Hipócrates y la rebanada de pan tostado con aceite

Se pone el sol en la isla de Kós y, lentamente, el viejo se levanta de la arena. Da unos pasos y, con parsimonia, entra en el agua. Respira hondo, se sumerge en ella hasta que le cubre la cabeza y, al poco, emerge. Está fresco. Renovado. Parece que ha estado allí una eternidad y sólo han sido unos segundos. Se gira y ve que su amigo, tan viejo como él, ha hecho fuego con cuatro tableros y está tostando pan. Poco a poco, sin prisa, sale del agua. No se seca: ya lo hará el aire. Se sienta junto al fuego. Coge la jarrita llena de aceite y rocía las dos rebanadas de pan. Al trasluz los últimos rayos de sol colorean las gotas en ámbar. Con la otra mano, toma un par de aceitunas. Son tan negras, feas y arrugadas como sabrosas. Su amigo, tan viejo como él, le mira mientras mordisquea el pan, que rebosa aceite. «Somos lo que comemos» dice el viejo Hipócrates, y los dos sonríen.

Mucho ha llovido desde que Hipócrates sentara las bases de la medicina moderna en Kós. Unos 2.500 años, más o menos. Fue la primera persona que entendió que la religión, la superstición, la curandería o las leyendas no tenían mucho que ver con la salud. Que la enfermedad no era un castigo infligido por la providencia, sino el resultado de la combinación de factores ambientales, hábitos de vida y… la dieta. Las cosas han cambiado desde que el viejo Hipócrates se bañaba en el Egeo; no tan sólo en cuanto a nuestra concepción de la salud, sino sobretodo en la forma en cómo nos alimentamos.

Cierto. El patrón alimenticio ha cambiado enormemente con el tiempo y, con él, se ha impuesto un modelo de alimentación con varios elementos cada vez más comunes:

  • Una agricultura industrial, intensiva en producción y en el uso de pesticidas y fertilizantes, para asegurar las cosechas a coste reducido;
  • Una industria alimentaria de dimensión y presencia globales, que produce alimentos ya elaborados para el consumo final, con profusión de aditivos químicos, o alimentos funcionales absurdos;
  • Una oferta muy diversa, que ha superado estaciones, climatologías y geografías (por ejemplo, con tomates, melones y naranjas todo el año);
  • Hábitos alimentarios internacionales, a menudo al margen de la tradición cultural y gastronómica locales (i.e. ensaladas, spaguetis, hamburguesas)

Consolidar este modelo alimentario (tanto en oferta y demanda) precisa de una serie de elementos estructurales que, en realidad, son energéticos. La demanda diaria de energía de una persona media es de unas 1.600 kcal, que hoy se cubre con profusión de proteínas animales y una dieta hipercalórica basada en los azúcares, con un elevado peso de los alimentos refinados. Efectivamente, las dietas occidentales han abandonado las proteínas vegetales como base: legumbres, frutos secos y cereales (en especial la soja); a la vez, se ha producido un aumento notable de los azúcares y grasas, obtenidos a base de refinado (o sea no integrales), reduciendo en muchos casos sus vitaminas, minerales y fibras.

Pero el elemento más significativo de esta “nueva alimentación” ha sido el aumento del consumo de carne y lácteos, especialmente significativo en las economías emergentes. Si bien la controversia sobre el consumo de carne esta ahí, lo cierto es que los homínidos empezaron a desarrollar su cerebro con el consumo de carne. Un cerebro cada vez mayor precisaba de más energía para funcionar, y para ello, la carne era un perfecto condensado proteico: el Australopithecus cortaba la carne con cuchillo… La FAO considera que consumir menos de 10 kg al año de carne es causa de desnutrición, pero hoy estamos en una media de más de 42 kg por persona. Hay una clara relación entre renta y consumo de carne, que resulta exponencial. Por tanto, no se trata tanto de nutrición como de estándar de vida, cuya solución pasaría más por replantear un hábito cultural que no económico.

¿Dónde está el problema? Una vez más en disponer de suficientes recursos naturales (terreno, energía y agua) para cubrir la creciente demanda de alimentos. La producción de carne (o sea de proteínas animales) precisa de muchos más recursos que su equivalente en proteínas vegetales. Por ejemplo, la producción americana de alimentos utiliza el 50% de la superficie del país, el 80% del agua y el 17% de la energía. Se trata de un sistema alimentario basado en la carne (vacuno, ovino, pollo y porcino). De entre los países grandes (más de 10 millones de habitantes) los americanos consumen más de 122 kg de carne por persona y año; algo menos como los australianos y neozelandeses (todos esos datos aquí), seguidos de… España (112 kg por persona y año).

