Teorías del colapso energético (XIX): la Revolución Verde de Thomas L. Friedman

Confieso que a Thomas L. Friedman le descubrí tarde. Muy tarde. En 2006, en unas clases de ESADE y después que me recomendasen un libro de título tonto: «La Tierra es plana: breve historia del mundo globalizado del siglo XXI«. El librito ha vendido más de 4 millones de ejemplares en 37 idiomas desde su publicación en 2005. Tremendo. Este Friedman (hay otro Friedman -George- que escribe sobre geopolítica y globalización, y que también tiene su puntito) es un periodista y escritor de prestigio internacional, que ha ganado hasta tres veces el Pulitzer. Escribe en The New York Times y tiene un blog con apariciones casi tan anárquicas como las mías en este (salvando las distancias, claro).

La visión sintética que Friedman sobre la globalización resulta brillante. Ya la insinuaba en 1999, en el anterior «The Lexus and the olive tree«. Ese libro se centraba en el conflicto que planteaba la globalización: la colisión entre prosperidad y desarrollo (el Lexus) por un lado, y tradición e identidad (el olivar) por otro. Las diferentes fuerzas que confluían en un nuevo sistema organizativo internacional (la globalización) obligaban a  otra visión para comprender y sobrevivir en el nuevo entorno: «if you can’t see the world, and you can’t see the interactions that are shaping the world, you surely cannot strategize about the world«.  Incorporaba la -comentadísima- teoría de que dos países con un McDonald’s no se declaraban nunca la guerra. La demostración era inductiva (si vale para éste, y para este otro y luego para uno al azar, pues vale para todos). Así, a bote pronto, parecía funcionar: sólo el conflicto entre Rusia y Georgia de 2008 no habría cumplido la teoría, valida para los 123 países con McDonald’s de 196 (pero para que sea una regla debe haber una excepción ¿no?). ¿La explicación? Podemos pensar que el libre mercado sustituye los conflictos armados por comerciales; también podemos pensar que igual las multinacionales mandan más que los gobiernos. Whatever, mientras la gente no se mate. El tipo llamó a ese corolario la «Teoria de prevención de conflictos de los arcos dorados«, por el logotipo en forma de culo invertido de McDonald’s. Un guasón, vaya.

«La Tierra es plana:…» propone entender la globalización como un proceso continuo, que habría pasado por diferentes etapas evolutivas. La primera se habría iniciado en 1492, con el descubrimiento de América (la «Globalización 1.0«): los agentes globales eran los imperios; los estados-nación europeos consolidados que, tras la Paz de Westfalia, competirían entre ellos por la fuerza. En 1.800 se habría abierto una segunda etapa: ahora los agentes globales serían las empresas; la era de la industrialización estableció nuevos mecanismos de competencia, donde las multinacionales pasaban a desempeñar el rol de agente global. Esta «Globalización 2.0» habría finalizado en el año 2000. Ahora los agentes globales serían los individuos, pues los nuevos mecanismos de competencia a escala global son las TIC y facilitan ese empowerment. Esta conectividad, esta inmediatez mediática, este 24/7, esta deslocalización de la información habría eliminado las barreras del mundo: lo habría aplanado. En esta «Globalización 3.0» los mediocres no tienen sitio, se va más rápido y todo es subcontratable y externalizable.

La globalización, según Friedman, se fundamentaría en diez «aplanadores» (flatteners):  (1) la caída del muro de Berlín en 1989: con él cayeron los bloques y se generó un único espacio económico de mercado; (2) Netscape: aquel navegador -casi extinguido- que se hizo público y gratuito en 1995 y que hizo Internet accesible a todos; (3) Software work flow: lenguajes y protocolos de programación (HTML, SMTP…) que permiten trabajar de forma fluida y comunicar de forma sencilla personas con máquinas; (4) Uploading: es posible trabajar online y de forma cooperativa en proyectos: software libre, blogs, Wikipedia…; (5) Outsourcing: Si lo puedes digitalizar, te lo puedes sacar y que te lo haga un tercero experto y más barato; (6) Offshoring: o sea deslocalizaciones empresariales, la mayoría manufactureras ¿dudas? miren a China; (7) Supply Chaining: desarrollo de las cadenas de suministros basada en la colaboración horizontal entre proveedores-minoristas-clientes; (8): In-sourcing: integración en el negocio de subcontratistas para el desarrollo de actividades que eran internas; (9) In-forming: acceso libre y sencillo a la información, buscadores de red como Google, Yahoo, Altavista (¿alguien se acuerda?) y (10) los esteroides (este tío es un guasón): el USB,  wireless,  VoIP, Skype… elementos para la movilidad total («anywhere, anytime, anyone«) que habrían acelerado el proceso, multiplicando los efectos de los otros flatteners.

