El día en que Patxi se enfrentó al elefante blanco

«White elephant» es el término que usan ingleses y americanos para referirse a aquellas cosas muy originales que aunque en teoría tienen un altísimo valor, resulta imposible disfrutar de esa ganancia a la práctica. Aplica a cosas aparentemente muy valiosas que, en el fondo, no sirven para nada. El término viene de una historia sobre los reyes de Siam. Los muy cucos cuando tenían problemas con alguien -o manía- le regalaban un elefante de color blanco; el obsequiado como no podía sacar ningún beneficio del paquidermo (¿qué se puede hacer con un elefante blanco?), y estaba obligado a cuidar un presente del rey nada menos, acababa generalmente arruinado.

Hasta ahora la posibilidad de disponer del shale gas (gas pizarra o gas no convencional) europeo era algo muy parecido a un elefante blanco. Recordar que se trata de obtener gas natural a partir de la fractura hidráulica de yacimientos subterráneos de esquistos y pizarras impregnadas en gas (aquí un post anterior sobre el tema). El coste de extracción es muy bajo: los americanos lo extraen a unos 4-5 $/MBTU (aquí un paper sobre cómo les han ido las cosas), que son unos 10-12 €/MWh, menos de la mitad de lo que cuesta en Europa. En Estados Unidos el gas no convencional es el 20% de su consumo, con perspectivas de que sea el doble, pero no se explota en Europa. Es más: los que más saben de energía en Europa, los franceses, han dicho «no» en junio de 2011 a la extracción de gas pizarra de su subsuelo (allí le llaman gaz de schiste) sentando un precedente respecto del aprovechamiento del shale gas en Europa (aquí otro post previo sobre el tema). El potencial en Europa podría ser enorme: se estiman unos 624 tcf -trillion cubic feet- (en Estados Unidos habrían unos 825 tcf). Si pensamos que la demanda de gas natural en Europa en 2010 fue de unos 527 bcm, que equivalen a unos 18,6 tcf, está claro que alguien nos ha hecho un buen regalo. Un regalo energético con el que muy bien no sabemos qué hacer (como con el elefante blanco), mientras seguimos pagando el gas natural industrial a una media de 36 €/MWh.

La noticia que hace unos días llenaba la prensa generalista española era «España encuentra un yacimiento de gas natural equivalente al consumo de cinco años«. Parece que al sur de la provincia de Álava se habría descubierto un yacimiento de gas no convencional (no exactamente «gas natural») con un potencial equivalente de 5 años del consumo de toda España o 60 años de consumo del país vasco. 60 años. Brutal. El Lehendakari Patxi López ya se habría ido a ver el yacimiento que explota Devon Energy en Oklahoma para entender de qué va la cosa. Un día después de la visita, daban la noticia del yacimiento alavés. Ya hace un mes, un congreso en Bilbao sobre el tema también daba ideas de por donde podrían ir los tiros. La notica sería tremenda de poder aprovecharse el yacimiento a un coste razonable. Pero sería más destacada si cabe, pues los vascos se atreverían a lo que no se están atreviendo en otros muchos sitios de Europa.

Efectivamente, existen abundantes prospecciones de shale gas en Europa. La mayoría las lideran empresas petroleras internacionales. Cierto; hay prospecciones en Holanda (allí exploran los ingleses de Cuadrilla Resources, que también exploran en el Reino Unido), Austria (donde explora OMV), Alemania (donde explora Exxon), Rumanía (allí exploran Sterling Resources), Irlanda (explora Enegi Oil), Hungría (también explora Exxon tras comprar la mayoría de Falcon Oil & Gas), Bulgaría (allí explora Chevron) o Polonia (aquí exploran casi todos: los americanos de BNK Petroleum, los canadienses de Talisman Oil, los americanos de Marathon Oil junto con los alemanes de KCA DEUTAG, y los omnipresentes de Chevron a los que ayuda Halliburton, ConocoPhilips, Exxon…). Mucha perforación preliminar, pero por ahora ninguna extracción efectiva.

¿Y en España? Corría el año 1964 Chevron (aún se llamaban Texaco) encontró un pequeño yacimiento de petróleo al norte de Burgos. Llegó a extraer hasta 4.000 barriles al día. Ahora extrae unos 160 barriles al día. La cuestión es que le debía gustar la zona o algo así, porque siguió prospeccionando. Bueno, Chevron y otros, porque en la zona ubicada entre Vizcaya, Cantabria y Burgos han conseguido permisos casi todos: BNK Petroleum a través de Trofagás (empresa inicialmente de REPSOL) en la comarca de Merindades en Burgos, Realm Energy, Halliburton y por supuesto, Chevron. Incluso Gas Natural Fenosa podría estar estudiando en esa zona vía su filial Petroleum Oil&Gas (vaya garrulada de nombre). Pero, además de en el norte de España, existen prospecciones en otras muchas zonas del país, especialmente en el litoral. Efectivamente, Medoil, filial de la escocesa Cairn Energy, estaría explorando en la Albufera valenciana; los americanos de Shuepbach Energy investigan en Cádiz; REPSOL y CNWL filial de la canadiense Sherrit prospeccionan en la costa de Málaga; los ya comentados de Petroleum Oil&Gas estarían también en Aragón y Catalunya. El colectivo ecologista cántabro «Fractura Hidráulica NO» tiene un interesante blog, en el que va siguiendo la solicitud de prospecciones en cada zona; información muy actualizada y, a la vez, muy combativa.

