Teorías del colapso energético (IX): Georgescu-Roegen, o cuando la termodinámica encontró a la economía

– «Oye»

– «Buf, qué calor… Dime…»

– «Oye ¿Tú sabes por qué las cosas pasan así y no asá?»

Buf, vaya pregunta; y con este calor… ¿Éste ahora qué quiere? ¿Vacilarme? ¿Se aburre? ¿Y qué le digo? ¿Le cuento que lo importante es el sentido de las cosas? Que las cosas suceden en una dirección natural siempre, pasando de estados de mayor energía a menor y más degradada. ¿Le cuento qué es la entropía? ¿le cuento lo qué es la flecha del tiempo? Buf, que papelón. Si igual ni me entiende. O no se esfuerza por entenderme que, bien mirado, es peor… ¿Cómo se lo digo? Igual… diciéndole: «pasan así porque la entropía marca una dirección«. Fatal. Mejor: «la termodinámica marca una dirección: las cosas pasan desde estados de alta energía a baja energía; o lo que es lo mismo de orden a desorden; pues la entropía nos permite entender ese desorden; más desorden más entropía«. Qué cojones: si le digo esto, me pega… Quizás con un ejemplo: «mira, si lanzamos un vaso de vidrio al suelo se romperá; lanzar los trozos al aire y esperar que se recomponga el vaso por sí sólo es algo sin sentido: es simplemente imposible. Pues la entropía mide ese desorden y esa dirección en que pasan las cosas: todo sucede de forma natural del orden a desorden. Para recomponer el orden desde el desorden, en el fondo, generamos más desorden. Es algo ciertamente deprimente, pero la dirección en que suceden las cosas es la que viene marcada hacia el estado de mínima energía global, sabiendo que la energía del universo es, en el fondo, finita.» Buf. Si le digo esto… No sé. Me vacila; este tío me vacila. Fijo.

-«¿No tienes calor, tio? ¿Qué dices? ¿Que a las cosas qué les pasa?»

– «¡Nooooooo! ¿Que si tú sabes por qué las cosas pasan así y no al revés?»

Este tipo es economista… ¿Y si le cuento las teorías de Nicholai Georgescu-Roegen? Igual… Estos tíos, a veces, si no les hablas de lo suyo… Le puedo contar que publicó en 1971 un libro («The Entropy Law and the Economic Problem«) donde presentó las bases de la bioeconomía, origen de la reivindicada y actual economía ecológica y luego de la más actual décroissance. Georgescu-Roegen… el discípulo de Schumpeter, el de la destrucción creativa -eso seguro que le mola-; el que intentó conjugar en sus teorías las bases del crecimiento económico junto con el carácter finito de los recursos y el límite de las transformaciones: «Mayor economía, mayores residuos» es su idea central. Igual le cuento que las cosas en economía parece que pasan cuando oferta y demanda se ajustan a través de precio como principal mecanismo regulador, pero que Georgescu-Roegen entendía que ese razonamiento era mecanicista, propio del siglo XVII (el de Newton),  y que era preciso actualizarlo. ¿Cómo? Pues igual que la ciencia se puso al día en el XIX con la física cuántica, la termodinámica y la biología (de Darwin, Schrödinger, Clausius…), era necesario actualizar la economía introduciendo estos principios de degradación energética y evolución sistémica. Georgescu-Roegen, aplicó los principios entrópicos a la economía, proponiendo una «cuarta ley de la termodinámica» asociada a la imposibilidad de reciclar al 100% los residuos: «Matter matters too» decía. Buena idea: «Mira tío: la materia se degrada de manera irreversible, no es totalmente reciclable; y en un sistema finito como es la Tierra esto debe considerarse: las sociedades industriales tienen un carácter físico, se alimentan de baja entropía (poco desorden, mucha energía) exosomática (tomada del exterior), y se mueven en la dirección de la irreversibilidad entrópica, generando residuos que no pueden reciclarse hasta un límite físico«. Igual hasta le cuento lo del reloj de arena. Y voy a poner voz grave. Ya verás. Esto le molará. Aunque haga calor. Seguro. Y lo entenderá; de aquella manera, pero lo pillará. Pero… ¿y si es un neoclásico radical?

