La fallida conspiración mundial para acabar con los zapatos de tacón

¿Por qué las mujeres llevan zapatos de tacón? Para diferenciarse. Buscan presentarse más atractivas y llamar más la atención. Además de ganar algo de altura, los zapatos de tacón ayudan a parecer más esbeltas y femeninas. Enderezan la espalda, llevan el busto hacia adelante y sacan el trasero, que resulta más respingón. Diferenciación clara. Pero claro, como funciona, todas las mujeres acaban por adoptar la misma estrategia: ya nadie se fija en esa chica tan alta y esbelta. Con tanto tacón ya no hay diferenciación, pero sí dolor de pies, rodillas y espalda.  ¿Sería posible una alianza mundial femenina que aboliese los incómodos zapatos de tacón por unos planos? Parece interesante, pues ya no de disponía de la ventaja de ser «alta» (todas lo son) y, así se iría mucho más cómoda. A la práctica, el que una mujer llevase zapatos de tacón no obligaría al resto a calzarlos. Sin embargo, la intuición nos dice que, de poder suceder esa imaginaria alianza femenina, en poco tiempo, alguna se saltaría el pacto calzándose unos bonitos zapatos de tacón de aguja (quién sabe si rojos), y tras ella… el resto.

¿Es así? Y de ser así ¿Por qué? ¿Realmente se podría dar ese juego? Usar la palabra “juego” no ha sido trivial. En economía se llama juego a aquella actividad donde la predicción sobre lo que harán los demás condiciona tus decisiones. Las cartas, la salida de nuevos productos, la guerra nuclear o el ligoteo son juegos en el sentido económico del término. Piensen, por ejemplo, en el póker: se ocultan las cartas mientras se va apostando de forma continua hasta que se enseñan y se descubre quién lleva mejor mano; hasta ese momento, uno puede decidir retirarse y sólo perder un poco si cree que su combinación de cartas no es suficiente para ganar. De hecho, si todos se retiran uno puede llegar a ganar sin enseñar sus cartas. Pero en el póker no valen de mucho los cálculos de probabilidades: no tiene mucho sentido calcular la probabilidad de que el otro tenga tres reinas si uno tiene dos ases y una reina. Se trata más de fijarse en lo que hacen los demás: su rostro, sus manos, el sudor, su actitud cuando otro abandona, si se empieza con apuestas pequeñas o no… Aplicar este ejemplo al caso del ligoteo es inmediato ¿no? Es el permanente: “si ella cree que yo creo que ella cree…”. Y casi siempre se pierde, claro; igual incluso menos en el póker…

Motivados o no por el ligoteo, en 1944 los amigos Oskar Morgensen (economista, a la izquierda) y John Von Neumann (matemático, a la derecha) publicaron el innovador “Theory of Games and Economic Behavior” (hoy, un clásico). Justo finalizaba la II Guerra Mundial y empezaba la guerra fría, y la relación entre soviéticos y americanos era, literalmente, un juego (siniestro, pero juego). Von Neumann y Morgensen indicaron con su libro el camino de cómo jugar.  El principio de la Teoría de Juegos es simple: un juego (en sentido económico) consiste en un conjunto de jugadores, una serie de decisiones (o estrategias) posibles y la definición de premios para cada combinación de decisiones tomada. Von Neumann y Morgensen dedicaban la mayor parte del libro a hablar de casos de dos jugadores en juegos de suma cero: en esos lo que uno gana, el otro lo pierde. Por ejemplo, lanzar un penalti en el fútbol. La Teoría de Juegos, cada vez más parecida a la matemática aplicada, ha avanzado en muchos campos y se ha desarrollado enormemente desde ahí: biología, sociología, psicología… De hecho, no todas las situaciones son de suma cero (afortunadamente) pues en la vida no todo lo que gana uno lo pierde otro, pero en sus inicios era perfectamente aplicable a la estrategia militar USA vs. URSS.

