Climas extremos llegados para quedarse

El tiempo está loco. O peor. Lluvias torrenciales en el sureste de España a final de septiembre. 10 muertos. Terribles tornados en Kentucky en marzo. La peor sequía en Estados Unidos en los últimos 25 años. En Rusia, algo parecido. Incendios forestales en media Europa (agravados por los recortes en servicios públicos). En India, un 10% menos de precipitación en este año ha generado una terrible crisis agraria, que tuvo su reflejo en el apagón más grande de la historia del mes de julio. Eso sólo en 2012…. Porque mirando los últimos años aún  hallamos muchos más ejemplos extremos. Recuerde. En 2011, el huracán Irene visitaba Nueva York. Tremendas inundaciones en Pakistán en 2010 que dejaban cientos de muertos. El ciclón Nargis dejaba más de 130.000 muertos tras su paso por Birmania. La ola de calor de 2003 mató a decenas de miles de personas en Europa: sólo en Francia se calcularon casi 15.000. Y eso sin contar a los terremotos y tsunamis (eso no es climatología).

Porque… ¿Qué le pasa al clima? ¿Realmente está cambiando o es casualidad? ¿Qué tiene que ver el cambio climático en esto? En 2012, y viendo como el hielo ártico está en mínimos desde 1979, pocas dudas quedan ya sobre la existencia del cambio climático. La duda es si eventos climáticos en el corto plazo (como son los metereológicos extremos) pueden relacionarse vía el causa-efecto con un fenómeno tan complejo y, en el fondo, de consecuencias a largo plazo como es el calentamiento global. El mexicano (de origen) Mario Molina, que compartió en 1995 el premio Nobel de química por sus trabajos sobre los CFC y sus efectos sobre el agujero de la capa de ozono, sin embargo, lo tiene claro: «important changes have occurred in the scientific understanding of the extreme weather events […]. They are now more clearly connected to human activities, such as the release of carbon dioxide ― the main greenhouse gas ― from burning coal and other fossil fuels«.

Igual Molina ha leído el último articulo de Hansen de julio pasado titulado «Perception of climate change«. El Dr. James E. Hansen es, ni más ni menos, el tipo que popularizó el cambio climático en el estamento nivel político, allí por 1988. Entonces trabajaba en la NASA y tenía suficiente llegada como para presentar ante el Congreso Americano (ante un flipado Al Gore, entonces congresista por Tennesse) sus conclusiones sobre el tema: «The global warming now is large enough that we can ascribe with a high degree of confidence a cause-and-effect relationship to the greenhouse effect«. Empezaba una época. Pues ahora Hansen (que en estos años ha publicado mucho más) dice que, como piensa Molina, podemos ver como el cambio climático ya modifica nuestra meteorología. Hansen demostraría en ese paper cómo la probabilidad de tener estaciones inusualmente cálidas aumenta. En especial en verano, cuando los cambios tienen efectos prácticos.

Hansen ha estudiado las anomalías de la temperatura en el período de base 1951-1980: un periodo donde la temperatura global resultó muy estable, siendo útil para comparar. Sus resultados muestran como la distribución de probabilidad (frecuencia de ocurrencia de temperaturas) de las anomalías locales de la temperatura media de verano seguías una distribución normal en los años 1950, 1960 y 1970 en ambos hemisferios. Pero a cada nueva década, la distribución se habría achatado y desplazado hacia las anomalías positivas, es decir a la zona de mayores temperaturas (las llama «hot outliers«). Al revisar las desviaciones típicas (σ) mayores de 3, y observa que si en 1950 ahí estaba el 0.1% de los episodios de calor extremo, en 1980 a 3σ estaba… el 10%. O sea 100 veces más. El planeta se calienta y cuando hace más calor, es mucho más calor. Y con el frío ha pasado lo mismo, aunque son más frecuentes los episodios calientes que los fríos…

La gracia es que Hansen no utiliza un modelo informático de simulación climática, sino que estudia estadísticamente datos empíricos. Explica qué ha pasado. Y, claro, explica muy bien las sucesivas y salvajes olas de calor que han azotado los últimos años, y en especial, el hemisferio norte. La duda está en por qué ha pasado eso. Está claro que hay correlación  entre calentamiento global y mayor presencia de episodios extremos, pero establecer una relación causa-efecto es difícil. Y Hansen se moja, porque literalmente dice: «[…] we can state, with a high degree of confidence, that extreme anomalies such as those in Texas and Oklahoma in 2011 and Moscow in 2010 were a consequence of global warming because their likelihood in the absence of global warming was exceedingly small«. Quizá demasiado categórico. Y, claro, muchos científicos han rebatido esa declaración.

Y es que es muy difícil demostrar esa relación. Weber establecía en 2010 esas barreras para entender el cambio climático e indicaba el enorme riesgo de asumir esa relación demasiado tarde, por el desfase temporal entre causas a corto y efectos a largo. Que hay relación parece evidente, pero… ¿Si atacamos el cambio climático con éxito reduciremos episodios de clima extremo? Igual hay que ser más pragmáticos. Munich Re -sin duda, la primera compañía de seguros del mundo– habla sin tapujos del tema. Su NatCatSERVICE recoge datos de hasta 1.000 catástrofes naturales al año, que estudia y analiza. Mire el gráfico de abajo. Los fenómenos naturales extremos se han multiplicado por 3 en 30 años (los terremotos más o menos siguen periódicamente iguales; no es el fin del mundo que pronostican los mayas -aunque parece, que en realidad, se quedaron sin papel-).

Eso sí, resulta evidente que un fenomemo no climatológico, como los terremotos, son la peor catástrofe. Pero las peores con la que lidian las compañías de seguros (es decir, las que casi seguro obligan al pago de primas) incluyen huracanes, tormentas e inundaciones (7 de las 10 peores de los últimos 30 años). Clima extremo, sí; pero con extremas pérdidas económicas. Y es que 2011 fue el año más costoso en lo referente a catástrofes naturales. Cierto es que el terremoto (y posterior tsunami) de Japón de 9 en la escala de Richter computó el 50% de los costes; pero el año pasado los desastres naturales nos costaron casi 380.000 millones de dólares. Eso sí, terremotos aparte, si nos fijamos sólo en los desastres causados por grandes tormentas y huracanes, en 2008 y 2009 se batieron records históricos. Las opiniones de Munich Re sobre la fracasada COP de Durban sobre el cambio climático (digan lo que digan) fueron muy críticas. O más.