La confluencia en el terreno de juego global de estos flatteners (la llama «Convergencia I») junto con la participación de empresas y particulares, con nuevos hábitos y habilidades que los hacen más productivos («Convergencia II«) así como la dimensión global: millones de personas en todos los países y desde su casa («Convergencia III»), habrían originado lo que el llama «Triple Convergencia«: «here’s the truth that no one wanted to tell you: The world has been flattened. As a result of the triple convergence, global collaboration and competition-between individuals and individuals, companies and individuals, companies and companies, and companies and customers- have been made cheaper, easier, more friction-free, and more productive for more people from more corners of the earth than at any time in the history of the world«. Lo dicho, un análisis brillante.

¿Y de la energía? habla poco. Si bien la explicación de Friedman tiene una marcada base tecnológica, lo cierto es que su enfoque sobre la globalización es básicamente económico. Sin embargo, en el terreno energético no habrían tantos aplanadores: «If millions of people from India, China, Latin America, and the former Soviet Empire who were living largely outside the flat world all start to walk onto the flat world playing field at once-and all come with their own dream of owning a car, a house, a refrigerator, a microwave, and a toaster-we are going to experience either a serious energy shortage or, worse, wars over energy that would have a profoundly unflattening effect on the world» o sea, más bien al revés. En otras palabras, en energía sigue mandando la geopolítica: asegurarse las fuentes de suministro energético es un juego en un terreno político no plano.

En su última visión del planeta Friedman reflexiona sobre lo que considera los tres principales problemas a los que nos enfrentamos en el siglo XXI: el cambio climático (caliente), la globalización (plana) y la sobrepoblación (abarrotada). Y así titula su libro de 2009: «Caliente, plana y abarrotada: por qué el mundo necesita una revolución verde«. El escenario ya lo conocemos: la competencia en el espacio económico crece, y esta depende básicamente de asegurar el acceso a energía barata. El mundo es hoy un enorme marketplace tentado por el modelo del hiperconsumismo americano. La incorporación masiva de las nuevas clases medias chinas o indias, o de otros países emergentes, deseosas de acceder a ese modelo energético obeso obligan a luchar por los recursos energéticos. Se tensionan los precios, se condiciona la política internacional, no se estimulan las reformas democráticas o la modernización económica en los países productores de petróleo o gas (la mayoría sin tradición democrática, que Friedman denomina petrodictatorship), se refuerzan las dictaduras y, de forma indirecta, se fomenta el terrorismo de nuevos agentes no estatales con capacidad global no adscritos a países (como la piratería o Al-Qaeda). La sobrepoblación mundial acelera el proceso de demanda energética, y el uso masivo de combustibles fósiles redunda en el aumento del calentamiento global, contribuyendo al cambio climático. Colapso global.

¿Solución? Friedman siempre ha sido un optimista. Quizá demasiado. Su propuesta es una plan que denomina «Revolución verde», y que se fundamenta en un cambio de valores inicial complementado con una serie de medidas gubernamentales diseñadas para promover el desarrollo económico y social responsable desde el punto de vista energético fundamentado en una innovación tecnológica (el Code Green). El conocido trade off entre energía y medio ambiente se convierte en «una serie de grandes oportunidades disfrazadas como problemas irresolubles”. El momento actual -dice Friedman- sería perfecto para este cambio de modelo: un nuevo capitalismo, más limpio, más eficiente y más justo. Algunos autores lo llaman ecocapitalismoeconomía ecosocial de mercado  (no sé que nombre es más feo de los dos), aunque ese término no saldrá posiblemente nunca de la boca o lápiz de un Real American. Pero Friedman va un poquito más allá: señala a Norteamérica como el problema y la solución (el título original es «Hot, Flat, and Crowded: Why We Need a Green Revolution–and How It Can Renew America«; en castellano se han dejado el final…). Si el modelo energético obeso y demodé del siglo XX, como el americano, nos ha llevado a esta situación -dice Friedman- sólo el liderazgo yankee nos puede sacar de él: «Not only is American leadership the key to the healing of the earth; it is also our best strategy for the renewal of America«. Y si no lo resolvemos nosotros, lo padecerán los siguientes. Sean americanos o no. ¡A trabajar!

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Teorías del colapso energético (XVIII): la Era Caliente de Elisabet Sahtouris

¿Qué se entiende por catástrofe ambiental? Mmmmmmm. El término «catástrofe» incorpora casi siempre una componente de irreversibilidad, que a veces resulta ajustada y otras no. Cuando lo juntas con «ambiental» el efecto acostumbra a ser demoledor: la imagen en tu cabeza se asemejará con mucha probabilidad la de un mundo árido, caníbal y oscuro (en todos los sentidos), como el del invierno post-nuclear irreparable y sin futuro que nos pintaba Cormac McCarthy en «The Road» más que a otra cosa. De dar miedo vaya. Y los post de esta serie tampoco resultan demasiado optimistas…

