Teorías del colapso energético (XIV): la economía del hidrógeno de Jeremy Rifkin

 

Jeremy Rifkin. Mega-gurú. Profesor en Wharton (los que se inventaron eso de los MBA), economista, sociólogo e investigador que, desde el éxito de sus teorías, es un reputado asesor político (hasta de Zapatero). Aquí su website, que incluye foto con mano en la barbilla. Cómo los grandes. En 1995 publicó su libro más conocido: «El fin del trabajo«. El subtítulo era más complicado: «El declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado«, pero lo contaba todo. Tesis principal: no habrá trabajo para todos, seas cualificado o no, por lo que deberá redistribuirse. ¿Causa? las mejoras de productividad asociadas a la nuevas tecnologías y los procesos organizativos horizontales. ¿Solución? el capitalismo industrial no tiene respuestas: hay que apostar por la reducción de la jornada laboral, repartir el empleo y reconocer al tercer sector. Chupao, vaya.

Tras esa bomba, que le ubicó en el panorama internacional, publicó «La economía del hidrógeno«en 2002. Ya debe ir por la décima edición en España (aquí en Google Books; yo he visto que en 2003 me compré la cuarta). Es post-11S, o sea que tiene muy presente la conexión petróleo-Islam; además, está convencido de un inminente peak oil. En la primera parte del libro, Rifkin está brillante en su diagnóstico. Su explicación de la caída del imperio romano asociada con la entropía está más que curiosa, y relaciona los trabajos de los grandes estudiosos del colapso de las sociedades: Spengler, Toynbee o Tainter. Rifkin está muy influenciado por las teorías de Georgescu-Roegen y, en el fondo, siempre transpiran en sus escritos las bases de la economía ecológica: no tiene sentido plantear un mercado de bienes y servicios que no considere recursos y residuos en su globalidad. De hecho, el primer gran hit de Rifkin fue un libro escrito a medias con Ted Howard en 1980 (hace más de 30 años) que se llamó precisamente «Entropy: a new world view«. Georgescu-Roegen incluso añadió un «afterword» (o sea epílogo) a la revisión del libro de 1989. Un lujo. En «Entropy» alertaba del colapso energético inminente y planteaba un proceso de desurbanización, con un retorno a la agricultura («China será la nación mejor preparada para ello«) y… una drástica caída de la población a mil millones de habitantes y ciudades de un máximo de cien mil. Chupao, también.

En la segunda parte del libro, Rifkin asocia el fin de petróleo, geopolítica, cambio climático, islamismo radical, bioterrorismo, costes de producción, tecnología agrícola y crecimiento entrópico. Para todo ese mash-up, poco menos que condenado al desastre, propone una salida: a similitud de la WWW se crearía una red global formada por la conexión de redes energéticas descentralizadas de producción de energía, a nivel local, regional y estatal, a partir del uso de hidrógeno como almacén. Millones de productores en un «peer-to-peer sharing» energético, en una red «descentralizada y democratizada«, donde se habrían incorporado las renovables como fuente de energía primaria y con el hidrógeno como elemento de almacenamiento, distribución y transporte energéticos. A todo ese sistema Rifkin lo considera la base de la «tercera revolución industrial«.

¿Chupao también? ¿Optimista? ¿Ingenuo? ¿Visionario? ¿Iluso? ¿Qué se le crítica a Rifkin en todas sus propuestas? su oportunismo y el escaso background científico de sus escritos. En  1989 ya le ponían en caldo en Time; el artículo «The Most Hated Man in Science» criticaba su oposición (e influencia) a la investigación genética. En la misma línea Stephen Jay Gould, el reputadísimo paleontólogo de Harvard, le llama poco menos que «chapucero» por sus métodos. Sus dotes innegables para la comunicación han llevado pareja una extraordinaria influencia política. Y eso pesa. Pero lo cierto es que sus escritos no tienen excesivo rigor académico, más aún cuando habla de tecnología. Por ello no pueden considerarse propuestas completas, ni siquiera a nivel teórico. Por partes:

1. ¿Cómo se produce el hidrógeno y para qué? principalmente reformando combustibles fósiles como el gas natural (un 60%); ni siquiera un 5% del hidrógeno mundial se produce a partir de electrólisis (aquí un paper de la Universidad Juan Carlos I que lo cuenta). Los usos son en un 80% industriales, sobretodo para producir amoniaco y metanol (un 90%).

2. ¿Es una fuente de energía? es un vector energético (en inglés energy carrier); es decir, un elemento que puede liberar energía de forma controlada una vez almacenada (como una batería, un volante e inercia o un embalse lleno de agua). Pero no es una fuente de energía. Por tanto, pensar en hidrógeno es pensar obligatoriamente en infraestructuras.

