Obama y su curiosa sopa energética, segunda parte

No. No se ha perdido la primera parte. Lo cierto es que no es una segunda parte de ningún post, sino de Obama y su posición sobre la energía en América, o sea Estados Unidos. Tiene ese aire de «dejà vu» de algunas películas o series de televisión de las aburridotas. Como las de Chuck Norris, donde siempre tienes la impresión de ver la misma patada, sólo que desde un ángulo diferente. Igual sería mejor decir que es un «remake«. No sé. En su día (marzo de 2011, iniciando este blog), y en un post titulado con un significativo «donde dije «digo» no digo nada y se me entiende todo» ya comentaba el cambio en la visión del advenedizo Obama con respecto a la política energética de su mandato, respecto de lo que proponía en su programa electoral.

De firme defensor de la lucha contra el cambio climático, con las renovables como casi único planteamiento energético (el New Energy for America), pasó a un pragmatismo energético (digámoslo así). La idea es simple: primar el uso de los recursos energéticos locales americanos, renovables o no, como principal política energética. O sea, que admitimos «usar carbón» si es de Wyoming, por ejemplo. Cuando el tipo decía «clean energy«, en realidad era «our own energy resources«. No es mala idea si se trata con ello de equilibrar el mix energético fósil-renovable. Porque está claro que los principales recursos energéticos locales más comúnmente distribuidos por el mundo, son la solar y la eólica. Una apuesta por la energía local, que dé impulso a las empresas tecnológicas propias puede ser una excelente idea. Y pienso en España.

Pues el chocolatín, como le llama algún amigo mío argentino, (ya saben, los porteños son tipos desacomplejados, que si eres de cabello muy moreno te llaman «negro» y no pasa nada) en el último discurso del estado de la Nación pronunciado el 25 de enero de 2012, le ha dado una vuelta de tuerca la tema. Dice ahora: «This country needs an all-out, all-of-the-above strategy that develops every available source of American energy«. Todo eso porque «oil is not enough«. Y para ello propone (a partir del minuto 27′ de su discurso; sí, me lo tragué enterito…) una estrategia «cleaner, cheaper, and full of new jobs«. O sea casi ná. Obama propone lo siguiente:

  • Explotar el 75% de las reservas de gas y petróleo offshore (aunque recuerda que los Estados Unidos sólo tienen el 2% del petróleo mundial, y dicen que no van a tocar Florida ni la Costa Atlántica, o sea que no está claro como va a hacer eso).
  • Apostar por las reservas de gas pizarra que pueden dar energía a «América nearly 100 years«. Y con la idea de generar hasta 600.000 empleos en 10 años. Es el cada día más famoso shale gas, del que se ha hablado mucho, pero muchomucho en este blog; aunque ya búsquelo por «fracking» que es como se le va a conocer por aquí. Cosas que pasan.
  • Dejar de subsidiar a empresas de energía solar, eólica o de baterías «alemanas» o «chinas» (o sea, que cobren en euro o en yuan, aunque el yuan se parece mucho al dólar…) y apostar por las empresas americanas de tecnologías energéticas. Ovación atronadora. Luego recordó un pelín (creo) al Caso Solyndra, con un «Some technologies don’t pan out; some companies fail«. Y puso el ejemplo de Bryan Ritterby, el tipo de 55 años despedido de la industria de la madera y que ahora trabaja en Energetx fabricando palas de aerogeneradores. Bueno, el tal Bryan estaba invitado al debate por Michelle Obama. Estas cosas sólo pasan allí.
  • Desarrollo en terrenos públicos de hasta 10 GW de «clean energy» (bueno, en realidad dijo «to power 3 milion home«; ya sabe como son los políticos con sus ejemplos «para todos los públicos«). Antes les soltó una castaña a los republicanos con un «So far, you haven’t acted. Well, tonight, I will.«. Otro remake del «A mí Sabino, que los arrollo«.
  • Comprar 1 GW de «clean energy» (bueno, en realidad dijo «para 250.000 hogares americanos«); la compra la realizaría la US Navy (?) aunque no dio más detalles.
  • Desarrollar un programa de ahorro y eficiencia energética, que permita ahorrar a las industrias hasta 100.000 millones de dólares, destinado sobretodo a mejoras en los edificios. Sin detalles. Menos aplausos.
  • De la lucha contra el cambio climático, o del Post-Kyoto, no dijo nada. Pero no nada: nada de nada.

Ver a los republicanos y demócratas de pie aplaudiendo como locos con el «every available source of American energy» tiene su gracia. Y es que estas propuestas energéticas tan 1.0 (siguiendo la nomenclatura de Pankaj Ghemawat en su recomendable «Mundo 3.0«) apuestan claramente por el proteccionismo tanto tecnológico como regional. Y eso para los republicanos es como un trapo rojo ante un toro. Así que nadie se lleve a engaño, porque el shale gas va a ser clave en el futuro inmediato del suministro energético americano. Igual con algo más de transparencia (Obama pidió en el discurso a las compañías del «fracking» que revelen qué tipo de sustancias inyectan para sacar el gas). La idea es que se haga «without putting the health and safety of our citizens at risk«. Los del pozo Marcellus ya se han apuntado a lo del «safe fracking«. Y como eso huele a regulación, el American Petroleum Institute (el principal lobby petrolero en Estados Unidos), ya ha comentado que no se puede expandir el negocio con más regulación. Porque quiere añadir a esas políticas, el aumento en el cobro de impuestos o mejor dicho reducir las exenciones fiscales.