Pero es posible encontrar a una persona que aún muestra una cara optimista frente a esa   catástrofe ambiental ¿inminente?. Es mujer (por fin), griego-americana, bióloga y vive en Deià (Mallorca) buena parte del año. Se llama Elisabet Sahtouris. Titula sus briefing como «Crisis is Opportunity«. Más claro el agua. Sin menoscabo de ello, para Elisabet acabamos de entrar en la Era Caliente (Hot Age). Pero eso es algo tan irremediable como natural. El antropoceno y el cambio climático se tratarían, sólo, de un paso más en la evolución de la Tierra. No se trata de una simple roca que flota por el espacio, sino que (como en la hipótesis Gaia) es un ser viviente que se adapta a su realidad y -lo más importante- evoluciona con los cambios: «planetary life has evolved the most active and complex systems«. La Dra. Sahtouris desarrolla estas ideas en «Earthdance: living systems in evolution«, publicado en el 2000; de hecho, va un pelín más allá. En el libro (con prólogo de James Lovelock, obviously) busca desarrollar ideas sobre cómo evitar la segura catástrofe: integrando a naturaleza, vida y Tierra. En realidad, Sahtouris lo definía como un libro de filosofía en el sentido clásico de búsqueda de la sabiduría. Caray.

La biología ha evolucionado mucho desde Charles Darwin, probablemente el tipo que tuvo la idea más brillante de la historia de la humanidad. Darwin descubrió el mecanismo de la evolución: la selección natural. En pocas palabras, la transformación de las especies se origina a partir de la supervivencia de las mejor adaptadas al medio. Pero Darwin no vivió la época de la genética. Su libro»On the Origin of Species» fue publicado en 1859; Darwin murió en 1882 y aunque los trabajos de Mendel (el monje de los guisantes que martirizó parte de mi EGB) se publicaron antes, en 1865 (con el bonito título de «Versuche über Pflanzenhybriden«), en realidad nadie entendió nada hasta inicios del siglo XX, cuando se empezó a desarrollar lo que hoy entendemos por genética. ¿Cuál es cambio conceptual respecto de Darwin? No basta con adaptarse al medio, sino que es necesario conseguir reproducirse y transmitir sus genes a la siguiente generación. A esos principios se engloban en las «Teorías Sintéticas de la Evolución«, y conjugan e integran genética y selección natural. También se les llama post-Darwinismo: si los genes controlan las moléculas y estas forman organismos, la evolución de estos lo es junto con sus genes, moléculas y caracteres. Luego a competir, adaptarse y sobrevivir.

Pero se ha dado un pasito más. Sahtouris entiende que la competencia de las especies sólo lo sería en una primera fase y a corto plazo. En una segunda etapa, los seres vivos pasarían a entender el valor de la cooperación frente a los peligros comunes. Como ejemplo, Sahtouris presenta la creación de la célula eucariota (la primera con material genético) a partir de las bacterias (células procariotas sin núcleo). La biología entiende que el paso de células procariotas a eucariotas fue el gran salto cualitativo en cuanto a complejidad en la vida: sin este paso, la vida sería poco más que la reunión de bacterias. Los cuatro reinos animales (bacterias, hongos, animales y vegetales) provenimos de esa división. Tras esa etapa, vino la unión de las células eucariotas en seres pluricelulares (el cuerpo humano tiene billones de esas células). Estos principios organizativos presentados por Sahtouris entroncan con la simbiogénesis: teoría que entiende que la evolución va asociada también a la simbiosis entre organismos, y propuesta (con mucho esfuerzo) por Lynn Margulis en los años 70. Sathouris propone replicar este esquema asociativo tan elemental, y entiende que la colaboración entre las personas (que no dejarían de ser  “células” integrantes de un ser más complejo aún como sería la Tierra) es la clave para su supervivencia en la Era Caliente del cambio climático. Nos propone pensar en el ADN -la macromolécula que transporta la información genética de todos lo seres vivos- como el equivalente de una Web de intercambio de información creada por las bacterias en su momento. Internet y las TIC serían hoy nuestras herramientas para articular la colaboración frente a los retos del cambio climático. Todo ello sin olvidar que, si no colaboramos y arreglamos el problema, el macroorganismo terráqueo actuará eliminando a sus toxinas, o sea nosotros. Optimista a tope, Sahtouris sigue viendo caminos: «We can accept climate changes as amazing opportunities for pioneering sustainable living-systems, from the food-secure greening of deserts into drought-proof ecosystems to the building of truly green cities based on alternatives to oil. We can see them as opportunities for creating new living economies measured by quality of life, sophisticated materials and energy revolutions, distributed-network global governance, and conscious cosmic evolution«.

En otros escritos Sahtouris extrapola sus ideas sobre cooperación y asociacionismo a otros campos, como el de los negocios. «We are capable of regaining our reverence for life, of replacing the drive to conquer with the will to cooperate, of remaking our engineered institutions, including our corporations, into living systems«. Y como Georgescu-Roegen en la economía, Sahtouris entiende que en el campo de la biología es preciso recordar (muy a su pesar) que también la entropía limita la evolución: tras el big bang se inicio el proceso irreversible de degradación entrópica hasta el colapso final del universo. Sin embargo, llegados ahí, da un pasito más, y propone una observación del universo más espiritual y armónica (¡¡¡los pragmáticos que dejen de leer aquí!!!). Estas visiones de la realidad («the official entropic universe«), no son mejores («a less satisfying conceptualization«) que las del Taoísmo, las Vedas previas al hinduismo o el modelo del Kotodama sobre la conciencia cósmica, donde la vibración del cuerpo hace eco con la vibración del universo. Todas estas visiones planteaban el aspecto místico de la realidad, la naturaleza de Dios y la relación entre el alma y la materia. Sahtouris está convencida de ello. Yo me quedo más con la pinza de la evolución y la entropía, qué le vamos a hacer; pero yo a una señora nunca le llevo la contraria. Ni en la mística.