– «Qué calor… ¿Cómo al revés? ¿al revés de qué?»

– «Coño, ya sabes: que las cosas siempre pasan de una forma y no de otra ¿no?».

Este es un neoclásico puro, macho. Se le nota hasta cuando habla. Joder, qué marrón. Y encima este calor. Mira que Georgescu-Roegen tuvo bronca con ellos. ¿A quién se le ocurre decir que el mercado libre no puede realizar un reparto justo de los recursos naturales? ¿o que el ajuste de oferta y demanda vía precio era insuficiente? ¿o pensar que la dinámica económica debía considerar la biológica también? Pues a Georgescu-Roegen. Buf. Si le digo todo esto, me suelta una ostia y me viste de torero. Pero él ha preguntado… Mira, pa’ lante. Yo se lo cuento como lo entiendo: «Las cosas pasan siempre y en todos los ámbitos según lo marca la termodinámica; van de estados de poca entropía a otros de mucha; estados que se degradan y desordenan de forma natural; y eso también aplicaría a los sistemas físicos«; y aquí haré una pausa para verle la cara que se le queda. Pasmao; fijo. Y seguiré: «De hecho Georgescu-Roegen -al que seguro conoces- ya nos alertó en los 70 sobre la crisis de los recursos naturales, y que estos fenómenos de degradación y desorden universales no sean incluidos en la teoría económica, que aún se entiende como un sistema aislado entre agentes (el económico) regulando interiormente al sistema que lo engloba (el biológico) en dinámicas de crecimiento continuo. Y eso, lamentablemente, no funciona». Eso, eso le cuento.

– «Qué cosas más raras preguntas… Y con este calor, tío… vete tú a saber».

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Teorías del colapso energético (VIII): Al Gore y Bjørn Lomborg, o en cien años todos calvos

En la esquina derecha, calzón de barras y estrellas, tetillas al aire, gringo, 100 kg de peso (al menos), peinado «llepada-de-vaca«, zurdo, buen gancho y mejor uppercut pero mal fajador… veinte victorias y una derrota por KO de las que hacen época con un tontorrón de Texas… ¡defendiendo su título de campeón… Al Gore! En la esquina izquierda, con calzón modernillo de algodón floreado, camiseta imperio, danés, 85 kg (o menos),  guapetón, narizotas, diestro, tremendo directo de derecha y buena cintura, alguna victoria en pachangas de pueblo… ¡eterno aspirante… Bjørn Lomborg!

Se enfrentan a 10 asaltos, 10, por el título «El principal problema de la Humanidad«. Las apuestas están claras: hoy se paga «cambio climático» 100 a 1. Apuesta segura. Pero  algunas casas de apuestas ya se empiezan a atrever con otras jugadas. Por ejemplo, algunos corredores americanos están pagando el «clean coal» 1o a 9 y el «shale gas» 6 a 5; los franceses están aceptando ya «aranceles» 7 a 8; los alemanes sólo pagan «cambio climático» 90 a 1, pero ya no aceptan más apuestas a «nuclear». En China y Rusia no juegan a nada. Sólo beben y, además, no pagan la mitad de las rondas.

Este combate imaginario (de pesos pesados, eso sí) ilustra bastante bien los dos enfoques existentes sobre el cambio climático: ¿es el principal problema que afronta hoy en día la humanidad? Al Gore dice que sí; Bjørn Lomborg dice que no.