Lo cierto es que estas propuestas de aprovechamiento de los recursos fósiles de Obama no son muy diferentes a las que proponía Bush Jr. en 2007, o incluso McCain en 2008. Es momento de salvar los muebles; así que la apuesta en USA es clara: primero, lo y los de casa. Y en ese entorno, hay que entender qué puede significar el shale gas. Se trata de un mercado mundial que movió 26.600 millones de dólares en 2011. Y si bien existen ya algunas dudas sobre la viabilidad futura o sobre si será tan negocio como se piensa, no es menos cierto que los precios del gas natural han caído en Estados Unidos. Nada menos que un 9% cayeron en 2011, y sobretodo gracias a los pozos de shale gas de Marcellus y Eagle Ford. Y es que el gas natural tiene una ¿merecida? fama de energía limpia, que sólo puede entenderse si uno la compara con las energías sucias. ¿Autóctona? ¿limpia? ¿barata? No duden que el shale gas va a constituir una de las apuestas más fuertes de los americanos con respecto a su suministro energético. Menos que el petróleo de arenas asfálticas, en tanto el 12 de enero se denegó el permiso del famoso oleoducto Keystone XL que debía llevar crudo por refinar de Canadá al Golfo de México. O eso parece.

¿Lecciones? Difícil, pues muchas de esas propuestas son difícilmente extrapolables en Europa (y, por extensión, en España). Por un lado, los yacimientos de shale gas en Europa serían de más difícil acceso que los americanos. Segundo, no hay mucha tradición industrial europea con respecto de la perforación on-shore, así que probablemente se precise del know-how de tecnólogos extranjeros (seguramente americanos). Luego, las (pocas) regulaciones americanas son sustancialmente más laxas que las (muchas) europeas, en especial en los aspectos ambientales. No olvide que Francia (cosas del lobby de la nuclear) ya decretó en julio una moratoria con respecto al fracking (en agosto de 2011 Sudáfrica también la decretó; cosas del lobby del carbón). Además, la red de gasoductos en Europa no está tan desarrollada como en Estados Unidos, y que no existe un mercado integrado de gas. Todo eso sin olvidar que, por lo general, en Europa los derechos sobre el subsuelo no son de los propietarios de las fincas, sino de los Gobiernos. No parece fácil. Aunque el precio del gas en Europa doble al Americano. ¿Dije doblar? A ver qué pasa cuando Francia y Alemania entren en recesión y llegue el duro invierno.

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Una deuda ecológica con el planeta de los cuatro demasiados

Durante doscientos años largos, desde Malthus, nos hemos preguntado si nuestro planeta finito puede satisfacer nuestro crecimiento exponencial. Hasta hoy la respuesta (casi que más bien una demostración empírica) ha sido afirmativa: hemos bordeado el punto de corte malthusiano gracias a las mejoras tecnológicas. La duda es si en el futuro inmediato (con problemas como el cambio climático, alza de precios del petróleo ante la dificultad de acceder a nuevos yacimientos, globalización económica, colapso financiero, inminente nueva recesión…) vamos a modificar el frágil equilibrio entre población y recursos que se ha mantenido hasta hoy. El problema es saber qué se esconde -si se esconde algo- detrás de los cuatro terribles «demasiados»: demasiada gente para demasiados pocos recursos, y demasiada confianza en una tecnología de la que sabemos demasiado poco…

¿Cómo podemos medir ese equilibrio? Si repartimos toda la superficie productiva del planeta -sólo entre los humanos; o sea una sola especie frente a las otras 3,6 millones- tocamos a algo más de hectárea y media por persona. Aquí se cuentan cultivos, pastos, bosques y zonas de mares y océanos bioproductivos, por ejemplo para pesca. Ese número se llama biocapacidad, y se trata del área del planeta biológicamente productiva por persona. Esa ratio está claro que se corresponde con la oferta de recursos terrestres para nuestra supervivencia. Si ahora pasamos al lado de la demanda, se tratará de considerar la cantidad de ecosistemas necesarios para suministrar los recursos que consumen los humanos. A esta demanda se le llama huella ecológica.  Es evidente (es simple casación de oferta y demanda) que la huella ecológica no debe superar a la biocapacidad o habrá lo que en management se denomina una rotura de stock, o sea un desastre…

¿De qué depende? Como la tierra es finita, del área a repartir (eso está claro); pero también entre cuántos repartir y, sobretodo, a cuánto por persona. Y ese cuánto es, en realidad, a lo que equivale de forma práctica nuestro estándar de vida. Ese es nuestro modelo de consumo (calefacción, automóvil, dieta,…), y es el que determina nuestra huella ecológica, pues se basa en lo que tomamos del planeta. Todo este enfoque tan sencillo (y potente) para la evaluación de impactos humanos sobre los ecosistemas se les ocurrió a William Ress y a Mathis Wackernagel en 1992, en la redacción de la tesis doctoral del segundo dirigida por el primero. En 1996 publicaron el best-seller «Our ecological footprint: reducing human impact on the earth«. Con el tiempo Rees se ha ido cabreando: su (tremenda) conferencia de noviembre de 2000 titulada «¿Hay vida inteligente en la Tierra?» da idea del mosqueo que lleva…