3. ¿Puede producirse a partir de renovables? Claro. El problema es su coste. Levin y Chahine en 2009 analizan diferentes tecnologías de producción, especialmente a partir de biomasa. Según Cruz y Oliveira el coste de producción en refinería por reformado está por encima de los 1,18 US$ por kg. Caro. Pero para las renovables es prohibitivo: Bartels lo calcula en el mejor de los casos en 4.o €/kg producido por electrólisis con eólica; pero evalúa los costes de infraestructura en unos 20 €/kg.  De hecho, Gielen y Simbolotti para la IEA valoran el coste de los «hidrogenoductos» en el doble que la canalización para el gas natural y en cinco veces más para el coste de sus bombeos. Además, la licuefacción del hidrógeno a -240ºC implica el 30-40% de autoconsumos. Una pasada.

4. ¿Es peligroso? Como todo. Depende de lo que te gastes en seguridad. Si bien no es tóxico ni cancerígeno, sí es altamente inflamable. Rosyid da una baja probabilidad de riesgo en las infraestructuras de almacenamiento de hidrógeno, y lo cierto es que se trata de un elemento testeado en la industria y con cierta experiencia en el sector doméstico (los primeros gasógenos del siglo XIX llevaban más del 50% de hidrógeno), y con amplia experiencia en transporte por canalización y carretera. Cohetes espaciales aparte, claro.

5. ¿Cuál es la clave de la conversión energética? las nulas emisiones y máxima eficiencia asociadas al uso de pilas de combustible (que no el motor de hidrógeno). Tseng revisa retos y oportunidades de estas propuestas y McDowall y Eames realizan una interesante revisión bibliográfica, donde detectan que la mayoría de autores no ve el hidrógeno como un elemento mainstream hasta 2040. O sea, díficil.

En resumen, caro y complicado (como la mayoría de propuestas de Rifkin, que se pasa de frenada en lo de revolucionario). Igual sería más sencillo confiar en las esperables reducciones de costes de producción eléctrica de las tecnologías renovables (solar y eólica, por ejemplo) que permitan apostar por una autoproducción de precios competitivos con respecto de los de la red (la famosa grid parity). ¿Dudas? La última subasta eólica en Brasil de agosto de 2011 ha salido por menos de 100 Reales (algo más de 63 €/MWh): si eso no es grid parity… En la solar Eaglesham prevé inminentes costes para el Teluro de Cadmio de 1US$, y Breyer y Gerhlag realizan una exhaustiva evaluación regional: según ellos toda Europa estaría en grid parity fotovoltaica antes de 2019… Jeremy, mejor deja que el futuro te atrape, que se diversifique la matriz energética, se reduzca el peso de las energías fósiles y luego ya hablamos del hidrógeno ¿no?.

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Teorías del colapso energético (XIII): cuando la geopolítica del petróleo manda (y si no pregunten a Michael T. Klare)

La historia de verdad empieza en 1911 (hace cuatro días). A Winston Churchill, entonces Primer Lord del Almirantazgo, se le ocurrió junto a Lord Fisher (el que sabía de barcos) que los buques de guerra de la Royal Navy utilizasen petróleo (gasóleo, en realidad) y no carbón. Serían más eficientes (o sea, letales). Petróleo; esa porquería que, cuenta la leyenda, el Coronel Edwin Drake descubrió en 1859 en Titusville (Pensilvania) y metió en un barril de 42 galones (159 litros), volumen estándar de la época y hasta hoy. Entonces ese líquido negro y espeso se usaba para poco más que calentar, alumbrar y elaborar pociones mágicas (se entiende que fallidas). Y es que el «Ford T» de Henry Ford (el cachondo de «you can paint it any colour, so long as it is black«) no llegó hasta 1908 y, el vehículo 100.000 no salió de fábrica hasta 1927. No era un coche revolucionario, pero sí extraordinariamente barato (unos irresistibles 360 US$ de la época), fruto de la cadena de montaje ideada por Ford. Entre el automóvil y la bombilla de Edison, teníamos el pull energético del Siglo XX. ¡Ah! eso y que los Hermanos Wright que hicieron volar el primer avión con gasóleo en 1903… ¿De dónde sacar tanta energía?