Si se piensa como en el “kick the habit” de Naciones Unidas, en emisiones equivalentes, la emisión de CO2 es enorme para producir una proteína animal en lugar de su proteina vegetal equivalente. Si pensamos en superficie cultivable, algunos autores dan ratios de 10 veces más superficie para producir carne de vacuno (200 m2 por kg) que para producir las proteínas equivalentes de cereales o leguminosas (15 m2 por kg). No en vano la agricultura es responsable del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, coexiste con el elevado consumo de carne el cada vez más relevante problema de los productos “off-season”. La producción de vegetales y frutas de fuera de temporada implica unos enormes costes energéticos enormes. Esto se debe tanto al coste energético asociado a la climatización de invernaderos como al transporte de productos desde otras geografías. Hay que repensar el sentido de, por ejemplo, propuestas como “carne argentina en España”, siendo el nuestro un país exportador neto de carne de primera calidad.

Por tanto, una dieta más lógica, con menor peso de consumo de carne, aumentando el porcentaje de legumbres y cereales, consumiendo frutas y verduras de temporadas y, mejor aún, de producción autóctona, no sólo es algo que redunda en la salud. Cierto. Comer o mejor dicho: decidir qué comer es una actividad clave para la reducción de impactos ambientales por el elevado consumo energética de esos modelos dietéticos. Todo ello sin olvidar los enormes consumos de agua asociados. Y es que racionalizar nuestro modelo de dieta –que no necesariamente comer menos- pasa por combinar de forma inteligente la salud, la ecología y la cultura. Hipócrates no sólo le dijo a su amiguete en la playa que somos lo que comemos; añadió: “que el alimento sea tu mejor medicina y tu mejor medicina sea tu alimento”. Y se zampó la rebanada entera de pan.

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Lebensraum

El gráfico da miedo. En poco más de 10 años los precios de los alimentos (en azul) y del petróleo (en rojo) han aumentado, aproximadamente, el 75% y el 150% respectivamente sobre los niveles del año 2000. De los picos mejor no hablar. Este gráfico se puede encontrar en el capítulo 3 del WEO del FMI de este pasado mes de septiembre de 2011. Lo acompaña de varios comentarios, donde destaca el siguiente: «Los precios de las materias primas ejercen un efecto más fuerte en la inflación de las economías donde los alimentos ocupan un porcentaje elevado de las canastas de consumo y la credibilidad de la política monetaria es baja; una serie de economías emergentes y en desarrollo exhiben estas características«.

En otro post (aquí) ya se habló con detalle sobre los múltiples factores asociados al alza de los precios de los alimentos durante 2010: de todo tipo (y donde los biocombustibles no eran precisamente la principal causa). En otro (aquí) se comentaron los efectos que podían esperarse sobre la inflación debido al alza de los cereales. El ejemplo era China, que ya presentaba síntomas de recalentamiento de su economía. Y es que, tal y como dice el FMI, casi todas las economías asiáticas son más sensibles al incremento de los alimentos en la inflación que a otros elementos. Economías todavía, en muchos casos, de subsistencia (en China aún 400 millones de personas viven con 1$ al día; el PIB (PPA) per cápita es de 6.675 $ según el Banco Mundial) donde se dedica mayor «partida presupuestaria» familiar a comer que, pongamos, al ocio.

La palabra a aprender es Lebensraum. La tomo prestada de una inspiradora charla en ESADE del maestro Àngel Castiñeira. En alemán significa «espacio vital«, y está en ese idioma porque la propuso, a finales del XIX, un alemán: Fiedrich Ratzel. Por entonces era básica la relación población-territorio-autoabastecimiento. Un estado sólo tendría asegurada la supervivencia si en su territorio disponía de suficiente «lebensraum» para su suministro. Unos años después, por 1933, un tal Adolf Hitler decía algo así como que «los alemanes tienen el derecho moral de adquirir territorios ajenos gracias a los cuales se espera atender al crecimiento de la población«. Si bien esas palabras ya asociaban peligrosamente alemán con derechos (y, en realidad, con los no-derechos de las «razas inferiores«) también era evidente la desproporción entre el territorio alemán (recortado tras el Tratado de Versalles de 1919) y su población. Entonces los rendimientos agrarios no eran los actuales. Por todo ello, la expansión alemana hacia el este se explicaba por la necesidad de acceder a nuevos recursos naturales: la invasión de Chequia (al Danzig «birlado» en Versalles) y de Polonia (pactada con Stalin; la invasión desató el pánico internacional y fue el inicio de la 2ª Guerra Mundial), era pasos necesarios para el acceso a las fértiles tierras de la estepa de Ucrania y los yacimientos petrolíferos del Cáucaso (cuya invasión pretendió, ignorando el pacto de no agresión con la URSS, mediante la Operación Barbarroja).