¿Y cómo estamos de equilibrio entre huella y biocapacidad? Pues no demasiado bien. La ONG americana Global Footprint Network ha realizado una serie de cálculos sobre el equilibrio ecológico  muy interesantes. Se trata de una serie de indicadores publicados en 2010 a partir de datos de 2007, que incluyen la evolución de los indicadores globales (Como planeta) desde los años 60, así como huella y biocapacidad en 2007 por países. ¿La evolución? cada vez le exigimos más a nuestro planeta… En 1980 ya empezamos a exigir más al planeta de lo que podía dar (dividir huella ecológica entre biocapacidad con resultado mayor a 1 equivale a sobreexplotar el planeta). En 2007 el ratio era de 1,51, es decir, para cubrir las necesidades físicas (alimentos, energía, bienes, etc.) de los humanos necesitábamos… ¡un planeta y medio!

Por países el tema toma un matiz diferente, pues es inevitable entrar en dilemas morales. Efectivamente, si en lugar de dividir restamos de la huella ecológica la biocapacidad vamos a obtener el déficit ecológico. La gracia de esta diferencia es determinar la sobreexplotación que realiza un país más allá de los límites y recursos de su territorio nacional. En otras palabras, cuánto debe importar (u ocupar) un país con relación a su territorio debido a unas necesidades que por si solo no puede satisfacer. Líderes destacados de la deuda ecológica por países son los grandes productores de petróleo: Arabia Saudita, Qatar, Kuwait o los Emiratos: necesitan como mínimo más de seis veces su superficie (los Emiratos casi diez). Países con desequilibrios (en teoría) lógicos son los industrializados OCDE con poco territorio, como Bélgica o Dinamarca, Israel, Singapur… Y luego los grandes industrializados: Japón, Estados Unidos… España ocupa un preocupante 14º lugar, con casi cuatro veces su territorio (3,81). De ahí que se diga (cada año) que por allí abril (0,25 veces el año, o sea el inverso de 4) España supera su  capacidad de utilización de recursos autóctonos entrando en deuda ecológica. Para el chafardeo,  aquí se puede encontrar la tabla del Global Footprint Network por países.

Esta claro que si algunos países están en déficit, otros están en superávit. De ahí que el término «deuda ecológica» haya tenido a menudo una connotación más beligerante, recordando los desequilibrios norte-sur («we are creditors, not debtors!» dicen en el Foro de Porto Alegre). Esta idea ya se utilizó tanto para reivindicar el préstamo ecológico de los países del sur y más pobres a los del norte, como para recordar que no se pensaba pagar la deuda con el FMI. Al margen de lo lícito de la reivindicación (y que las cosas algo han cambiado en 10 años), el concepto de deuda ecológica puede asociarse a la biocapacidad prestada. Es decir, en los próximos años se debe restituir ese préstamo terráqueo, buscando reducir los impactos antes del colapso (en Naciones Unidas lo llaman overshoot), y compensar el deficit ecológico acumulado. ¿Nos estamos quedando con los recursos de las futuras generaciones? Eso parece ¿no?

Si segmentamos por economías (es decir por valores de PIB) podemos distinguir tres grupos de deudores ecológicos con diferentes pesos en la generación de deuda:

– Economías desarrolladas: 6,1 veces su superficie de huella ecológica y deuda de 3 veces su superficie nacional

– Economías emergentes (o Middle Income Countries, MICs): 2 veces su superficie de huella ecológica, biocapacida de  y deuda de 0,2 veces su superficie nacional

– Economías en vías de desarrollo (los famosos Low Income Countries o LICs): balance prácticamente cero (1,2 de huella ecológica y 1,1 de biocapacidad)

La imagen anterior muestra donde va a crecer la población mundial por regiones en los próximos 40 años, hasta el 2050.  Del mapa está claro que buena parte de esta nueva demanda de recursos se va a localizar en LICs y MICs. Tampoco cuesta mucho deducir que la presión sobre el ecosistemas va a aumentar enormemente en esos territorios, por lo que su deuda ecológica fácilmente aumentará; el descenso demográfico en los países OCDE debería reducir la presión pero ¿la huella ecológica es puramente demografía? No. Es algo más. Como ya se comentó en otro post anterior, recursos materiales (energía o cualquiera) son los elementos que precisamos para vivir, para el desarrollo humano; pero dentro entra también el estándar de vida: con lo que vive un tipo en Estados Unidos (12,5 hectáreas al año) viven casi 20 tipos en Bangladesh (0,56 hectáreas al año per cápita). Hablamos de confort material, pero eso no es necesariamente lujo. Se trata de esperanza de vida, educación, gasto sanitario, abastecimiento de agua, seguridad… ¿Cuánto costaría que todo el planeta pudiese llevar el estilo de vida europeo? Un mínimo de 5 planetas igualitos al nuestro… Lo cierto es que la presión demográfica al alza y la previsible escasez de recursos parecen establecer un entorno de cambio forzado, donde la primera parada debe ser una reflexión sobre el nivel de vida. Igual esta crisis ayuda a pensar en qué es realmente imprescindible y qué no. En el fondo, eso es la vida: el juego de definir las prioridades. Pero… ¿Y si no llegamos a ninguna conclusión? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Migraciones? ¿Reducción obligada del consumo? ¿Crisis demográfica? ¿Escasez progresiva? ¿Hambrunas? o… ¿Decrecimiento?