Lo cierto es que el petróleo se ubica en un framework bélico, y ese hecho está en su ADN. El interés en el crudo ha sido siempre estratégico-militar: acceso a yacimientos, oleoductos y, especialmente, transporte petrolero. Las incursiones de franceses y británicos durante la WWI en Iraq y Palestina ya buscaban eso; tras la Paz de Versalles y llegado el fin el Imperio Otomano, el acuerdo Sykes-Picot de 1916 entre británicos y franceses repartía Oriente Medio en zonas de influencia de Francia (Siria) y Gran Bretaña (Mesopotamia). Por el oro negro, claro. En esos momentos la mayoría del petróleo venía de Estados Unidos (un 65%), y de ahí vino hasta el 80% del que consumieron en esa guerra ingleses y franceses. ¿Pudo el crudo gringo con el acero y el carbón alemanes? Parece.

A partir de ahí empieza la jarana del siglo XX por el crudo, donde han jugado todos y casi siempre han ganado los americanos. Cuando en 1932 los británicos descubrieron petróleo por vez primera en el Golfo Pérsico se las prometían muy felices. Entonces Oriente Medio no era más que un montón de tribus y clanes enfrentados, donde el sheikh Ibn Saud, acabado de coronar y guardián de los santos lugares de la Meca, buscaba agua para seguir llevando peregrinos. Los británicos le ayudaron a encontrarla, y de paso, mira, salió algo de petróleo. John Philby, un inglés convertido al Islam que asesoraba a Saud (y de paso a varias empresas británicas) le convenció para firmar (¡14 páginas!) la explotación de esas reservas con la Standard Oil americana de Rockefeller, traicionando a los ingleses y facilitando la concesión de millones de barriles a los americanos en 1933. Al estallar la WWII, los aliados disponían de fácil acceso a petróleo (en Estados Unidos, Rusia y en Oriente Medio), y con ello gozaban de una fuerte ventaja. Cuando Hitler pinchó en 1942 en El Alamein (ya tenía en su poder Tobruk y buscaba el crudo de Oriente Medio) y en Stalingrado (iba por el petróleo del Cáucaso: Moscú estaba más al norte) necesitaba combustible para sus fábricas y tanques; de no haber fracasado en ambas empresas seguro que otra historia se habría escrito.

Tras la WWII, la Conferencia de Yalta en 1945 entre los ganadores definió el nuevo tablero mundial geopolítico mundial: se pasaba de los yacimientos americanos a los de Oriente Medio. La escena de Roosevelt y su rendez-vous a Saud en el U.S.S. Nimitz ha sido reeditada por todos los presidentes americanos con el que ha ido tocando. Era el inicio de 30 años de historia en que los saudíes bombearon petróleo a menos de 2 $… hasta 1973. El mundo avanzaba a toda velocidad (coches, aviones, electricidad, industrias) basado en el uso de un elemento baratísimo de extraordinaria densidad energética. Pero ¿por qué los saudíes no han ejercido nunca su capacidad de quasi-monopolio?… Por Iran. Irán es chíi, Arabia Saudita suní (aunque los pozos estén en áreas de mayoría local chíi); Irán es persa y habla farsi; los otros son árabes de habla árabe. Con Irán se tenía a los saudíes preocupados y, a la vez, defendidos. Además, el (pro-hitleriano) Sha Reza Pahlavi aseguraba una fidelidad y un suministro estable a americanos y británicos. Antes se habían zumbado entre la CIA y el MI6 a Mosaddegh, el primer ministro iraní que quería nacionalizar el petróleo que explotaba BP (aún la Anglo Iranian Oil Co.). Precios baratos seguros.

Pero poco a poco, los árabes empezaron a ejercer posiciones más combativas. El panarabismo de Nasser, nacionalizando el Canal de Suez en 1956, o el golpe de Gaddafi en los 60 (y cierta simpatía prosoviética) eran muestras de una corriente de orgullo árabe que llevó a precios cada vez más altos pero sin pasarse: el precio en 1970 era de 1,8 dólares por barril. Eso y que la creación del estado de Israel en 1948 les había tocado las narices y más cosas. Llegados ahí, al-Assad (padre) en Siria y al-Sadat en Egipto, con el rey Faisal y los jordanos mirando a otro lado, decidieron atacar de forma coordinada a Israel en el Yom Kippur (el día del arrepentimiento hebreo, el más sagrado de los judíos) de 1973. Antes ya se habían zurrado bien en 1967 en la guerra de los seis días, donde los israelíes repelieron otro ataque organizado de los árabes, y se plantaron a las puertas del Cairo. Desde entonces ocupan los altos del Golán sirios (y el agua de la que disponen). El apoyo de americanos (y de otros países occidentales) durante ese ataque sorpresa (se montó un puente aéreo de suministros a Tel Aviv en pocas horas) enervaron a los árabes que, aprovechando la coyuntura, que la OPEP controlaba el 65% del suministro o mundial y que el jeque Yamani (ministro del petróleo saudí educado en América) era el más listo, decretaron un embargo al suministro de petróleo a Occidente. Colas en las gasolineras. En tres meses el crudo se puso a 11,65 dólares y Occidente se acojonó. Del todo. ¿Precios altos? ¿Cómo?