Un capítulo de la enormemente compleja y elaborada Teoría de Juegos especialmente interesante lo constituyen los que se llaman juegos cooperativos; son aquellos en los que la colaboración entre los jugadores permite obtener mejores resultados que de tomarse decisiones individuales. El juego cooperativo más conocido, famoso y estudiado quizás sea el llamado dilema del prisionero. Supongamos que la policía detiene a dos sospechosos de un delito. Como no hay pruebas suficientes para condenarlos deciden hacerles confesar de forma astuta; se les separa y se les ofrece a los dos el mismo trato: «si confiesas y delatas a tu compañero y el otro dice que es inocente, le caerán al otro 20 años de cárcel y tú serás libre; si te callas o exculpas y el otro te delata confesando irás al trullo 20 años y él se irá a su casita tan pancho; si los dos os delatáis os caerán 5 años, y si los dos os calláis o lo negáis todo pues os aplicaremos una pena mínima de un año«. ¿Qué hacen los dos sospechosos? Se trata de una situación en que tenemos que una decisión individual (delatar al otro) me genera un máximo beneficio (salgo libre) y una máxima pérdida del conjunto (uno va 20 años a la cárcel), pero en la que es evidente que la opción de negarlo todo maximiza los beneficios para el conjunto (tenemos una pena mínima de 2 años entre los dos). Chivarse es lo que se llama una estrategia dominante, pues independientemente de lo que haga el otro siempre reduzco mi pérdida. ¿Qué ocurre? Pues que los dos confiesan, delatándose, y los dos se van una temporadita a la sombra. El incentivo de quedar libre aprovechándose del otro es enorme. Y es una lástima, pues si hubiesen cooperado, un año de condena y a los tres meses a la calle por buena conducta (no hay que olvidar que, en el fondo… ¡eran culpables!). Ahora igual se entiende mejor lo de la imposibilidad de consensuar el abandono universal femenino de los zapatos de tacón… el incentivo de volver a calzarse los zapatos una vez ya nadie los lleva y ser la más alta de nuevo es enorme.

La modelización del dilema del prisionero es aplicable a un montón de situaciones cotidianas: colarse en el tren (si lo hago yo me ahorro el billete, pero si lo hacemos todos es un caos), coger el automóvil y no el transporte público, dejar las luces encendidas inútilmente, dejar una nota en un coche que hemos abollado, pagar el rescate en un secuestro (este es más jodido), comprar piratería en el top manta,… Este problema clásico tiene una aplicación inmediata al estudio de las conductas ambientales y la cooperación. ¿Qué incentivo tengo a, por ejemplo, no tirar un papel al suelo? Suponiendo que eso genere una satisfacción individual -que es mucho suponer- está claro que la cooperación entre los agentes (que nadie tire papeles al suelo) mejora la situación final (la ciudad está más limpia siempre y gastamos menos en limpieza). Sin embargo, desde el punto de vista del que se beneficia, está claro que sale más a cuenta que el resto se encargue de resolver el problema. En otras palabras, si bien son evidentes los beneficios de cooperar, el egoísmo racional de la máxima ganancia individual lleva a no hacerlo. La literatura científica tiene un nombre para esos que se benefician de las medidas del conjunto sin colaborar con su solución: free rider. En la Marina les llaman polizones. Y es que el incentivo para no colaborar es enorme. Así que zapatos de tacón a tutiplén.

¿Soluciones? Legislar (no permitir las conductas free rider), comunicar (recordar al conjunto cuáles son los beneficios del esfuerzo individual y de la suma de actitudes) e informar (si los dos presos pudiesen hablar entre ellos, igual cooperaban), pero ahí va otra: ¿y si conseguimos sustituir el concepto cooperativo por el humano? ¿y si cooperar no fuese una simple opción más en el juego sino el eje vertebrador de nuestra relación con el medio y con nosotros mismos? ¿Y si dejamos de jugar?

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Einstein, Steve Jobs, los neutrinos y el cambio renovador

¿Qué hacer cuando todo aquello en lo que uno cree ya no vale? Chungo ¿no? Pues eso es lo que piensan hoy muchos físicos teóricos desde que el 22 de septiembre pasado se subió al website arXiv.org el paperMeasurement of the neutrino velocity with the OPERA detector in the CNGS beam” y se lió la mundial. Dentro del Experimento OPERA liderado por el CERN -que está en Ginebra- y para estudiar a los neutrinos, se envió un haz de éstos a un laboratorio en Gran Sasso -que está en Italia-, a unos 730 kilómetros de distancia. Pues los neutrinos han ganado por unos 18 metros a la luz en el trayecto, lo que equivale a unos 60 nanosegundos por encima de la velocidad de la luz. Resultado inesperado. Espectacular. Notición. Se ha repetido el experimento muchas veces y el resultado ha sido siempre el mismo. No parece un fallo de medida, y los pobres investigadores se han tirado 18 meses buscando un error que no encuentran. En realidad es un S.O.S.: los del CERN han presentado el resultado para ver si alguien les puede ayudar. 16o tipos firman el paper para que quede claro. Aquí está la rueda de prensa (de dos horas) que dieron online y el powerpoint que le acompañó. Japoneses y americanos ya están repitiendo el experimento. Ya  veremos qué pasa ¿en un año? ¿dos? Puede.