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El sucio petróleo sintético de las arenas asfálticas (o porqué Canadá pasa de Kioto)

Un día cualquiera hace 4.500 millones de años. La Tierra es una bola casi incandescente, llena de erupciones volcánicas y colisiones de meteoritos (uno acaba de arrancar lo que será la Luna). Allí donde la lava es más fría, y el vapor de agua se condensa, se forman pequeños charcos de un líquido repugnante, mezcla de agua, amoníaco, metano y otras porquerías en suspensión. El Sol aporta energía y se producen billones de trillones de reacciones químicas. Se generan las primeras moléculas complejas: formaldehídos, glicinas y alcoholes. Y pasan así mil millones de años. A alguna molécula despistada se le ha ocurrido rodearse de una membrana. No se imagina la que va a liar, porque es la primera célula. Estamos hace 3.000 millones de años y se acaba de formar la vida en la Tierra. Se parece más a una bacteria que a otra cosa, pero como que da igual. El bicho se especializa y aprende a realizar la fotosíntesis: genera glucosa a partir de la luz del Sol y, con ello poco a poco, se crea la atmósfera. Mil millones de años más y la célula se ha transformado en eucariota: tiene material genético. El reloj del planeta marca -1.700 millones de años.

Otros mil millones de años después surgen los primeros organismos pluricelulares. Flotan por los mares y son, básicamente, agua. La única forma que tienen de resguardarse del sol es con gruesas membranas de hidrocarburos. Se parecen al plancton. Al morir, caen al fondo marino y se juntan con otros sedimentos. Pasan los años y esa capa residual de materiales orgánicos queda sepultada a varios kilómetros de profundidad. Otras capas que se acumulan por encima drenan con su peso el agua. No hay ni gota de oxígeno. Pasan los años y esos estratos sepultados a dos o tres kilómetros de profundidad se endurecen. Cada vez la presión de las capas superiores es mayor y el calorcito del centro de la Tierra hace madurar a los hdrocarburos. Cada vez son más ligeros y menos viscosos. Las capas impermeables de residuos se impregnan del hidrocarburo como una esponja. Más o menos a la quinta parte de la materia orgánica de la Tierra le ha pasado eso. Maldición. Se acaba de generar petróleo. El reloj marca -100 millones de años, más o menos. Hasta que no marque -5 millones de años, no llegará el primer Australopithecus.

Si todo el petróleo del planeta hubiese quedado impregnado en pizarras nadie lo habría encontrado nunca. Es muy denso. Como un alquitrán. Sólo las capas más ligeras fueron ascendiendo, como buscando una salida. Pero se impregna en las arenas, así que hace falta una especie de «tapa» para que deje de moverse por el subsuelo. Esa capa impermeable separará al petróleo más denso (parecido a un betún) del más ligero que se almacenará en una bolsa. Si lo ha encontrado y quiere extraerlo no crea que es como sorber refresco de un vaso con una caña: es más bien chupetear de un vaso de hielo granizado. Pero en realidad, tampoco se sorbe. Cuando se perfora una bolsa, si la presión es suficiente el petróleo puede ascender solito por la perforación; de no ser así, es necesario introducir algún tipo de fluido a alta presión (normalmente agua) para que entrando en el yacimiento lo impulse hacia arriba. Y la separación deriva, en realidad, del contenido en hidrocarburos y de su viscosidad, es decir de ser más o menos líquido.

La mayor parte de ese petróleo ligero y líquido quedó atrapado en la zona del actual Oriente Medio hará uso quince millones de años. Pero otra enorme cantidad de esa mezcla de componentes orgánicos en descomposición, mucho más sólida, se amontonó en otros sitios, como en el Delta del Orinoco, en Madagascar, en Siberia o cerca de las Rocosas. Precisamente en Canadá, en la zona de la actual Alberta, todo el petróleo ligero se dispersó dejando un fango alquitranado y viscoso a poca profundidad. Son las famosas arenas asfálticas del Canadá (las «oil sands» o «tar sands«). Petróleo que no ha acabado de formarse, a diferencia del que impregna las pizarras que no sabe cómo salir («pizarras bituminosas«), y del ligero que ya ha salido («petróleo convencional«). Es una mezcla de arcilla, agua, área y betún que se extrae a cielo abierto, no con pozos. Refinando esa especie de alquitrán se obtiene un petróleo sintético y de menor poder calorífico que el convencional (un 30% menos). Pero cocinar esa sustancia se ha convertido hoy en un posible sustituto del petróleo que rusos, árabes o iraníes producen (en realidad, esos tipos no producen nada, más bien lo extraen).