Munich Re hablaba a finales de 2011 del informe «Managing the Risks of Extreme Events and Disasters to Advance Climate Change Adaptation«, también llamado SREX. Decía más o menos lo de Hansen pero algo antes. Y Munich Re escribe: «It would seem that the growing number of weather- related catastrophes can only be explained by climate change. The view that weather extremes are more frequent and intense due to global warming is in keeping with current scientific findings«. Era noviembre de 2011 y nadie se quejó. Y es que Munich Re (en su origen católico de Baviera, como Benedicto XVI) cree en la validez y utilidad del llamado «Principio de precaución«, que estableció la declaración de Rio en 1992. Este principio también está incorporado al Tratado de la Unión Europea (es el artículo 191). Es simple: «Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente«. Tenga o no tenga razón Hansen, según este principio, se debe actuar. Sería más lo que se ganaría que lo que se perdería. Actuar o no, esa es la cuestión. O esperar. Vuelven las dudas de Hamlet… ¿usted duda?

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Samuel Insull, el tipo que se inventó las compañías eléctricas

Samuel Insull desembarcaba del «City of Chester» en Nueva York en 1881. Era un joven contable de 22 años acabado de llegar de Londres, fascinado con Edison y su invento del filamento incandescente alimentado por un motor de corriente continua: la bombilla eléctrica. Edison presentaba su invento en la nochevieja de 1879 en su laboratorio de Menlo Park (hoy museo). Llegaba la luz eléctrica. Ironías del destino, el primer trabajo como contable de Insull fue en el despacho del banquero que llevaba los negocios de Edison en Europa. Gracias a ese network, logró ser contratado como secretario personal de Edison. Su primera tarea en Nueva York fue encargarse de las desordenadas finanzas de la Edison Light Co. de Manhattan. Tras eso, Insull puso en orden el negocio y reorganizó finanzas y ventas. En 1889 -con 30 años- ya era uno de los primeros ejecutivos de la compañía, y supervisó la fusión de la Edison Light Co. con su principal competidora la British Thomson-Houston. Esa fusión daba origen a la General Electric Company. Igual les suena lo de GE. Resultado de su excelente gestión Insull fue nombrado Presidente de la Chicago Edison Co. una de las 20 eléctricas de Edison. Y a Chicago se fue.

Al margen de las polémicas entre Edison y Tesla, cuando el segundo inventó la generación polifásica alterna (recuerde el post de la guerra de las corrientes), lo cierto es que los «Edison Boys» la habían armado. En poco más de dos años desarrollaban todos los elementos cruciales para que la electricidad fuese la gran alternativa energética del siglo XX. Diseñaron una potente dinamo eléctrica (la enorme «Jumbo«, bautizada con el mismo nombre que un elefante de circo muy famoso; lo de Edison con los elefantes era, definitivamente, raro…), desarrollaron una aparamenta para los circuitos eléctricos en paralelo, que permitían  la disposición de muchas bombillas con un solo cable, diseñaron el contador de electricidad y al final, todo el conjunto, lo aprovechaba la famosa bombilla de incandescencia para iluminar. En pocas palabras: se inventaban el esquema eléctrico completo: generación, distribución, medida y consumo. La primera central eléctrica del mundo, en Pearl Street, que arrancaba a las tres de la tarde del 4 de septiembre de 1882 demostraba que el invento funcionaba. Ahora se trataba de inventar el negocio eléctrico.

Y vaya si lo hicieron: la Edison Co. licenciaba el sistema; la Edison Lamp Works fabricaba bombillas; la Edison Machine Works, las dinamos y la Edison Electric Tube el cableado. Un imperio empresarial, vaya. El problema era que con corriente continua en baja tensión no había eficiencia a más de 400 o 500 metros (todo eran pérdidas térmicas). Pero Edison se negaba a apostar por la alterna, aunque Tesla tuviese razón. Así que su negocio se basaba (forzosamente) en tener la generación en el punto de consumo. Así, en 1900 el uso de la electricidad sólo podía ser marginal. Aunque pequeñas centrales eléctricas licenciadas por Edison (hasta 50.000 en 1905) surgían por doquier en los Estados Unidos no suministraban sino a unas pocas bombillas, comercios locales y, ocasionalmente, alguna fábrica despistada. Los industriales de la época eran muy reticentes a que un extraño se metiese en su proceso productivo. Así que aunque Edison había inventado un nuevo servicio público, no podía dotarlo de dimensión suficiente, tanto en escala como en alcance.

Y ahí entró Insull. La idea del inglés era convencer a los industriales para que comprasen directamente la electricidad, no que se la fabricasen. Esa idea chocaba frontalmente con la de Edison, así que el tipo… la desarrolló por su cuenta. La primera idea fue hacer mayores las centrales eléctricas de Chicago. Si en 1890 la Central de Harrison Street tenía dos grupos de 2.400 kW, en 3 años multiplicó esa potencia por 6. En 1900 la nueva planta en Fisk Street tenía diez turbinas de 12.000 kW cada una. El tamaño importaba para Insull, y con él los costes se desplomaban. Es lo que se llama “generar economías de escala”: el coste de producción de la central grande era, comparativamente más bajo que la pequeña. Y esa idea la había aplicado a todo: antes que hacer mayores centrales, Insull había comprado a todos sus competidores. En 1886 la electricidad en Chicago era un monopolio de Insull, aunque no era un estrategia para subir los precios (en realidad, sería absurdo pues no habían aún clientes…), sino para producir a costes más bajos con las ganadas economías de escala.