Hoy vivimos una nueva búsqueda de Lebensraum. Esta vez son China, Japón, India, Corea del Sur, muchos países del Golfo Pérsico o Egipto los que buscan un nuevo espacio vital para sus economías (la gran mayoría asiáticas). Pero esto no se está realizando mediante una sangrienta invasión militar, sino a través de la compra y alquiler de tierras fértiles cultivables a escala internacional. Estas operaciones comerciales las están llevando a cabo tanto empresas multinacionales de esos países (a menudo a través de la sucursal local) como los Fondos Soberanos. El fenómeno empezó en 2007, tras el filón inmobiliario y antes del crash:  los hedge funds dirigieron entonces su atención tanto al petróleo como a los alimentos. Se trata de activos de demanda inelástica (poco sensibles al precio) por su carácter primario, siendo inversiones que pocas veces fallan. La burbuja de commodities  ya estalló en 2008 (como se ve en el gráfico), pero la tendencia a asegurar el acceso a tierras fértiles fuera del territorio nacional no se ha detenido. En Google se ha montado un mapa con muchas de esas operaciones. Figuran las nacionales (en rojo), de empresas (en azul) y de particulares (en amarillo). Ya son unos 10 millones de hectáreas. Para fijar ideas, en España hay 19 millones de hectáreas cultivables. No está mal… ¿Ejemplos?

– En África todo está en venta, y allí los chinos son especialmente activos (ver este post anterior). No obstante, la compra de tierras en 2008 de los coreanos de Daewoo en Madagascar se hizo famosa: la concesión de 1,3 millones de hectáreas para producir maíz y aceite de palma por 99 años se revirtió a poco más de 200.000 hectáreas por los enormes disturbios (más de 100 muertos) y la presión internacional. Corea del Sur habría comprado/arrendado ya unos 2,3 millones de hectáreas en todo el mundo.

– En el Sudeste asiático son muy activos los chinos, por ejemplo en Filipinas (hasta el 10% de la superficie del archipiélago ya estaría negociada). En Indonesia, el holding saudí Bin Laden Group firmó en 2008 un acuerdo para invertir 4.300 millones de dólares en Indonesia, con la adquisición de 500.000 hectáreas para la producción de arroz.

– En 2007, el grupo japonés Mitsui compró (a través de la brasileña participada en un 25% Multigrain) hasta 100.000 hectáreas de tierras agrícolas en Brasil (del orden del 2% de la superficie cultivable de Japón) para la producción de soja. Los indios también tienen mucho interés en Brasil. Por todo ello, han limitado la venta a extranjeros.

El 10% del territorio argentino cultivable ya estaría vendido. En muchos casos se trata de inversores privados, y a menudo en la Patagonia: los Benetton con 900.000 hectáreas en tierras mapuches; Tompkins (el dueño de North Face), Ted Turner , Richard Gere… En contrapartida, muchos grupos privados argentinos se han lanzado a la compra de tierras en Uruguay (hasta el 35% del total del país según algunas fuentes). Otras operaciones en Argentina han sido las del grupo indio-malayo Walbrook que se hizo con 600.000 hectáreas en Mendoza, o de la empresa estatal china Heilongjiang Beidahuang Nongken Group que se hizo por 20 años con 330.000 hectáreas a cambio de 1.500 millones de dólares para cultivo de maíz, trigo, soja, cebollas y patata en Río Negro; además, construyen un puerto en Rosario para llevarse su soja. Los japoneses de Sojitz con 11.000 hectáreas para soja o el grupo saudita Al Koharef con 30.000 hectáreas en el Chaco ampliables a 200.000 más serían otros interesados. O sea, casi todos.

¿Pero todo esto por qué? en primer lugar por la explosión demográfica. La FAO prevé un aumento del 40% de la demanda de cereales en el mundo junto con una caída del 30% de las cosechas en los países en desarrollo. A eso hay que añadir que Asia, con el 30% de la superficie emergida de la tierra, tiene el 60% de la población mundial. Pero esa es la primera mitad del problema. La segunda es el acceso al agua dulce. Del total de agua en el mundo (mucha) menos del 0,001% es potable y, de esa, el 70% se destina a usos agrícolas. Asia sólo tiene el 25% de esas reservas de agua dulce. Así que todas estas operaciones tiene un cierto sentido geográfico: el centro de África, al estepa rusa o Latinoamérica tienen buen acceso a las reservas de agua dulce. Así que se trata de asegurar el suministro de alimentos básicos para la población del país comprador, con poco espacio cultivable y crecimiento demográfico (o, para los privados, una inversión rentable casi asegurada). En resumen, se trata de la búsqueda de auténtica seguridad alimentaria (¡ah! y negocio).