El problema de las arenas asfálticas es que precisan de mucha energía para obtener el petróleo sintético: hay que reblandecer el alquitrán con agua caliente (con mucha agua: cuatro veces la cantidad de petróleo a obtener) y para ello se consume gas natural. Luego se vuelve a usar gas natural para hidrogenar el betún. O sea que hay un montón de emisiones asociadas (RAND estima que del orden del 30% superiores). Y es que el petróleo sintético canadiense produce el 5% de las emisiones de todo el país (0,1% del Mundo), o sea que se juegan mucho. Si para extraer un barril de petróleo en el Golfo, por ejemplo, se precisa 1/20 de la energía que contiene, para el betún canadiense hay que autoconsumir el 30% de su energía. Existe un interesante índice para calcular esa tasa de retorno energético: el EROEI. Ese indicador relaciona la energía que debemos usar para obtener un formato diferente. En las arenas asfálticas ese valor sería bajísimo. Y luego están los problemas ambientales. De hecho, buena parte de las arenas se llevarían para su refino al Golfo de México, a través de un oleoducto denominado Keystone XL, de cierto impacto ambientalAquí lo que cuenta la CAPP -los petroleros canadienses- y aquí lo que cuenta Greenpeace. No coinciden, la verdad. Como decían en la Moviola: juzguen ustedes.

Piense que extraer un barril en el Golfo cuesta menos de 15 $ o menos de 40 $ en Nigeria. Pues un barril canadiense sintético sale por entre 60 y 80 $. ¿Entonces? Pues con el barril de Brent a 100 $ sin idea de bajar, el petróleo cocinado de Canadá empieza a ser rentable. Y Canadá tiene mucho. No. Muchísimo. Se calcula que 170.000 millones de barriles de petróleo (Arabia Saudí tiene 250.000 millones de barriles). Hoy, se producen unos 2 millones de barriles sintéticos de esos al día (mbd); piense que cada día se consumen unos 90 mbd, más o menos. Pero la cantidad va al alza (la AIE espera que se produzcan hasta 5 mbd en 2020). Y el negocio también. Y seguramente va de eso. Y es que las exportaciones petroleras de Canadá son el 3% de su PIB y su primer cliente es Estados Unidos. Todo son ventajas para ambos: demanda cercana, gas natural cercano (¡el shale gas americano!), menor dependencia de los países del Golfo, costes óptimos… La factura es de unos 70.000 millones de dólares al año. Negocio prometedor. Pero claro, el invento depende de dos factores: el precio coyuntural del petróleo -que debe ser alto- y el internalizar los costes de la factura del CO2 -que han de ser bajos-. Y ahí está el truco.

El ministro de medio ambiente canadiense, Peter Kent, justificó su «no» a cualquier posible compromiso en el post-Kyoto en el excesivo coste que tendría para Canadá: 14.000 millones de dólares. Fueron los liberales, con Jean Chrétien  a la cabeza, que en su día asumieron el Protocolo de Kyoto. Entonces el buen rollo que había con Clinton hacía pensar que Estados Unidos y Canadá serían pesos pesados del compromiso. Al final, los gringos se borraron, pero Canadá asumió un enorme coste. El gobierno conservador de Stephen Harper hoy no lo ve tan claro (bueno, nunca lo vio). Y eso es debido al estrecho margen que existe entre producir petróleo sintético y pagar los costes de CO2 que se asocian. Y no es posible trasladarlo al precio final porque si los americanos no pagan (que no pagan), los canadienses deben asumir ese coste. Para un coste del CO2 de 20 $/tn, resulta que los productores canadienses deben comerse unos 4 $/tn, porque tienen que compensar sus emisiones (tremendo el informe de Michael Levi al respecto; tan bueno como su blog). Y luego está el coste del refino. El margen es muy justito. Así que la cosa la tienen clara: mientras el petróleo esté alto y salga a cuenta el sintético de sus arenas, en Kyoto no van a estar ni gringos ni canadienses. Pobre plancton; tanto sacrificio pa ná.

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De la Cumbre del Clima de Durban a las dudas sobre la gobernanza global

El fin de la Cumbre del Clima de Durban hace un mes largo (inspirando cuatro post consecutivos en diciembre, que se pueden consultar aquí) me hizo pensar mucho. De hecho, el gran Antonio Cerrillo -el periodista más longevo dentro de La Vanguardia– me pidió la opinión sobre el resultado. No sobre si los acuerdos fueron buenos o malos. La pregunta era si entendía que el mecanismo de participación de la COP era adecuado (lo que le conté, y que Antonio recogió entre otras opiniones, lo tituló con un significativo “¿Sirven de algo las cumbres del cambio climático?” el 12 de diciembre de 2011). La principal conclusión sería que las cumbres del clima, como ocurre con tantas otras cosas, son más un síntoma que una enfermedad.

Para empezar ¿Qué significa eso de «COP«? es la abreviatura de «Conferencia de las Partes«. Un nombre horrible para la reunión de los representantes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Clima. En Durban fueron 190 países y unos 20.000 representantes batiéndose el cobre para llegar a un acuerdo. El resultado demuestra la dificultad para asumir compromisos ante uno de los principales problemas globales de la humanidad (los otros, sin duda, son la sobrepoblación y la pobreza extrema). Parece como si la lectura de cualquier problema global se realizara siempre en clave local. Eso por no decir en clave electoral local. Probablemente, la responsabilidad de los gobiernos democráticos para los que sus electores no peligran en caso de pasar del medio ambiente tenga relevancia. Luego los de Greenpeace nos recuerdan que los líderes actúan (por ese chascarrillo, López de Uralde acabó en el trullo). Es curioso. El principal agente en la lucha por el medio ambiente (o sea el ecologismo global off-system), acaba reivindicando el liderazgo de los políticos como baza principal en la búsqueda de soluciones globales. O sea, pidiendo las soluciones in-system.