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Teorías del colapso energético (XVII): el increíble mundo menguante de Jeff Rubin

¿Alguien de ustedes ha estado en Cleveland, Ohio? Yo sí. Estuve en 2007 estudiando en  Case Western Reserve of Management, en un programa sobre liderazgo dirigido por  Richard Boyatzis, uno de los gurús de los recursos humanos. Un tipo simpático. No estuvo mal. Lo que no estuvo tan bien fue Cleveland. Menudo coñazo. No lo salva ni el Rock’n Roll Hall of Fame (que está allí). De hecho, no es ahora. En Cleveland dejaron de pasar cosas interesantes en los 60. Desde entonces, perdió más de la mitad de la población. Las plantas industriales de acero y GM cerraron. GE estuvo en 1911, pero también se largó. El downtown está lleno de enormes edificios vacíos, recuerdo de su pasado industrial. De estilo internacional: regulares, uniformes, regios, amplios. Pero vacíos. Jeff Rubin también piensa que en Cleveland no pasa nada. Nada de nada.

No tan rápido… Érase una vez unos señores pobres (pongamos en Cleveland, Ohio) que soñaron que podían ser ricos; y si no serlo, sí al menos vivir como ricos.  Cada mañana otros señores llamaban a su puerta para contarles cómo. Les decían que era su momento, que no sería por dinero, que ellos se lo dejarían, que ya lo devolverían; que no pasa ná; que tranquilos. Y les convencieron. Firme aquí. Era 2003. Quizá 2004. Da igual. Montones de tipos modestos, la mayoría con bajos ingresos, fueron convencidos por el banco o inmobiliaria de turno para firmar el crédito con el que poder comprar una casa en los suburbios del Greater Cleveland en Ohio. Crédito fácil y rápido. En Cleveland y en todas partes. Pero el riesgo de insolvencia de los clientes las convertía en operaciones de alto riesgo (aunque esa es la base del American Dream, en el fondo). Cuando eso ocurre (como, por ejemplo, con el narcotráfico) se exige una alta rentabilidad que compense esa incertidumbre.  Así que la banca de inversión (a la que parece que ahora le quieren hacer pam-pam) empaquetó montones de préstamos hipotecarios de esos, tan rentables, en productos financieros exóticos como los «Collateralized Debt Obligations«, que se vendieron a inversores internacionales que buscaban una aún más alta rentabilidad. Además, otros señores certificaban -con un código de letritas- que no había riesgo en esos productos. It’s OK, dude. Y ancha fue Cleveland, Ohio… Pero un día, los pobres no pudieron pagar (y les llamaron ninjas: no income, no jobs, no assets); y miles de hipotecas impagadas por ninjas como los de Cleveland destrozaron el sistema financiero mundial, llevándose por delante a gran parte de la banca americana centenaria. Desde 2008 han quebrado en Estados Unidos unos tres bancos por semana. Sobretodo en Florida, Georgia e Illinois. En Ohio, ni eso.

O al menos eso es lo que nos han contado muchos, como ese señor tan simpático que es Leopoldo Abadía. Pero ¿Y si esa no fuese TODA la verdad? ¿por qué los loosers del Midwest americano dejaron de pagar? ¿por qué todos esos ninjas pincharon a la vez? ¿y si las hipotecas empaquetadas impagadas fuesen el resultado y no la causa? Bueno, pues respuestas para todo eso da Jeff Rubin en su best seller de 2009 “Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más pequeño”. Me encanta el título, a pesar de que el autor confunde «pequeño» con «grande» (creo que al final del post me darán la razón). Jeff Rubin, ex economista jefe del banco canadiense de inversión CIBC-World Markets durante más de 20 años. Lo dejó (o le echaron) para dedicarse a estas cosas en lugar de a la banca. Flequillo de galán (maduro), ladeo de cabeza en plan interesante y mirada al infinito. Orador de manos en los bolsillos. Dedica el capítulo 8 de su libro a explicar en detalle cuál piensa que es la auténtica causa de ese crash económico y financiero del 2008, y que dura hasta hoy (y lo que queda…). El capítulo se titula «¿Tanto puede realmente Cleveland?». Y tiene razón: Cleveland no puede. Al menos sola.