Por partes: nadie mínimamente serio en la comunidad científica discute hoy la existencia de un calentamiento global, de elevada influencia antropogénica, derivado de cambios en la composición de la atmósfera al emitirse millones de toneladas de gases de combustión de fuentes de energía fósil, y generar el llamado efecto invernadero que aumenta la temperatura globalmente. Correlación hay, entre emisiones de origen humano y temperatua. Además, clara. Pero junto al nadie sobrevive un grupo de irreductibles, que entienden que correlación no es causalidad, aunque Bjørn no sea de ellos.  En este grupo de escépticos, de largo, el que tiene más gracia es el Profesor Antón Uriarte, con su blog «CO2». Este tío, de joven, seguro que fue punk, y no mod. Fastidia que se les llame «negacionistas» por discrepar; pero, claro, eso revela que hay dos bandos en el ring y que la cosa, en el fondo, va de zurrarse. Y bien.

¿Qué dice Al? Que el apocalipsis climático es inevitable de no actuar reduciendo nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. «Es una emergencia planetaria» dice, y pide una inversión mundial extraordinaria para la lucha. Desde que en 2006 Tony Blair le encargó a Sir Nicholas Stern de la LSE una evaluación coste-beneficio de la lucha contra el cambio climático, tenemos un orden de magnitud: invertir el 1% del PIB mundial permitirá ahorrar el 20% de las pérdidas que se suponen del cambio climático (aunque hay otras interesantes evaluaciones, como las de Cline en 1992 de Nordhaus de Yale de 1999, o Dasgupta de Cambridge en 2008, algo menores). A Gore se le fue algo la mano en el megapremiado «An inconvenient truth» del 96 (aquí el video entero) con alguna «licencia literaria» (aquí un tipo que le buscó todas sus pifias en la peli). Eso y el mensaje moralista («I don’t really consider this a political issue, I consider it to be a moral issue«) generó en algunos ámbitos un cierto hartazgo (la famosa green fatigue). Eso sí, la cosa fue un bombazo y popularizó la cuestión ambiental a nivel mundial. Hasta le cayó el Nobel de la Paz a medias con el IPCC en 2007. Por 4,99$ te puedes bajar las propuestas del «OurChoice» de Al Gore para el iPad. Pero con la crisis económica mundial, anda el personal algo descreido, o al menos pensando en otras cosas más allá del cambio climático como primera prioridad mundial. Aunque hace cuatro días el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas realizó una declaración sobre los riesgos del cambio climático sobre la paz mundial. Ya veremos como queda el post-Kyoto.

¿Qué dice Bjørn? Que el apocalipsis climático no es comparable con otros apocalipsis cotidianos que ya vivimos. Lomborg no niega el cambio climático, pero dice que su lucha es «cara» y «poco efectiva«, y asume un coste de oportunidad en todas nuestras acciones: «If we are going to spend money to do good, let’s try to do the most good«. Lomborg publicó en 2001 un libro muy original: «The skeptical environmentalist» (aquí el primer capítulo), donde criticaba -muy documentado- muchos de los posicionamientos respecto del medio ambiente. El libro (un best-seller) le ubicó en la escena internacional (el «Cool it!» de 2007 era mucho más peñazo). Como se hizo famoso, alguien le buscó todas las pifias también (aquí). En 2002 le nombraron director del Instituto del Medio Ambiente danés, desde donde organizó en 2004 –The Economist le echó una mano- una especie de think tank climático: el Copenhague Consensus junto con varios expertos. La idea era evaluar prioridades y soluciones para los problemas de la humanidad mediante metodologías coste-beneficio: el cambio climático sí; pero también la desnutrición infantil, la pobreza, las barreras al comercio internacional, las enfermedades infecciosas, el hambre, las migraciones…. ¿Resultados? sería más prioritaria y efectiva la lucha con el HIV/SIDA o la malaria que contra el cambio climático, por ejemplo. En 2006 y 2008 han actualizado la evaluación. Bjørn también ha hecho una peli en 2010. Aquí el trailer.