Mucho ruido, pero ¿y nueces? Pedro Linares en su blog se planteaba hasta qué punto el Gobierno Vasco iba a avanzar en una iniciativa tan arriesgada, al menos en Europa. Lo cierto es que sobre la fractura hidráulica como método de extracción de gas no convencional (el «fracking») existe la sospecha de graves riesgos ambientales y para la salud pública. De hecho, en los Oscar de 2010 uno de los documentales candidatos al premio, «Gasland» se centraba en esa preocupación. El fracking precisa de la inyección de mucha agua (el 98-99% de lo que se inyecta), que puede rondar los 30.000 m3 por cada pozo de perforación. Además, se inyectan una serie de sustancias químicas adicionales que son las que producen la fractura. La polémica está en esos aditivos, en tanto muchos son individualmente tóxicas (aquí el informe de la EPA americana al respecto). Además, el hecho de que en la prospección se recupera del orden del 65% del agua inyectada con sus contaminantes, obliga al reciclado de la misma, lo que también origina sospechas. Eso si los abundantes acuíferos que se asocian al shale gas no se contaminan directamente.

Existe un informe del Parlamento Europeo de este mismo 2011 titulado «Impacts of shale gas and shale oil on the enviroment and on human health» que intenta evaluar el impacto ambiental del shale gas. Como en todo lo que hacemos los europeos, se moja lo justo. Dice en las conclusiones: «when sustainability is key to future operations it can be questioned whether the injection of toxic chemicals in the underground should be allowed, or whether it should be banned as such a practice would restrict or exclude any later use of the contaminated layer (e.g. for geothermal purposes) and as long-term effects are not investigated.«. Luego -además de proponer la redacción de una directiva, faltaría más- condiciona el uso de la técnica al reducido potencial que tendría la producción de gas convencional para Europa -según el informe- pues «the potential shale gas plays are too small to have a substantial impact on the European gas supply situation«. Si esa es la respuesta, no tengo muy clara cuál es la pregunta, pues Europa es dependiente en el 53,8% de su energía y el potencial del shale gas parece alto.

¿Puede darse un boom del shale gas en Europa? Los de Shell lo dudan. Yo también, si bien creo que se trataría de una gran oportunidad, a la que deberían incorporarse todas las restricciones ambientales que hiciesen falta. Como en todo. El hecho es que los americanos llevan más de 50.000 pozos y un historial de 40 años de experiencia desde el inicio del try-and-error, y aquí recién empezamos. Parece que en el País Vasco se lo van a tomar muy en serio. De hecho, la sociedad SHESA (Sociedad de Hidrocarburos de Euskadi, S.A.) participa con un 42% en la sociedad que explotaría los yacimientos en Álava junto con HEYCO y Cambria Europe. En otras palabras, es el mismo Patxi que da los permisos el Patxi que va a extraer el gas. Cuando surgen ya colectivos ecologistas «fractura no», donde el proteccionismo ya ha encontrado un espacio como en Francia, extrañaría una posición tan pionera… ¿Patxi contra el elefante blanco?  No sé porqué tengo la impresión de que las primeras extracciones de shale gas en Europa se van a dar en los países del Este, en España alguna también o incluso más. ¿Y en Alemania, Francia o Austria? Ni una. Al tiempo.

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Bienvenida al bebé 7.000.000.000 de parte del 3.676.665.631 (que soy yo)

Que en Naciones Unidas hay -al menos- un cachondo suelto está claro. La noche del 31 de octubre de 2011 es la fecha en la que se espera al terrícola número 7.000.000.000. O en sus propias palabras del 26 de octubre: «In five days, world population is projected to reach 7 billion» (en realidad del Fondo de Población, el UNFPA).  Si bien el número es pura proyección estadística, (en realidad nadie sabe si llegaremos este año o no a los 7 mil millones) y ni la misma ONU se lo cree, que se haya hecho coincidir una fecha tan significativa con la noche de Halloween tiene su guasa. Halloween es la noche de las brujas, duendes, fantasmas y demonios de los anglosajones, y hacerlo coincidir con un hito demográfico que, además, a muchos les parece terrorífico… Siempre pensamos que el siguiente millardo será el último. Pues nada, bienvenido.

no-se-sabe-muy-bien-quién ha decidido que una niña filipina, Danica May Camacho, tenga el honor de ser la persona 7.000.000.000 del planeta. Bueno en eso también hay lío pues un niño ruso que se llama Piotr, y otra niña india que también quieren ese honor. Hace 12 años, la persona designada como 6.000.000.000 fue el bosnio Adnan Mevic, nacido en Sarajevo el 12 de octubre de 1999 y al que «apadrinó» Kofi Annan con lo que el lío fue algo menor (aquí se han dedicado a ver cómo le ha ido; no muy bien por cierto). No obstante, si usted quiere saber qué número tiene, puede entrar en el aplicativo de la BBC «Siete mil millones… y usted, ¿sabe qué número es?». Es British humour total; a mí me ha tocado el bonito ordinal 3.676.665.631.