¿Qué es un neutrino? Los bichitos esos serían la porción de realidad más pequeña que existe (una milmillonésima parte de un electrón); son como fantasmas. Lo atraviesan todo, a toda velocidad, casi sin desviarse ni interaccionar con nada, pero son la clave para entender la existencia de neutrones, protones y electrones. Hay que pensar que TODO lo que existe en el universo se puede explicar con 12 partículas (y casi que electrones y quarks ya bastan) y 4 fuerzas o interacciones básicas. ¿Y por qué es tan trascendente que un neutrino pueda ir más rápido que la luz? Primero porque pensábamos que eso no era posible. Toda la teoría de la relatividad se arma sobre que eso es imposible. Los fotones (la luz) no tienen masa, por eso son los más veloces, y de ahí que la luz sea la velocidad infinita: un límite cósmico no superable… Además (eso es lo excitante) al acercarnos a la velocidad de la luz las leyes de la relatividad dicen que el tiempo se estira y el espacio se encoje. Al llegar a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene (vamos tan rápidos como lo que vemos). Si lo superamos, el tiempo se estira hacia atrás y vemos el pasado. En teoría, de poder ir más veloces que la luz se podría viajar en el tiempo (pero hacia atrás). De ahí el jaleo. Bueno, eso y la idea de poder tumbar a Einstein: el símbolo por antonomasia del genio científico, del superhéroe intelectual. ¿Qué no? Ahí van algunos: “Einstein quedó añejo”, “Einstein en aprietos”, “¿Se equivocó Einstein?” o»Una partícula se burla de Einstein«. Pero bueno, en un mundo que compara sin rubor a Steve Jobs con Edison…

¿Opinión? Como me fio del CERN, Los Alamos y el KEK japonés, esperaré el resultado pacientemente. Eso sí, reconozco que no me estresa demasiado la posibilidad de que partículas subatómicas sean más veloces que la luz o que, simplemente, puedan encontrar atajos (aquí los muchachos de Scientific American dan alguna idea). De ser así, YA ES ASÍ, lo único es que nos hemos dado cuenta ahora. ¿Ya no vale nada? Bueno, digamos que se abriría un nuevo camino. Los 100 años de física cuántica que llevamos empezaron a principios del siglo XX significando el final del mecanicismo newtoniano como única explicación de la realidad. Igual que la conocida fórmula F = m · a nos sigue sirviendo (y nos seguirá sirviendo) para un montón de cosas, la teoría de la relatividad también servirá para otras (casi que las mismas que ahora). Y de confirmarse eso de los neutrinos superveloces, no tiene que romperse nada necesariamente ¿Qué será más útil? ¿La Teoría M de los universos paralelos? ¿La Teoría de las Supercuerdas? Estimulante. ¿no?

Todo esto de lo que podría pasar con los neutrinos superlumínicos no deja de ser un excelente ejemplo de lo que significa un cambio de paradigma. Mucho antes de todo esto, en los 60, Thomas Kuhn, un físico, historiador y filósofo americano, presentaba sus ideas sobre las revoluciones científicas. Hasta entonces, la opinión general consideraba que la ciencia se basaba en el empirismo (medidas y repeticiones de experimentos) y la lógica (racionalización de los fenómenos observados) como única vía válida para la obtención del conocimiento (eso es culpa del Circulo de Viena, y de los racionalistas y positivistas). Es decir, buscar la verdad de lo no observable a partir de lo constatable con mediciones y datos, intentando no explicar (eso es metafísica) sino verificar. Todo ello sin olvidar que no se puede demostrar lo que es cierto sino lo que es falso (eso es culpa de Popper). Todas estas visiones chocaban con la física cuántica, donde la medida de una magnitud modifica la propia magnitud a medir (eso es culpa de Heisenberg), pero bueno: pa’ lante.

Pues llega Kuhn y la lía con la publicación en 1962 de «La estructura de las revoluciones científicas«. Ya no sólo se trataría de datos y medidas, sino que había que tener en cuenta en la ciencia muchos aspectos más: culturales, históricos y sociológicos. Es más… ¡¡¡el tipo se inventa la palabra paradigma!!! Con ello se refiere el estado de la ciencia vigente (lo que Kuhn llama la ciencia normal) donde no se cuestiona la teoría sino que se amplia el conocimiento existente. ¿Hasta cuándo? Hasta que algo ya no puede explicarse. Bueno, como eso siempre pasa, el límite está en cuando muchas cosas o algo muy importante ya no pueden explicarse con lo que se sabe. Cuando eso ocurre (como con los neutrinos superlumínicos cabroncetes) llega la crisis y pasa a cuestionarse la validez del paradigma, o sea la mejor modelización que tenemos hasta la fecha de la realidad existente. A eso Kuhn le llama estado de ciencia revolucionaria, donde se ensayan teorías nuevas. Al aceptarse una nueva propuesta de paradigma que puede sustituir al anterior se ha producido una revolución científica que pasa a ser de forma automática la nueva ciencia normal. Y así se sigue, por los siglos de los siglos en un circulo de mejora continua.