La cosa se calmó algo tras el embargo -aunque la OCDE tenía la mosca detrás de la oreja- Pero si alguien se pregunta cuándo se empezó en Occidente a pensar en la nuclear (hasta entonces pensada para barcos y submarinos) fue entonces. La IEA fundada en 1974 era el contrapeso lobbysta energético de la OCDE a la OPEP con alternativas al petróleo. La primera, la nuclear. Y es que casi todos los países con reservas petrolíferas habían ido nacionalizando su petróleo; uno tras otro. Pero con precios más o menos estables… hasta la revolución de los Ayatolás de 1979. La revolución liderada por Jomeini (exiliado en París, mira por donde) que derrocó al Sha de Irán llevó la tensión al mercado: 42 dólares el barril. Más dudas. Luego americanos y saudíes animando a los iraquíes (sunís) en su guerra con Irán (chíes). Los rusos invadiendo Afganistán para acceder al gas y llevar el petróleo del Caspio al Índico. 1988 y todos zurrándose en el patio de atrás y el precio bajando, porque la OPEP ya no era la OPEP y México, Rusía y Arabia Saudí (sobretodo) producían al margen de las cuotas porqué el precio alto era demasiado goloso. Llegan los 90. Saddam Hussein se flipa e invade Kuwait. Todos a por él. Y el precio cae, porque las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso pasan de cuotas y de OPEPs. Claro, ya no están los boches. No hay contrapesos y sí hay sobreproducción. No hay amigos, nen. 10 dólares en 1998. Eso sí, hacía cuatro días que Deng Xiaoping acababa de decir eso de que no importaba si un gato era negro o blanco mientras cazase ratones. Al loro.

2001. 19 flipaos saudíes entrenados y coordinados por un tal Osama Bin Laden atacan a los Estados Unidos por primera vez en suelo americano. Terror global por TV. Entre ese shock brutal (hay que ser yankee para entenderlo bien) y que las punto.com, más las corruptelas de las auditoras-consultoras tenían la bolsa por el suelo había que reactivar la economía. Guerra contra el terror -o similar-, por un lado. Dinero gratis en Estados Unidos durante cinco años, por otro. Y luego los europeos igual. Todos a invertir en lo que sea y China para arriba cazando ratones y comiéndoselos a puñaos. Dinero gratis (o casi) de un lado para otro. Primero al inmobiliario, luego a las materias primas y alimentos. La inflación sube y revienta el sistema. Bueno, la burbuja. O los dos. 142 dólares en agosto de 2008. Y hasta hoy. El mundo hecho unos zorros y conteniendo la respiración cada vez que el petróleo rasca los 120 dólares. Se acabó forever el siglo XX del petróleo barato. RIP.

¿Ha cambiado la cosa en el siglo XXI? Mucho. Eso es lo que plantea Michael T. Klare. El Mundo ya no es sólo la OCDE. No hay bloques. Se trata de un mundo multipolar, sobrepoblado y hecho un desastre ambiental, donde la cosa va de pasta. China e India han modificado el panorama. Demanda, demanda, demanda. Y casi la misma oferta de crudo. Es lo que él llama el «fin del viejo orden petrolero» en su best seller: «Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy«. Ahora esto va de asegurarse el suministro de un activo estratégico, no de un bien de consumo. El precio no es lo más importante. Y Klare entiende que la supervivencia de los países se medirá en términos de acceso al crudo. ¿Hasta dónde? Dice Klare: «As the desire for ever scarcer energy supplies builds, the potential to slide across this threshold into armed conflict and possibly great power confrontation poses one of the greatest dangers facing the planet today«. O sea que en la geopolítica del siglo XX el enfoque bélico no debe descartarse. Pero no para ganar, sino para no perder. Klare escribe periódicamente online sobre estos temas en el blog independiente TomDispatch del Nation Institute. Y es autor de otros Best Seller sobre el petróleo. El más famoso igual es «Blood & Oil» que inspiró un documental muy interesante (arriba el trailer). La tesis es clara: Oriente Medio se acaba, y el acceso a los recursos energéticos ahora escasos (no hay suficiente para cubrir la demanda proyectada) determinará un peligroso juego bélico y geopolítico en el nuevo siglo. Otra vez a zurrarse. Giácomo Tomasi de Lampedusa ya escribió lo mismo en 1958, en Il Gattopardo: Se vogliamo che tutto rimanga com’è, bisogna che tuteo cambi.