Porque la otra gran idea genial que Insull vio era que si las compañías eléctricas vendían servicios, los clientes podían dedicar ese capital para invertir en los aparatos eléctricos: ferrocarril eléctrico (o sea, el tranvía) en lugar de caballos, bombillas en lugar de velas, motores eléctricos en lugar de turbinas, planchas eléctricas en lugar de hierros calientes, refrigeradores en lugar de nada (recuerde el post sobre Carrier)… ¿Para qué montar una central eléctrica? ¿Para qué asumir riesgos? ¿Para qué tener personal? That’s not my business, man. Es más, nadie quería electricidad sino lo que ésta permitía. La intuición de Insull fue que la electricidad podría ser una tecnología de aplicación general para todo tipo de aparatos y clientes. Edison sólo entendía las centrales eléctricas como elemento de generación de corriente continua. ¿Pero cómo vender un flujo de electrones? Primero Insull montó lo que hoy se llamaría un Show Room. En el llamado “Electric Shop” se hacían presentaciones de maquinas industriales que funcionaban con motores eléctricos. Pero además, publicó anuncios en prensa, artículos explicativos… se gastó una pasta en marketing, vaya.

¿Y a qué precio se vendía todo esto? ¿Y cómo? Insull utilizaba unos contadores ingleses con indicador de consumo máximo (lo que se llama maxímetro). Ello permitía saber no sólo el total de kWh consumidos sino cuándo se consumían. Eso era muy importante, pues el problema no era si los clientes consumían mucho, sino si lo hacían a la vez. En otras palabras, cuando se producían las horas punta. Ese era el problema. Tener suficiente potencia instalada para cubrir esa punta de consumo. ¿Adivinan qué propuso Insull? Cobrar la punta de forma separada del consumo. La punta, o potencia máxima, era cobrada con una tarifa fija (que, en realidad, se correspondía con los costes fijos de las centrales eléctricas), mientras que el consumo total (la energía) con una fórmula variable. Así empezaron a segmentar los clientes: los de mucho consumo con tarifas pequeñas, y los de poco con tarifas grandes. Diversidad de precios, sí; pero con la idea de maximizar el número de clientes y de que se complementasen entre ellos. Todo era tan estupendo como para cambiarle el nombre al negocio. La Chicago Edison Co. cambió su nombre en 1907 por Commonwealth Edison Co. Insull triunfaba.

¿Resultado? Chicago pasó de un consumo de 10 kWh por cliente en 1899 a 450 kWh de consumo en 1915. La cosa funcionaba. Por un lado, Insull se dió cuenta de que producir electricidad era más rentable si aumentaba el llamado «factor de carga«, o sea el número horas de producción de electricidad sobre las posibles. La electricidad se consumía sobre todo por la noche. Así que quedaba, al menos, el 50% del factor de carga disponible en las horas del día. Insull empezó a buscar a esos clientes, y empezó por el tranvía y las plantas de fabricación de hielo. Éxito total, pues los tranvías funcionaban de día y paraban de noche, al revés que sus usuarios. Una idea tan buena que Insull, entre 1910 y 1920 había adquirido y modernizado los principales tranvías interurbanos del área de Chicago y las líneas de tránsito rápido. Insull descubría los llamados «monopolios naturales» de la era moderna casi sin querer. Maximización total del factor de carga. Pero, además, los menores costes de producción permitían ganar más y seguirlos bajando y extendiendo el servicio. «Circulo virtuoso» le llaman a eso.

Pero… ¡ay! La arcadia feliz de los locos años 20 acabó con la Gran Depresión. Caída del consumo, desempleo bestial, suicidios, quiebras… ¿quién consumía electricidad ahora? ¿Con qué pagar las enormes inversiones de Insull? Además, fascinado por el nuevo mundo que inventaba la electricidad, Insull había invertido también en muchas empresas de radio. Incluso el Chicago Civic’s Opera House fue diseñado y en buena parte financiado por Insull en 1929, y él y su familia eran grandes mecenas de Chicago. Pero en 1929 la Gran Depresión se llevó por delante aquel imperio de 500 millones de dolares en empresas eléctricas y de transporte, excesivamente endeudado, y con un capital de sólo 27 millones de dolares. Quiebra. 600.000 accionistas arruinados, igual que Insull. Huido por Francia, Grecia y Turquía, desde donde lo extraditaron a Estados Unidos, fue juzgado en 1934 tres veces por fraude. Declarado inocente y emigrado a Francia, Samuel Insull murió de un infarto en 1938 en el metro de París, con 30 francos en el bolsillo (menos de un dólar). “I’m now a poor man” había dicho días antes. Pues fue que sí. No somos nada. Así que cuando ahora vuelva a mirar su factura eléctrica, lo rara que es, y lo caro que le cobran la electricidad, piense que todo, todo, todo lo que tiene se lo inventó un visionario contable inglés emigrado a Chicago cien años antes, flipado por la electricidad.

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La ecológica prohibición sagrada del cerdo

¿Es la alimentación sólo un acto de ingesta energética? No. Alimentarse es un fenómeno tan físico como social y cultural. De ahí que comer o no comer algo permite expresar una identidad. Ahí está algo tan tonto como untar tomate en una rebanada de pan (el pa amb tomàquet, o pantumaca, si les va la transcripción fonética). Detrás de ese producto no está sino el intentar reblandecer el pan seco y poder comerlo varios días después de su cocción, cuando está duro como una piedra. Sin embargo, esa acción casi ecológica (aprovechar al máximo los alimentos en un área pobre y seca, como es todo el litoral mediterráneo) ha acabado siendo un hecho de significación cultural: «Póngame un bocadillo con pan a la catalana«, dicen en muchos sitios. Pues eso. Modernamente la alimentación ha acabado siendo un proceso donde cada cultura elabora, reelabora, combina, mezcla, reduce o añade productos naturales. Si a eso le añade el calendario, la estructura de las comidas, el horario y el clima, resulta un proceso social completo donde la alimentación es una simbología. Y, claro, alimentación también es religión.

Piense ahora en España, Grecia o Italia. El paraíso del cerdo. Bueno, más bien de la cocina del cerdo (bromitas de PIGS aparte). Ahora en Marruecos, Libia, Jordania, Siria o Israel.  El cerdo, ni mentarlo. ¿Cómo pueden darse a la vez esa porcofilia y porcofobia -en palabras de Marvin Harris– en un área tan reducida y de identidad tan común? ¿Acaso no hay permeabilidad cultural? ¿Y la fermentación de la uva? Lo mismo. ¿Y el queso?… ¿Por qué hindúes, musulmanes o judíos no comen queso? ¿Por qué los sijs sí comen queso, si son vecinos de los hindúes y tan cercanos a ellos? La alimentación, como simbología, traduce también una visión religiosa. En otras palabras, hay siempre un juicio moral tras una producto alimenticio si uno observa una espiritualidad concreta. Ahí se mezclan cuerpo y alma (lo que es bueno para el cuerpo lo será para el alma), pero también salud y virtud (si estoy sano, también me convierto en santo). El cuerpo es un templo. Pero ¿Es pura creencia? ¿Es pura religiosidad? ¿O acaso se trata también de… energía y ecología?