Pero este proceso no es inmediato ni automático. Dice Kuhn que al existir los dos paradigmas diferentes nuevo y viejo (lo llama inconmensurabilidad), uno no sustituye al otro hasta que los científicos del antiguo paradigma son -directamente- sustituidos por los del nuevo. Eso es así, porque cada teoría tiene su sentido real en su momento histórico; en otros, la nueva idea cuesta de entender y, sobretodo, implica modificar el statu quo: cambiar sillas y mover poltronas. Complicado. Si hay barreras para el cambio objetivo -aunque sea evidente, mejorado y renovador- ¿qué podemos esperar de nuevas formas de pensar? En este inminente escenario mundial, donde la escasez (de energía, de alimentos, de materias primas, de financiación…) puede ser el nuevo paradigma… ¿A qué habrá que esperar?

A pesar de mi admiración por Edison -que inventó todo lo que era imprescindible inventar-, no se me ocurre una mejor forma de acabar este post sobre la bondad y necesidad del cambio renovador que con algunas de las palabras de Steve Jobs en su famoso discurso en Stanford en 2005: «Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser, porque la Muerte es muy probable que sea la mejor invención de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo.» Muerte es cambio, simplemente. Amén.

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Haciendo surf sobre olas malthusianas

Aunque el genoma humano (o sea el ADN de nuestros cromosomas) es muy parecido al de un chimpancé (el 98,77%) o al de un ratoncito (el 99%), el Homo Sapiens (o sea usted o yo) es una especie única. Por un lado, es un simple animal más sometido al mismo entorno que las otras especies. Pero por otro, es la única especie que ha conseguido desarrollar estructuras socioeconómicas complejas de afectación global. Por esa dualidad, podemos aproximarnos al comportamiento de los humanos socialmente o biológicamente, según nos interese. Común a cualquier análisis es otorgar un papel dominador a los humanos sobre todas las especies del reino animal, especialmente desde el siglo XVIII (algunos plantean la existencia de un Homo Faber, que controla el medio con herramientas, y que se contrapone al Sapiens, que piensa). En el Antropoceno los humanos hemos conseguido transformar la tierra, el agua y el aire, y con ellos la biodiversidad del planeta. Hoy somos 7.000 millones de personas naciendo, creciendo, multiplicándose y muriendo. Y de qué manera. El planeta da para éstos y para más, ¿pero cómo hacerlo? y sobretodo ¿para cuántos más?

Cuando se habla de estos temas (suficiencia de los recursos), se acaba casi siempre en Malthus. Ya saben: la población tiende al crecimiento geométrico, incluso exponencial; como vivimos en un mundo finito, el crecimiento reduce seguro los recursos per cápita. ¿O podemos convertir nuestro planeta finito en un lugar que no sume cero? La creencia en un futuro donde el crecimiento de la población reduzca a la fuerza los recursos a un mínimo de, digamos, rotura de stocks se califica como “pesimista”. La primera gran revisitación (pesimista) del famoso “Ensayo sobre la población” de Thomas Malthus de 1798 fue durante los 70. En el origen de la conciencia ambiental del siglo XX, estaba aquel cura anglicano. Los hippys (y sus ideas contraculturales, anticonsumistas y proto ecologistas), la revolución de las clases estudiantiles (y burguesas) europeas iniciadas en Francia en el 68, las influencias de la izquierda neomarxista, la derecha tecnocrática, la descolonización, la píldora, los imperialismos americano y soviético… eran un cóctel muy cargadito como para no preguntarse hacia dónde iba la cosa y, claro, pensando mal.

En ese entorno, algunas visiones se destacaron sobre el resto, incluso marcaron el discurso de la época y casi hasta hoy. Tres clásicos. Uno muy metódico: “Los límites del crecimiento”, el trabajo que el Club de Roma encargó al MIT en 1972, dirigido por (los) Meadows, focalizado en la crisis de los recursos. Puro Malthus de base matemática y computacional, que falló al prever el punto de colapso en el año 1992. Otro algo menos riguroso: “The Population Bomb” de Ehrlich; más alarmista si cabe, y cuyo gran valor era introducir en el debate el problema de la sobrepoblación. También pinchó en su pronóstico de hambrunas y muertes masivas. Y last but nos least, un artículo de Science de 1968 que en cada nueva lectura aprecio más: “The tragedy of commons” de Garret Harding. Ocho sencillas páginas (aquí traducidas) que desarrollan múltiples conceptos, todos construidos desde la asunción de la dificultad de gestionar los bienes comunes. ¿Eso qué es? La razón por la que cuando uno se levanta para ver mejor un partido de fútbol en un bar, acaba obligando a todos a levantarse para poder ver. Los intereses individuales y colectivos entra en conflicto muy a menudo, aunque sea de forma absurda: todos ven igual de pie que sentados. Harding mentaba a Hegel para entender de qué iba esto: “La libertad es reconocer la necesidad”. Mucha gente, pocos recursos y la dificultad de vertebrar voluntades individuales para lograr el bien común. Caramba con los 70.