Sin embargo, el tema tiene un matiz amargo. Los principales países huéspedes de las compras son zonas muy pobres, países de baja renta, en muchos casos con notables índices de pobreza extrema y desnutrición: Sudán, Uganda, Filipinas, Indonesia, Laos, Tanzania, Uganda, Zimbabue, Ruanda, Zambia, Madagascar, Nigeria, Camerún, Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Argentina… ¿Alguien se imagina las cosechas saliendo en barco mientras la población desnutrida las ve partir? En Etiopía ya está pasando (aquí un muy buen documental de TVE) . La FAO ya ha manifestado sobre los land deals en un informe de mayo de 2011 que “El incremento de las compras masivas de terrenos en África y otros continentes aumenta el riesgo de que los pobres se vean desposeídos o se les impida el acceso a la tierra y el agua”. El fenómeno estaría creciendo de forma exponencial, con poca transparencia, monocultivos, técnicas no autóctonas, uso intensivo de fertilizantes, monopolizando el acceso al agua y con poco o nulo respeto hacia las poblaciones locales. La primera búsqueda de Lebensraum de la edad contemporánea acabó mal; esperemos que la segunda no acabe peor.

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La fallida conspiración mundial para acabar con los zapatos de tacón

¿Por qué las mujeres llevan zapatos de tacón? Para diferenciarse. Buscan presentarse más atractivas y llamar más la atención. Además de ganar algo de altura, los zapatos de tacón ayudan a parecer más esbeltas y femeninas. Enderezan la espalda, llevan el busto hacia adelante y sacan el trasero, que resulta más respingón. Diferenciación clara. Pero claro, como funciona, todas las mujeres acaban por adoptar la misma estrategia: ya nadie se fija en esa chica tan alta y esbelta. Con tanto tacón ya no hay diferenciación, pero sí dolor de pies, rodillas y espalda.  ¿Sería posible una alianza mundial femenina que aboliese los incómodos zapatos de tacón por unos planos? Parece interesante, pues ya no de disponía de la ventaja de ser «alta» (todas lo son) y, así se iría mucho más cómoda. A la práctica, el que una mujer llevase zapatos de tacón no obligaría al resto a calzarlos. Sin embargo, la intuición nos dice que, de poder suceder esa imaginaria alianza femenina, en poco tiempo, alguna se saltaría el pacto calzándose unos bonitos zapatos de tacón de aguja (quién sabe si rojos), y tras ella… el resto.

¿Es así? Y de ser así ¿Por qué? ¿Realmente se podría dar ese juego? Usar la palabra “juego” no ha sido trivial. En economía se llama juego a aquella actividad donde la predicción sobre lo que harán los demás condiciona tus decisiones. Las cartas, la salida de nuevos productos, la guerra nuclear o el ligoteo son juegos en el sentido económico del término. Piensen, por ejemplo, en el póker: se ocultan las cartas mientras se va apostando de forma continua hasta que se enseñan y se descubre quién lleva mejor mano; hasta ese momento, uno puede decidir retirarse y sólo perder un poco si cree que su combinación de cartas no es suficiente para ganar. De hecho, si todos se retiran uno puede llegar a ganar sin enseñar sus cartas. Pero en el póker no valen de mucho los cálculos de probabilidades: no tiene mucho sentido calcular la probabilidad de que el otro tenga tres reinas si uno tiene dos ases y una reina. Se trata más de fijarse en lo que hacen los demás: su rostro, sus manos, el sudor, su actitud cuando otro abandona, si se empieza con apuestas pequeñas o no… Aplicar este ejemplo al caso del ligoteo es inmediato ¿no? Es el permanente: “si ella cree que yo creo que ella cree…”. Y casi siempre se pierde, claro; igual incluso menos en el póker…

Motivados o no por el ligoteo, en 1944 los amigos Oskar Morgensen (economista, a la izquierda) y John Von Neumann (matemático, a la derecha) publicaron el innovador “Theory of Games and Economic Behavior” (hoy, un clásico). Justo finalizaba la II Guerra Mundial y empezaba la guerra fría, y la relación entre soviéticos y americanos era, literalmente, un juego (siniestro, pero juego). Von Neumann y Morgensen indicaron con su libro el camino de cómo jugar.  El principio de la Teoría de Juegos es simple: un juego (en sentido económico) consiste en un conjunto de jugadores, una serie de decisiones (o estrategias) posibles y la definición de premios para cada combinación de decisiones tomada. Von Neumann y Morgensen dedicaban la mayor parte del libro a hablar de casos de dos jugadores en juegos de suma cero: en esos lo que uno gana, el otro lo pierde. Por ejemplo, lanzar un penalti en el fútbol. La Teoría de Juegos, cada vez más parecida a la matemática aplicada, ha avanzado en muchos campos y se ha desarrollado enormemente desde ahí: biología, sociología, psicología… De hecho, no todas las situaciones son de suma cero (afortunadamente) pues en la vida no todo lo que gana uno lo pierde otro, pero en sus inicios era perfectamente aplicable a la estrategia militar USA vs. URSS.