Quizá el cerdo sea, junto con la vaca, el mejor ejemplo. Judíos y musulmanes (que se odian) tienen en común la prohibición del cerdo. Dice el capítulo 14 del Deuteronomio sobre los animales prohibidos para los judíos: «estos no comeréis, entre los que rumian o entre los que tienen pezuña hendida: camello, liebre y conejo; porque rumian, mas no tienen pezuña hendida, serán inmundos; ni cerdo, porque tiene pezuña hendida, mas no rumia; os será inmundo. De la carne de éstos no comeréis, ni tocaréis sus cuerpos muertos«. También prohibe los «animales que moran las aguas sin aletas ni escamas, porque son inmundos» y, en detalle, el águila, el quebrantahuesos, el buitre, los halcones, los cuervos, el avestruz, la lechuza, la gaviota, el gavilán, el mergo, el cisne, el ibis, el somormujo, el calamón y el buho; y todos esos sin olvidar el marisco, el calamar o el pulpo (que no tienen ni aletas ni escamas, para su suerte). Son los alimentos llamados טרײף o trayf, y que añaden también a esa lista los animales que se hallen muertos o hayan muerto por enfermedad, o las suculentas grasas. Los permitidos son los que se llaman כָּשֵׁר o kasher, y que cumplen esas reglas, en su conjunto el כַּשְׁרוּת o cashrut, que literalmente significa «lo correcto«.

¿Y los musulmanes? El Sagrado Corán distingue entre حلال (halâl) y حرام (harâm), o sea alimentos (y bebidas) literalmente permitidos y prohibidos. En detalle, en la Sura 2, versículo 173 sobre el halâl se dice: «se os prohíbe comer la carne del animal que haya muerto de muerte natural, la sangre, la carne de cerdo y la del animal que se sacrifique en nombre de otro que Allah«. Ahí destacar que, además del cerdo, es importante… el proceso. No hay una lista exhaustiva de bichos como en el Antiguo Testamento, pero se indica cómo preparar los animales para poderlos comer. Hay hasta cuatro Suras que indican qué se come según cómo se encuentre o prepare. Por ejemplo, la Sura 5, versículo 3 dice: «Se os prohíbe la carne del animal muerto por causa natural, la sangre, la carne de cerdo, la del animal que haya sido sacrificado en nombre de otro que Allah, la del que haya muerto por asfixia, golpe, caída, cornada o devorado por una fiera, a menos que lo degolléis. Y la del que haya sido sacrificado sobre altares y que consultéis la suerte con las flechas. Hacer esto es salirse del camino«. El proceso es importante, sí; pero el cerdo aquí tiene una mención explícita.

Parece como si musulmanes y judíos prohibiesen la ingesta de todos aquellos animales con riesgo potencial para la salud. Por ejemplo, parece evidente que -al margen de lo que crea uno- mejor no comer animales que estén muertos (vete tú a saber de qué han palmao), o aves carroñeras (que ya comen bichos muertos), o que transmitan fácilmente enfermedades (como mariscos, conejos y roedores en general). Pero ¿y el cerdo? ¿Porqué la Torá y el Corán son tan explícitos con el cerdo? ¿Y si Yahvéh y Allah, en sus sendas e inescrutables revelaciones, hubiesen considerado también… el equilibrio ecológico? Piense en los pastores nómadas de llanuras yermas y colinas sin bosques del Sinaí, por ejemplo. Terrenos difíciles de regar, con una agricultura demasiado dependiente de las esporádicas lluvias. ¿Qué animales viven mejor en esa zona? Los rumiantes: bichos con estómagos listos para poder asimilar la celulosa, cosa que los otros mamíferos tienen mucho más difícil. ¿Tiene sentido que el Deuteronomio proponga comer a «todo animal de pezuñas, que tiene hendidura de dos uñas, y que rumiare entre los animales«?  Pues sí. Piense en las elevadas temperaturas que se dan en esas latitudes. La lana de ovejas y cabras les permite soportar muy bien el calor. Y, además, todos esos animales dan leche, combustible en forma de boñigas y, una vez muertos, producen cuero y pieles.

¿Y los cerdos? Los marranos, chanchos o guarros son unos bichos que, originarios de China, vienen a ser unos jabalíes domesticados. Celulosa comen más bien poca. De hecho, les van más las nueces, bellotas, tubérculos, granos… O sea, compiten con los humanos. No comen hierba. De hecho, ningún pastor nómada hace pastar cerdos en ninguna parte, eso suponiendo que pudiesen recorrer grandes distancias. Tampoco producen leche. ¿Y el calor? Piense en Judea o en el desierto del Néguev… 40ºC fácilmente. Y ahora piense en los cerdos que, como no sudan (aunque se diga que «sudas como un cerdo«), se revuelcan en el lodo o en lo que sea para refrescarse… Cuanto más calor, más sucio es el cerdo. O sea, ni sombra ni agua. ¿Como criar un cerdo en Oriente Medio? Ya sabe cómo: a costa de muchos recursos. Trayendo agua y alimentos de otros sitios, dandole de comer lo que comería un pastor… En otras palabras, criar cerdos en el desierto es enormemente caro. Se puede alimentarlos y cuidarlos, pero a costa de un enorme desequilibrio ecológico. ¿Pero no son una tentación las suculentas proteínas animales de los cerdos, mucho más eficientes que las vegetales? Sí. Bueno, pues ahí entraban Yahvéh y Allah a acabar con la tentación (de hecho, parece que esa práctica de no comer cerdo incluso llegó antes que Mahoma…). No se puede. Y punto.