Lo cierto es que llevamos un carrerón demográfico. Desde 1800 la humanidad se habría multiplicado por 7. En 1960 llegó el 3.000 millones, y en 1974 el cuatro mil. La cifra que me quedó de mi EGB, allí por los 80, era la del cinco mil millones; en 1999, llegó el seis mil y, así, hasta hoy. Aunque ya se va viendo que cada nuevo millardo llega antes… En otras palabras, en unos cincuenta años hemos doblado la población de la tierra. ¿Hasta dónde? Las proyecciones de la ONU establecen tres escenarios de posible crecimiento que para el 2100 (o sea el planeta en el que vivirán mis nietos) varían entre 15.000 millones (pesimista y tendencial) y 6.000 millones (optimista). De hecho, con la magna efeméride esta, el UNFPA ha publicado el informe «Estado de la población mundial 2011« con el subtítulo «7 mil millones de personas. Su mundo, sus posibilidades«. ¿Comentarios? En algún caso, casi más bien paradojas:

– A excepción de Asia y Africa, el resto de continentes han estabilizado su crecimiento (tasa de 1,1% anual). A pesar de ello, cada año hay 86 millones de habitantes más (igual que la población toda Alemania).

– Las tasas de fecundidad han descendido mucho: desde 6 a 2,5. Pero la mortandad infantil también se ha reducido: de 133 por mil a 46 por mil desde 1950 a 2010.

– Las mayores tasas de natalidad está en el África subsahariana, América Latina, el Caribe y el Sudeste Asiático. Del orden del 4,2 de media frente al 1,7 de los más desarrollados.

– El nivel de reemplazo (hijos necesarios para relevar a los padres) es de 2,1.

– El 43% de la población mundial tiene menos de 25 años. De esos, 1.200 millones tienen entre 10 y 19 años, aunque el ratio se estrecha. ¡Ah! el 13% está en paro y el 50% trabaja.

– Si hoy tenemos a 893 millones de personas de más de 60 años, en el 2050 esa cantidad será de 2.400 millones. La tercera parte del planeta será muy vieja (mi generación).

– Hay unos 214 millones de inmigrantes fuera de su país de origen. En China habrían 260 millones fuera de su provincia natal. EEUU, Rusia y Alemania son los que más migrantes acogen; China, India y Filipinas los que más envían.

– El 26% vive con menos de 1,25 dólares americanos al día.

Por tanto, primera sorpresa: las tasas de fecundidad se han reducido. Cada vez hay una tasa menor de natalidad, aunque son muy desiguales por regiones. Cierto; el gráfico de la OMS indica los previsibles crecimientos de nueva población en los próximos años: Caribe, Centroamérica, zonas de Sudamérica, algunas zonas del Sudeste asiático y Oriente Medio, pero sobretodo África, que en 20 años puede doblar su población. Puro escenario tendencial. Y es evidente que una mayor población genera mayor presión sobre los recursos agrícolas: sobrexplotación de agua dulce (80% del total), desforestación, pérdida de biodiversidad, contaminación de aire, suelos y agua… Eso sin contar los energéticos. ¿Hacia donde dirigirnos para reducir esa presión sobre el planeta?

Igualar rentas:  hay una clara relación entre renta y natalidad como primer factor asociado a la fecundidad. Dándole una vuelta de tuerca al concepto, se trata más bien complejidad en el rol social que no ingresos un elemento clave para una menor natalidad. Estar muy liado implica tener menos ganas de niños, vaya. Cierto; disponer de mayor renta implica ponderar el papel entre madre y consumidora, además de asociarse a un mayor rol social. Igualmente una mayor prole se asocia en muchos casos a menor nivel social, sobretodo en las economías occidentales.

Colonizar la luna u otros planetas: suena bien, pero no tenemos tiempo y tampoco dedicamos mucho dinero a eso.

Educar a la mujer: esta es, sin duda, la clave. Sin embargo, hoy en día aún hay demasiadas mujeres que son rehenes de sus padres o maridos. Desarrollar los derechos de la mujer a escala global es una pieza clave para el control de la natalidad. Aquí un interesante paper de Jenicek al respecto. Y es que mayor educación de la mujer implica matrimonios más tardíos, reducción de la lactancia, mayor participación en la sociedad.

Planificación familiar: o en otras palabras, familias pequeñas y equilibradas (el 2,1). Ello implica la educación, información y acceso a contraceptivos. Y se trata más de evitar embarazos adolescentes o no deseados, o poco espaciados. De hecho, UNICEF calcula que el 20% de los embarazos son no deseados. No se trata de limitar sino de permitir escoger.

Religión: menor religiosidad también se asocia a menor fecundidad: las sociedades seculares tienen menos hijos. Aquí un paper que compara las mayores tasas de natalidad entre norteaméricanos (más religiosos) y los europeos (menos religiosos), aunque hay multiples ejemplos, sobretodo con grupos muy religiosos. Por ejemplo, los ortodoxos piensan en familias con menores hijos que protestantes o católicos. De hecho, la religiosidad entendida como práctica religiosa -asistencia a misa, por ejemplo- implica mayor natalidad que en los seculares.