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Teorías del colapso energético (XII): el fin del crecimiento según Richard Heinberg

¿Estamos viviendo la tormenta perfecta? ¿Es la convergencia de las tres actuales crisis financiera, ambiental y energética el anticipo del fin del business as usual, por decirlo de una forma poco traumática? ¿Se está yendo todo a la mierda, por decirlo de una forma más traumática? Si esto se lo preguntas a Richard Heinberg la respuesta es rápida, simple y clara: SÍ («Yes» en V.O.). Buen rollo.

Heinberg es un ecólogo que se ha especializado en estudiar las consecuencias sociopolíticas del peak oil; también dirige uno de los blogs sobre el tema con mejores criticas, y su museletter (con 18 años de historia ya) tiene cierto prestigio, aunque sigue siendo un outsider algo mal visto (no sale en TED; con eso está todo dicho). Ha escrito varias obras de divulgación de la futura crisis energética, todas deprimentes casi desde su título, como: «The Party’s Over: Oil, War, and the Fate of Industrial Societies» de 2003, «The Oil Depletion Protocol: A Plan to Avert Oil Wars, Terrorism and Economic Collapse» de 2006, «Peak Everything: Waking Up to the Century of Declines« de 2007, o «Blackout: Coal, Climate, and the Last Energy Crisis«, de 2009. Qué guay: guerras, ocaso, colapso, terrorismo, última crisis, apagón total, decadencia, declive… O sea como para echarse a temblar o a llorar, depende del día.

Una de las aportaciones más interesantes de Heinberg ha sido divulgar el «Oil Depletion Protocol«, un documento que propone un mecanismo para civilizar la gestión del crudo más allá del peak oil (recordemos: costes marginales crecientes, lo que no significa agotamiento inmediato del petróleo). El protocolo fue propuesto en 2003 por el geólogo Colin J. Campbell, y denominado el protocolo de Rimini (también llamado de Uppsala). El tal Campbell fue uno de los fundadores junto con Jean Laherrère en el 2000 de ASPO: la Association for the Study of Peak Oil and Gas. Se trata de una red de científicos y técnicos interesados (y un pelín obsesionados) en el peak oil y sus consecuencias. La filial asociada de ASPO en España es AEREN, y la forma mucha gente seria. La idea del protocolo es establecer un modelo regulado oferta-demanda que permita reducir las esperables tensiones geopolíticas: los compradores irían reduciendo su demanda un porcentaje anual (la Tasa de Agotamiento Mundial o World Depletion Rate), mientras que los productores irían reduciendo las exportaciones según la misma tasa. Sobre el papel (que lo aguanta todo) no está mal, aunque suena algo ingenuo.

Es probable que en los próximos meses se hable bastante más de Heinberg, pues acaba de publicar el aún más deprimente «The End of Growth: Adapting to Our New Economic Reality» y, conociendo el nivel del periodismo actual (al que le pone eso del apocalipsis energético), igual se convierte en un hype (que se pondrá de moda, para entendernos; de hecho el Blog Salmón ya lo comenta). Heinberg establece en «The End of Growth» que la crisis de 2008 significó el fin del crecimiento entendido como hasta ahora: la expansión permanente de la economía global, con cada vez más personas, más dinero, y mayores cantidades de energía y bienes materiales yendo de aquí para allí. A partir de ahora deberíamos esperar crecimientos locales bajos, en ningún caso globales porque, según la visión de Heinberg, el mundo pasará a ser un terrible escenario de suma cero (lo que yo gano, tú lo pierdes) de lucha por los recursos. En un escenario así, los consensos globales pasarían a ser muy difíciles, se multiplicarían los conflictos y las políticas proteccionistas constituirían el nuevo policy-making: «Tribalismo, nacionalismo y populismo» dice Luís Garicano. Vuelve Malthus por la puerta grande (si es que alguna vez se fue). Para facilitar el tema, Heinberg se marca un video muy chulo para presentar parte del libro.