Rubin está convencido de que esta crisis tiene en realidad su origen en el spike de precios de petróleo del 2008. De hecho, entiende que no ha habido crisis económica grave (a excepción de la de los Tigres Asiáticos del 97) donde el petróleo no fuera la causa. El 11 de julio de 2008 se llegó a 147,27$ por barril de WTI, después que multitud de fondos e inversionistas se hubieran lanzado a por las materias primas de todo tipo, además de las  petrolíferas. ¿Por qué se dejaron de pagar las hipotecas? un aumento de 40$ a 70$ el barril subió la inflación un 35%: todo era más caro; sobretodo la gasolina, algo vital en un sistema como el americano, donde el urbanismo (tal y como cuenta Kunstler) está hipertrofiado y difuso. Y la gasolina era más cara porque lo era el petróleo. Y entonces todo subió su precio. Y como los precios subían era preciso dejar de prestar dinero gratis. Y para ello la Reserva Federal subió los tipos de interés. Y con ello se encarecieron las hipotecas. Y los ninjas, que ya iban apretados por un lado (consumo), ya no pagaron cuando les apretaron por el otro (deuda). En palabras más académicas: detrás de la subida de tipos de interés obligada por la inflación y que desata la crisis, Rubin detecta el efecto inflacionario de la demanda, escasez y geopolítica del petróleo.

Pero para Rubin se trata, en el fondo, de un cambio de paradigma. La economía que impulsaron desde el 2000 los bajos tipos de interés y que estalló en 2008 estaría sólo viviendo la primera fase de la crisis asociada en realidad al encarecimiento progresivo del crudo y debido al peak oil (superado en 2005). La verdad es que Rubin ha clavado varias veces el precio del crudo. De hecho, en CIBC y en octubre de 2008 escribió una especie de paper («What’s the real cause of the global recession«) donde justificaba con más datos que en el libro (y antes) sus ideas. Ahora habla de 225 $ para el año que viene y con él el próximo ciclo deflacionario. Pronostica más cosas: que tres dígitos el barril consolidan la recesión, el fin del shipping, de las deslocalizaciones, de las importaciones masivas; en suma, de la globalización si la entendemos como flujos de comercio físico internacional. De un retorno a lo local. Se acabó lo exótico. Las fábricas que se fueron, volverán. Relocalizaciones. Producción just in time lo más cercana posible al consumidor. El mundo -dice Rubin- se hará más pequeño al ser más local. Será imposible volver a tomar un vuelo intercontinental por 500$ debido a los elevados costes de combustible. Todo estará más lejos (por eso creo que el mundo se hará más grande y no más pequeño). Australia volverá a estar donde estaba cuando yo era pequeño: a un año de ahorro para poder comprar el billete de avión. Más lejos casi que no se puede.

¿Tiene razón Rubin? si no toda, sí bastante. Hamilton tiene algún paper con ideas similares y con análisis específicos para 2007-2008. La que probablemente sea la crítica más acertada de Rubin es que el efecto de las materias primas no se evalúa por parte de los economistas de forma suficiente. Cierto. Y no es menos cierto que una rebaja en el precio del petróleo tiene efectos más beneficiosos en la economías que todos los planes de estímulo que se puedan plantear. Pero es que la cosa está chunga. El futuro inmediato del estado-nación moderno es el mismo que del hipotecado de Cleveland: deudas y poca capacidad de generar más ingresos para pagarlas y mantener el welfare state. Las inyecciones de dinero de los bancos centrales de tapado mediante la compra de bonos no basta (a eso se le denomina quantitative easing y se lo inventaron los japoneses en el 2000; pero los nipones no tuvieron que cambiar su constitución con maneras de zoco magrebí en dos semanas; ventajas de tener moneda propia y no estar intervenidos por el directorio europeo). Y esas inyecciones de liquidez -encima- ayudan, al filtrarse, a mantener el petróleo alto en un escenario de menor demanda de crudo, donde no se vislumbra la forma de reducir nuestra dependencia. Una «W» como una casa, vaya.

P.S.: Mejorado y corregido a instancias de Juanmi. Gracias.

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Teorías del colapso energético (XVI): la tragedia de Suburbia según James Howard Kunstler

Si escogiésemos una fotografía de una persona al azar durante el siglo XXI ¿dónde se tomaría? muy probablemente en una ciudad. Naciones Unidas considera que en 2007 hubieron, por primera vez en la historia de la humanidad, más personas viviendo en las ciudades que fuera de ellas. Esta tendencia a la urbanización (unas 180.000 personas al día en todo el mundo), este éxodo rural hacia lo urbano resultará algo imparable en el nuevo siglo. Hoy el 50,5% de la población, es decir 3.500 millones de personas, vive en ciudades y en 2025 se prevé que sea el 56,6% (eso y 8.000 millones de personas en todo el planeta). El modelo tradicional de urbanización establecía un push del campo a la ciudad debido a la pobreza y falta de oportunidades, y un pull desde la ciudad al campo a la busca de servicios, educación y empleo. A gran escala, este modelo tan simple push-pull también se replica entre países: olas migratorias del tercer mundo al primero en busca de oportunidades (si la globalización no lo evita). En este siglo los problemas de las personas serán, con gran probabilidad, los problemas de vivir y no vivir en las ciudades.