Programas estatales de control de la población: es conocida la política de hijo único de China de los años 80 (que derivará en unos 30 años en un importante envejecimiento de su población), pero hay ejemplos muy interesantes como el de Irán. Un país islamista que en los 60 adoptó medidas del control de la población, que luego Jomeini desconvocó y que en 1993 con Rafjsanjani volvieron a implantar con un «two is enough«, con un relevante rol de la mujer, medidas de contracepción y campañas informativas. ¿Resultado? Pasaron de 6,5 hijos a algo más de 2. Ahora, el chalado ese de Ahmadineyad quiere volver a los 6 hijos.

Guerras: parece evidente que las guerras mundiales no se consideran en un escenario global. Las relaciones comerciales han tomado la máxima prioridad, y fuera de algunos conflictos regionales o muy locales, no se vislumbra una reducción súbita de la población a razón de cientos de millones de personas como durante el siglo XX. El conflicto del futuro se parecerá más al cyberterrorismo que no a la invasión por tierra, mar y aire.

Otros: hay muchos factores que correlacionan con la fertilidad. Por ejemplo, la densidad de población: sociedades densas tienen menos niños (por ejemplo, Hong Kong o Singapur) y más problemas. Sociedades urbanas tienen menor tasa de natalidad que las rurales. Otro factor es la progresiva mala calidad del semen en los varones.

¿Cuánta gente puede soportar el planeta? No se trata tanto de  pensar en la parábola Malthusiana del crack de los recursos, sino en cómo queremos vivir los que estamos en el planeta. Si pensamos que de los 7 mil millones actuales, mil viven crónicamente en el hambre y la malnutrición es evidente que para estos ya se ha cumplido la profecía de Malthus. Por tanto, se trata de establecer unos límites poblaciones que estén correctamente asociados a los de la racionalidad en el uso y emisión de materias primas, recursos agrícolas, agua, pérdida de biodiversidad, polución, contaminación de mares y océanos, concentración de CO2, nitrógeno, fósforo, aerosoles, ozono,… En otras palabras, no se trata de establecer un número óptimo de personas sino una correcta gestión de impactos sobre el planeta. Bienvenido/a 7.000.000.000, y que cumplas muchos más.

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El buey de Galton o porqué en ocasiones uno y uno pueden sumar tres

1906. Es una lluviosa mañana de otoño. Sir Francis Galton sale de su casa en Plymouth para visitar la Feria de Ganado. Se celebra la «West of England Fat Stock and Poultry Exhibition» y, como cada año, los agricultores locales se reúnen allí. Además de hacer negocio, llevan sus mejores piezas a competir en el concurso anual. Aunque Galton tiene ya 85 años, le puede la curiosidad y, con su mozo, toma el carruaje y se acerca a la Feria. Allí todo es como cada año. Lo más selecto del condado de Devon se ha dado cita. Galton les saluda amablemente mientras pasea entre hileras de animales, y se detiene frente a un enorme buey. Quizá sea de raza Hereford, o igual Aberdeen-Angus: «come on; let’s take a look«. Pero lo que más llama la atención de Galton es su tamaño. De hecho, hay un concurso: adivine cuánto pesa el buey por seis peniques. Hasta 800 personas han apostado (algo muy inglés). Desde hace mucho que Galton está fascinado por la estadística. Así que le pide al tipo que recoge las tarjetas que le deje copiar los valores que se ha ido apostando. Uno tras otro, Galton anota los valores de las tarjetas en un cuaderno; suma tras suma, calcula la media de las apuestas hechas por 800 tipos a ojo. Resultado: 1.197 libras. Peso real: 1.198 libras. «¿¿¿What the fuck???»

Este episodio es conocido como «El buey de Galton» y ha generado mucha literatura. De hecho, ya en 1907 el propio Galton publicó el caso en Nature (tiene su gracia ver el artículo original). Si bien la figura de Galton ultrapasa la anécdota (fue uno de esos brillantes científicos autodidactas y renacentistas que florecieron en el XIX), se usa como ejemplo de los beneficios que implica una buena colaboración. Lo recuerda James Surowiecki en su best-seller «The Wisdom of Crowds«. Surowiecki es el columnista financiero del semanario The New Yorker; me encanta esa revista, escrita desde hace más de 80 años siempre en tipografía Caslon, y donde también escribe el imprescindible Malcolm Gladwell, la gran Hannah Arendt o el mítico Seymour Hersh. El libro traducido aquí como «Cien mejor que uno» (tela marinera) propone una idea interesante. Dice Surowiecki que «los grandes colectivos son más inteligentes que la minoría selecta, por brillante que ésta sea, cuando se trata de resolver problemas, promover la innovación, alcanzar decisiones prudentes, e incluso prever el futuro«.

Al fenómeno por el que la colaboración y competencia de los individuos puede hacer surgir un concepto de inteligencia común muy superior al de la suma de los individuales se le ha llamado inteligencia colectiva. La idea que subyace es sencilla: si bien nadie sabe todo, todos sabemos sobre algo, aunque sólo sea un poco. Como no es un trabajo común ni de un grupo establecido, no se la considera cooperación o colaboración; es más bien un trabajo grupal autorregulado, donde no se visibiliza necesariamente recompensa o se localiza un líder. Es totalmente horizontal. De hecho, el gran problema de la cooperación -como ya se comentó en el post de los zapatos de tacón– es la existencia de incentivos individuales superiores a los del grupo (el famoso dilema del prisionero) que en este caso parece no existir. ¿Existe la inteligencia colectiva? ¿Ejemplos?