Un capítulo de la enormemente compleja y elaborada Teoría de Juegos especialmente interesante lo constituyen los que se llaman juegos cooperativos; son aquellos en los que la colaboración entre los jugadores permite obtener mejores resultados que de tomarse decisiones individuales. El juego cooperativo más conocido, famoso y estudiado quizás sea el llamado dilema del prisionero. Supongamos que la policía detiene a dos sospechosos de un delito. Como no hay pruebas suficientes para condenarlos deciden hacerles confesar de forma astuta; se les separa y se les ofrece a los dos el mismo trato: «si confiesas y delatas a tu compañero y el otro dice que es inocente, le caerán al otro 20 años de cárcel y tú serás libre; si te callas o exculpas y el otro te delata confesando irás al trullo 20 años y él se irá a su casita tan pancho; si los dos os delatáis os caerán 5 años, y si los dos os calláis o lo negáis todo pues os aplicaremos una pena mínima de un año«. ¿Qué hacen los dos sospechosos? Se trata de una situación en que tenemos que una decisión individual (delatar al otro) me genera un máximo beneficio (salgo libre) y una máxima pérdida del conjunto (uno va 20 años a la cárcel), pero en la que es evidente que la opción de negarlo todo maximiza los beneficios para el conjunto (tenemos una pena mínima de 2 años entre los dos). Chivarse es lo que se llama una estrategia dominante, pues independientemente de lo que haga el otro siempre reduzco mi pérdida. ¿Qué ocurre? Pues que los dos confiesan, delatándose, y los dos se van una temporadita a la sombra. El incentivo de quedar libre aprovechándose del otro es enorme. Y es una lástima, pues si hubiesen cooperado, un año de condena y a los tres meses a la calle por buena conducta (no hay que olvidar que, en el fondo… ¡eran culpables!). Ahora igual se entiende mejor lo de la imposibilidad de consensuar el abandono universal femenino de los zapatos de tacón… el incentivo de volver a calzarse los zapatos una vez ya nadie los lleva y ser la más alta de nuevo es enorme.

La modelización del dilema del prisionero es aplicable a un montón de situaciones cotidianas: colarse en el tren (si lo hago yo me ahorro el billete, pero si lo hacemos todos es un caos), coger el automóvil y no el transporte público, dejar las luces encendidas inútilmente, dejar una nota en un coche que hemos abollado, pagar el rescate en un secuestro (este es más jodido), comprar piratería en el top manta,… Este problema clásico tiene una aplicación inmediata al estudio de las conductas ambientales y la cooperación. ¿Qué incentivo tengo a, por ejemplo, no tirar un papel al suelo? Suponiendo que eso genere una satisfacción individual -que es mucho suponer- está claro que la cooperación entre los agentes (que nadie tire papeles al suelo) mejora la situación final (la ciudad está más limpia siempre y gastamos menos en limpieza). Sin embargo, desde el punto de vista del que se beneficia, está claro que sale más a cuenta que el resto se encargue de resolver el problema. En otras palabras, si bien son evidentes los beneficios de cooperar, el egoísmo racional de la máxima ganancia individual lleva a no hacerlo. La literatura científica tiene un nombre para esos que se benefician de las medidas del conjunto sin colaborar con su solución: free rider. En la Marina les llaman polizones. Y es que el incentivo para no colaborar es enorme. Así que zapatos de tacón a tutiplén.

¿Soluciones? Legislar (no permitir las conductas free rider), comunicar (recordar al conjunto cuáles son los beneficios del esfuerzo individual y de la suma de actitudes) e informar (si los dos presos pudiesen hablar entre ellos, igual cooperaban), pero ahí va otra: ¿y si conseguimos sustituir el concepto cooperativo por el humano? ¿y si cooperar no fuese una simple opción más en el juego sino el eje vertebrador de nuestra relación con el medio y con nosotros mismos? ¿Y si dejamos de jugar?

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Einstein, Steve Jobs, los neutrinos y el cambio renovador

¿Qué hacer cuando todo aquello en lo que uno cree ya no vale? Chungo ¿no? Pues eso es lo que piensan hoy muchos físicos teóricos desde que el 22 de septiembre pasado se subió al website arXiv.org el paperMeasurement of the neutrino velocity with the OPERA detector in the CNGS beam” y se lió la mundial. Dentro del Experimento OPERA liderado por el CERN -que está en Ginebra- y para estudiar a los neutrinos, se envió un haz de éstos a un laboratorio en Gran Sasso -que está en Italia-, a unos 730 kilómetros de distancia. Pues los neutrinos han ganado por unos 18 metros a la luz en el trayecto, lo que equivale a unos 60 nanosegundos por encima de la velocidad de la luz. Resultado inesperado. Espectacular. Notición. Se ha repetido el experimento muchas veces y el resultado ha sido siempre el mismo. No parece un fallo de medida, y los pobres investigadores se han tirado 18 meses buscando un error que no encuentran. En realidad es un S.O.S.: los del CERN han presentado el resultado para ver si alguien les puede ayudar. 16o tipos firman el paper para que quede claro. Aquí está la rueda de prensa (de dos horas) que dieron online y el powerpoint que le acompañó. Japoneses y americanos ya están repitiendo el experimento. Ya  veremos qué pasa ¿en un año? ¿dos? Puede.