Cuando en el foro del WSJ Eco:nomics del 2009, Bjørn (los cachondos del WSJ le llaman bad boy) le preguntó a Al (los mismo cachondos le llaman Goráculo) si el cambio climático era más relevante que la salud o que la educación, éste contestó «I want to be polite to you” (uy… mal empezamos) y añadió: “The scientific community has gone through this chapter and verse. We have long since passed the time when we should pretend this is a ‘on the one hand, on the other hand’ issue; it’s not a matter of theory or conjecture, for goodness sake”. Caray. «Por el amor de Dios» le dice el tío. Placa-placa. De momento, entre castaña va y castaña viene, Al va ganando a los puntos. ¿Y nosotros?

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Teorías del colapso energético (VII): el colapso de las sociedades complejas según Tainter

Joseph A. Tainter es un profesor del Departamento de Medio Ambiente y Sociedad de la Universidad de Utah que ha estudiado toda la vida el colapso de las sociedades durante la historia de la humanidad. Su visión, más que histórica, es estructural. Es decir, evalúa el colapso en términos de auténtica sostenibilidad, en lo que ha sido pionero. Su obra más conocida es  «The collapse of complex societies«, dónde en 1988 estudiaba el colapso de la civilización maya o del Imperio Romano entre otras. Se trata de un texto muy accesible, incluso ameno (aquí está el libro online) .

Tainter (un profesor comme il faut, erudito y socarrón) plantea que las sociedades evolucionan normalmente desde una concepción simple a una compleja. La complejidad depende de muchos elementos: tamaño, clases sociales, roles, especialización laboral,… así como los mecanismos asociados para organizar estos elementos.  Así, ha estudiado diferentes sociedades que, durante la historia, han ido desapareciendo (los mayas, el imperio romano, Egipto, Mesopotamia, la civilización minoica…). La idea es identificar patrones o elementos que nos permitan entender sus colapsos: invasiones, catástrofes, agotamiento de los recursos, conflictos internos, etc. Pero ¿y hoy? ¿podemos colapsar? ¿hasta cuando seguir aumentando la complejidad? ¿es nuestra sociedad vulnerable?

En la visión de Tainter colapso no es siempre apocalipsis, sino un proceso sociopolítico de cambio radical: «A society has collapsed when it displays a rapid, significant loss of an established level of sociopolitical complexity«. Dos conceptos interesantes: debe ser «rápido» y cambiar lo «establecido». Ojo, porque entonces colapso también puede significar apocalípsis: the end of the world as we know it, decían los REM en Document, más o menos por las mismas fechas (post Chernobyl, no olvidemos). Añade Tainter: «Societies actually collapse by the same processes by which they become more complex, that complexity is the key driver that leads to collapse and that also leads societies to grow«. Lo que te hace cada vez más fuerte, te acaba por destruir.

Si bien Tainter tiene una visión principalmente sociopolítica, entiende los recursos energéticos como el elemento necesario para el mantenimiento de las organizaciones sociopolíticas: «Human societies and political organizations, like all living systems, are maintained by a continuous flow of energy. From the simplest familial unit to the most complex regional hierarchy, […] are dependent on energy. Energy flow and sociopolitical organization are opposite sides of an equation, […] (they) must evolve in harmony«. La complejidad organizativa precisa, así, de mucha más energía per cápita y global para mantenerse «this is an immutable fact of societal evolutions, and is not mitigated by type of energy source«.  Por tanto, el factor  clave para desarrollarse en la complejidad sería la tecnología, entendida como la mejor técnica de transformación de recursos disponibles en utilidades en cada momento. Aquí, una charla de Tainter (dividida en siete partes en Youtube) sobre sus teorías.