Hoy, que estamos como estamos, donde nadie tiene claro nada y cuando la confusión es el paradigma, vuelven estas dudas. Crisis energética, crisis ambiental, crisis económica… ¿Para cuánto da la cosa? La idea original del (¿mal llamado?) pesimismo Malthusiano es que cuando no se dispone de suficientes alimentos, la gente se muere. Son 1.600 kcal/día que ocultan una idea perversa: igual más que faltar recursos, puede sobrar gente. Suma cero: si yo lo tengo, tú no lo tienes ¿Existe ese riesgo aún de dog-eat-dog? Si disponer de más o menos alimentos depende de las tecnologías agrícolas que se usen, está claro que sostener el crecimiento dependerá de la productividad. Hoy sabemos que la tecnología nos ha permitido superar esos sucesivos puntos de corte recursos-población. No hay que olvidar que la intensificación agraria siempre va afectada por la ley de los rendimientos decrecientes (ir doblando el número de personas que trabajan en el campo, no permite doblar la producción cada vez que lo hacemos; eso es Malthus 100%). ¿Cómo lo hemos logrado entonces?  Ahí emerge la gran figura, cada vez más recnocida, de Ester Boserup, economista danesa, cuyos trabajos sobre los aprovechamientos agrícolas plantearon un posible escenario alternativo al predestinado fin malthusiano.

Efectivamente, Boserup pensaba (y eso escribió en “Population and Technological Change: A Study of Long Term Trends en 1981) que el aumento de la población no tenía porqué ser necesariamente una condena. Más gente implica más talento, y más problemas estimulan ese talento. La innovación surge de esos entornos complejos y es posible superar el corte malthusiano. Tremenda idea. “Necessity is the mother of invention» decía Boserup. Mi abuela, que sabía de todo, diría que hay que “hacer de la necesidad virtud”. Cornucopiana a tope (eso Boserup; mi abuela lo era a ratos) entendía que la humanidad encontraría siempre una salida a sus dificultades. Boserup conjugó los conceptos de desarrollo y sostenibilidad a través de la tecnología. La idea no era pensar en la sostenibilidad como un fin, sino en comprender si una actuación (o tecnología) permitía un aprovechamiento sostenible de los recursos en el tiempo. Un mix donde había que interrelacionar medio ambiente, población, nivel tecnológico, estructura ocupacional, estructura familiar y cultura. No se trata de lecturas verticales, sino planteamientos horizontales. Es, pues, posible bordear la curva exponencial de la población como si se cabalgara una enorme ola. La tabla está hecha, literalmente, de tecnología e innovación.

Boserup basó sus planteamientos en estudios sobre comunidades agrícolas aisladas (como la isla de Mauricio; no es mal sitio para escribir un paper). Demostró que es posible mejorar la producción, pero no sólo con intensificación sino también con mejores técnicas. En 50 años la producción de grano por hectárea se ha doblado: hoy soja, trigo, arroz han doblado sus productividades; el maíz la ha multiplicado por cuatro. Hoy son necesarios menos de 1.200 m2 de terreno para alimentar a una persona al año. En la época romana se precisaban más de 13.000 m2. Y hay que aumentar el peso de los alimentos de origen vegetal en la dieta reduciendo el de carne. Ese es el camino. Boserup defendió también el papel de la mujer en ese nuevo entorno. Que las mujeres sean ciudadanos de segunda en muchos lugares del planeta (algo de base cultural-religiosa) lo que hace, en realidad, es alterar la estructura laboral, reduciendo el valor, un talento adicional y reduciendo su rol a un mero agente reproductor. Aunque suene a estupidez, las mujeres son la mejor baza con la que contamos para el control de la sobrepoblación, si ellas quieren. De ellas, y de ese nuevo empowerment global (pregunten por los países de las fatuas) dependerá el éxito de nuestra civilización en el siglo XXI. Estoy convencido.

¿Era Boserup un anti-Malthus? No. Malthus tiene razón, pues nuestro planeta es finito. Hay límites. Pero es que el cerebro del Homo Sapiens no los tiene. Ese es el truco.