James Howard Kunstler escribió un 1993 “The Geography of Nowhere: The Rise and Decline of America’s Man-Made Landscape”. En él criticaba a la sociedad americana, y en concreto a su modelo básico de urbanización: planificación arquitectónica deficiente, uso extremo del automóvil y sprawl urbano (esas ciudades artificiales, sin mix, sin servicios ni comercios, de miles de casas pareadas idénticas con jardín y piscina, a las afueras de las grandes ciudades, suburbios literealmente). Esos “barrios suburbanos del automóvil» originados en USA como resultado de la ciudad postindustrial de los años 50 que huía del downtown, el desarrollismo de la postguerra y el “baby boom”. Todo ello acrecentado en los 70 del “crece como sea”. En inglés le han dado un nombre más chulo: “suburbia”.  La imagen en nuestras cabezas del “American Dream” habría cesado su función como hábitat urbano válido según Kunstler. Serían necesarios nuevos modelos de ciudad, más allá de lo que él califica como “tragic landscape”: sería preciso recuperar el espacio público, el bien común y las relaciones vitales. Le cayeron bastantes palos. Es lo que hay.

Tras ese libro Kuntsler -algo más cercano a un periodista que a un académico- ha escrito más sobre el fin de este urbanismo hipertrofiado (“age of skyscrapers is at an end”), asociándolo con el peak oil y el seguro cambio climático (“no longer a theory […] but an stablished scientific consensus”). Aunque desde hace unos años se dedica a la ficción (apocalíptica, of course) , escribió en 2005 el libro que le ubicó en el mapa doom: “The Long Emergency: Surviving the Converging Catastrophes of the 20st Century”. Allí planteaba un ”likely to happen” escenario post peak-oil para el siglo XXI, donde vendrían a confluir el cambio climático, plagas y epidemias, escasez de agua, inestabilidad económica global y un clima de conflicto bélico permanente para las generaciones futuras¿Solución? Pues la cosa no tendría muy buena pinta, porqué el cada vez más difícil acceso a gas natural y petróleo (y, por tanto, más caro) drenaría todos los recursos económicos que permitan un cambio de modelo energético y financiar la necesaria reconversión tecnológica. Además, las energías alternativas no darían para mucho y el modelo de movilidad extensivo llevaría al suburbia a la ruina. Para Kuntsler el escenario futuro resultaría especialmente grave en las ciudades más grandes, con menor capacidad de autosuministro de energía, agua y alimentos. Que la Long Emergency esa nos dejaría una mierda de planeta y un follón de no saber dónde uno se ha metido.

Kunstler defiende la validez de las propuestas de Malthus (hasta las de Ehrlich, el de “The Population Bomb”), que sólo habrían fallado debido al petróleo artificialmente barato. Se acabó la fiesta: “Adios Globalism” (sic). Olvídense del té importado de Sri Lanka servido a un coste ridículo en una cafetería junto a un Wal-Mart de Arkansas (tiene una fijación con Wal-Mart y los mall). Fin de las deslocalizaciones empresariales y del shipping sin coste aparente. El yogur griego te lo comerás en Grecia, y punto. Se acabaron los melones en enero y las naranjas en abril para nosotros. “Life will become intensely and increasingly local”. Y ahí entra el enfoque urbano de Kunstler (lo que le distingue de otros doomers, aunque muy americanizado; reconoce que las comunidades de Europa o China lo tendrán mejor) como escenario final y protagonista de la catástrofe. De entrada, “the tragic truth is that much of suburbia is unreformable”: la reducción de la movilidad con motor obligará a repensar los entornos locales del sprawl que no podrán adaptarse a los usos mixtos, las zonas peatonales, la reducción de escala o la inclusión de servicios en el entorno urbano. Las áreas residenciales de las afueras (el suburbia) serán las barracas deprimidas del futuro. Será el fin de la era industrial que empezó en el siglo XIX y, por supuesto, el fin de esa modelo de vida postindustrial que nos ha llevado a cuotas de confort jamás imaginadas en la historia de la Humanidad. Como la cosa pintaba tan mal, inspiró un documental “The End of Suburbia: oil depletion and the collapse of the American dream” del estilo de esos que ahora están tan de moda. Después de eso se ha dedicado principalmente a la ficción (apocalíptica por supuesto); escribe un curioso  blog titulado con un cachondo clusterfuck nation, donde postea cada lunes (en jerga militar clusterfuck significa múltiples problemas simultáneos; si fueses un soldado más educado dirías Charlie Foxtrot, que es lo mismo; si fueses legionario bastaría follón).