Es algo paradójico ver como ha variado la posición del ecologismo desde su inicio, en las décadas de los 60 y 70. El movimiento ecologista surge de la mezcla del pánico generado por los desastres ecológicos derivado de la industrialización masiva del siglo XX (el smog de Londres en los 50, el vertido químico en Love Canal, la fuga en Seveso, Three Mile Island…) con el pensamiento neomarxista de los movimientos alternativos de la época (estudiantes, hippies, etc.). Es decir, su origen es ácrata y profundamente antigubernamental; incluso weberiano. De ahí ese rechazo al Estado, visto como un ente dominador y represor. Hoy, por el contrario, el ecologismo reivindica la norma y la prohibición como base de la defensa ambiental. La protección del medio ambiente se ha traducido en regulaciones más que en propuestas. En otras palabras, se dejan en manos de los gobiernos las decisiones sobre el medio ambiente, limitando el rol político del ecologismo a la presión mediática y a un cierto papel de lobby ambiental.

Confieso que me haría ilusión que ese mismo ecologismo ejerciese un liderazgo real, más efectivo, más inteligente. Que hablase menos, reivindicase menos e hiciese más. ¿Por qué no aliarse con las empresas, si al final son las que asumen la práctica de  las políticas ambientales? ¿Por qué no capilarizarse en el tejido profesional? ¿Por qué no movilizar al consumidor? Probablemente la visión neomarxista, que forma el ADN del movimento ecologista, acabe sesgando su objetivo principal: de la defensa del medio ambiente. El neomarxismo -que también constituye el ADN del 15-M y del Occupy, aunque ahí sea una versión más infantil- implica una visión menos rígida que el marxismo original, supera el llamado “socialismo real” (el de los rusos y chinos antes de los 80) y asume el diálogo como principal herramienta. Pero la evidencia de la desigualdad social (o sea, la revisitación de la lucha de clases denunciada por Marx) intersecciona con la defensa ecológica en la definición de prioridades. Además, los partidos políticos de vocación ecologista también acaban jugando a eso, para ampliar la base de su electorado. ¿Se puede ser de derechas y ecologista? Parece que no. ¿Se puede ser liberal y ecologista? Parece que tampoco. ¿Se puede ganar dinero con el medio ambiente? Ni de coña. ¿Hablamos de árboles o de redistribución de la riqueza? Pse… Claro que, en defensa de esta postura, algunos parecen darles la razón.

Cuando Greenpeace -fundado en Canadá en 1971- exige soluciones en las COP a los «líderes políticos», en realidad reivindica, de nuevo, el papel de un Estado regulador. De hecho, los neoliberales de los años 80 (o sea Thatcher y Reagan; el resto, imitadores) ya habían reducido el Estado a su mínima expresión en contraposición con la Europa Continental de amplia base socialdemócrata (de la Europa del Este mejor no hablar), Pero ojo. Ese Estado que parece que vuelve (o que se desea que vuelva) no lo haría precisamente boyante. El Estado moderno intervencionista (en esencia el europeo, que es el único que se cree eso del medio ambiente) está cargado de deudas y necesitado de colaborar, más que nunca. Eso por no decir que está desmoralizado y en clara retirada, asumiendo que el estado del bienestar que haya será el que se pueda pagar. ¿Qué liderazgo ambiental va a poder desarrollar ese Estado en bancarrota?

Pero volvamos a la utilidad de las asambleas (como las COP) como mecanismo de resolución de los problemas globales. En su día, y según los cables de Wikileaks, el presidente del Consejo de la UE, el soso de Van Rompuy, decía tras la Cumbre de Cancún que “fue un desastre: las cumbres multilaterales no funcionarán”. ¿Tenía razón? La Cumbre del Clima se organiza como una gran asamblea, donde todos los países tienen los mismos derechos. La aprobación se realiza por aclamación, por lo que cualquier país -por pequeño o grande que sea- puede condicionar el acuerdo final. En Copenhague, una entente formada por Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua bloqueó un acuerdo que parecía casi seguro; esta vez, en Durban, sólo Bolivia “objetó”. ¿Qué confianza puede quedarle a un mecanismo que si da un espacio de igual a igual a los outsiders, los outsiders bloquean? ¿No es un poco dispararse en un pié?

