La Elgin-Franklin y los riesgos invisibles del gas natural

Desde la semana pasada hay una fuga en una plataforma de gas del Mar del Norte que explota la francesa TOTAL, que no ha tenido excesivo eco en la prensa. Pero ha sido grave: todos sus trabajadores (238, sin heridos) han sido evacuados y aunque la fuga no se ve, la antorcha sigue quemando. TOTAL reconoce no saber cómo parar la fuga, que parece se ha producido a unos 4.000 metros de profundidad (aunque lo que se llama cabeza de pozo está a sólo 90 metros). La fuga les cuesta a los franceses unos dos millones de euros al día, y su producción representa el 2% del total de la petrolera. Esta plataforma offshore, llamada Elgin-Franklin, se halla a unos 240 kilómetros al norte de Escocia. Explota dos yacimientos submarinos cercanos, a pocos kilómetros uno del otro, que contienen un total de 60 millones de m3 de condensado (un hidrocarburo ligero, parecido a la gasolina) y otros 50 billones de m3 de gas natural (o sea de metano).

En su comunicado de prensa, TOTAL manifiesta que no hay vertidos ni un «impacto significativo en el medio ambiente«. El vertido de la plataforma no puede compararse con la catástrofe de abril de 2010 de la Deepwater Horizon del Golfo de México de BP (aquel vertido donde, recordarán, además de fallecer 11 personas, el que más hizo el golfo fue BP y sobretodo su CEO Tony Hayward). En la Elgin-Franklin la fuga de hidrocarburo líquido (el condensado de metano) parece pequeña, aunque incluye porquerías como sulfuros de plomo y zinc. Pero lo no despreciable es la fuga de unos 5 y pico millones de m3 metano a la atmósfera al día. Como se comentó en este otro post, el metano es un poderoso gas de efecto invernadero, del orden de 23 veces más potente que el CO2 contribuyendo al calentamiento global, pues absorbe mucho más calor que los otros gases perniciosos. Si bien la permanencia del metano en la atmósfera es baja (unos 12 años frente a los 100 del CO2), y los radicales OH los destruyen (cada vez hay más debido al ozono troposférico), durante los últimos años se ha visto un aumento anormal de la concentración de metano en la atmósfera. ¿Por qué? Luego volvemos a ello.

Consumo de gas natural en el mundo

El gas natural siempre fue la hermana pequeña y fea del petróleo, aunque siempre se ha sabido que, como el cisne, acabaría siendo la más guapa. Más peligroso y caro de extraer que el crudo (vertidos aparte, claro), la industria petrolera es consciente de que el gas es la clave de su supervivencia una vez llegue el inexorable declive del petróleo, como nos recuerda el maestro Mariano Marzo. Y es que el gas natural (en realidad, una mezcla de gases ligeros con un 90% o más de metano) suele encontrarse junto al petróleo. Y además de difícil de extraer, es más difícil de transportar del yacimiento al consumo. Precisa de complejas infraestructuras de licuefacción, procesado, compresión, puertos especiales,  buques metaneros, plantas de regasificación, gasoductos, odorizante (el gas natural no huele, por lo que se le añade el pestilente tretrahidrotiofeno) y, luego, estaciones de regulación. O sea, un montón de infraestructuras (además de la perforación, claro) que aumentan el riesgo de problemas y fallos, pero sobretodo de fugas.

Si bien su uso se inició en los años 30 en Estados Unidos, no fue hasta los 60 en que el gas natural se empezó a tomar en serio. Y aún se acabó de tomar más en serio tras la crisis del petróleo del año 73. Era una alternativa muy razonable al cada vez más caro petróleo del Golfo, sobretodo una vez se descubrió en Groningen en 1959 un yacimiento offshore enorme, el décimo del mundo. Poco después vinieron los campos británicos del Mar del Norte y, más tarde, los de los noruegos en los 70. Se tenía gas en Occidente, así que se abría una pequeña puerta a la independencia energética: ni rusos ni árabes recuerde, era la guerra fría. Hoy ya sabe que la cosa ha cambiado y Europa depende mucho del gas ruso. Desde entonces las inversiones en la industria del gas han sido enormes. Hoy la mitad de las nuevas centrales eléctricas en el mundo son de gas natural (que avanza lentamente también hacia su declive). Ya es el 23% de la energía primaria para generación eléctrica y sigue creciendo. Incluso el transporte (con vehículos a gas natural comprimido, o GNC), que ya es más del 2% del total mundial, y es una alternativa que sigue creciendo. En países como Brasil, Colombia, Argentina, Pakistán (con casi 3 millones de automóviles), o Italia cargar metano en la gasolinera es habitual.