Mayor desarrollo social precisaría de más energía y, por tanto, de tecnologías más complejas: R+D. Pero no bastaría con ello: en el medio plazo, la R+D acaba canibalizando buena parte de los recursos del sistema; según Tainter, más investigación precisaría de más PIB y la limitación de la ley de los rendimientos decrecientes, acabaría siempre por aparecer: cada vez debemos destinar más a la complejidad, sin mejorar la situación (menor relación coste/beneficio en el tiempo).  Desde esta visión, el colapso del Imperio Romano o  el Maya sería el resultado de los nulos retornos marginales de la inversión: los elevados costes de la complejidad (energéticos y sociales) se incrementaron a través del tiempo, mientras los beneficios para la población se reducieron: en otras palabras, menores retornos marginales: ¡¡¡hay un peak complexity!!!

¿Dónde está la clave del discurso de Tainter? En pocas palabras, en entender que el avance industrial y tecnológico sólo se produce a costa de aumentar una complejidad estructural de enormes costes energéticos y sociales; y, a mayor avance (mayor complejidad), mayores recursos para mantenerlos, lo que deriva en un inexorable colapso: «Even if the point of diminishing returns to our present form of industrialism has not yet been reached, that point will inevitably arrive«. Tecnologías y recursos nos empiezan sirviendo pero, a partir de cierto momento, detraen más recursos de los que aportan. De esta deprimente conclusión se entiende la línea de investigación de Tainter en sostenibilidad emprendida desde 2004. Localizado el problema, busquemos soluciones. Y es que esa es la brillantez del análisis de Tainter: entender (e intentar vencer) a la exigente esclavitud tecnológica.

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Teorías del colapso energético (VI): la identidad de Kaya

Mejor acceso a la energía me permite vivir con más calidad; vivir mejor, me permite multiplicarme; multiplicarme me obliga a crecer; para crecer más, en un planeta de recursos finitos, debo ser más eficiente. Pero si no soy eficiente, sobreexploto los recursos; si acabo con los recursos, no crezco más; si no crezco, tengo que hacer más con menos; con la escasez, empeoran las condiciones de vida; y si empeoro las condiciones de vida, vamos a ser menos. Montaña rusa. Qué miedo.

¿Cómo ligar todo esto? Pues a Yoichi Kaya no sólo se le ocurrió el cómo sino que, además, ideó una fórmula básica, elemental, simple y, por todo ello, perfecta. Es la conocidísima Identidad de Kaya, que liga población, consumo y eficiencia en los recursos, es decir todos los factores económicos, energéticos y ambientales que influyen en las emisiones de carbono a la atmósfera. Algo tan complejo y, a la vez, tan minimalista tenía que ser japonés. Se puede encontrar en el libro Environment, Energy, and Economy: strategies for sustainability del lejano 1993 (en realidad, un compendio de charlas y conferencias en Naciones Unidas de diferentes personas y, además, científicos), coordinado por Kaya y su colega Keiichi Yokobori. Le bastan 8 páginas a Kaya, en el capítulo 4, para describir su idea, que tiene esta pinta:

Jugueteemos con la fórmula (no una teoría del colapso, pero sí una buena herramienta). Los modernazos del Wired, tienen un divertidísimo calculador online de la identidad aquí. Para ver los efectos sólo hay que deslizar las pestañas de colores. Eso, sí: hay que pensar que cada pequeño movimiento a izquierda o derecha implica enormes cambios estructurales y socioeconómicos. Los resultados saltan a la vista en el simulador: si te pasas, el planeta se pone colorao. David Archer, de la Universidad de Chicago tiene un simulador más perfeccionado, que permite evaluar escenarios de cambio climático. Archer es un químico experto en océanos y en análisis computacional, que inició unos interesantes trabajos en el tema, primero desarrollados para dar una clase y luego recogidos en su trabajo «Global Warming: Understanding the Forecast«.