Pero más allá del mecanismo de participación, la falta de acuerdos ante un riesgo global como el cambio climático es significativa. Indica la ausencia de organizaciones que permitan articular una gobernanza global y marcar «The Global Agenda«. Y más ahora en que estamos viviendo una redefinición del orden internacional. Los que han dominado el mundo durante los siglos XIX y XX van a modificar su papel. La duda principal es si nuestros modelos actuales de liderazgo global, como Naciones Unidas, o la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Tribunal Penal Internacional de la Haya o el mismo G20, por ejemplo, siguen siendo válidos. Están muy monopolizados por las potencias occidentales y no integran la nueva realidad global. Son de pura visión (y presencia) occidental. ¿Qué no? en la cumbre del FMI de Seúl en 2010, China tenía los mismos derechos de voto que… Bélgica. Los europeos acabaron cediendo derechos para que China tuviese una representación más lógica.

Es probable que los cambios necesarios en los organismos existentes (o incluso nuevas instituciones), que consideren la nueva redistribución del poder económico mundial, puedan implicar un nuevo orden en las prioridades. Y ahí los conceptos geopolíticos occidentales pueden perder su preponderancia. ¿Se mantendrá la visión actual sobre la división de poderes o la libertad de expresión, por ejemplo? Lo acontecido en la Cumbre del Clima –o sea, en Naciones Unidas -, y la posición de los BRICS, indica ese papel secundario que tiene el medio ambiente en su visión, muy diferente a la europea. El eje de las decisiones mundiales estaría dejando el Atlántico Norte (Europa-Norteamérica) para irse al Pacífico-Índico (Norteamérica-China-India-Rusia), con una sensibilidad muy diferente. Hasta entonces es probable que los consensos sobre temas internacionales –en el clima o lo que sea- se consigan mediante acuerdos bilaterales y luego, por agregación, se definan nuevas mayorías. Tampoco está mal si es algo transitorio… ¿hacia dónde?

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¿Para qué sirven las «smart city»?

Hará un mes se celebró en Barcelona el congreso de las “Smart Cities”. Más de 6.000 asistentes. Exitazo tal, que el evento se repetirá en noviembre de 2012. Se intuye que el siglo XXI será el de las ciudades, pues la urbanización del planeta avanza a pasos de gigante (se espera el 84% en 2030). Optimizar la gestión de los recursos precisará de  hacerlo también en las ciudades. Para ello se propone el modelo de las “ciudades inteligentes”, capaces de entender en cada momento qué se precisa. La idea es repensar las ciudades desde la sostenibilidad: ajustar la demanda de recursos con la oferta disponible en cada momento, reduciendo residuos, mermas y pérdidas. Las «smart cities» monitorizan en tiempo real la vida en la ciudad (humedad, tránsito, temperaturas, ocupación, polución, etc.), para conocer las demandas instantáneas y así gestionar la producción on line; es decir, mejorar el uso del agua, fluidizar el tráfico, reducir el consumo del alumbrado,…

¿Útil? ¿Positivo? Tengo mis dudas. Por varias razones. Por un lado, me gustaría saber como encajan las personas en las «smart cities» esas; por otro, cómo se internalizará la autoproducción de energía de los privados en la ciudad (algo que se producirá a escala masiva en pocos años, motivada por la grid parity, ya verán). En resumen, cuál va a ser el rol del individuo, con tanta centralización de datos. Tampoco tengo muy claro qué acaban aportando al ciudadano las ciudades esas.  ¿Cuáles son las ventajas de ese milagro?

Internet y las tecnologías digitales se han hibridado con nosotros casi totalmente: las tecnologías se han socializado (mire un iPhone -con un sólo botón-, o piense en un tablet) y la sociedad se ha tecnificado (imagine sólo un día sin banda ancha). ¿Hasta qué punto las redes sociales forman ya parte de nuestra identidad? ¿Nos podemos expresar sin ellas? ¿Es allí donde se nos espera socialmente? ¿Se cubre así nuestra socialización? ¿Qué perdemos de no estar allí? ¿Qué ganamos de estar? Y sí, hablamos de Facebook y de Twitter, pero también del e-mail, los blogs, los SMS (bueno, a esos los mató Whatsapp), Flickr, LinkedIn… El social media  permite una relación entre la sociedad mucho más horizontal. Es innegable. Que un tipo tuiteara su hartazgo de un programa de la telebasura española consiguió que sus anunciantes renunciasen… en una semana. La presión que generó el contagio viral de opiniones negativas fue enorme. Resultado de la comunicación lateral que facilitan las redes sociales: si se consigue masa crítica suficiente, permiten consolidar esquemas colectivos de relación bottom-up, es decir de abajo hacia arriba.

Caray. ¿La famosa y deseada “participación ciudadana» existiría gracias a la red social? Parece que sí; por su horizontalidad, ésta se transforma en una especie de enorme infraestructura P2P (peer-to-peer) global, de intercambio de conocimiento entre nodos de la red social, o sea las personas. La revolución del social media podría permitir un escenario diferente sobre el que construir las políticas y -claro- el urbanismo, donde la ciudadanía podría  tomar un papel activo, contrapuesto totalmente al urbanismo actual y, claro, a las “smart cities”. ¿Hay algo más top-down que un arquitecto trazando viales en un plano? Ya sabe, cuando el arquitecto y el político de turno -o los gestores públicos de forma general- se reunen para decidir si el vial va por aquí, si aquí va una escuela, si los edificios son planta más dos, o lo que les dé la gana; porque participar, lo que se dice participar en el planeamiento la ciudadanía poco. Como mucho, al final y rapidito.