Estimated distribution of industrially produced pig populations

Estimated distribution of industrially produced pig populations

Porque la prohibición del cerdo puede entenderse – en el fondo- como un puro ahorro energético y búsqueda del óptimo ecológico (al revés que pasa en zonas húmedas como Indonesia o el sureste asiático, donde el cerdo es venerado). En una zona desértica donde las proteínas vegetales (recuerde este post) sean escasas, lo sensato es apostar por los animales que optimizan el input/output vegetal/animal: o sea, los rumiantes. En una zona seca y de mucho calor, debe apostarse por las especies que mejor lo toleran, que no hay mucha agua. En una zona yerma, apueste por los animales que no compiten con uno. En una zona trashumante, apuesto por animales de largo recorrido. Pura energía: criar muchos cerdos sería un desastre ecológico. Criar pocos haría ver lo buenos que son, y motivaría su cría. Solución: prohibir totalmente el consumo de cerdo y apostar por otros como «el buey, la oveja, la cabra, […] el ciervo, la gacela, el corzo, la cabra montés, el íbice, el antílope y el carnero montés«. Qué cosas, oye. Una prohibición dietética y simbológica ante un animal impuro. Sí. Pero también una excelente estrategia de ahorro energético y equilibrio ecológico.. אמן. Amén. إن شاء الله. Insha’Allah

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12 textos que cambiaron la forma en que el mundo veía el medio ambiente

«Oiga ¿cuál es su película favorita?» ¿Y por qué sólo una? ¿Por qué no pueden ser 5? Siempre me han parecido algo absurdas esas listas de «los 10 mejores pintores» o «las 5 mejores salsas para macarrones«. ¿Qué le importa eso a nadie? ¿Para qué esa competición?. Dicho esto, igual no entenderá el porqué de este post. ¿Por qué estos 12 textos? ¿Por qué no 23? La verdad, no lo sé. Podían ser más o menos. Y seguro que otros piensan que son otros. OK. Pero los textos de esta selección, que no son un ranking sino que son ideas brillantes que cambiaron la forma en cómo se paso a entender la Tierra desde entonces. Están ordenados por cronología, y han establecido un antes y un después en la visión ambiental tras cada uno de ellos. Que los disfrute.

1) «A Sand-County Almanac» (1948), de Aldo Leopold: vamos a llevarnos bien de entrada, así que no les voy a engañar: este libro me pareció un coñazo. Bambi contaba lo mismo de forma mucho más entretenida. Pero oigan: ES QUE ESTE TIPO FUE EL PRIMERO. Así como suena. Antes de Aldo Leopold, NADIE, repito: NADIE sabía, ni entendía, ni necesitaba eso del medio ambiente. Leopold fue un visionario. Estuvieron los ambientalistas de finales del siglo XIX, vale, como John Muir (el fundador del Sierra Club); y antes los trascendentalistas, de acuerdo, como Ralph Waldo Emerson; pero estos contaban historias a mitad de camino del mundo feliz de los evangelistas del séptimo día y el flipe de los colgados de peyote (algo así como la suma de ecología+religión+belleza). Y llega Leopold y ¡patapám! introduce la ética ambiental, o sea el respeto entre las especies. Y desde ahí realiza una lectura del medio ambiente total (algunos lo llamarían hoy holística), más allá del puro antropocentrismo. O sea planeta, hombre y especies en un único conjunto. Y el primero que entendió esto, y lo contó, fue Leopold. Y ya saben que el que da primero…

2) «Silent Spring» (1962), de Rachel Carson: poco se iba a imaginar esta buena señora la que iba a liar con su libro. En realidad, es más parecido a una novela que a un texto científico. El problema es que es una novela de miedo; sin querer, sí, pero de miedo. Rachel Carson, bióloga del United States Fish and Wildlife Service, describía una ciudad imaginaria que, en el corazón de Estados Unidos, habría sufrido una extraña epidemia; animales y muchas familias habrían muerto víctima de misteriosas enfermedades. Como en el primer capítulo de «The Walking Dead«, vaya. “The birds, for example- where had they gone?… It was a spring without voices.”contaba Mrs. Carson. Y esa metáfora sobre una primavera donde no cantarían los pájaros, ni se oiría el rechinar de las cigarras, todos desaparecidos sin explicación, y con el único testigo de un polvo blanco que lo cubriría todo, era una denuncia del, cada vez más evidente, riesgo de deterioro del medio por la contaminación industrial, en especial de la industria química. El libro tuvo un gran éxito, interesando incluso al mismo presidente John F. Kennedy, que integró a la Sra. Carson en su grupo de consejeros. ¿Causa-efecto? Esta vez sí. Si se preguntó alguna vez si hubo un libro que cambió el mundo casi sin querer, éste fue uno de ellos.

3) “The Economics of the Coming Spaceship Earth” (1966), de Kenneth Boulding: «Ground control to Major Tom» ¿le suena? Premio. Es el principio de «Space Oddity» de David Bowie. Ya sabe la historia de aquel astronauta que a mitad de camino de no se sabe qué galaxia, le da un cuelgue. Al margen de qué carajo significa lo de «Take your protein pills and put your helmet on» (a mi me suena a tripi), son finales de los 70 y las misiones espaciales son la repanoché. Pero antes de que en 1969 el Apolo 11 llegase a la Luna y que Bowie pensara en el Mayor Tom, el Sr. Boulding escribió un artículo ME-MO-RA-BLE en el American Economic Review y al que no se le ha reconocido su mérito suficientemente. La Tierra sería una nave espacial en un largo viaje estelar, con la única energía del sol y donde sus habitantes serían astronautas. Boulding, economista, entendía al planeta como un sistema económico cerrado, donde economía y medio ambiente tendrían una relación circular. Como el astronauta que bebe su pipí. Genial. Pero, además, Boulding era un guasón. A él se debe la famosa frase «Anyone who believes exponential growth can go on forever in a finite world is either a madman or an economist«. Y aquí «madman» debe traducirse como «gilipollas«. Sólo por ser capaz de esa genialidad, Boulding y su «spaceship» merecen leerse.

