Extranjero


El viernes, a las 17:21 hora de la costa este de Estados Unidos, alguien firmó una carta. A partir de ese minuto, dos de los modelos de inteligencia artificial más capaces que existían quedaban prohibidos para cualquier extranjero, dentro o fuera del país. Como ninguna empresa sabe distinguir en tiempo real el pasaporte de millones de usuarios digitales, la única forma de cumplir fue apagarlo todo, para todos, en todo el planeta.

“Claude Fable 5 is currently unavailable”

Si trabajabas con esas herramientas desde Madrid, Buenos Aires o Santiago, ese minuto te cambió de categoría. Ayer eras un cliente. Hoy eres un extranjero. Todo por un documento que no leíste, firmado por un gobierno que no votas, sobre un riesgo que nunca te explicaron.

Aunque no es la primera vez que ocurre.

¿Qué pasó, exactamente?

Anthropic, la empresa detrás de Claude había presentado el 9 de junio dos versiones de un mismo modelo. En realidad, eran el mismo cerebro con dos puertas. La diferencia estaba en sus cerraduras. Mythos 5, con algunas barreras levantadas, reservado a un puñado de ciberdefensores y operadores de infraestructura crítica, de la mano del gobierno y el proyecto Glasswing. Y Fable 5, su gemelo domesticado para el público: misma capacidad, pero con barreras que, ante preguntas sensibles (ciberseguridad, biología,…) desviaban la respuesta a un modelo controlado. Mythos no solo era un modelo frontera (el más desarrollado en este momento), sino que el propio Anthropic avisó en repetidas ocasiones que podría ser peligroso, más allá del inquietante episodio del sandwich e-mail.

Yo probé Fable 5 y me dejó impresionado. Ya no hacía falta darle el «qué» paso a paso en el prompt. Bastaba con explicarle el «porqué» (el objetivo, la razón) y el modelo, iterando solo sobre sus propios resultados, llegaba al «qué» y lo ejecutaba.

El problema surgió cuando alguien demostró que se podían saltar las barreras de Fable. Dicen que fue Amazon -el principal socio de nube de Anthropic y uno de sus mayores inversores- quienes lo señalaron al gobierno. Pero bastó la sospecha de que un modelo con capacidad ofensiva podía eludir sus mandatos para que todas las alarmas saltaran. Anthropic respondió que los fallos eran menores. Puede que tuviera razón. Pero ante la duda, apagar primero y preguntar después tampoco parece absurdo.

Para entender lo sucedido, hay que retroceder algunos días.

¿Responsabilidad, o el lobby mejor armado de la historia?

Lo que pasó el viernes se entiende mejor leyendo lo que se publicó dos días antes.

El miércoles 10 de junio, Dario Amodei escribió un ensayo que es todo menos lo que se podía esperar de una empresa tecnológica. Pidió, literalmente, que el Estado tuviera poder legal para bloquear o revertir el despliegue de los “frontier models” (los más avanzados) que no superasen una evaluación independiente de seguridad. Es decir: pidió que pudieran apagarlos. Y acompañó esa petición con 350 millones de dólares de Anthropic y un plan de contingencia para tres escenarios de desempleo: 5%, o 10%, y uno que llamó, sin eufemismos, «sin precedentes» con medidas que van desde el seguro salarial hasta renta la básica, cuentas de capital universales y fondos soberanos.

Mirado con buenos ojos, es un gesto de responsabilidad extraordinaria: una empresa que, con su propio dinero, prepara el plan para el desempleo que su producto puede generar, y que pide que la suspendan primero a ella.

Visto con ojos críticos, es el lobby mejor armado de la historia. Exigir certificaciones al estilo de la aviación civil (caras, lentas y con equipos de compliance) es algo que solo los grandes laboratorios pueden absorber. Los competidores pequeños, no. Se escribe “seguridad” pero se lee “barrera de entrada”.

¿Cuál de las dos lecturas es la correcta? Probablemente sean las dos a la vez. La sinceridad y el interés propio no se excluyen. Lo inquietante no es que te mientan, sino que no lo hagan y el resultado sea el mismo. Pero la respuesta no está aquí, en lo que Anthropic dice de sí misma. Está en lo que nadie está mirando. Lo veremos después.

Esto ya pasó, y se llamaba «munición«

No es la primera vez que un Estado decide que cierta capacidad tecnológica no puede cruzar sus fronteras.

