorine). Si bien hubieron opiniones en contra de todo tipo (que si era inmoral, que si el viento lo llevaría contra las líneas alemanas, que si el veneno era de cobardes…), el 22 de julio de 1915, el mismo Haber dirigía el ataque de una nube de 168 toneladas de gas cloro que arrasó las trincheras en Ypres de los soldados francocanadienses. Fue un éxito para los alemanes, y podría haber sido mayor si tras lanzar el gas sus tropas hubiesen avanzado, pero temían morir por el Chlorine. La Guerra Química era real. A los pocos meses, Haber impulsaba la Fundación Kaiser Guillermo para las Ciencias Técnicas y Militares donde 1.500 personas investigaban nuevas tecnologías militares. Por ejemplo, se empezó a lanzar gas en proyectiles en lugar de impulsar una nube. Luego llegaría el gas mostaza.

Pero no fue suficiente con los gases venenosos. La entrada de los americanos en la guerra, aprovechando el hundimiento del RMS Lusitania en 1915 por los alemanes, decantó la balanza del lado aliado. El Imperio Alemán solicitó el armisticio el 11 de noviembre de 1918. Aquello sumió a Haber en una profunda depresión. Justo entonces la Academia Sueca de Ciencias le otorgaba el premio Nobel de Química de 1918 por su contribución a la síntesis del amoniaco; por ser «un medio extraordinariamente importante para el desarrollo de la agricultura y el bienestar de la humanidad«, y le felicitaba por su «triunfo en el servicio de su país y de la humanidad«. Pero como en 1918 aún se estaba en guerra, el premio no se entregó hasta julio de 1920. Meses antes, en febrero de 1920, los aliados presentaron una lista de «criminales de guerra» de 194 páginas con 895 nombres, que además de príncipes, generales del ejército alemán o comandantes de submarinos, incluía al… profesor Fritz Haber. Sin embargo, le otorgaron el premio. Curiosa lista pues los aliados tardaron seis meses en desarrollar también sus gases venenosos. Ya sabe que la historia la escriben los vencedores… Ese mismo año, Haber desarrolló un pesticida basado en el cianuro, el llamado Zyklon A, que años después fue modificado por los Nazis en el temible Zyklon B. Con ese gas, mataron a miles de personas (algunos Haber) en las cámaras de gas de los campos de Auschwitz-Birkenau, Majdanek y Mauthausen.

Y es que con la llegada de Hitler al poder, en 1933, Haber tuvo que huir de Alemania. Ni sus esfuerzos patrióticos, ni su contribución científica, ni siquiera el premio Nobel fueron suficientes para hacer olvidar a los Nazis que, aunque convertido al cristianismo, en el fondo era un aschkenasische Juden. Haber moría al año siguiente de un ataque al corazón a los 65 años en Suiza. Cuando le preguntaban sobre el uso de sus descubrimiento Haber contestaba «la muerte es la muerte«. No todos pensaban así. Clara, su mujer, se suicidó de un tiro en 1915 tras el primer uso del gas venenoso. No soportó la idea de que, tras el primer ataque con armas químicas, su marido se fuera a Rusia a dirigir el segundo. Su hijo Hermann emigrado a Estados Unidos se suicidó allí en 1946, avergonzado. Ludwig, el hijo que tuvo con su segunda esposa Charlotte, lo contó todo en «The Poisonous Cloud«. Menuda historia. Menudo ejemplo de lo que es la raza humana. Tenga por seguro que sin los fertilizantes sintéticos nitrogenados de Haber no hubiésemos podido alimentar a los 7.000 millones de personas que hoy somos. Pero piense también en ese extraordinario genio científico, que puesto al servicio de la peor motivación acabó asesinando a millones de personas. Paradojas del ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor. Ya sabe: Sic Transit Gloria Mundi.

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