El crecimiento global es un fenómeno reciente (y aquí va un paper de Oded Galor de Brown, el de la teoría del crecimiento unificado, que lo certifica), propio del siglo XX y (con pocas dudas) basado en el uso masivo de un elemento de alta densidad energética como el petróleo, a precios bajísimos hasta los años 80. La idea más interesante de Heinberg al respecto es que la enorme masa de deuda actual es el resultado de un cambio tácito de modelo: se habría producido la sustitución del paradigma de crecimiento industrial y tecnológico -para nuevos productos de consumo- por otro de simple transacción de activos, progresivamente hiperinflacionados, resultado de una enorme burbuja artificial de liquidez sin sentido en un mercado sin crecimiento perpetuo. Y ahí introduce el elemento de la burbuja de commodities petrolíferas de agosto de 2008 como detonante, aunque en realidad entiende que el colapso económico lo determinó el fin del crecimiento espiral financiero-inmobiliario. OK, Heinberg: agotamiento de recursos, impactos ambientales y colapso financiero hacen pensar que el futuro inmediato (el «new normal») no va a ser como era hasta ahora (el «old normal») y que habrá que adaptarse: «In effect, we have to create a desirable “new normal” that fits the constraints imposed by depleting natural resources. Maintaining the “old normal” is not an option». El problema es que tiene pinta de Todestrieb freudiana y poco científica. Mucha letra y poco número, vaya. Krausman dijo casi lo mismo en 2009 y resultó mucho más creíble (aquí).

La situación de crisis global actual, tras una leve recuperación en 2010 muy desigual y por regiones, vuelve a amenazar con una recesión en 2012.  Al respecto dice Nouriel Roubini «esta fue primero una crisis financiera muy modesta, después mutó en crisis económica, más tarde fue crisis fiscal y ahora es crisis de divisas. Y esto no ha terminado…«. Y la cosa pinta como una «W» com una casa de pagès… Es más que probable que durante algunos años las cosas no vuelvan a ser los días de vino y rosas que fueron. Los Estados van a estar terriblemente endeudados y presionados por el mercado al menos cinco o seis años, resultado del fracaso sistémico monetario-financiero (en el que también se lucieron). La solución a corto parece que va a ser exprimir fiscalmente a las clases medias, vía impuestos directos e indirectos (que se preparen tabaco y alcohol), reduciendo los servicios sociales; o sea lo más facilón (demostración: Italia). Al margen de lo que diga Heinberg y sus cosas, parece vislumbrarse a muy corto plazo una época de complicaciones globales, donde la escasez puede que sea el nuevo paradigma  (difícil acceso a financiación, materias primas y recursos energéticos). Atentos.

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Teorías del colapso energético (XI): el ‘decoupling’ de Jared Diamond

Las civilizaciones nacen, crecen, mueren y desaparecen. Algún fabricante de insecticidas ya usó la misma secuencia para certificar los efectos destructores de su producto. Así que debe ser verdad. La regla resulta, en realidad, de la revisión histórica. De hecho, en otro post de esta serie tan apocalíptica, ya se han comentado algunas tesis sobre el colapso de las sociedades asociado al agotamiento ambiental y crecimiento de costes marginales en el uso de los recursos, como las de Joseph Tainter. En esta misma línea de investigación se encuentran los últimos trabajos de Jared Diamond.

Diamond es biólogo, doctor por Cambridge y profesor en UCLA y, además, es un prolífico escritor; fue ganador de un Premio Pulitzer en 1998 por su reconocido «Guns, Germs and Steel«, donde planteaba porqué Europa (o mejor dicho, Eurasia) había tenido un papel tan preponderante en la Edad Moderna. Para Diamond fue el obvio resultado de la conjunción de armas (tecnologías de guerra muy superiores al resto), gérmenes (epidemias importadas por europeos -inmunes ya- que diezmaron a las poblaciones locales) y acero (sólidas organizaciones político-militares que vertebraban los estados-nación europeos). Todo ello Diamond, además, lo relacionaba con las condiciones ambientales de Europa (climatología, especies animales domesticables, vegetales comestibles, orografía…) para explicar su dominio mundial desde 1450 hasta, más o menos, 1950. Muy interesante. El libro causó sensación.

Diamond escribió en 2006 «Collapse: How Societies Choose to Fail or Succeed«. La cosa tenía una cierta gracia, pues utilizaba el mismo análisis geográfico-ambiental -con el que había estudiado el florecimiento de las poblaciones humanas- para evaluar ahora las que habían desaparecido. Aunque sin mencionar excesivamente a Tainter (el referente en colapso de sociedades), ni tampoco el trabajo de otros historiadores y antropólogos expertos como (otro erudito) Arnold J. Toynbee: «Civilizations die from suicide, not by murder«, Elman J. Service: «The punishment is done by the gods, not the government«, Pitirim Sorokin: «Life can never be at equilibrium» (al loro: experto en sociología termodinámica), o Alfred L. Kroeber: «All civilization in a sense exists only in the mind«. ¿Quería resultar más accesible? ¿Menos académico? ¿Tramposillo? ¿Egocéntrico? Bueno, él sabrá. Sin menoscabo de ello, este libro también tuvo mucho éxito. National Geographic ha rodado una película-documental basada en su «Collapse». Aquí, sus alumnos de UCLA le machacan a preguntas sobre el tema, y aquí da una charla en Princeton tiempo atrás.

Tras estudiar varias civilizaciones, como la Antigua Maya, los indios Anasazi, los noruegos de Groenlandia o las tribus de la Isla de Pascua (orejas largas, orejas cortas: ¡Dios! qué película más aburrida…) y sus sendos colapsos, Diamond detectaba cinco elementos que establecerían el marco general en el que alguna de las civilizaciones estudiadas pringó (ya fuese por una o más razones): (a) Catástrofe ambiental, (b) cambio climático, (c) invasión, (d) imposibilidad de comerciar y (e) erróneas políticas de gestión ambiental. En esa línea, establecía 12 diferentes retos ambientales a los que se enfrentaría hoy la humanidad y a los que denominaba «problems of non-sustainability» obtenidos un poco en plan «cherry picking» (se supone no intencionado, eso sí):

  1. Deforestación y destrucción de hábitats
  2. Pérdida de suelo
  3. Acceso y calidad del agua potables
  4. Exceso de caza
  5. Sobreexplotación de caladeros y bancos de pesca
  6. Introducción de especies no autóctonas
  7. Sobrepoblación
  8. Aumentos de los efectos e impactos per-cápita

A los que añade cuatro más, analizados en todo el libro, y a los que se enfrentarían las sociedades modernas:

  1. Cambio climático antropogénico
  2. Aumento de toxinas (contaminación generalizada)
  3. Escasez energética
  4. Uso total de la capacidad fotosintética de la Tierra

(Lo cierto es que Jean-Françoise Rischard hacía algo parecido con algo más de gracia en «High Noon: 20 Global Problems, 20 Years to Solve Them» en 2003; también es cierto que en su lista daba nada menos que 20 problemones).

https://ted.com/talks/view/id/365

Lo que distingue a las propuestas de Diamond (en el video de TED de arriba las cuenta) respecto de otras -además de no basar su discurso sólo en el peak oil- es que focaliza las razones del colapso en las áreas social y del medio ambiente, demostrando que su tratamiento no es homogéneo (aunque lo parezca). Es decir, que las políticas ambientales y sociales no suelen estar coordinadas, probablemente por la idea (errónea) de que el ser humano puede desacoplarse del medio («decoupling») como si siguiesen dinámicas divergentes: ya no sólo del medio ambiente, sino del resto de la sociedad. Diamond advierte del camino que sigue la civilización actual: estaríamos socavando nuestra viabilidad ecológica, aunque deja alguna ventana abierta a la esperanza («to turn the tide«). Lógico, pues en el título ya advierte que es posible conseguirlo: «fall or sucede«; no obstante, Diamond tendría un planteamiento algo pesimista (se autodefine así: «People often ask me: Jared, are you optimistic or pessimistic about the world’s future? I answer: I’m a cautious optimist«).

Dice Diamond en el capítulo final: «My remaining cause for hope is another consequence of the globalised modern world’s interconnectedness. Past societies lacked archaeologists and television. […] We have the opportunity to learn from the mistakes of distant peoples and past peoples. That’s an opportunity that no past society enjoyed to such a degree. My hope is that enough people will choose to profit from that opportunity to make a difference«. Bueno; algo es algo. Amén.

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Teorías del colapso energético (X): el largo descenso de John Michael Greer

En los diferentes escenarios que los agoreros plantean sobre el colapso del modelo energético y sobre el que pivota nuestra sociedad industrial (basada en los combustibles fósiles, y que tantos prevén suceda en la primera mitad del siglo XXI), podríamos establecer dos grandes corrientes. Por un lado, estarían los business as usual: «debemos intentar prolongar el modelo energético existente, tan desigual norte-sur y oeste-este y basado en costes bajos de la energía, el máximo tiempo posible y cómo sea«. Por otro lado, están los apocalypse now: «da igual lo que hagamos; el modelo no funciona y no va a funcionar; por todo ello, el mundo se destruirá en un apocalípsis absoluto inminente; es más: nos lo merecemos«. Menudo panorama (si el shale gas no lo evita…).

¿Hay una tercera vía? ¿Una tercera visión? Y si existe ¿En qué basarse para que funcione? Esa es la (ambiciosa) propuesta que se plantea en el libro de 2008 de John Michael Greer «The Long Descent: A User’s Guide to the End of the Industrial Age«; de hecho, Greer es uno de los más prolíficos autores sobre el peak oil, y los apuntes periódicos online sobre energía en su blog tienen muchos seguidores. En realidad, «The Long Descent» recopila muchas de sus notas online, mejorándolas y  completándolas, intentando constituir una especie de manual para la transición de modelo energético y de sociedad.