A principios de los noventa, Phil Zimmermann creó PGP, un cifrado lo bastante potente como para que cualquiera protegiera sus comunicaciones, incluso frente a su propio gobierno. Estados Unidos reaccionó clasificándolo como «munición»: exportarlo equivalía, legalmente, a tráfico de armas. La respuesta de Zimmermann fue tan brillante como cómica. Imprimió el código fuente en forma de libro y lo exportó amparándose en la libertad de expresión. La matemática era la misma; cambiaba la etiqueta jurídica. El Estado perdió esa batalla: PGP acabó siendo una pieza invisible de la infraestructura de Internet, y todavía hoy pervive en tu computadora.

Volvió a pasar con la potencia de cálculo. En 1999, el Power Mac G4 de Apple cruzó el gigaflop, y esa cifra bastó para que la misma ley de control de exportaciones (una norma de Guerra Fría de 1979, escrita para que los supercomputadores no llegaran a manos comunistas) lo metiera en la lista de la «munición». No se pudo vender en China durante casi un año. Apple, en vez de esconderlo, lo convirtió en una mofa épica: anuncios con tanques rodeando el ordenador y un eslogan que presumía de estar prohibido en medio mundo. La etiqueta «arma» era medio real, medio golpe de marketing sobre un límite ya obsoleto. Pero el principio era de verdad.

Pero en 2026 vemos que el principio nunca murió: cuando una tecnología cruza cierto umbral de poder, deja de ser un producto y pasa a ser un asunto de seguridad nacional. Durante años quedó aletargado. Hasta que llegó la inteligencia artificial, y descubrimos que el mecanismo seguía ahí, esperando.

Lo interesante es cómo se activó esta vez.

La orden que provocó el apagón no decía «desconecten el modelo«. Decía: «prohíban el acceso a los extranjeros«. Sus autores sabían que ninguna API puede verificar eso. El resultado estaba escrito: para cumplir, la empresa tenía que cortarle el acceso a todos. Oficialmente, nadie apagó nada. Ahí está la elegancia: la forma más eficaz de control no es accionar el interruptor uno mismo, sino lograr que quien depende de él lo accione por ti… y encima pida disculpas a sus clientes por las molestias.

La inteligencia artificial cruzó el umbral el viernes 12 de junio de 2026, a las 17:21, hora de la costa este. Llevábamos décadas creyendo que habíamos ganado la discusión (el cifrado se difundió, la computación se democratizó, las restricciones envejecieron mal). Quizá ganamos esas batallas. Pero nunca la guerra. La administración no abandonó la idea de que ciertas capacidades son demasiado importantes para dejarlas circular y con la etiqueta de «munición» ya impresa en un cajón.

La frontera está donde están los servidores

Vivimos en la nube: la ubicación no importa: te conectas desde donde sea y la cosa funciona. ¿Qué sentido tiene, en ese mundo, una orden que distingue por nacionalidad y por frontera?

Pues sí importa. El modelo no vive en tu pantalla. Vive en un edificio. Un centro de datos: naves llenas de procesadores, refrigeración y cableado, dependiendo del suministro de una subestación eléctrica enorme. Y ese edificio está en un lugar concreto, bajo una bandera concreta.

Hoy Estados Unidos alberga cerca del 45% de todos los centros de datos del mundo (Europa ni siquiera llega a la mitad). Anthropic entrena y sirve sus modelos en Norteamérica y ha anunciado que la mayor parte de su nueva capacidad de cómputo se construirá allí. No es solo ideología. Es pura física: allí están la energía barata, el agua para refrigeración, la fibra óptica y el silicio. El rendimiento de un modelo frontier no depende solo de una gran idea, sino del acceso a estas cuatro cosas concretas. Y las cuatro están en mapas, no en nubes.

Aquí chocan las dos fronteras del «frontier model«: la tecnológica: lo que la máquina puede hacer, y la nacional: una línea en el suelo. La nube de software que parecía flotar sin patria era una ilusión. El usuario de Barcelona o Rosario no tiene el modelo en su casa. Solo extiende su mano s través de una API hasta un edificio en Virginia o en Oregón. Los bits no cruzan fronteras, pero el usuario entra -sin moverse de su silla- en territorio soberano estadounidense.

Quién tiene jurisdicción sobre ese edificio tiene el interruptor. Cuanto más etérea y global parece la IA, más se concentra el poder real en unas pocas hectáreas de servidores bajo una sola bandera. La nube siempre estuvo en la computadora de otro. Resulta que también es el país de otro. Incluso para los estadounidenses suscritos a Anthropic.

Bauman lo habría reconocido sin esfuerzo. Llamaba líquido a lo que parece sólido hasta que se evapora. Creías depender de una suscripción pagada y de “tu” Claude metido en tu computadora… y de repente descubres que todo dependía de una decisión política ajena que puede cambiar en un minuto.

Lo sólido era un vínculo con Anthropic. Ilusión de control.

Lo líquido era el acceso.

Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas

Frédéric Bastiat, hace más de 170 años, nos enseñó a mirar más allá de las apariencias; distinguir lo que se ve, de lo que no se ve.

Lo que se ve es claro y tranquilizador. Un modelo considerado peligroso ha sido suspendido por seguridad nacional. Titulares, comunicados oficiales, la sensación de que alguien tiene el control.

¿Y lo que no se ve? Eso tiene, al menos, dos capas.

La primera capa que no se ve es técnica: la velocidad de la innovación. GPT-4 se lanzó en marzo de 2023. El primer modelo abierto con capacidad comparable, Llama 3 70B, llegó poco más de un año después. Del primer gran modelo de razonamiento de OpenAI (el o1) en septiembre de 2024 a su equivalente abierto (el DeepSeek-R1), pasaron solo cuatro meses. Al ritmo actual, será cuestión de meses que alguien corra un Fable 5 en un garaje de Eslovenia, en un servidor que ninguna carta de Washington puede desenchufar. La pregunta no es quién sino cuándo. El off que accionaron el viernes ya no valdrá ese día. Y Anthropic lo sabe. Mientras tanto, ese interruptor apaga justo al que no debía: al investigador y al programador que juegan con las reglas y se quedan sin su mejor herramienta. Pero el atacante que nunca dependió de una API con identidad ni salvaguardas está igual que el jueves. Solo espera.

La segunda capa que no se ve es el poder. No se ve que Anthropic presentó su S-1 (el papeleo para salir a bolsa) el 1 de junio. Nueve días después, Amodei publicó el ensayo pidiendo que el Estado pudiera apagar modelos. Tres días más tarde, el Estado apagó el suyo. No se ve que quien dio el aviso a Washington fue un rival: Amazon (además del mayor inversor de Anthropic, y dueño de los servidores donde se entrena) junto con al menos otras cinco compañías. Y no se ve lo más fino: a Anthropic no le dispararon su arma, le aplicaron su doctrina. Se esforzó mucho convenciendo al mundo de que los modelos frontera podrían ser demasiado peligrosos, de que alguien debía poder apagarlos. Y le tenían ganas. Construyó la jaula para los demás y se descubrió dentro.

Y aquí asoma lo que de verdad no se ve. Si el modelo volverá, si el interruptor caduca en meses, si el motivo era turbio… ¿para qué apagar nada? Porque nunca fue sobre el modelo. Fue una forma de recordarle, a todo el que construye sobre suelo ajeno, de quién es la casa.

El Lunes

El lunes abrirás la aplicación y, con suerte, el modelo habrá vuelto. Estas cosas se renegocian. Dentro de un mes seguro que otra cosa nos inquietará más.

Pero que vuelva no debería tranquilizarte. Creías que esas herramientas eran tuyas porque pagabas por ellas y las tenías delante, en tu pantalla. El viernes, a las 17:21, leíste la letra pequeña. Quién manda, no es quien programa el modelo ni quien paga la suscripción. Manda quien tiene jurisdicción sobre el edificio donde el modelo vive. Esta vez el corte alcanzó a todos: al ingeniero de Buenos Aires y al de Wyoming, al usuario de Salamanca y al empleado de la propia Anthropic. En el país donde habita lo que usamos, esa tarde nos hicimos todos extranjeros. Hasta los de casa.

Por eso la próxima batalla no será por el mejor modelo. Será por el edificio: por dónde se levantan los centros de datos, bajo qué bandera, y a cuántas firmas de distancia están de un apagón. Y, sobre todo, por quién pague para mantenerlos encendidos: porque el día que el mercado no alcance a sostener la frontera, quien ponga el cheque será también quien tenga la mano en el interruptor. Y ya sabemos quién manda ¿no?

Volverás a tener el modelo. Pero ahora sabes que nunca fue tuyo. En el país donde vive todo lo que usas, eres un extranjero. Tú, yo… y hasta el dueño.

Avatar de Desconocido

About David Ruyet

David Ruyet (Barcelona, 1970) Soy ingeniero industrial y MBA por ESADE. Treinta años resolviendo problemas en energías renovables en Europa y América Latina — desde los primeros parques eólicos de España hasta proyectos de almacenamiento e hidrógeno verde en seis países. Fundador de Energías del Plata y cofundador de Qore-IA, donde aplicamos inteligencia artificial a la ingeniería de proyectos. Los problemas no han cambiado. Las herramientas sí, y esta es la más potente que he visto en treinta años. Escribo en Energy Puzzle desde 2011. No para explicar las cosas qué pasan. Para intentar entender por qué pasan y qué significan.
Esta entrada fue publicada en Economy, empleo, Energy, futuro, Geopolítica, Inteligencia Artificial, Sociedad y etiquetada , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario