«We finally really did it. You maniacs! You blew it up! Damn you. God damn you all to hell!» gritaba, arrodillado el pobre Taylor. Frente a él, semiderruida, la Estatua de la Libertad bañada por la costa en lo que algún día fue New York. Y es que aquel planeta, lleno de simios habladores y hombres mudos, fue años atrás la Tierra; y su civilización, como Taylor la conocía, habría sido probablemente destruida tras un holocausto nuclear. Pobre Taylor. Pobre astronauta. Tanto trabajo pa ná.
Seguro que el Dr. Richard C. Duncan pensó en el astronauta Taylor cuando, ahí por los 90, desarrolló sus teorías sobre el fin de la «civilización industrial». Y es que Duncan (un profesor seriote de la Universidad de Oregón) exponía en 1991 en «The life-expectancy of industrial civilization» su concepto del «pulso transitorio de la civilización industrial» presentado ya en 1986. La idea que subyace en las propuestas de Duncan es el fin de la época industrial de la humanidad y el retorno a una nueva edad de piedra. Aficionado a la arqueología, su teoría tomó en 1996 el nombre de la Garganta de Olduvai en Tanzania, un yacimiento arqueológico en que se encontraron rastros de los primeros utensilios de los homínidos («The Olduvai Theory: Sliding Towards a Post-Industrial Stone Age«).
Según Duncan, la actual época industrial y tecnológica duraría unos 100 años; se habría iniciado en 1930, por lo que a partir del 2030 la humanidad experimentaría un progresivo periodo de conflictos, caracterizados por la escasez de recursos global, el proteccionismo de los estados, los conflictos por los alimentos y el fin de la civilización mundial tal y como lo conocemos. Este colapso progresivo o die-off (el website de Duncan se llama así) se fundamenta en el agotamiento progresivo de los recursos, imposible de encajarse con el consumismo creciente. O sea muy malthussiano y, por tanto, deprimente por definición.
La formulación de Duncan en la actualización de su teoría de 2007 (se le critica que en cada nueva versión modifica muchos datos) establece un modelo que integra el peak oil, la intensidad energética per cápita del petróleo, la producción de energía per cápita, la biocapacidad terrestre, las migraciones y el papel del carbón. Este modelo se encaja para Estados Unidos, aunque luego lo extrapola. Hay un elemento de evidente extrapolación y certeza clara: el ritmo de consumo energético y crecimiento de la población mundial no va a poder mantenerse ante el recurso de las fuentes de energía accesibles (no digamos baratas: el precio es resultado de su accesibilidad). En este escenario, Duncan calcula la tasa de energía (accesible) per cápita, determina el pico (para él en 2010) y luego calcula la variación de la tasa para ese punto. Ya que en 2030 obtiene un valor similar al de 1930 (tasa de energía per cápita, recordemos), marca para entonces el fin de la civilización industrial tal y como lo conocemos. El acabóse.
A partir del dato crudo, Duncan da un pasito más. Empieza a imaginar cómo será ese apocalípsis de la civilización: apagones en 2012, escasez de agua en 2015, crecimiento del consumo del carbón, más contaminación, empeoramiento generalizado del nivel de vida (o sea gran carestía de alimentos) del orden del 60-80%, conflictos sociales, más de 1.700 millones de muertos entre 2015 y 2027, para quedarse en 2.000 millones en 2050,… y vuelta al estándar energético de la época neolítica, digamos del 3.000 antes de Cristo. Vuelta a una economía agrícola entre los rascacielos de Manhattan. Escarolas en el Camp Nou. Patatas en el Bernabeu. MBA en tiro con arco, PMD en fire-up techniques y PhD en pulido de piedras. De ahí lo de Olduvai. Qué cuco.
Probablemente sea la interpretación más deprimente del peak oil. De hecho, y en tanto de forma indirecta, establece la imposibilidad de mantener un estándar energético idéntico al actual (como ahora, dónde el 15% de la población consume el 80% de los recursos), ha sido inmediatamente defendida por grupos ultraconservadores americanos, que han asumido la necesidad de defender como sea su estándar vital. Lo cierto es que, para lo desmoralizadora que es, la teoría ha tenido mucho éxito… y muchos detractores: aquí el siempre interesante The Oil Drum, y aquí Pedro Prieto de la AEREN. Bien mirado, el «Planeta de los simios» también era deprimente, pero estaba más entretenida.
Y es que en el fondo todo esto ya lo predijo Malthus en el siglo XIX (ver el post sobre la sobrepoblación). La explotación de los recursos es lineal y el crecimiento de la población exponencial, y es previsible el conflicto en algún momento. Como el ecosistema se regulará sólo, y se volverá al punto de equilibrio con menos población, proceso que no será agradable. Para los incondicionales de Malthus, aquí la traducción del «An Essay on the Principle of Population» de 1846, dónde decía lo mismo que Duncan, pero con mucha más gracia (y bastante antes). Dice Malthus (un clérigo inglés del XIX, don’t forget): «El objeto de esta obra, mas bien que proponer planes de mejora, es manifestar la necesidad de contentarse con el medio de mejora que la naturaleza nos ha prescrito, y no poner obstáculos á los progresos que debe producir si nadie le contraria» (sic, página 382).
¿Dónde falla la trampa malthussiana? en obviar el papel de la tecnología. La demanda de recursos puede ser exponencial, pero la tecnología permite aumentar la productividad de forma también exponencial (pero a saltos). Los trabajos de la danesa Ester Boserup en los 60 nos demostraron los efectos de la tecnificación agrícola, y cómo se podía bordear la curva de población. A Malthus le pilló la revolución industrial al poco de su teoría: la máquina de vapor permitió aumentar la productividad exponencialmente en tiempo récord ¿Dónde puede fallar la teoría de Olduvai? Probablemente en el mismo punto; eso y en que no se ve a las principales potencias del planeta con muchas de ganas de ir a una guerra global, y sí de devaluar su moneda para exportar, cosa que chincha un rato pero duele menos. Igual algo sí hemos aprendido. Ala, a investigar en tecnología tocan.