Al margen del deprimente escenario propuesto por Kunstler (aunque verosímil como en todos los doomers)  ¿Realmente esto puede ser así? ¿Es la ciudad un elemento clave en el desarrollo de la sostenibilidad? ¿Es el battlefield? ¿Qué rol toma la ciudad en la crisis ambiental y climática? En 1994 (y aún con el jet-lag de la Cumbre de la Tierra en Río de 1992) un conjunto significativo de ciudades europeas (80 ciudades, la mayoría formando parte de la red de gobiernos locales para la sostenibilidad ICLEI) así como varias organizaciones internacionales, hasta 600 participantes, consensuaron un documento, la “Carta de Aalborg”, en el que entendían a la ciudad como el elemento clave en la búsqueda de la sostenibilidad: ”Nosotras, ciudades europeas […] estamos convencidas de que la vida humana en este planeta no puede ser sostenible sin unas comunidades locales viables”. Se entendía a la ciudad como responsable de la situación ambiental: por su concentración demográfica, el consumo de materias primas, servicios o energía, la ocupación del territorio, etc. Hoy, más de 2.500 gobiernos locales y regionales europeos se han comprometido; incluso Cascajares de la Sierra, en Burgos, o Xewkija, en Malta. El principal instrumento de gestión para ello lo constituiría el Programa 21, la herramienta surgida de la Declaración de Río. La Agenda 21 (nadie utiliza lo de «Programa») es el plan de acción que conjunta la auditoria ambiental con el consenso de políticas down to top.

¿Hay que repensar las ciudades? ¿Qué retos afronta hoy el urbanismo? muchos y enormes y, en buena parte, derivados de la falta endémica de estructuras (técnicas, sociales, ambientales) en la ciudad actual que permitan gestionar un ecosistema de grupos urbanos. Precisamente esa -la aplicación de modelos ecológicos a la comprensión de la ciudad- es una de las fórmulas más simples y, a la vez, eficientes de optimizar las estructuras metropolitanas de organización en la transformación del suelo (literalmente la urbanización). De hecho, el enfoque green no ha sido un mainstream en la arquitectura o el urbanismo hasta hace muy poco: las edificaciones más recientes (por supuesto reconocidas, exitosas y premiadas) no han sido sino una apología del vidrio y el acero (lo más alejado de la naturaleza que existe), comprensible en la época del crédito fácil, la energía barata y las bolsas al alza. Y sólo hay que ver cuál ha sido el modelo de desarrollo urbanístico en España (suelo barato como fuese y dónde fuese, que había demanda y ya se sabe que el precio de un piso no baja, o sí), para entender que los modelos de ciudad compacta o metabolismo urbano circular de Richard Rogers eran poco más de chorradas ininteligibles (que luego también le ha dado al vidrio lo suyo, el tío…). Eramos superhombres, y cuanto más alejados de la naturaleza más claro quedaba. Como ahora pintan bastos pues toca reinventarse, y de ahí la hornada de “arquitectura sostenible” que nos rodea. Lo que sea para vender casas nuevas, tú.

Suburbia”, un false friend que en castellano suena como a ”soberbia”. La cosa hasta tiene su guasa.

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Teorías del colapso energético (XV): llega la hora de despertarse según Jeremy Grantham

En mayo de este año, a poco de iniciar este blog, mi antigua alumna de IQS Leticia Rodríguez me envió un artículo de un investment office. «Quizás te parece interesante» decía. Ahora Leticia -que no llega a los 30- finaliza su MBA en Chicago Booth, mientras ya trabaja en Credit Suisse en el área de Global Energy (me gusta pensar que, como docente, he contribuido un poquito a las carreras de fenómenos como ella). El texto que me pasaba Leticia era de Absolute Return Partners LLP, un brokerage medio de Londres que gestiona unos 300 MUS$ y que publica una newsletter periódica: la «Absolute Return Letter«. Se titulaba “The case for human ingenuity» y planteaba una original visión sobre los mercados de petróleo en el futuro: predecían una evolución de precios del crudo a medio plazo a la baja. ¿Razón? La necesidad de modificar los hábitos de movilidad actuales, la existencia de alternativas energéticas en transición y el exceso de primas especulativas en los precios del petróleo. Ojalá.

Pero, además del texto, me llamó la atención una cita al inicio del artículo de un tal Jeremy Grantham. Decía: “This faith in the human brain is just human exceptionalism and is not justified either by our past disasters, the accumulated damage we have done to the planet, or the frozen-in-the-headlights response we are showing right now in the face of the distant locomotive quite rapidly approaching and, thoughtfully enough, whistling loudly«. Y le reconocía la autoría de un tal «Jeremy Grantham on why the world is facing a paradigm shift on commodities (GMO Letter, April 2011)«. Caray. «Cambio de paradigma» y conductismo económico en un mismo pack que -encima- me envía una alumna de Chicago (la universidad fundada por Rockefeller y de la que salieron, y son estandarte, Milton Friedman y Eugene Fama; o sea, neoclásicos en estado puro). El artículo «El regreso de Malthus» de Ramon Aymerich del penúltimo domingo de agosto en «La Vanguardia» me ha recordado la anécdota. Un sabio como Mariano Marzo escribía sobre lo mismo ya en mayo de 2011 («¿Megaciclo o cambio de paradigma?«); un no menos sabio como Pedro Linares lo referenciaba también en su blog. Morbo.