4)  “The tragedy of the Commons” (1968), de Garret Hardin: es el famoso artículo de Science de 1968. De lo mejor que se ha escrito nunca sobre la relación de los humanos con el medio ambiente. Liga el problema del uso del “bien común” con el comportamiento individual. Imagine –dice Hardin- a unos ganaderos en un prado, cada uno con su ganado, pastando tranquilamente. Aunque cada uno de ellos racional y lícitamente busca maximizar sus beneficios, resulta que -sin remedio- acabarán con el prado. Cada uno pensará en utilizar aquella parte que otro ganadero no utiliza y así aumentar su beneficio propio. Resultado: desastre total racional. Esa es la tragedia de las cosas comunes -como el medio ambiente- que no son de nadie y son de todos. Si entendió lo de los juegos cooperativos, es consecuencia del equilibrio de Nash (seguro que recuerda a Russell Crowe haciendo de sabio loco en Princeton) y, claro, no hay incentivo para que no exista el free rider (es decir, que hacer lo que te da la gana en contra de todos no está penalizado). Hardin es un clásico, y como todos los clásicos –ya sean Goya, Victor Hugo o los Pet Shop Boys- para él no pasan los años. Es al revés.

5) «Small is beautiful» (1973), de E. F. «Fritz» Schumacher: si el título tenía gancho, el subtítulo era una declaración: «Economics As If People Mattered«. Era 1973 y éste ya se olía que al Big Money le importaba un cuerno la gente. Murió en 1977 y menos mal, porque si llega a ver lo de las preferentes en España se vuelve a morir. E.F. Schumacher era un alemán huido del nazismo, que acabó de profesor en la Columbia University, trabajó en los años 40 hasta con Keynes, y que pasó una temporada en la India que, digamos, le influyó mucho. La idea central del libro es la absurdidad del crecimiento desmedido de una sociedad que «convierte el lujo en necesidad«. Lo que pretendía Schumacher era repensar el uso que se estaba haciendo de los recursos naturales, y reorientar la economía, centrándola en el hombre, pero -esa es la gracia- a su escala: «Man is small, and, therefore, small is beautiful«. Y con una escala pequeñita, ya sería suficiente. Lo orgánico, lo local, lo básico, o que la respuesta a casi todas las preguntas se encontraba en la naturaleza, eran conceptos que Schumacher defendía hace casi 40 años. Otro libro que cambió el mundo, sin duda. Beautiful ¿no?

6) “Gaia: a New Look at Life on Earth” (1982), de James Lovelock: la hipótesis Gaia (la diosa griega que personificaba la fertilidad de la Tierra) de James Lovelock propone ver al planeta como un super-organismo complejo. No es un pedrusco tonto dando vueltas por el espacio (va más allá que Boulding), sino que es un organismo que incluye la biosfera, la atmósfera, las hidrosferas y la pedosfera, y que se autorregula mediante procesos geoquímicos. Cuando apareció la vida en la Tierra, ésta se hizo cargo del planeta y la cambió. Dejó de perder agua (como hacen los otros planetas), y pasó a controlar la evolución: el sistema orgánico e inorgánico trabajaron conjuntamente y transformaron el planeta en un sitio agradable. Esta idea tan simple (y genial) cambió nuestra visión a partir de los 80: ya no habían muchas razones para seguir pensando que somos los amos de la creación. Si bien la hipótesis no ha sido probada, ni hay consenso como para constituir una teoria del comportamiento de los ecosistemas terrestres, ha tenido una evidente influencia política, social e, incluso, religiosa. Luego a Lovelock le ha dado un subidón y ha escrito más cosas, pero ya sabe que, excepto «El Padrino II» y «Toy Story 2«, segundas partes nunca fueron buenas.

7) «Cannibals with forks» (1997), de John Elkington: hasta 1997 (aunque Michael Porter ya había escrito alguna cosa: siempre es el primero, el muy cabrón), las empresas asimilaban el medio ambiente como una obligación. Y llegó Elkington. La idea era convertir un problema económico (multidecisión) en uno técnico (monodecisión). ¿Cómo? Con el Triple Bottom Line. Si puedo unir los ejes ambiental, económico y social en torno a una única variable de decisión, podré alinear todos los objetivos de la sostenibilidad empresarial, porque la muy puñetera tiene 3 dimensiones y no una. En 1992 Kaplan y Norton inventaban el cuadro de mando integral, una herramienta ideal para alinear a toda la organización en la consecución de la “misión”. Pues esto va de lo mismo. Además, Elkington tiende a usar la ironía y el sarcasmo y, la verdad, te descojonas con su libro. Pero vaya con cuidado, pues a menudo Elkington se transforma en una especie de paramilitar serbio, atiborrado de anabolizantes, con el cuchillo de Rambo y enchufado de speed. ¿O como llamaría a un tipo que titula un libro «Caníbales con tenedores» consciente de que esto no tiene arreglo y que, como mucho, se puede llegar a ser sólo un monstruo más civilizado? Pero el tipo ha cambiado la visión de las empresas. Vigile con él: crea adicción.

8) «The skeptical environmentalist» (2001), de Bjørn Lomborg: igual aquí he mentado a la bicha, pero este tipo me cae bien. Bjørn Lomborg es un troublemaker, pero es que con este libro aportó propuestas interesantes y, sobre todo, diferentes. Es un enorme y constante «Sí, pero…» y eso siempre es bueno, hasta si se equivoca pues te hace pensar. La idea central que defiende el guapetón ese de Lomborg es que «no estamos tan mal«. Ahí entronca con otro libro (más ameno y actual) como «El Optimista Racional» de Matt Ridley. Bjørn Lomborg (no le confunda con Bjørn Borg) defiende que la mayoría de problemas ambientales no se han evaluado correctamente, que estamos mucho mejor que antes, que la pobreza de reduce, que mejora la esperanza de vida… que puede seguir la prosperidad humana si lo hacemos bien. Denuncia el alarmismo extremo y la utilización partidista de información ambiental sesgada de los grupos ecologistas internacionales como WWF, el Worldwatch Institute o Greenpeace. Más allá de tener o no razón en todo (que no), Lomborg es un estimulante Pepito Grillo ambiental; una mosca cojonera que va chinchando al green establishment. Un mal necesario, un engañabobos neoliberal o un visionario clarividente. Usted elige.

