Jeremy Rifkin. Mega-gurú. Profesor en Wharton (los que se inventaron eso de los MBA), economista, sociólogo e investigador que, desde el éxito de sus teorías, es un reputado asesor político (hasta de Zapatero). Aquí su website, que incluye foto con mano en la barbilla. Cómo los grandes. En 1995 publicó su libro más conocido: «El fin del trabajo«. El subtítulo era más complicado: «El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado«, pero lo contaba todo. Tesis principal: no habrá trabajo para todos, seas cualificado o no, por lo que deberá redistribuirse. ¿Causa? las mejoras de productividad asociadas a la nuevas tecnologías y los procesos organizativos horizontales. ¿Solución? el capitalismo industrial no tiene respuestas: hay que apostar por la reducción de la jornada laboral, repartir el empleo y reconocer al tercer sector. Chupao, vaya.
Tras esa bomba, que le ubicó en el panorama internacional, publicó «La economía del hidrógeno«en 2002. Ya debe ir por la décima edición en España (aquí en Google Books; yo he visto que en 2003 me compré la cuarta). Es post-11S, o sea que tiene muy presente la conexión petróleo-Islam; además, está convencido de un inminente peak oil. En la primera parte del libro, Rifkin está brillante en su diagnóstico. Su explicación de la caída del imperio romano asociada con la entropía está más que curiosa, y relaciona los trabajos de los grandes estudiosos del colapso de las sociedades: Spengler, Toynbee o Tainter. Rifkin está muy influenciado por las teorías de Georgescu-Roegen y, en el fondo, siempre transpiran en sus escritos las bases de la economía ecológica: no tiene sentido plantear un mercado de bienes y servicios que no considere recursos y residuos en su globalidad. De hecho, el primer gran hit de Rifkin fue un libro escrito a medias con Ted Howard en 1980 (hace más de 30 años) que se llamó precisamente «Entropy: a new world view«. Georgescu-Roegen incluso añadió un «afterword» (o sea epílogo) a la revisión del libro de 1989. Un lujo. En «Entropy» alertaba del colapso energético inminente y planteaba un proceso de desurbanización, con un retorno a la agricultura («China será la nación mejor preparada para ello«) y… una drástica caída de la población a mil millones de habitantes y ciudades de un máximo de cien mil. Chupao, también.
En la segunda parte del libro, Rifkin asocia el fin de petróleo, geopolítica, cambio climático, islamismo radical, bioterrorismo, costes de producción, tecnología agrícola y crecimiento entrópico. Para todo ese mash-up, poco menos que condenado al desastre, propone una salida: a similitud de la WWW se crearía una red global formada por la conexión de redes energéticas descentralizadas de producción de energía, a nivel local, regional y estatal, a partir del uso de hidrógeno como almacén. Millones de productores en un «peer-to-peer sharing» energético, en una red «descentralizada y democratizada«, donde se habrían incorporado las renovables como fuente de energía primaria y con el hidrógeno como elemento de almacenamiento, distribución y transporte energéticos. A todo ese sistema Rifkin lo considera la base de la «tercera revolución industrial«.
¿Chupao también? ¿Optimista? ¿Ingenuo? ¿Visionario? ¿Iluso? ¿Qué se le crítica a Rifkin en todas sus propuestas? su oportunismo y el escaso background científico de sus escritos. En 1989 ya le ponían en caldo en Time; el artículo «The Most Hated Man in Science» criticaba su oposición (e influencia) a la investigación genética. En la misma línea Stephen Jay Gould, el reputadísimo paleontólogo de Harvard, le llama poco menos que «chapucero» por sus métodos. Sus dotes innegables para la comunicación han llevado pareja una extraordinaria influencia política. Y eso pesa. Pero lo cierto es que sus escritos no tienen excesivo rigor académico, más aún cuando habla de tecnología. Por ello no pueden considerarse propuestas completas, ni siquiera a nivel teórico. Por partes:
1. ¿Cómo se produce el hidrógeno y para qué? principalmente reformando combustibles fósiles como el gas natural (un 60%); ni siquiera un 5% del hidrógeno mundial se produce a partir de electrólisis (aquí un paper de la Universidad Juan Carlos I que lo cuenta). Los usos son en un 80% industriales, sobretodo para producir amoniaco y metanol (un 90%).
2. ¿Es una fuente de energía? es un vector energético (en inglés energy carrier); es decir, un elemento que puede liberar energía de forma controlada una vez almacenada (como una batería, un volante e inercia o un embalse lleno de agua). Pero no es una fuente de energía. Por tanto, pensar en hidrógeno es pensar obligatoriamente en infraestructuras.
3. ¿Puede producirse a partir de renovables? Claro. El problema es su coste. Levin y Chahine en 2009 analizan diferentes tecnologías de producción, especialmente a partir de biomasa. Según Cruz y Oliveira el coste de producción en refinería por reformado está por encima de los 1,18 US$ por kg. Caro. Pero para las renovables es prohibitivo: Bartels lo calcula en el mejor de los casos en 4.o €/kg producido por electrólisis con eólica; pero evalúa los costes de infraestructura en unos 20 €/kg. De hecho, Gielen y Simbolotti para la IEA valoran el coste de los «hidrogenoductos» en el doble que la canalización para el gas natural y en cinco veces más para el coste de sus bombeos. Además, la licuefacción del hidrógeno a -240ºC implica el 30-40% de autoconsumos. Una pasada.
4. ¿Es peligroso? Como todo. Depende de lo que te gastes en seguridad. Si bien no es tóxico ni cancerígeno, sí es altamente inflamable. Rosyid da una baja probabilidad de riesgo en las infraestructuras de almacenamiento de hidrógeno, y lo cierto es que se trata de un elemento testeado en la industria y con cierta experiencia en el sector doméstico (los primeros gasógenos del siglo XIX llevaban más del 50% de hidrógeno), y con amplia experiencia en transporte por canalización y carretera. Cohetes espaciales aparte, claro.
5. ¿Cuál es la clave de la conversión energética? las nulas emisiones y máxima eficiencia asociadas al uso de pilas de combustible (que no el motor de hidrógeno). Tseng revisa retos y oportunidades de estas propuestas y McDowall y Eames realizan una interesante revisión bibliográfica, donde detectan que la mayoría de autores no ve el hidrógeno como un elemento mainstream hasta 2040. O sea, díficil.
En resumen, caro y complicado (como la mayoría de propuestas de Rifkin, que se pasa de frenada en lo de revolucionario). Igual sería más sencillo confiar en las esperables reducciones de costes de producción eléctrica de las tecnologías renovables (solar y eólica, por ejemplo) que permitan apostar por una autoproducción de precios competitivos con respecto de los de la red (la famosa grid parity). ¿Dudas? La última subasta eólica en Brasil de agosto de 2011 ha salido por menos de 100 Reales (algo más de 63 €/MWh): si eso no es grid parity… En la solar Eaglesham prevé inminentes costes para el Teluro de Cadmio de 1US$, y Breyer y Gerhlag realizan una exhaustiva evaluación regional: según ellos toda Europa estaría en grid parity fotovoltaica antes de 2019… Jeremy, mejor deja que el futuro te atrape, que se diversifique la matriz energética, se reduzca el peso de las energías fósiles y luego ya hablamos del hidrógeno ¿no?.

