Y es que el gas natural (o sea, el metano) es muy puñetero. Al ser menos denso que el aire, tiende a subir, por lo que pocas veces genera atmósfera explosivas. Pero es esa elevada difusión uno de sus principales riesgos, porque canalizaciones, juntas, trasvases… fugan. Y fugan mucho. Algunos autores cifran esas fugas en alrededor el 2-3% del total del gas. En realidad, las emisiones de metano asociadas a la cadena del gas natural serían superiores al 30% del total (o sea en cualquiera de las fases de producción, procesado, almacenamiento o transporte). Y claro, todo ese metano tiene efectos graves en el calentamiento global. De hecho, si nos fijamos en la curva de evolución de concentración del metano en la atmósfera, verán el súbito crecimiento que tuvo en los 80. Cerraban las viejas centrales de carbón (y las minas) que eran sustituidas por centrales de gas natural. Luego, a mitad de los 90, la concentración se estabilizó sin que se sepa muy bien porqué (probablemente por lo dicho, que el metano de deteriora rápidamente), hasta el año 2006, más o menos, cuando volvió a repuntar de forma súbita. ¿Por qué?

Pues seguramente será debido al aumento de nuevas prospecciones de pozos de gas natural en todo el mundo, sobre todo de shale gas (el gas pizarra). Pues sí. La sensación energética del momento, el shale gas. Ese gas natural obtenido por fractura hidráulica (el «fracking«) de esquistos y pizarras subterráneas, y que, además, se encuentra lejos de los yacimientos de Oriente Medio y Asia Central. El que tiene más reservas que el gas natural «convencional». El que ha originado el sueño de una posible independencia energética de europeos y americanos (incluso en España). El mismo que ha ido creciendo desde el 2006 a razón de un 50% cada año. El que tiene relevantes efectos sobre el medio ambiente y que ha sido prohibido en Francia o Sudáfrica (uno lobby nuclear y otro lobby de carbón; tampoco es tan extraño). Ese mismo. Pues, además, el shale gas tiene otro riesgo grave e invisible: la acumulación atmosférica de metano y su enorme contribución al efecto invernadero derivado de la cantidad de nuevos pozos en superfície.

La fuga de la Elgin-Franklin o las perforaciones de shale gas comparten ese mismo riesgo invisible. Y es curioso como el gas natural ha conseguido pasar siempre como la energía fósil más guapa: más limpia, más rápida, más flexible, más invisible. La mejor. Y la belleza ya saben que no es un valor absoluto sino relativo. Y es cierto que las centrales eléctricas de gas son mucho más guapas que las de carbón (literalmente, «el doble de guapas» si uno piensa en las emisiones de CO2 de unas y otras). Pero no es menos cierto que si el metano llega a la atmósfera sin quemar, su efecto invernadero es mucho mayor que el de la peor molécula de CO2 de la central de carbón más marrana que encuentre. Ya saben lo que dicen: «la suerte de la fea, la guapa la desea«. Pues aquí, es al revés.

P.S.: el próximo 25 de abril de 2012, organizamos desde ESADE ALUMNI en Barcelona una sesión con el maestro D. Mariano Marzo sobre el shale gas. Aquí los detalles.

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¿Llegó el fin del superciclo de las materias primas?

Hace un par de semanas, un artículo en el Wall Street Journal titulaba «El superciclo de los commodities apunta hacia abajo«. De ello se hizo eco buena parte de la prensa económica mundial. Curiosamente, a inicio de año, el ministro de hacienda chileno decía lo contrario. Según Larraín, la consolidación de los emergentes implicaría una demanda sostenida de materias primas durante (más) años. Polémica al margen, como dice el WSJ, es cierto que estamos desde 1999 en un superciclo alcista. Superciclo porque lleva más de doce años, y alcista porque las caídas que se han visto del mismo han sido pocas y cortas, Lehman aparte. Si nos fijamos en los principales índices sobre materias primas, vemos que el índice Reuters-CRB se ha multiplicado por más de 3 durante esos años, mientras el S&P GSCI lo ha hecho por casi 5. Al Dow Jones-UBS le ha pasado algo parecido. ¿Cuál es la explicación? cada índice se compone de una cesta de diferentes commodities donde se ponderan desde metales a ganado, pasando por los alimentos, el petróleo, el gas natural y los combustibles. Pues el S&P GSCI (por cierto, lo de GS es por «Goldman Sachs» que, en su día, desarrolló el índice y luego lo traspasó a Standard & Poor’s) pondera un 78,65% y el otro un 17,64% respecto de petróleo, gasolina y gas natural (aunque con diferentes vencimientos y mercados). Así, cuando se habla de superciclo de las commodities, en realidad se habla de superciclo de la energía fósil.