9) “Cradle To Cradle: Remaking the Way We Make Things” (2002), de William McDonough y Michael Braungart: este libro fue un patadón en el hígado a la visión que de la industria y de la sociedad de consumo mantenía el ecologismo clásico. Éste se había centrado históricamente en las 3R: «reducir, reutilizar y reciclar». Pero McDonough -que ya avisó de sus intenciones en los geniales «Principios de Hannover» en 1992- creía que ese «reducir«, en el fondo, llevaba al mismo sitio que el «no reducir«. Consumir y punto. Así que en lugar del «Cut» se pasan al «Switch» y entienden que la tecnología (el diseño), o sea la forma en que alteramos el mundo para vivir mejor en él, debe considerar otra secuencia: “valores”, “principios”, “objetivos”, “estrategia”, “tácticas” y “medidas”.  Cuidado, pues dicen algo muy interesante: sin valores, la tecnología nunca podrá ser útil. Hay que dotar de sentido a lo que hacemos. Y para ello, retomando las ideas de Boulding, en «Cradle to Cradle» proponen revisar y repensar el proceso del diseño, considerando todas las fases de cualquier producto y servicio, circularizando el proceso. Hay que considerar todas las etapas de esa solución: diseño, extracción de materias primas, fabricación, montaje, uso y retiro. O sea todo el ciclo de vida. Hay que buscar el óptimo. Y si el arquitecto McDonough puso el software, el químico Braungart le puso el hardware. Un clásico moderno, IN-SUS-TI-TU-I-BLE. No se lo pierda.

10) «The death of environmentalism» (2004), de  Michael Schellenderger y Ted Nordhaus: imagine que en la cena que organiza usted para los patrocinadores de su equipo de fútbol a final de temporada, en lugar de contarles  lo fantástico que ha sido todo y alabar el cesped, balones, camisetas y sueldos que le han pagado todo el año, pues va usted y les dice «el futbol es una mierda«. Pues eso es, más o menos, lo que hicieron en 2004 estos dos ecologistas americanos. En la reunión de la Environmental Grantmakers Association presentaron «The Death of Environmentalism«, con un bonito subtítulo como «políticas en un mundo post-ambientalista«. Allí defendían que los grupos ecologistas habían fracasado en su intento de cambiar la sociedad. El actual ambientalismo no sería más que una serie de actuaciones descoordinadas que le acercan más a un simple grupo de presión que a otra cosa, planteando si su rechazo al capitalismo y a la tecnología, su apuesta por las leyes y regulaciones como base de sus propuestas, así como su mensaje catastrofista no llevaban ya a ningún lado. El texto abrió un estimulante debate en The Economist en 2005. La mayoría de ecologistas no se han dado por aludidos. A ver si van a tener razón…

11) «The Stern Review: The Economics of Climate Change» (2007), de Lord Nicholas Stern: este, además de ser un coñazo mucho peor que el de Leopold… ¡lleva números dentro! ¡y muchos! Es auténticamente insoportable, pero… ¡espere! ¡no se deje vencer! ¡tiene su gracia! Mmmmm. No. Falso. Es un informe técnico, largo y pesado. Fue un encargo de Tony Blair para conocer el coste de oportunidad del cambio climático. En otras palabras, cuánto costaría no actuar y cuánto ahorrarías actuando. Lord Nicholas Stern (antiguo economista jefe del Banco Mundial y el EBRD y profesor en la London School of Economics) le dio la respuesta: invertir el 1% del PIB mundial permitiría evitar la pérdida del 20%, que es lo que podría perderse de no hacer nada y dejar al planeta calentarse. O sea: Stern evaluó el coste-beneficio del cambio climático. Otros (como Nordhaus o Weitzman) calcularon antes ese mismo coste y no les cuadraron los números de Stern. Éste daba mucho valor a la pérdida de las cosas y, claro, los costes salían elevados (es lo que se llama tomar una tasa de actualización baja). Le cayeron muchos palos, pero popularizó el actuar o no contra el cambio climático y nos dió una cifra; gorda, pero cifra. Cosas del glamour de Tony Blair. Tenía otra opción: «The Inconvenient Truth» que va más o menos de lo mismo, pero lo del pesado de Al Gore es, en realidad, una simple snuff movie con osos.

12) “Approaching a state shift in Earth’s biosphere” (2012), de Barnosky et al.: si sigue este blog SEGURO que conoce este texto. Se trata del estudio publicado en Nature de eco mundial. Concluye con la certeza de un cambio “abrupto e irreversible” de la Tierra. Los ecosistemas habrían superado diferentes umbrales (“critical transitions caused by threshold effects are likely“), y el hombre estaría detrás de esa presión sobre el planeta. El artículo hereda toda la tradición neomalthusiana que en los 70 iniciaron Ehrlich, Holdren, Commoner o los Meadows de «The Limits to Growth«. Concluye con los resultados lógicos de los modelos IPAT (en realidad I=PAT), donde el impacto «I» sobre el planeta es el resultado del efecto conjunto de la presión demográfica de la población «P», con su hábito de consumo «A» y a partir del rendimiento tecnológico «T». No es que sea una maravilla de texto, pero como es lo último de lo último, heredero de una amplia tradición pesimista,  es un resumen de lo mal que va nuestra relación con el planeta y (lo peor) no parece que vaya muy equivocado, pues aquí lo tiene. ¿Influirá en todos nosotros? Esperemos que sí, porque si no…

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La bombilla, la elefanta, el asesino y la curiosa guerra de las corrientes

El 31 de diciembre de 1879 Thomas Alva Edison presentaba al mundo la primera bombilla eléctrica. Un filamento que, dentro de una campana de vidrio al vacío, se ponía incandescente al ser alimentado por un motor de corriente continua. Edison, con cierto olfato para eso del marketingpresentaba su invento en la nochevieja de 1879 en New Jersey, en su laboratorio de Menlo Park (hoy museo). Llegaba así la luz eléctrica, revolucionando el mundo. En realidad, el mérito de Edison no fue inventar la bombilla (que inventó el químico inglés Sir Humphry Davy en 1802) sino encontrar el material adecuado para que el filamento no se fundiese al poco de encender. El 21 de octubre de 1879 la bombilla de Edison conseguía 48 horas seguidas de luz, y el 27 de enero de 1880 le concedían la patente nº 223.898 para su “electric lamp”. Si bien no fue un artilugio totalmente atribuible a Edison, lo cierto es que nadie le ha ganado aún como inventor: patentó hasta 1.093 inventos. Unos 1.093 más que yo, vaya. Casi ná.