¿Por qué es tan interesante? Permite identificar rápidamente dónde actuar, por ejemplo, con políticas de impulso de tecnologías low carbon. Si desagregamos la fórmula tenemos a la población mundial (P), para la que deseamos un determinado nivel de vida, evaluado como PIB per cápita (g): es decir, el qué. Luego está el cómo: la intensidad energética (e) para obtener el PIB, en otras palabras el rendimiento de nuestro sistema productivo, así como el factor de emisión (f), o sea la capacidad de ser una economía low carbon o no (emisiones del consumo energético). La EIA americana publica en el «International Energy Outlook» de 2010 (aquí el resumen) un análisis sobre el tendencial de los factores de la identidad de Kaya. Lo normaliza a 1 en 2007 para poder evaluar los elementales desagregados. Ese huso divergente no tiene buena pinta.

Actuar sobre el  factor f a partir de reducciones del 3-4% anual nos permitirían estabilizar las emisiones en 350-400 ppm lo que equivaldría a unos +2ºC (así lo indican varios autores como Hofferd et al. o Kawase y Matsuoka o Galiana y Green). Tampoco es tan complejo. Bajo este planteamiento (desarrollo tecnológico) podríamos ser capaces de dar la vuelta a la identidad, como en una imaginaria llave de judo, donde  mayor eficiencia (f) y mayor ahorro (e), reducirían las emisiones. Pero hay que recordar que estabilización quiere decir exactamente eso: mantener  las emisiones constantes, aún hará sentir los efectos del calentamiento global una temporada.

Los trabajos de Rosenfeld y Wilson también evalúan, a partir de la identidad de Kaya, el valor de energía libre de carbono necesaria para mantener estables los niveles de carbono; para ellos una reducción de un 4% anual nos permitiría conseguir en 2100 hasta 3 TWh libres de carbono de  los 12-13 TWh anuales de consumo. Hay interesantes precedentes: desde 1860, en Estados Unidos, se habría ido reduciendo un 1% anual la intensidad energética, según Rosenfeld. No está mal. Rosenfeld recuerda que no sólo se trata de ser eficiente (la f de Kaya): hay también que ahorrar (la e de Kaya). Ser más eficiente puede ser perverso como ya nos descubrió Jevons en el siglo XIX.

En 1968, Paul Ehrlich y su señora Anne publicaron un best seller mundial «The Population Bomb«, que preveía el colapso de la civilización entre 1970 y 1980 a partir de los habituales escenarios tendenciales neo-malthussianos de colapso por superpoblación. Está claro que no acertaron. No se dan por vencidos, y cada diez años dicen que eso pasará en los próximos diez. Pues Rosenfeld y Wilson (para dejar claro que hay que ser riguroso, metódico y que, en el fondo, hay que mantener siempre la esperanza) llaman a su hipótesis «The Conservation Bomb«. Ehrlich Inc., chúpate ésta y vuelve por otra. Si se quiere, se puede. A ver si es verdad.

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Teorías del colapso energético (V): la hipótesis de Gaia

William siempre fue un caso. Cuando se planteaba la fuerza interna que movía a la humanidad, siempre acababa pensando que era la violencia. Llamémosle violencia, llamémosle poder, llamémosle supervivencia. ¿Fueron los Homo Sapiens más violentos que los Neandhertales? Para William sí. ¿Una sociedad primitiva y sin prejuicios ni presiones -pongamos unos niños perdidos en una isla- se gobierna con violencia? «Of course«respondía William. ¿Hay monstruos? «En el Lago Ness seguro; fuera alguno hay también» contestaba William ¿El ser humano es cruel? William, mejor no contestes… ¿Ganará, finalmente, el bien al mal? William estaba seguro de eso.

No hay muchas cosas más que hacer en Bowelcharke que no sean pasear y charlar. Es estimulante pasear por la campiña cuando los permanentes chaparrones hacen que el olor la hierba y la tierra mojada te reclamen cada tarde, antes del té. Es difícil resistirse. Pero es poco menos que imposible cuando tu compañero de paseos, además de vecino, es inteligente, escribe y le han dado un premio Nobel por sus relatos. Igual fue paseando, en aquellas interminables charlas con su amigo William, cuando a James se le ocurrió la idea.