Las ideas de Greer, a caballo de los dos modelos extremos anteriores  (a los que denomina «el mito del progreso» y el «mito del apocalípsis»), pivotan en tres direcciones:

–  Nuestra sociedad industrial está siguiendo el mismo patrón (Greer escribe «well-worn path«, algo así como el camino tan transitado) que ha llevado a otras civilizaciones, durante la historia, a su colapso. No obstante, se trataría de un camino lento y de complejas transformaciones, y no de punto de ruptura tras una súbita catástrofe.

– Las bases de la crisis están ancladas en la concepción cultural bajo la que entendemos el mundo. En tanto los problemas no pueden resolverse pensando de la misma forma en que se han creado (dice Greer, parafraseando a Einstein), serían precisas nuevas formas de pensar que se ajusten más a nuestras necesidades actuales.

– El cambio de modelo es complejo y precisaría de un tiempo que, según Greer, no tenemos. Desde esta necesidad se apunta una dirección de actuación y, por tanto, de conciencia que no se fundamenta en directrices verticales sino horizontales: «It is too late for massive programs for top-down change; the change must come from individuals«.

La primera gran aportación de Greer es que no plantea el escenario post-peak oil como la caíde vertical de un acantilado. De ahí el término de «largo descenso» para la transición de modelo que no resulta un colapso súbito sino un proceso adaptativo y gradual. No dice que sea tranquilo, tampoco. Es lo que denomina «colapso catabólico», con sucesivos precios marginales crecientes de la energía en la escasez. Ahí, Greer escribió otro interesante (y poco teórico) estudio anterior: «How Civilizations Fall: A Theory of Catabolic Collapse» donde distinguía dos dinámicas diferentes: «maintenance collapse», donde las sociedades pueden recuperar su estatus original a base de reformas, y el «depletion collapse» donde la desintegración es total y completa.

Pero es probable que la idea del cambio individual como base del cambio colectivo sea una de las propuestas más interesantes de Greer. La idea del compromiso de cada uno como base de una adaptación constructiva, a escala local, horizontal, según conductas racionales y agregada globalmente basan la tercera vía de Greer. Esa idea se articula a partir de actuaciones más técnicas de autolimitación, como el desarrollo de las comunidades rurales, la independencia energética, el autoabastecimiento y la cooperación.

¿Cómo se arma eso? Porqué el reto principal es conceptual. Como dice mi buen amigo Pedro Arellano: «y siempre se precisa de un relato«. Cierto. Greer detecta ahí una barrera: partimos de un relato actual que es plural pero impermeable: «Over the last few centuries, though, the multiple-narrative approach of traditional cultures has given way, especially in the industrial West, to a way of thinking that privileges a single story above all others […] From the perspective of traditional cultures, believers in these ideologies are woefully undereducated, since for all practical purposes, they know only one story.«. Es decir, una visión convive con las otras aunque piensa que las demás son erróneas. Pero es peor: como sólo hay una historia en la que se vive, no hay historia. Es invisible. La historia resulta un proceso de sucesión de eventos donde las cosas son, simplemente, así: » From their perspective, their story isn’t a story, it’s simply the way things are, and the fact that it copies other versions of the same story is irrelevant, since their story is true and the others aren’t» ¿Qué hacer? «Learning other stories, and learning that it’s possible to see the world in many ways, is a more viable path – but it can be a challenging one that many people can’t or won’t talk«. Por tanto, al final se trata de una decisión personal, donde hay que asumir otras visiones, necesidades y opciones, y esforzarse por entenderlas para encajar las nuestras. Si no, es puritito business as usual.

¿Razonable? ¿Sí? ¿Seguro? Pues un tipo tan cabal, interesante y moderado en su visión del futuro energético y social como John Michael Greer (o al menos a mí me lo parece), resulta que es el Gran Druida Supremo de la Antigua Orden de los Druidas Americanos. O sea, el gran sacerdote mágico y juez de los antiguos celtas pero actualizado. Y además de sus escritos sobre el futuro de las sociedades industriales en el marco de la crisis energética, el tipo ha escrito libros de Druidas, Nostradamus, Rituales mágicos, la Atlántida, Pociones mágicas, Ocultismo, el Arte de la Espada, Politeísmo, Monstruos, OVNIS y cosas por el estilo. Y se pasea por ahí de esta guisa, a medio camino entre comadrona, chalado del rol, chef-tres-estrellas-michelin y hippie aseado.

Joder, para uno que la toca…

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