GMO (iniciales de Grantham, Mayo y Van Otterloo, se supone los socios del despacho) es una oficina gestora de inversiones muy relevante. Gestiona desde su HQ de Boston más de 100.000 MUS$, con un 40% del mismo en activos (o sea que no sólo se dedican a la compra y venta de derivados, vulgarmente llamada «especulación»). Grantham (un inglés de grandes orejas, como se ve en el video, nacido en 1938 y cuyo currículum profesional da vértigo) es el GMO Chief Strategist, por lo que tiene que estar al loro de todo. Como curiosidad, la estrategia básica de la firma es tomar posiciones cuando algunas cotizaciones suben o bajan de forma excepcional, buscando la ganancia en su posterior «reversión a la media«. Ese concepto económico (o estadístico aplicado a la economía, mejor) plantea que en el medio plazo las cotizaciones de las empresas vuelven a las medias históricas una vez superado un hecho excepcional. Como eso no siempre se cumple (pensemos en Enron, por ejemplo) tiene cierta gracia pretender ganar pasta con estas cosas. Más morbo.

Pues Grantham publica (y firma) una newsletter cada trimestre: la GMO Quarterly Letter. La de abril pasado se titulaba: «Time to wake up: days of abundant resources and falling prices are over forever«. Caray. Forever, dice. Las tesis de Grantham son recurrentes en la mayoría de agoreros, pero no por ello menos exacta: la sobrepoblación mundial, en el nuevo entorno globalizado, ha generado una enorme demanda de recursos energéticos y materias primas en general que, de momento es soportable por las mejoras tecnológicas asociadas a la producción de alimentos. Sorprendentemente, en esa tensión sobre los recursos se ha generado una presión sobre las commodities a la baja durante los últimos 100 años (en todas menos el petróleo). Esa tendencia a la estabilidad se estaría acabando: se habría producido ya un cambio de paradigma donde la tendencia de precios a la baja en las materias primas -de todo tipo- habría finalizado. No sería una burbuja, ni una cuestión coyuntural. Habría cambiado el framework; para emprender reformas «there is little time to waste«, dice. Incluso en julio ha publicado una nueva entrega: «Separating the dangerous from the merely serious» en la línea, y enfocada en la agricultura, el suelo y sus nutrientes básicos. Tremendo. Como esto no lo dice un flipao con túnica, un periodista aburrido o un profesor de universidad (a los que tampoco hacen demasiado caso…) sino uno de los más reputados brokers de Wall Street parece que la cosa va en serio. Nens, tenemos un hype.

¿Y en qué se basa Grantham? pues en un análisis de fundamentales (bravo; a años luz de la mayoría de charlatanes que cuando hablan de estas cosas tocan de oído). GMO tiene un índice bursátil propio basado en 33 commodities ponderadas (otros índices en materias primas más consultados y muy reputados igual serían el Goldman Sachs Commodities Index, con tag GSCI, y el Dow Jones UBS Commodity Index de tag DJ-UBSCI; desde la pifia de AIG el DJ-AIGCI ya no mola tanto…). El análisis de su evolución presentaría una serie de 102 años decrecientes al 1,2%. Este periodo, de progreso sin igual en la historia de la humanidad, y donde la tecnología ha podido superar a la ley económica de los rendimientos decrecientes (algunos dicen que la única Ley real en economía…) habría finalizado en 2002. En los últimos años, la globalización y la sobrepoblación han determinado un escenario de incrementos de demanda de materias primas brutales (dan datos desagregados la de demanda China como porcentaje del global y acojonan, aunque Grantham -cabal- dice que la culpa no sólo es de China). Analizando la tasa de producción del petróleo por origen (convencional, aguas profundas…), además de constatarse gráficamente el peak oil convencional en 2006 -como en las gráficas de la IEA-  dan una serie de valores en el horizonte 2030 de entre 150-37 US$ el barril, con valores medios de 75 US$. Todo ello con una extrema volatilidad (medida con dos desviaciones estándar). El cambio de paradigma energético sería evidente, y el efecto demanda aún lo agravaría más. Hay que ponerse las pilas. Ya. Pero ya, ya.

Sinceramente, lo que más me gusta (a pesar de que sean literalmente “very bad news”) es el estilo de Grantham: sereno, riguroso, sin histerias, sin moralinas, comedido, brutal. Se plantearán montones de oportunidades en este nuevo framework de la escasez, donde el que dé primero, dará dos veces. Un buen profesional (como Grantham, de más de 70 años de edad, al loro), al asumir de forma objetiva el futuro entorno, intenta “to persuade investors with an interest in the long term to change their whole frame of reference: to recognize that we now live in a different, more constrained, world”. Punto. La verdad es que estoy hasta las narices (incluso unos 60-70 centímetros más abajo) de los agoreros del apocalipsis a lo “The Road”, del juicio final o de las cartitas del fin del mundo. El mundo no se va a acabar de golpe, ni nos volveremos caníbales, ni nos vamos a ostiar por un barril de gasolina a lo Mad Max. Tenemos un nuevo entorno: más restringido, más escaso, más caro, más difícil, con más gente y muuuuucho más jodido. Mis abuelos vivieron en uno similar después de la Guerra Civil Española. ¿Y qué? A por él. Oé.

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