¿Qué es un neutrino? Los bichitos esos serían la porción de realidad más pequeña que existe (una milmillonésima parte de un electrón); son como fantasmas. Lo atraviesan todo, a toda velocidad, casi sin desviarse ni interaccionar con nada, pero son la clave para entender la existencia de neutrones, protones y electrones. Hay que pensar que TODO lo que existe en el universo se puede explicar con 12 partículas (y casi que electrones y quarks ya bastan) y 4 fuerzas o interacciones básicas. ¿Y por qué es tan trascendente que un neutrino pueda ir más rápido que la luz? Primero porque pensábamos que eso no era posible. Toda la teoría de la relatividad se arma sobre que eso es imposible. Los fotones (la luz) no tienen masa, por eso son los más veloces, y de ahí que la luz sea la velocidad infinita: un límite cósmico no superable… Además (eso es lo excitante) al acercarnos a la velocidad de la luz las leyes de la relatividad dicen que el tiempo se estira y el espacio se encoje. Al llegar a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene (vamos tan rápidos como lo que vemos). Si lo superamos, el tiempo se estira hacia atrás y vemos el pasado. En teoría, de poder ir más veloces que la luz se podría viajar en el tiempo (pero hacia atrás). De ahí el jaleo. Bueno, eso y la idea de poder tumbar a Einstein: el símbolo por antonomasia del genio científico, del superhéroe intelectual. ¿Qué no? Ahí van algunos: “Einstein quedó añejo”, “Einstein en aprietos”, “¿Se equivocó Einstein?” o»Una partícula se burla de Einstein«. Pero bueno, en un mundo que compara sin rubor a Steve Jobs con Edison…

¿Opinión? Como me fio del CERN, Los Alamos y el KEK japonés, esperaré el resultado pacientemente. Eso sí, reconozco que no me estresa demasiado la posibilidad de que partículas subatómicas sean más veloces que la luz o que, simplemente, puedan encontrar atajos (aquí los muchachos de Scientific American dan alguna idea). De ser así, YA ES ASÍ, lo único es que nos hemos dado cuenta ahora. ¿Ya no vale nada? Bueno, digamos que se abriría un nuevo camino. Los 100 años de física cuántica que llevamos empezaron a principios del siglo XX significando el final del mecanicismo newtoniano como única explicación de la realidad. Igual que la conocida fórmula F = m · a nos sigue sirviendo (y nos seguirá sirviendo) para un montón de cosas, la teoría de la relatividad también servirá para otras (casi que las mismas que ahora). Y de confirmarse eso de los neutrinos superveloces, no tiene que romperse nada necesariamente ¿Qué será más útil? ¿La Teoría M de los universos paralelos? ¿La Teoría de las Supercuerdas? Estimulante. ¿no?

Todo esto de lo que podría pasar con los neutrinos superlumínicos no deja de ser un excelente ejemplo de lo que significa un cambio de paradigma. Mucho antes de todo esto, en los 60, Thomas Kuhn, un físico, historiador y filósofo americano, presentaba sus ideas sobre las revoluciones científicas. Hasta entonces, la opinión general consideraba que la ciencia se basaba en el empirismo (medidas y repeticiones de experimentos) y la lógica (racionalización de los fenómenos observados) como única vía válida para la obtención del conocimiento (eso es culpa del Circulo de Viena, y de los racionalistas y positivistas). Es decir, buscar la verdad de lo no observable a partir de lo constatable con mediciones y datos, intentando no explicar (eso es metafísica) sino verificar. Todo ello sin olvidar que no se puede demostrar lo que es cierto sino lo que es falso (eso es culpa de Popper). Todas estas visiones chocaban con la física cuántica, donde la medida de una magnitud modifica la propia magnitud a medir (eso es culpa de Heisenberg), pero bueno: pa’ lante.

Pues llega Kuhn y la lía con la publicación en 1962 de «La estructura de las revoluciones científicas«. Ya no sólo se trataría de datos y medidas, sino que había que tener en cuenta en la ciencia muchos aspectos más: culturales, históricos y sociológicos. Es más… ¡¡¡el tipo se inventa la palabra paradigma!!! Con ello se refiere el estado de la ciencia vigente (lo que Kuhn llama la ciencia normal) donde no se cuestiona la teoría sino que se amplia el conocimiento existente. ¿Hasta cuándo? Hasta que algo ya no puede explicarse. Bueno, como eso siempre pasa, el límite está en cuando muchas cosas o algo muy importante ya no pueden explicarse con lo que se sabe. Cuando eso ocurre (como con los neutrinos superlumínicos cabroncetes) llega la crisis y pasa a cuestionarse la validez del paradigma, o sea la mejor modelización que tenemos hasta la fecha de la realidad existente. A eso Kuhn le llama estado de ciencia revolucionaria, donde se ensayan teorías nuevas. Al aceptarse una nueva propuesta de paradigma que puede sustituir al anterior se ha producido una revolución científica que pasa a ser de forma automática la nueva ciencia normal. Y así se sigue, por los siglos de los siglos en un circulo de mejora continua.