En cualquier caso, esa versión del deus ex machina, en que se convierte la milagrosa «smart city», sigue dejando para el ciudadano un papel marginal, pasivo y reactivo. Es decir, el riesgo de la “smart city” es anteponer (¿de nuevo?) la gestión al individuo. Pasar a una pura gestión burocrática de la ciudad, donde el entorno se modifica en función del óptimo técnico y no humano. Piensen en los montones de infraestructuras que se han construido en España bajo ese paradigma top-down que ahora entendemos del todo inútiles. Ya sabe: Aeropuertos sin aviones, o en mitad de la nadaAutopistas vacías. Polideportivos demasiado grandes. Alta velocidad de muy baja ocupación. Y a la industria -fea y sucia- que le den. Paradoja total. ¿Realmente todas esas infraestructuras eran demandadas por los ciudadanos? Algunas no. Bueno, muchas. Pues eso también es urbanismo… ¿Quiere una «smart city» de verdad? Pues integre personas, calidad de vida y gobernanza. Y luego, si quiere, pensemos qué pasa con las infraestructuras.

Porque, además, las smart cities son imposibles si no se asume hasta qué punto se basan en el uso social de la tecnología. Para ser inteligente hay que saber lo que está pasando en todas partes y en todo momento; recogerlo, procesarlo y actuar. En otras palabras: se trata de monitorizar la vida urbana para optimizar los recursos disponibles. Y en tiempo real. Para ello son precisos sensores de todo tipo, gestionados por la Administración, así como por las contratas y concesiones a las compañías de servicios. O sea, que cuando podríamos horizontalizar la convivencia, igual la vamos a verticalizar. Si tiene dudas, mire el programa del Congreso y vea quién se interesa por estas cosas: empresas de servicios, consultoras, de telecomunicaciones, software y contratas de obra civil. O lo que es lo mismo: tarifas y cable, powerpoints, fibra óptica, contaje y zanja. ¿Y la ciudadanía? Al final. Porque se habrá dado cuenta de que, de nuevo, hablamos de infraestructuras; no de las necesidades de las personas.

Los problemas en las ciudades no son técnicos: son de gestión y gobernanza. De integración de colectivos, de mezcla de usos sociales, de racionalización del transporte, de incorporación de espacios verdes. El problema se basa en los (malos) hábitos adquiridos, como el consumo despilfarrador o la obesidad energética; no son de optimización del consumo existente. Las ciudades deben perder grasa sobrante, no moldearla ni liposuccionarla. La crisis nos va puede ayudar a ello. ¿Me pueden decir donde está la ventaja para el ciudadano de la “smart city”? ¿En reducir el consumo? ¿En nuevos servicios? ¿Cuáles? ¿Menores emisiones? ¿Necesitamos sensores para eso? O igual lo que necesito es un urbanismo más participativo, y dónde las cosas cuesten lo que valen; dónde el urbanista sepa qué me hace falta antes que lo que cree qué me hace falta.

En los últimos siglos hemos vivido varias revoluciones que han ido cambiando al agente que se encontraba en el centro social y político (el que mandaba, vaya). El Siglo XVIII -con la ilustración- desplazó a la iglesia (católica) del centro del mundo (los protestantes ya lo habían hecho con la Reforma en el siglo XVI). En el Siglo XIX -y con la revolución industrial- pasó lo mismo con la aristocracia: su influencia política ya no era suficiente ante la eficiencia y competitividad derivada de la industrialización. El Siglo XX -con la revolución energética, o sea el petróleo barato- desplazó a la burguesía del centro, al ampliar el estrato de la clase media; se pudo generalizar un alto estándar de confort de forma masiva y, con ello, una cierta meritocracia (al menos en occidente). Verán que todas esas «revoluciones» han logrado la horizontalidad a partir de una innovación de tipo “técnico”: conocimiento horizontal (la ilustración), tecnología horizontal (la revolución industrial), energía horizontal (el petróleo). Las innovaciones desplazaban a las élites del momento, que se veían incapaces de seguir controlando el poder. Y eso por pura obsolescencia técnica; o sea, nada personal.

Pues la red social coloca en la centralidad del siglo XXI al individuo. Es posible dirigirse a él de forma personalizada y particularizada. Horizontalidad global y, con ello, un nuevo empowerment derivado del social media. Los clientes ya no son abonados, anónimos, proletarios, o pesados: son ya personas con cara y ojos, nombre, y, además, con perfil socioeconómico singularizado. A mí me gusta. Si quieren algo de mí, deben pensar en mí (o al menos en mi segmento socioeconómico). Las redes sociales pueden hacer madurar al capitalismo poniendo cara a las personas anónimas. Miren si son válidas que en China no son bienvenidas. En otras palabras, ¿podemos pensar que en el siglo XXI el centro de la esfera social no será la persona? ¿Y eso no pasará en el siglo de las ciudades? Lo dicho, mientras no se demuestre lo contrario, las «smart city» no aportarán nada nuevo al ciudadano. Hoy vuelve, si es que se fue, el juego de las prioridades más que nunca. Y la prioridad del Estado moderno, endeudado, austero y en pleno downsizing no puede ser la ciudad inteligente de las infraestructuras, sino la ciudad de los ciudadanos inteligentes.

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