La economía es cíclica debido a la interrelación existente entre la actividad industrial y bursátil; inversión, producción y consumo. Eso se sabe desde el siglo XIX: entonces hablaban de momentos de crisis económica frente a otros de equilibrio económico. Marx se fijó en ello, y dedicó páginas y páginas en «Das Kapital«a las crisis periódicas del capitalismo, que sólo acabarían con la revolución comunista. En los años 40 Mitchell y Burns sistematizaron el tema: a ciclos al alza le seguirían otros a la baja, en una serie recurrente pero no periódica, donde no está claro cuánto durará una fase de expansión, ni cuándo empezará o acabará una de contracción. En el siglo XIX los ciclos fueron más largos; de 40 años. En el XX han sido de menos, de unos 20. Ahora estamos esperando que acabe el de los últimos 12… Mitchell decía que los ciclos duraban entre 1 y 12 años, como el WSJ; otros proponen 15. «Amigo Sancho, cuán largo me lo fiáis«.

Pero ¿qué ha producido este último superciclo? Como cuenta el WSJ, y eso parece que no tiene mucha discusión, la cosa se debe sobretodo a la conjunción de dos elementos:

  • Por un lado, por la economía china que ha ido como una moto en estos años; hoy es la segunda del mundo tras Estados Unidos y desde 1999 ha multiplicado su PIB por 6.
  • Por otro, por la superabundancia de liquidez de estos años. Ya sabe: el BCE europeo y la Fed americana (sobretodo éste) mantuvieron los tipos bajos mucho (demasiado) tiempo durante la época del boom crediticio.

Es decir, los chinos demandaban materias primas de todo tipo como locos, generando una presión al alza en los precios del crudo, metales, alimentos y demás. El problema de la mayoría de commodities (quizá los alimentos salen de esa ecuación) es que suman cero: o las tengo yo o las tiene usted; pero, además, tienen pocos sustitutivos. Por ello su demanda es muy inelástica al precio: aunque sea caro, quiero lo mismo igual. Es más: lo quiero siempre. Entenderá entonces que resulte un chollo invertir en materias primas (siempre que espere que suban, claro). Pues mientras los chinos crecían y crecían, el exceso de liquidez y el sobrecrédito existente para todos fue desplazándose de la Bolsa y el inmobiliario hacia las materias primas alimentando el superciclo. Hoy, como la economía china empieza a dar muestras de agotamiento (menores perspectivas de crecimiento, reducción en las infraestructuras, inflación…), los del WSJ deducen que cuando la economía americana se recupere pues, ¡patapám! Bernanke empezará a subir los tipos de interés y las commodities bajarán de precio. En 2014 pasaría eso, dicen.

Por cierto, ¿no le llama la atención que el artículo del WSJ sólo se centra en la demanda de los chinos? ¿Son tan relevantes? Cuando en 2007 muchos (pero no todos) se dieron cuenta de que la burbuja inmobiliaria pinchaba, dirigieron su mirada hacia las materias primas. Entre 2003 y 2008 (antes del crash de Lehman) se pasó de invertir poco más de 10.000 millones de dólares al año en materias primas a… 300.000 millones. En la primavera de 2008 sólo los hedge funds llegaron a copar más del 35% del total del mercado de futuros. Marco Lombardi del BCE establece que las posiciones financieras largas en los futuros del petróleo han llegado a marcar hasta el 90% de las variaciones del precio. En otras palabras, los speculators (o sea, los hedge funds, los institucionales, trading advisors, traders, commodity pool operators, associate brokers, introducing brokers, floor brokers…) con su entrada masiva en los futuros han desvirtuado la relación oferta-demanda en el crudo, aumentando la volatilidad del precio (mire el gráfico de abajo). Porque los hedgers, es decir los que usan los derivados para reducir su riesgo con el precio de las materias primas, son sólo el 30%. Unos protegen su negocio en el futuro; otros buscan obtener negocio anticipándose al futuro.

La relación de trabajos que centran la correlación entre posiciones financieras largas y precio del petróleo es enorme. Claro que la demanda influye; faltaría más. Pero tenemos muy poca capacidad de modificar la oferta. Es más, entre los diferentes factores que afectan a la oferta (recuerde este otro post) pesan más los coyunturales (geopolítica, clima) que los estructurales (por ejemplo, la capacidad de refino). Si mañana queremos construir una refinería (suponiendo que nos dejen y tengamos dinero) no la tendremos operativa hasta, digamos, cinco o seis años. Demasiado. Ahora entiende porqué durante la década pasada las petroleras preferían comprar refinerías de los demás antes que construirlas (en occidente, claro). Piense que en el año 2000 se venía de 10-15 años de precios bajos del petróleo, por lo que no era fácil invertir. Cuando se podía invertir era más barato, fácil y suculento hacer una OPA que no meterse en el lío de construir nada (permisos, burocracia, medio ambiente, obra, geopolítica). Y hoy estamos como estamos.