Las hormigas: nadie da las órdenes en una colonia de hormigas, pero todas saben en su conjunto qué hacer y cómo hacerlo. Este fenómeno se da en la mayoría de los llamados insectos sociales: algunas especies de abejas y avispas, termitas, algunos pulgones y en todas las hormigas. Curiosamente no se trata de solidaridad generacional, pues un bicho de estos nunca llega a conocer a sus descendientes. En realidad son animales solitarios; especializados, organizados y con roles pero solitarios.

Linux: el ejemplo más exitoso y conocido de software libre (que no quiere decir gratis); el código fuente de Linux puede ser utilizado, modificado y redistribuido libremente por todo aquel que quiera colaborar mejorando el proyecto iniciado en 1992 por Linus Torvald en Finlandia. Google ha realizado una extensión de su Google Chrome abierta que permite la participación colectiva; como Linux…

– Google: no es sólo un buscador (es el principal buscador con el 70% del tráfico). Se trata del buscador de lo que más busca la gente. En realidad, cuando Google realiza una búsqueda lo que hace es contar los vínculos de una página con otras. De forma resumida, cada link es interpretado como un «voto», que se pondera según lo relevante que sea cada página. El éxito de una página y su posición en la búsqueda de Google lo es, por tanto, por sus menciones y sus visitas, es decir lo que quieren todos los visitantes de la red.

– La Wikipedia: ya es el referente de la búsqueda generalista en internet. Tecleas en Google «pescado» y aparece en el primer lugar «Pescado – Wikipedia, la enciclopedia libre»; tecleas «Senegal» y aparece «Senegal – Wikipedia, la enciclopedia libre»; tecleas «pecho» y aparece «Pecho – Wikipedia, la enciclopedia libre». Teclea «pechos» y aparecerá otra cosa. Cualquiera puede completar o modificar una entrada. Yo mismo lo he hecho en más de una vez. A la práctica tiene ya más contenidos que cualquier otra enciclopedia online y es casi tan exacta como la Britannica.

La recomendación de libros en www.amazon.com: que soy un convencido de Amazon está claro, por las constantes referencias de títulos en este blog. Pero es que desconozco una plataforma de compra de libros online más rápida, eficiente y con mejor precio. Uno de sus mayores atractivos (y generador de negocio) es la recomendación de otros libros una vez has seleccionado uno, ya sea por autor, temática, título. Eso si antes la opinión de otros lectores no te ha permitido tomar o cambiar la decisión de compra.

La open innovation: concepto atribuido a Henry Chesbrough, es una estrategia de innovación con la que las empresas deciden abrir sus procesos de I+D al exterior, buscando la participación de profesionales externos a partir de canales especiales. El objetivo final es poner en el mercado nuevos productos y tecnologías. el proyecto inicial puede estar dentro o fuera de la empresa, pero se desarrolla desde la participación colectiva. El programa «Connect + Develop» de Procter & Gamble se basa en estos principios. El cepillo de dientes a pilas Spinbrush es uno de sus resultados.

La inteligencia colectiva es uno más de los fenómenos crowd- que están caracterizando el inicio del siglo XXI facilitado-generado por la Web 2.0. El Crowd-sourcing o externalización de tareas de un colectivo en una plataforma abierta (por ejemplo, la Wikipedia, iStockphoto o incluso Twitter) es la versión del poder del colectivo más conocida. Pero coexisten otros fenómenos colaborativos. Por ejemplo, el Crowd-Funding o mecenazgo colectivo, donde un proyecto utiliza la web para buscar la financiación de muchos pequeños inversores (como KickStarter, la pionera del fenómeno, Kiva para microcréditos, Sellaband par grupos de música, o la irreductible Verkami en España para creadores independientes). La Crowd-Creation (¿y qué es sino la open innovation?) como la que presenta 99designs o crowdSPRING donde a la solicitud de un diseño se pone a cientos de creativos a competir o, quizás el mejor ejemplo de todos, Linux. Incluso el Crowd-Wisdom, el más punkie, pues se trata de determinar tendencias a partir de opiniones, pero sin realizar encuestas; por ejemplo, Hollywood Stock Exchange permite la compra de acciones sobre películas, directores o actores, simulando una bolsa de valores; simExchange hace lo mismo con los videojuegos. Con un juego se pretende predecir tendencias en estos productos, aunque la idea tenga detractores.

Está claro que tiene aplicación en las empresas pero ¿puede servir como estrategia ante los grandes retos de la humanidad: pobreza, superpoblación, cambio climático…? Poder orientar esta inteligencia hacia la búsqueda de estas soluciones sería muy potente, pero se trata de conseguir algo más que simple suma de colaboraciones. La inteligencia colectiva se produce si se generan nuevas formas de organización, muy horizontales y poco jerarquizadas, con elevado sentido de la responsabilidad en sus miembros, automatización y con capacidad de multiplicar las capacidades creativas individuales. Con otras palabras, madurez y respeto que amplifican la creatividad y el conocimiento. Las hormigas no logran ver el escenario global; nosotros tampoco, pero ellas actúan por el bien común. ¿Lo lograremos nosotros?