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Kurt Cobain, el ‘plateau’ del petróleo y el precipicio tras él

Leyendo el siempre interesante blog del Profesor Pedro Linares (añadanlo a sus favoritos desde ya) menciona un artículo de Daniel Yergin, publicado en el Wall Street Journal hará unos quince días, que ha generado tanta polémica como vocerío. En momentos de tanta incertidumbre, titular lo que sea sobre el petróleo como «There will be oil» resulta casi una provocación. Yergin, al mando de IHS CERA una relevante consultora en temas energéticos, escribió hace unos 20 años uno de los libros más exhaustivos y comentados que se hayan escrito sobre el petróleo, su historia y la turbia geopolítica detrás:  «The Prize: The Epic Quest for Oil, Money, and Power«. El libraco (porque son 800 páginas), ganó el premio Pulitzer en 1992 e incluso hay un documental muy entretenido basado en él, que se puede ver en trocitos por Youtube.

La gracia del artículo es que Yergin pone en duda las tesis del «peak oil» (no voy a usar el término «niega» por razones obvias). Además, critica a los que han ido pronosticando momentos pico sucesivamente sin éxito («This is actually the fifth time in modern history that we’ve seen widespread fear that the world was running out of oil«), y sus apocalípticas visions («They warn that ‘an unprecedented crisis is just over the horizon.’ The result, it is said, will be ‘chaos’, to say nothing of ‘war, starvation, economic recession, possibly even the extinction of homo sapiens’.«). De todo eso en este blog se ha hablado bastante…). Reduce la teoría del peak oil a la descripción de la melopea de fin de semana de un «beer-drinker» cualquiera: «The glass starts full and ends empty, and the faster you drink it, the quicker it’s gone«. Campbell, el del Oil depletion Protocol, también pilla. Alguna castaña le suelta también a Hubbert por tecnócrata. Buen rollito.

Pero lo interesante es que Yergin plantea un escenario alternativo para el crudo: el «plateau» (o sea la meseta). En esa visión, el mundo seguiría consumiendo petróleo durante décadas (insinua 50 años) de forma más o menos constante, sin excesivos problemas, y con cada vez más peso del petróleo no convencional. Según Yergin la decadencia no vendría de la escasez sino de una mayor eficiencia en el uso y, se sobreentiende, de propuestas energéticas alternativas. «Just in the years 2007 to 2009, for every barrel of oil produced in the world, 1.6 barrels of new reserves were added«, dice ufano. Cornucopiano a tope, aporta cifras, datos, gráficas y estadísticas para soportar la tesis. Lo resume en tres: 1 trillón de barriles extraidos hasta la fecha; 1,4 trillones accesibles y viables económicamente y 5 trillones localizados, y un aumento del consumo del 30% desde 1980. Todo ello en un mundo de 65 trillones de dolares de PIB al año, que consume unos 90 millones de barriles al día en 2010 y que podría consumir unos 110 millones en 2030 (todos en trillones americanos, o sea billones españoles).

¿Habrá petróleo, realmente? ¿Tiene razón Yergin? en algo sí, pero con muchos «peros,» usando sus palabras. Es casi seguro que existen reservas en el subsuelo muy superiores a las probadas y probables (las 1P y 2P en el argot petrolero). Y no sólo de petróleo: carbón, gas natural…  ¿Límites? BP ya ha perforado a 10.000 metros de profundidad para extraer crudo, Shell es capaz de extraer petróleo del fondo del mar atravesando casi 3.000 metros de lámina de agua, Exxon tiene sondeos a 11.000 metros de profundidad… En otras palabras, las limitaciones geológicas no son el reto. El reto es el aumento continuado de la extracción a un coste razonable. Efectivamente, el descubrimiento de nuevos yacimientos comporta la necesidad de nuevas inversiones y personal cualificado; necesidades de capital en el upstream que la AIE estima en unos 6 trillones de dólares hasta 2030… ¡¡¡pero es que el 75% deberían realizarse en países no-OCDE!!! (¿Queda más claro ahora lo que hacen los chinos en África?). Oigan, vuelve la OPEP a tope. El crudo será controlado (¿60%?) por un cártel formado por países off the track del espacio comercial industrial: las National Oil Companies de Arabia Saudi, Iraq, Kuwait, Irán, Venezuela, Emiratos, México, Lybia y Nigeria… y luego los rusos. Tiene pinta de todo, menos de barato o de fácil. La AIE establece para 2030 un valor en de entre 240 y 160 dólares cada barril en valor nominal.