Pero este proceso no es inmediato ni automático. Dice Kuhn que al existir los dos paradigmas diferentes nuevo y viejo (lo llama inconmensurabilidad), uno no sustituye al otro hasta que los científicos del antiguo paradigma son -directamente- sustituidos por los del nuevo. Eso es así, porque cada teoría tiene su sentido real en su momento histórico; en otros, la nueva idea cuesta de entender y, sobretodo, implica modificar el statu quo: cambiar sillas y mover poltronas. Complicado. Si hay barreras para el cambio objetivo -aunque sea evidente, mejorado y renovador- ¿qué podemos esperar de nuevas formas de pensar? En este inminente escenario mundial, donde la escasez (de energía, de alimentos, de materias primas, de financiación…) puede ser el nuevo paradigma… ¿A qué habrá que esperar?

A pesar de mi admiración por Edison -que inventó todo lo que era imprescindible inventar-, no se me ocurre una mejor forma de acabar este post sobre la bondad y necesidad del cambio renovador que con algunas de las palabras de Steve Jobs en su famoso discurso en Stanford en 2005: «Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser, porque la Muerte es muy probable que sea la mejor invención de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo.» Muerte es cambio, simplemente. Amén.

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Haciendo surf sobre olas malthusianas

Aunque el genoma humano (o sea el ADN de nuestros cromosomas) es muy parecido al de un chimpancé (el 98,77%) o al de un ratoncito (el 99%), el Homo Sapiens (o sea usted o yo) es una especie única. Por un lado, es un simple animal más sometido al mismo entorno que las otras especies. Pero por otro, es la única especie que ha conseguido desarrollar estructuras socioeconómicas complejas de afectación global. Por esa dualidad, podemos aproximarnos al comportamiento de los humanos socialmente o biológicamente, según nos interese. Común a cualquier análisis es otorgar un papel dominador a los humanos sobre todas las especies del reino animal, especialmente desde el siglo XVIII (algunos plantean la existencia de un Homo Faber, que controla el medio con herramientas, y que se contrapone al Sapiens, que piensa). En el Antropoceno los humanos hemos conseguido transformar la tierra, el agua y el aire, y con ellos la biodiversidad del planeta. Hoy somos 7.000 millones de personas naciendo, creciendo, multiplicándose y muriendo. Y de qué manera. El planeta da para éstos y para más, ¿pero cómo hacerlo? y sobretodo ¿para cuántos más?

Cuando se habla de estos temas (suficiencia de los recursos), se acaba casi siempre en Malthus. Ya saben: la población tiende al crecimiento geométrico, incluso exponencial; como vivimos en un mundo finito, el crecimiento reduce seguro los recursos per cápita. ¿O podemos convertir nuestro planeta finito en un lugar que no sume cero? La creencia en un futuro donde el crecimiento de la población reduzca a la fuerza los recursos a un mínimo de, digamos, rotura de stocks se califica como “pesimista”. La primera gran revisitación (pesimista) del famoso “Ensayo sobre la población” de Thomas Malthus de 1798 fue durante los 70. En el origen de la conciencia ambiental del siglo XX, estaba aquel cura anglicano. Los hippys (y sus ideas contraculturales, anticonsumistas y proto ecologistas), la revolución de las clases estudiantiles (y burguesas) europeas iniciadas en Francia en el 68, las influencias de la izquierda neomarxista, la derecha tecnocrática, la descolonización, la píldora, los imperialismos americano y soviético… eran un cóctel muy cargadito como para no preguntarse hacia dónde iba la cosa y, claro, pensando mal.