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Hipócrates y la rebanada de pan tostado con aceite

Se pone el sol en la isla de Kós y, lentamente, el viejo se levanta de la arena. Da unos pasos y, con parsimonia, entra en el agua. Respira hondo, se sumerge en ella hasta que le cubre la cabeza y, al poco, emerge. Está fresco. Renovado. Parece que ha estado allí una eternidad y sólo han sido unos segundos. Se gira y ve que su amigo, tan viejo como él, ha hecho fuego con cuatro tableros y está tostando pan. Poco a poco, sin prisa, sale del agua. No se seca: ya lo hará el aire. Se sienta junto al fuego. Coge la jarrita llena de aceite y rocía las dos rebanadas de pan. Al trasluz los últimos rayos de sol colorean las gotas en ámbar. Con la otra mano, toma un par de aceitunas. Son tan negras, feas y arrugadas como sabrosas. Su amigo, tan viejo como él, le mira mientras mordisquea el pan, que rebosa aceite. «Somos lo que comemos» dice el viejo Hipócrates, y los dos sonríen.

Mucho ha llovido desde que Hipócrates sentara las bases de la medicina moderna en Kós. Unos 2.500 años, más o menos. Fue la primera persona que entendió que la religión, la superstición, la curandería o las leyendas no tenían mucho que ver con la salud. Que la enfermedad no era un castigo infligido por la providencia, sino el resultado de la combinación de factores ambientales, hábitos de vida y… la dieta. Las cosas han cambiado desde que el viejo Hipócrates se bañaba en el Egeo; no tan sólo en cuanto a nuestra concepción de la salud, sino sobretodo en la forma en cómo nos alimentamos.

Cierto. El patrón alimenticio ha cambiado enormemente con el tiempo y, con él, se ha impuesto un modelo de alimentación con varios elementos cada vez más comunes:

  • Una agricultura industrial, intensiva en producción y en el uso de pesticidas y fertilizantes, para asegurar las cosechas a coste reducido;
  • Una industria alimentaria de dimensión y presencia globales, que produce alimentos ya elaborados para el consumo final, con profusión de aditivos químicos, o alimentos funcionales absurdos;
  • Una oferta muy diversa, que ha superado estaciones, climatologías y geografías (por ejemplo, con tomates, melones y naranjas todo el año);
  • Hábitos alimentarios internacionales, a menudo al margen de la tradición cultural y gastronómica locales (i.e. ensaladas, spaguetis, hamburguesas)

Consolidar este modelo alimentario (tanto en oferta y demanda) precisa de una serie de elementos estructurales que, en realidad, son energéticos. La demanda diaria de energía de una persona media es de unas 1.600 kcal, que hoy se cubre con profusión de proteínas animales y una dieta hipercalórica basada en los azúcares, con un elevado peso de los alimentos refinados. Efectivamente, las dietas occidentales han abandonado las proteínas vegetales como base: legumbres, frutos secos y cereales (en especial la soja); a la vez, se ha producido un aumento notable de los azúcares y grasas, obtenidos a base de refinado (o sea no integrales), reduciendo en muchos casos sus vitaminas, minerales y fibras.

Pero el elemento más significativo de esta “nueva alimentación” ha sido el aumento del consumo de carne y lácteos, especialmente significativo en las economías emergentes. Si bien la controversia sobre el consumo de carne esta ahí, lo cierto es que los homínidos empezaron a desarrollar su cerebro con el consumo de carne. Un cerebro cada vez mayor precisaba de más energía para funcionar, y para ello, la carne era un perfecto condensado proteico: el Australopithecus cortaba la carne con cuchillo… La FAO considera que consumir menos de 10 kg al año de carne es causa de desnutrición, pero hoy estamos en una media de más de 42 kg por persona. Hay una clara relación entre renta y consumo de carne, que resulta exponencial. Por tanto, no se trata tanto de nutrición como de estándar de vida, cuya solución pasaría más por replantear un hábito cultural que no económico.

¿Dónde está el problema? Una vez más en disponer de suficientes recursos naturales (terreno, energía y agua) para cubrir la creciente demanda de alimentos. La producción de carne (o sea de proteínas animales) precisa de muchos más recursos que su equivalente en proteínas vegetales. Por ejemplo, la producción americana de alimentos utiliza el 50% de la superficie del país, el 80% del agua y el 17% de la energía. Se trata de un sistema alimentario basado en la carne (vacuno, ovino, pollo y porcino). De entre los países grandes (más de 10 millones de habitantes) los americanos consumen más de 122 kg de carne por persona y año; algo menos como los australianos y neozelandeses (todos esos datos aquí), seguidos de… España (112 kg por persona y año).