O sea que sí que hay «plateau«; más o menos se le ve en la gráfica de la AIE anterior, donde en 2006 se llega al peak, lo único que no habría bajada; de ahí el plateau. Pero lo que no parece sencillo es evitar el significado real del peak oil: costes marginales (o sea, de nuevas extracciones) en niveles similares a los costes medios. No tiene esa pinta. Porque no se trata de agotamiento sino de dificultad progresiva. Así de sencillo. Como dice el maestro Mariano Marzo: «el problema no está en la barrica sino en el grifo». Todo ello sin considerar los costes de refino y el poder energético final, que también van al alza. Efectivamente, el peso de los llamados «líquidos de gas natural«, «arenas asfálticas«, «biocombustibles«, «X-heavy crude«,… en definitiva el petróleo no convencional va al alza. Y se trata de sustancias de elevado coste de transformación y refino (lo que sería el coste neto de transformación energética o EROEI). Así que detrás del «plateau«, que durará lo que dure, se encuentra el precipicio de los costes marginales crecientes. Mucho van a tener que cambiar las cosas para que este escenario de costes al alza no se cumpla. Ojalá Yergin tenga razón y no nos despeñemos.

Con todo este rollo, me ha venido a la cabeza una canción de los Meat Puppets que cantó el gran Kurt Cobain con Nirvana en su «MTV Unplugged in New York» y que grabaron en el 93. La canción se llamaba «Plateau» y decía algo así como:

Many a hand has scaled the grand old face of the plateau
Some belonged to strangers, some to folks you know
Holy ghosts and talk show hosts are planted in the sand
To beautify the foothills, and shake the many hands
nothing on the top but a bucket and a mop
And an illustrated book about birds
See a lot up there but don’t be scared
Who needs action when you got words

Pues eso, que para qué hacer nada si nos podemos dedicar al charloteo, ¿no? A ver quién le pone el cascabel al gato. Dí que sí, Kurt.

P.S.: y por si alguno se quedó con ganas de algo más, ahí va «Aneurysm«. Indicada ¿no?

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Cuando el límite es lo de menos

A inicios de septiembre se presentó el informe que cada año prepara la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) sobre el comercio y el desarrollo (era de esperar). La versión en castellano (en realidad, un resumen), en un esfuerzo descomunal de originalidad, se titula «Informe sobre comercio y desarrollo 2011«. Eso sí, le añade «Panorama General» para dar alguna pista más. La versión en inglés completa (que se puede descargar aquí) se denomina «Trade and Development Report 2011: Post-crisis Policy Challenges in the World Economy» y, es obvio que se va a centrar en los retos políticos que se plantean en la etapa posterior a la actual crisis de la economía mundial iniciada tras el cha-cha-chá de septiembre de 2008. Así estamos.

La sorpresa (o no) es que el documento indica que la recuperación económica mundial tras la «Gran Recesión» (sic) se estaría frenando y que sería profundamente desigual. Se habría pasado de un 4% de crecimiento del PIB en 2010 a un 3% para 2011, y se estaría dando una “recuperación a dos velocidades«, pues el crecimiento sería fuerte en las economías en desarrollo, del orden del 6% en 2011 y en niveles similares a los anteriores a la crisis, mientras que las desarrolladas sólo crecerían entre el 1,5% y el 2%. Haciendo un flashback, las medidas conjuntas y coordinadas del G20 tras el crack de 2008 llevaron a una mínima estabilidad financiera (bajada de tipos de los bancos centrales, planes de estímulo fiscal y programas de ayuda de emergencia; en otras palabras inyección a lo bestia de dinero en el sistema, o sea liquidez) en lo que podíamos llamar Fase I. Después se pasó a la, digamos, Fase II donde las empresas no podían soportar por sí solas el crecimiento (especialmente por la falta de financiación), los hogares dejaban de consumir y donde el sector público, que se ha descubierto de pronto endeudado hasta las cejas, no podía mantener los planes de estímulo y se veía obligado a iniciar políticas drásticas de reducción del gasto público (los recortes). Estados hiperendeudados, recortando gasto social, y en contracción (aumento del desempleo, salarios a la baja, reducción del consumo), y un también posible estancamiento prolongado a la japonesa. La Fase I es una «V» y la Fase II, en la que estamos, sería otra «V» (esperemos). Crisis en forma de «W«, por tanto, donde no habríamos llegado al segundo pico inferior (también llamado double-dip). Nada que no sepamos aún, pero soportado por datos. La única parte buena según la UNCTAD sería que la inflación no subiría… ¿Seguro?