En ese entorno, algunas visiones se destacaron sobre el resto, incluso marcaron el discurso de la época y casi hasta hoy. Tres clásicos. Uno muy metódico: “Los límites del crecimiento”, el trabajo que el Club de Roma encargó al MIT en 1972, dirigido por (los) Meadows, focalizado en la crisis de los recursos. Puro Malthus de base matemática y computacional, que falló al prever el punto de colapso en el año 1992. Otro algo menos riguroso: “The Population Bomb” de Ehrlich; más alarmista si cabe, y cuyo gran valor era introducir en el debate el problema de la sobrepoblación. También pinchó en su pronóstico de hambrunas y muertes masivas. Y last but nos least, un artículo de Science de 1968 que en cada nueva lectura aprecio más: “The tragedy of commons” de Garret Harding. Ocho sencillas páginas (aquí traducidas) que desarrollan múltiples conceptos, todos construidos desde la asunción de la dificultad de gestionar los bienes comunes. ¿Eso qué es? La razón por la que cuando uno se levanta para ver mejor un partido de fútbol en un bar, acaba obligando a todos a levantarse para poder ver. Los intereses individuales y colectivos entra en conflicto muy a menudo, aunque sea de forma absurda: todos ven igual de pie que sentados. Harding mentaba a Hegel para entender de qué iba esto: “La libertad es reconocer la necesidad”. Mucha gente, pocos recursos y la dificultad de vertebrar voluntades individuales para lograr el bien común. Caramba con los 70.

Hoy, que estamos como estamos, donde nadie tiene claro nada y cuando la confusión es el paradigma, vuelven estas dudas. Crisis energética, crisis ambiental, crisis económica… ¿Para cuánto da la cosa? La idea original del (¿mal llamado?) pesimismo Malthusiano es que cuando no se dispone de suficientes alimentos, la gente se muere. Son 1.600 kcal/día que ocultan una idea perversa: igual más que faltar recursos, puede sobrar gente. Suma cero: si yo lo tengo, tú no lo tienes ¿Existe ese riesgo aún de dog-eat-dog? Si disponer de más o menos alimentos depende de las tecnologías agrícolas que se usen, está claro que sostener el crecimiento dependerá de la productividad. Hoy sabemos que la tecnología nos ha permitido superar esos sucesivos puntos de corte recursos-población. No hay que olvidar que la intensificación agraria siempre va afectada por la ley de los rendimientos decrecientes (ir doblando el número de personas que trabajan en el campo, no permite doblar la producción cada vez que lo hacemos; eso es Malthus 100%). ¿Cómo lo hemos logrado entonces?  Ahí emerge la gran figura, cada vez más recnocida, de Ester Boserup, economista danesa, cuyos trabajos sobre los aprovechamientos agrícolas plantearon un posible escenario alternativo al predestinado fin malthusiano.

Efectivamente, Boserup pensaba (y eso escribió en “Population and Technological Change: A Study of Long Term Trends en 1981) que el aumento de la población no tenía porqué ser necesariamente una condena. Más gente implica más talento, y más problemas estimulan ese talento. La innovación surge de esos entornos complejos y es posible superar el corte malthusiano. Tremenda idea. “Necessity is the mother of invention» decía Boserup. Mi abuela, que sabía de todo, diría que hay que “hacer de la necesidad virtud”. Cornucopiana a tope (eso Boserup; mi abuela lo era a ratos) entendía que la humanidad encontraría siempre una salida a sus dificultades. Boserup conjugó los conceptos de desarrollo y sostenibilidad a través de la tecnología. La idea no era pensar en la sostenibilidad como un fin, sino en comprender si una actuación (o tecnología) permitía un aprovechamiento sostenible de los recursos en el tiempo. Un mix donde había que interrelacionar medio ambiente, población, nivel tecnológico, estructura ocupacional, estructura familiar y cultura. No se trata de lecturas verticales, sino planteamientos horizontales. Es, pues, posible bordear la curva exponencial de la población como si se cabalgara una enorme ola. La tabla está hecha, literalmente, de tecnología e innovación.

Boserup basó sus planteamientos en estudios sobre comunidades agrícolas aisladas (como la isla de Mauricio; no es mal sitio para escribir un paper). Demostró que es posible mejorar la producción, pero no sólo con intensificación sino también con mejores técnicas. En 50 años la producción de grano por hectárea se ha doblado: hoy soja, trigo, arroz han doblado sus productividades; el maíz la ha multiplicado por cuatro. Hoy son necesarios menos de 1.200 m2 de terreno para alimentar a una persona al año. En la época romana se precisaban más de 13.000 m2. Y hay que aumentar el peso de los alimentos de origen vegetal en la dieta reduciendo el de carne. Ese es el camino. Boserup defendió también el papel de la mujer en ese nuevo entorno. Que las mujeres sean ciudadanos de segunda en muchos lugares del planeta (algo de base cultural-religiosa) lo que hace, en realidad, es alterar la estructura laboral, reduciendo el valor, un talento adicional y reduciendo su rol a un mero agente reproductor. Aunque suene a estupidez, las mujeres son la mejor baza con la que contamos para el control de la sobrepoblación, si ellas quieren. De ellas, y de ese nuevo empowerment global (pregunten por los países de las fatuas) dependerá el éxito de nuestra civilización en el siglo XXI. Estoy convencido.

¿Era Boserup un anti-Malthus? No. Malthus tiene razón, pues nuestro planeta es finito. Hay límites. Pero es que el cerebro del Homo Sapiens no los tiene. Ese es el truco.

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