Si se piensa como en el “kick the habit” de Naciones Unidas, en emisiones equivalentes, la emisión de CO2 es enorme para producir una proteína animal en lugar de su proteina vegetal equivalente. Si pensamos en superficie cultivable, algunos autores dan ratios de 10 veces más superficie para producir carne de vacuno (200 m2 por kg) que para producir las proteínas equivalentes de cereales o leguminosas (15 m2 por kg). No en vano la agricultura es responsable del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, coexiste con el elevado consumo de carne el cada vez más relevante problema de los productos “off-season”. La producción de vegetales y frutas de fuera de temporada implica unos enormes costes energéticos enormes. Esto se debe tanto al coste energético asociado a la climatización de invernaderos como al transporte de productos desde otras geografías. Hay que repensar el sentido de, por ejemplo, propuestas como “carne argentina en España”, siendo el nuestro un país exportador neto de carne de primera calidad.

Por tanto, una dieta más lógica, con menor peso de consumo de carne, aumentando el porcentaje de legumbres y cereales, consumiendo frutas y verduras de temporadas y, mejor aún, de producción autóctona, no sólo es algo que redunda en la salud. Cierto. Comer o mejor dicho: decidir qué comer es una actividad clave para la reducción de impactos ambientales por el elevado consumo energética de esos modelos dietéticos. Todo ello sin olvidar los enormes consumos de agua asociados. Y es que racionalizar nuestro modelo de dieta –que no necesariamente comer menos- pasa por combinar de forma inteligente la salud, la ecología y la cultura. Hipócrates no sólo le dijo a su amiguete en la playa que somos lo que comemos; añadió: “que el alimento sea tu mejor medicina y tu mejor medicina sea tu alimento”. Y se zampó la rebanada entera de pan.

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Lebensraum

El gráfico da miedo. En poco más de 10 años los precios de los alimentos (en azul) y del petróleo (en rojo) han aumentado, aproximadamente, el 75% y el 150% respectivamente sobre los niveles del año 2000. De los picos mejor no hablar. Este gráfico se puede encontrar en el capítulo 3 del WEO del FMI de este pasado mes de septiembre de 2011. Lo acompaña de varios comentarios, donde destaca el siguiente: «Los precios de las materias primas ejercen un efecto más fuerte en la inflación de las economías donde los alimentos ocupan un porcentaje elevado de las canastas de consumo y la credibilidad de la política monetaria es baja; una serie de economías emergentes y en desarrollo exhiben estas características«.

En otro post (aquí) ya se habló con detalle sobre los múltiples factores asociados al alza de los precios de los alimentos durante 2010: de todo tipo (y donde los biocombustibles no eran precisamente la principal causa). En otro (aquí) se comentaron los efectos que podían esperarse sobre la inflación debido al alza de los cereales. El ejemplo era China, que ya presentaba síntomas de recalentamiento de su economía. Y es que, tal y como dice el FMI, casi todas las economías asiáticas son más sensibles al incremento de los alimentos en la inflación que a otros elementos. Economías todavía, en muchos casos, de subsistencia (en China aún 400 millones de personas viven con 1$ al día; el PIB (PPA) per cápita es de 6.675 $ según el Banco Mundial) donde se dedica mayor «partida presupuestaria» familiar a comer que, pongamos, al ocio.

La palabra a aprender es Lebensraum. La tomo prestada de una inspiradora charla en ESADE del maestro Àngel Castiñeira. En alemán significa «espacio vital«, y está en ese idioma porque la propuso, a finales del XIX, un alemán: Fiedrich Ratzel. Por entonces era básica la relación población-territorio-autoabastecimiento. Un estado sólo tendría asegurada la supervivencia si en su territorio disponía de suficiente «lebensraum» para su suministro. Unos años después, por 1933, un tal Adolf Hitler decía algo así como que «los alemanes tienen el derecho moral de adquirir territorios ajenos gracias a los cuales se espera atender al crecimiento de la población«. Si bien esas palabras ya asociaban peligrosamente alemán con derechos (y, en realidad, con los no-derechos de las «razas inferiores«) también era evidente la desproporción entre el territorio alemán (recortado tras el Tratado de Versalles de 1919) y su población. Entonces los rendimientos agrarios no eran los actuales. Por todo ello, la expansión alemana hacia el este se explicaba por la necesidad de acceder a nuevos recursos naturales: la invasión de Chequia (al Danzig «birlado» en Versalles) y de Polonia (pactada con Stalin; la invasión desató el pánico internacional y fue el inicio de la 2ª Guerra Mundial), era pasos necesarios para el acceso a las fértiles tierras de la estepa de Ucrania y los yacimientos petrolíferos del Cáucaso (cuya invasión pretendió, ignorando el pacto de no agresión con la URSS, mediante la Operación Barbarroja).