Pero la bombilla eléctrica necesitaba electricidad. Así que en 1882, Edison instalaba la primera planta generadora eléctrica de la historia en Pearl Street, en pleno distrito financiero de Wall Street. Edison se convertía así en suministrador de electricidad mediante las famosas “Jumbo Dynamo” de 100 kW (o de suministro equivalente para unas 1.200 bombillas) de corriente directa. Entonces la Pearl Street Station suministraba a 400 bombillas y 85 clientes. Un par de años más tarde, se instalaron motores de vapor que proporcionaban la fuerza motriz a las dinamos que, a su vez, producían corriente continua (al poco llegaría la turbina de Parsons). Pero el suministro se realizaba siempre en corriente continua (DC); es decir, con un único flujo continuo de electrones entre dos potenciales eléctricos diferentes. Como en una pila, vaya. Si piensa que la tensión de generación en DC eran 100 voltios, pues ya se puede imaginar las enormes pérdidas que tenía el negocio. Ya sabe: a menor tensión, mayores pérdidas eléctricas. Así que a Edison no le salía a cuenta tener un cliente, pongamos, a 400 metros de Pearl Street.

Y ahí que apareció en la historia Nikola Tesla: un serbio genial que había llegado a Nueva York en 1884 y que empezó a trabajar con Edison. Consciente de las limitaciones de la DC, Tesla propuso el uso de la corriente alterna (AC). La leyenda dice que Tesla imaginó en un paseo en 1887 el sistema polifásico de tensiones alternas de la AC (basado en las ideas de Hopkinson). Pero Edison sufría del famoso síndrome de “cualquier solución es buena mientras sea mía”. Ya sabe: solemos despreciar las ideas ajenas. Así que el genio de Edison chocó con el genio de Tesla, y Edison empezó a intentar justificar el no utilizar la AC, y sí la DC. Como el suministro en AC se realizaba con fases, y las tensiones eran más elevadas, un operario se electrocutó en las pruebas, muriendo. Y ahí Edison vio su oportunidad. “Esto es un peligro”. Adiós AC. O no. La cabezonería de Edison fue una suerte para George Westinghouse, que compró a Tesla todas sus patentes en 1888. La compañía de Westinghouse era la principal competidora de la General Electric Co. (igual le suena eso de GE…), compañía surgida de la fusión de la Edison Light Co, con la British Thomson-Houston años antes. Pero el invento de la AC ahora gozaba de capital. A Tesla se le caían los lagrimones.

Pero Edison no se quedó parado. Sabedor del poder del marketing inició una campaña publicitaria para hundir a la AC. Así que, ni corto ni perezoso, empezó a electrocutar animales para demostrar sus peligros: 50 perros y gatos, una vaca y un caballo fueron fritos en sus ansias de desprestigiar la AC. Pero la guinda llegó cuando Edison convenció a la Asamblea de Nueva York de que un generador de AC sería ideal para… ajusticiar a personas. El primer ejecutado con silla eléctrica, William Kemmler, en 1890 debió la gracia a Edison y a uno de sus ingenieros, Harold Brown, que diseñó el aparato. Kemmler (que mató a su amante con un hacha) fue literalmente cocido al no usarse suficiente tensión (sólo 2.000 voltios). Las crónicas cuentan que le empezó a salir humo de la cabeza y a oler a pollo frito, y que le tuvieron que dar dos descargas. Dantesco. Los diarios titularon “Kemmler Westinghoused”… lo que hizo partirse de risa a Edison. Westinghouse (otro cachondo) declaró que habría sido mejor matarle de un hachazo. Era la guerra. Pero lo cierto es que la AC era mejor hasta para electrocutar a alguien. De hecho, en 1903, Edison llegó a freir a una elefanta llamada Topsy con 6.600 voltios y a filmarlo todo en Coney Island, ante 1.500 hooligans enloquecidos. Debió ser la primera snuff movie de la historia. Qué tipo el tal Edison. Qué mala leche.

Pero la tecnología suele ser tozuda. Más tarde o más temprano se adoptan las soluciones más eficientes. Y llegó ese momento con… un concurso. En la Exposición Colombina de Chicago de 1893 (en honor de Cristobal Colón) Westinghouse se llevó el contrato para la iluminación de la Feria… por la mitad del precio que ofertó General Electric y con un sistema de generación polifásico de 11.000 kW. La puntilla final se la puso Tesla en el concurso de la Niagara Falls Power Company. En 1896 consiguió suministrar a la ciudad de Buffalo con electricidad, situada a unos 32 kilómetros de distancia. La Westinghouse Electric Co. instalaba unos generadores en AC a 25 Hz, accionados por la potencia hidroeléctrica de las cataratas del Niágara, basados en la patente de Tesla y con su nombre en las placas de los alternadores. Tesla de debió de descojonar del todo al saber que General Electric construyó las líneas eléctricas de distribución según… las patentes del propio Tesla. Toma castaña. Pero es que, en realidad, Edison siempre tuvo las de perder; aunque fuera acercando la generación al consumo, no podía competir con las ventajas de la AC frente a la DC. Igual por eso se desfogó unos año después friendo a la pobre Topsy. Quién sabe. La guerra se había acabado.

Esa guerra que inició la bombilla incandescente ya es historia… como la propia bombilla. En 2009, la Directiva 2009/125/E1 de la Unión Europea establecía un plazo para que en los estados miembros se dejase de fabricar y comercializar bombillas incandescentes. Ese plazo se cumple… ¡hoy, 1 de septiembre de 2012! Pues sí. Desde hoy se dejan de fabricar en Europa las bombillas incandescentes de 40 W y 25 W. El 1 de septiembre de 2009 ya se prohibieron las de más de 100 W; justo un año siguiente las de 75 W, y ese mismo día  del año pasado las de 60 W. Adiós a esos ineficientes y calurosos filamentos. Las antiguas bombillas de incandescencia se sustituyen desde hace años por opciones más eficientes, como las feísimas lámparas fluorescentes compactas y las basadas en las tecnologías LED. Esto me ha hecho recordar la historia de la primera bombilla, la guerra de la corriente continua y la alterna, y los guantazos entre Edison y Westinghouse. Y algo de eso cuento en mis clases de “Generación distribuida” en IQS. Para entender la electrotecnia es útil recurrir a la historia (y los culebrones). Eso sí, creo que en pocos años nadie sabrá de qué hablo con eso de «bombilla» y según cómo, ni de Edison…

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