En la serie de posts sobre las teorías del colapso se mencionó de pasada a James D. Hamilton, profesor de economía de la Universidad de California San Diego. Mantiene una especie de blog muy interesante sobre economía, industria y recursos: Econbrowser. El profesor Hamilton ha realizado una serie de trabajos muy interesantes sobre la relación entre las crisis económicas y el precio del petróleo. En «Historical oil shocks» estudia los efectos de los cinco grandes shocks petrolíferos del siglo XX (todos geopolíticos): la crisis del canal de Suez en 1956, el embargo de 1973, la revolución de los ayatollahs de 1978 y la posterior guerra Iran-Iraq de 1980-1988, la primera guerra del golfo en 1991 y… el shock de 2007-2008 (no geopolítico y en el siglo XXI). La conclusión es clara: a cada shock petrolero le siguió una recesión (al menos en USA). Efectivamente: desde la Segunda Guerra Mundial, 10 de las últimas 11 recesiones fueron precedidas de un shock en el precio del petróleo. Además, recuerda que la afectación es por el lado de la demanda y no de la oferta: “The short-run elasticity of oil demand is very low. If consumers try to maintain their real purchases of energy in the face of rising prices, their saving or spending on other good must fall commensurately”. En otras palabras, la imposibilidad de encontrar sustitutivos inmediatos en los spike del precio del petróleo (la demanda es muy inelástica al precio) desequilibra los presupuestos de familias y empresas, y resulta un factor clave para la recesión.

Ese trabajo es clave para entender el cada vez más famoso paperCauses and Consequences of the Oil Shock of 2007–08” (esta versión es muy interesante pues incorpora comentarios críticos de terceros). Hamilton considera que no es el precio sino la renta la clave para entender el fenómeno. Si tengo mucha pasta no me importa el aumento de precio. Es como el chiste: “me da igual lo que suba la gasolina: siempre pongo treinta euros”. En el razonamiento también influye la “partida presupuestaria” es decir el peso que tiene en mi economía el gasto en algo. Por ejemplo, si algo es el 1% de mis gastos me da igual que suba de precio: si dobla el precio será el 2% de mis gastos lo que  sigue siendo poco. Según Hamilton la partida presupuestaria “energía” ha estado en Estados Unidos sobre el 6% con alguna punta del 9% o así. Además del efecto renta, Hamilton evalúa los efectos del incremento de los precios del crudo en el tejido productivo. Para ello se evalúan los efectos sobre el sector del automóvil y (¡tachán!) las viviendas en el periodo 2007-08, previo a la caída de Lehman Bros. Por un lado, si bien el sector de la automoción no cayó exageradamente, sí lo hizo el de los 4×4 urbanos (SUV). Sobre los hogares: «home prices in 2007 were likely to rise slightly in the zip codes closest to the central urban areas but to fall significantly in zip codes with longer average commuting distances». Más lejos, más caro, más difícil de pagar: quiebra. Ni «ninjas»,  ni leches. Pagué la factura de gasofa y me venció la letra del banco. Punto.

Se deduce fácilmente que habría un límite para la «partida presupuestaria energía» a partir del que la economía entra en recesión (o sea, un excesivo coste de la factura petrolífera). La subida del precio del petróleo no sólo afecta al coste energético directo; su efecto se transmite a toda el conjunto de la economía y, peor aún, regresa de nuevo amplificando su efecto (es lo que se llaman «efectos de segunda ronda«). Si sube el petróleo, sube el transporte, y con él las escarolas que traen del campo a la ciudad, y con ellas el menú de los restaurantes. Soy más pobre por dos sitios: directo en el transporte; indirecto en el menú. Al aumentar el precio y expandirse su efecto, existiría un valor límite a partir del cual los productos se venden menos; y tanto menos se venden que ya no sale a cuenta fabricarlos. ¿Por qué? suben los costes de producción fijos (materias primas, consumibles,…) y, al reducirse el volumen, desaparecen las economías de escala o alcance. Los economistas dirían que entonces el coste marginal supera al coste medio. Cuando este fenómeno se extiende lo suficiente el fenómeno de destrucción de la actividad económica es una espiral cada vez mayor. Resultado: Recesión.

¿Se tiene claro cuál será el límite del precio para que se desencadene de nuevo la recesión? Difícil. Roubini lleva avisando de la «W» desde 2009 dando una importante relevancia al precio del petróleo, e insinúa un límite de 100$ barril, aunque asegura la recesión con 140$ (a decir eso me atrevo hasta yo). De hecho, Roubini ya analizó este tema en 2004 (al final el tipo será bueno y todo). Sobre los trabajos de Hamilton algunos estiman el límite en unos 80$ (o una partida presupuestaria «energía» superior al 10%). Los productores de petróleo precisan de unos 80$ para equilibrar sus presupuestos (es decir, mantener la paz social con subvenciones internas; ojo, que hace tres años era de menos de 60$). De hecho, el valor exacto es lo de menos. Esto no es física del estado fundamental. Depende de muchos factores, y habrá una componente regional importante derivada de la intensidad energética de cada país o, lo que es lo mismo, del peso de la partida presupuestaria «energía», si se quiere como porcentaje del PIB. Establecer un umbral en $/barril para el Apocalipsis global es poco práctico. Se trata de valorar nuestros sistemas económicos conjuntos recursos-producción y su capacidad de adaptación y flexibilidad a un cambio de modelo energético, y no de esperar a Godot.

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