Hoy vivimos una nueva búsqueda de Lebensraum. Esta vez son China, Japón, India, Corea del Sur, muchos países del Golfo Pérsico o Egipto los que buscan un nuevo espacio vital para sus economías (la gran mayoría asiáticas). Pero esto no se está realizando mediante una sangrienta invasión militar, sino a través de la compra y alquiler de tierras fértiles cultivables a escala internacional. Estas operaciones comerciales las están llevando a cabo tanto empresas multinacionales de esos países (a menudo a través de la sucursal local) como los Fondos Soberanos. El fenómeno empezó en 2007, tras el filón inmobiliario y antes del crash:  los hedge funds dirigieron entonces su atención tanto al petróleo como a los alimentos. Se trata de activos de demanda inelástica (poco sensibles al precio) por su carácter primario, siendo inversiones que pocas veces fallan. La burbuja de commodities  ya estalló en 2008 (como se ve en el gráfico), pero la tendencia a asegurar el acceso a tierras fértiles fuera del territorio nacional no se ha detenido. En Google se ha montado un mapa con muchas de esas operaciones. Figuran las nacionales (en rojo), de empresas (en azul) y de particulares (en amarillo). Ya son unos 10 millones de hectáreas. Para fijar ideas, en España hay 19 millones de hectáreas cultivables. No está mal… ¿Ejemplos?

– En África todo está en venta, y allí los chinos son especialmente activos (ver este post anterior). No obstante, la compra de tierras en 2008 de los coreanos de Daewoo en Madagascar se hizo famosa: la concesión de 1,3 millones de hectáreas para producir maíz y aceite de palma por 99 años se revirtió a poco más de 200.000 hectáreas por los enormes disturbios (más de 100 muertos) y la presión internacional. Corea del Sur habría comprado/arrendado ya unos 2,3 millones de hectáreas en todo el mundo.

– En el Sudeste asiático son muy activos los chinos, por ejemplo en Filipinas (hasta el 10% de la superficie del archipiélago ya estaría negociada). En Indonesia, el holding saudí Bin Laden Group firmó en 2008 un acuerdo para invertir 4.300 millones de dólares en Indonesia, con la adquisición de 500.000 hectáreas para la producción de arroz.

– En 2007, el grupo japonés Mitsui compró (a través de la brasileña participada en un 25% Multigrain) hasta 100.000 hectáreas de tierras agrícolas en Brasil (del orden del 2% de la superficie cultivable de Japón) para la producción de soja. Los indios también tienen mucho interés en Brasil. Por todo ello, han limitado la venta a extranjeros.

El 10% del territorio argentino cultivable ya estaría vendido. En muchos casos se trata de inversores privados, y a menudo en la Patagonia: los Benetton con 900.000 hectáreas en tierras mapuches; Tompkins (el dueño de North Face), Ted Turner , Richard Gere… En contrapartida, muchos grupos privados argentinos se han lanzado a la compra de tierras en Uruguay (hasta el 35% del total del país según algunas fuentes). Otras operaciones en Argentina han sido las del grupo indio-malayo Walbrook que se hizo con 600.000 hectáreas en Mendoza, o de la empresa estatal china Heilongjiang Beidahuang Nongken Group que se hizo por 20 años con 330.000 hectáreas a cambio de 1.500 millones de dólares para cultivo de maíz, trigo, soja, cebollas y patata en Río Negro; además, construyen un puerto en Rosario para llevarse su soja. Los japoneses de Sojitz con 11.000 hectáreas para soja o el grupo saudita Al Koharef con 30.000 hectáreas en el Chaco ampliables a 200.000 más serían otros interesados. O sea, casi todos.

¿Pero todo esto por qué? en primer lugar por la explosión demográfica. La FAO prevé un aumento del 40% de la demanda de cereales en el mundo junto con una caída del 30% de las cosechas en los países en desarrollo. A eso hay que añadir que Asia, con el 30% de la superficie emergida de la tierra, tiene el 60% de la población mundial. Pero esa es la primera mitad del problema. La segunda es el acceso al agua dulce. Del total de agua en el mundo (mucha) menos del 0,001% es potable y, de esa, el 70% se destina a usos agrícolas. Asia sólo tiene el 25% de esas reservas de agua dulce. Así que todas estas operaciones tiene un cierto sentido geográfico: el centro de África, al estepa rusa o Latinoamérica tienen buen acceso a las reservas de agua dulce. Así que se trata de asegurar el suministro de alimentos básicos para la población del país comprador, con poco espacio cultivable y crecimiento demográfico (o, para los privados, una inversión rentable casi asegurada). En resumen, se trata de la búsqueda de auténtica seguridad alimentaria (¡ah! y negocio).

Sin embargo, el tema tiene un matiz amargo. Los principales países huéspedes de las compras son zonas muy pobres, países de baja renta, en muchos casos con notables índices de pobreza extrema y desnutrición: Sudán, Uganda, Filipinas, Indonesia, Laos, Tanzania, Uganda, Zimbabue, Ruanda, Zambia, Madagascar, Nigeria, Camerún, Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Argentina… ¿Alguien se imagina las cosechas saliendo en barco mientras la población desnutrida las ve partir? En Etiopía ya está pasando (aquí un muy buen documental de TVE) . La FAO ya ha manifestado sobre los land deals en un informe de mayo de 2011 que “El incremento de las compras masivas de terrenos en África y otros continentes aumenta el riesgo de que los pobres se vean desposeídos o se les impida el acceso a la tierra y el agua”. El fenómeno estaría creciendo de forma exponencial, con poca transparencia, monocultivos, técnicas no autóctonas, uso intensivo de fertilizantes, monopolizando el acceso al agua y con poco o nulo respeto hacia las poblaciones locales. La primera búsqueda de Lebensraum de la edad contemporánea acabó mal; esperemos que la segunda no acabe peor.

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