James, es científico. Químico. Le gustaba pensar en el origen de la vida. ¿de dónde habría surgido? ¿por qué en nuestro planeta? ¿por qué no en Marte? ¿y qué es la Tierra? una simple roca que vaga por el espacio con cuatro plantuchas adheridas ¿o algo más? ¿y si fuese un organismo vivo? ¿y si atmósfera y superficie fueran un organismo conjunto? ¿Y si la interrelación de ecosistemas fuera un todo coherente? La idea que surgió en la cabeza de James fue simple: todas las partes de la Tierra (vivas e inertes) forman un macroorganismo conjunto, un complejo sistema biológico interactivo que se autoregula: varía su temperatura, su composición química, la salinidad del océano,.. que en su autoregulación tendería al equilibrio. Gran y nueva idea.

Así nació la Hipótesis de Gaia en la cabeza de James. Bueno, y de su vecino William que le propuso el nombre, recuperando el que tenía la diosa griega de la Tierra: Gaia. «Hipótesis» y no «Teoría» porque no tenía demostración. James publicó un libro en 1979 «Gaia: A New Look at Life on Earth» que cambió la forma con que hasta entonces se entendía a la Tierra. En esta nueva visión, la Tierra sería un organismo vivo que se adaptaba, y donde el origen de la vida no sería trivial. Que una roca en la Via Lactea estuviese a la distancia exacta respecto del Sol, con la temperatura perfecta, fruto de una interminable serie de casualidades no estaba tan claro. Fue el día que apareció la vida, en que ésta se hizo cargo de la roca. Y la cambió. Vaya si la cambió: dejó de perder agua (como hacen los planetas normalmente), y pasó a controlar la evolución: el sistema orgánico y el inorgánico trabajaron conjuntamente y transformaron el planeta en un sitio agradable. La Tierra escogía vivir. Pues esta idea tan simple cambió nuestra visión del planeta a partir de los 80: la forma de entender nuestra presencia en la Tierra no era ya ser amos de la creación.

¿Y los humanos? ¿Qué pintarían? Para Gaia, no mucho. Los humanos llevamos por aquí la parte final del cenozoico, después del holoceno. Eso es más bien poco. En la evolución de la biosfera, las bacterias se pasaron mil millones de años campando a sus respetos. Gaia es toda una señora de unos cinco mil millones de años; así que un respeto. Bueno, no le hemos guardado mucho; de hecho, la hemos sometido a tanta presión que hace tiempo que habríamos quebrado el sistema: sólo la tecnología nos ha permitido crecer y multiplicarnos. Pero hoy estaríamos en un punto de difícil retorno: el cambio climático sería la reacción de la vieja Gaia respecto del calentamiento global.

James es un rockero, y esos nunca mueren. Tiene 86 años y sigue dando caña. Y se acuerda cada vez más de su amigo William. James no ve claro lo que estamos haciendo. Cree que empieza a ser tarde. Cree que Gaia ya no nos entiende, y que se empieza a enfadar. Que prepara su venganza. Y lo ha vuelto a escribir: «The Revenge of Gaia: Why the Earth Is Fighting Back – and How We Can Still Save Humanity«. La cosa empieza a pintar mal. El dióxido de carbono aumenta, y si se piensa en Marte o Venus -repletos de CO2- la cosa preocupa. La atmósfera se ahoga. Y si tardamos mucho en reaccionar, ella reaccionará. ¿Contra nosotros? No. Por la vida; o mejor dicho a través de la vida. Menos carbono es la respuesta. James lo ve difícil. Es tarde; pero habrá que hacer algo, porqué si Gaia reacciona igual se da cuenta de que somos un problema. Nada personal, eso sí.

James Lovelock y Willian Golding. El Científico. El Escritor. La Ciencia. Las Ideas. Menuda mezcla explosiva. Qué suerte.

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