Así que ya ve. Es cierto que TODAS las materias primas se mueven por superciclos. Cuando los precios suben, se sobreinvierte y esa sobreoferta acaba por tumbar los precios. Cuando caen, no es rentable invertir, la oferta se estanca y entonces vuelve a subir el precio. Y ahí estamos. Como en el caso del petróleo no se ha invertido mucho en los últimos 15-20 años (ni yacimientos, ni prospecciones, ni formación, ni refinerías, ni ná de ná) no es posible aumentar la oferta de forma significativa. Y esta escasez de oferta dispara los precios, que arrastran a las otras commodities -alimentos o lo que sea- al estar asociados a los índices bursátiles. Por eso, se mueven todas juntas con elevadas correlaciones entre cada una de ellas y el petróleo.

Para romper este nudo ¿qué haría falta? Pues inversiones de Chinos e Indios en el upstream, pero… ¿Habrá sobreoferta de petróleo? Difícil ¿no? China que consume casi 10 millones de barriles al día, de los más o menos 90 de todo el mundo ¿Cuánto bajará? Miremos ahora el otro lado de la ecuación ¿En qué momento los speculators van a ir cortos en sus posiciones de futuros? ¿Seguro que una subida de tipos condicionará la entrada en futuros? Verá en el gráfico anterior que hoy sigue el rolling de los futuros de petróleo y que se contrata cada día. Hay precio alto, pero no sobreinversión. Mire, no veo claro eso de que en 2014 la cosa se caiga, cosa que lamento pues a corto plazo nos iría de perlas para salir de la recesión. Y si cae, no creo que lo haga muy por debajo de los 100 US$ el barril. Oferta inmóvil, demanda asegurada y el dinero pensando, más que en invertir, en que el precio… subirá.

DISCULPA: Por error se envió el post a todos los suscriptores y followers del blog antes de estar finalizado; mil disculpas a todos. Cosas de trabajar on line.

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El tonto de Goldman Sachs

¿Le dice algo el nombre de Greg Smith? Es un antiguo directivo de nivel medio de Goldman Sachs, hoy famoso. Era el encargado en Londres de la gestión de los derivados en Oriente Medio, África y Europa y ha decidido dejar la empresa, no sin antes ponerla a parir. Que uno se largue de la -hoy- desacreditada banca de inversión tras doce (¡¡¡doce!!!) años allí y diciendo cosas como “puedo decir honestamente que el entorno actual es el más tóxico y destructivo que he visto nunca”, tiene su gracia. Si añades “hablábamos de timar a los clientes” o «les llamaban teleñecos«, y lo publicas en el New York Times,  resulta un mega-hit viral. Igual Smith les puede parecer un héroe íntegro, pero a mí me parece, simplemente, un tonto. Es como llevar doce años (¡¡¡doce!!!) de matón de Vito Corleone y un día te largas, diciendo que lo dejas porque tu jefe es un mafioso, comete delitos y se ríe de sus víctimas. Pues quedas como un tonto, porque todo el mundo sabe qué es la banca de inversión, como Goldman Sachs, y a qué se dedica.

Las prácticas de Goldman Sachs están documentadas… desde siempre. La compañía, fundada en 1859, ya la lió en los años 30 montando tres trust (algo a medio camino entre un fondo y un banco) que se dejaban dinero entre ellos. El gran economista John Kenneth Galbraith lo contó en su famoso libro “El crash del 29”, en el capítulo de título “In Goldman, Sachs we trust”. Un clásico de los embrollos financieros en cascada, vaya. ¿Cómo las acciones de su holding de fondos, que se valoraban en 1928 valían 104 dólares, cayeron en 1932 a algo más de un dólar? Goldman montaba un fondo y luego él mismo compraba las acciones una y otra vez, haciendo subir su precio. Pongamos que montan el fondo con 10 pavos y recaudan 90 comprando sus acciones. Con los pongamos 100 que tenían, montaban un nuevo fondo y hacían lo mismo. Pongamos recaudando hasta 900. Y con los 1.000 del segundo fondo buscaban a gilipollas que les aportasen hasta los 10.000 en un tercer fondo. Pues, con cantidades mayores, el primero se llamó “Goldman Sachs Trading Corp.”, el segundo “Shenandoah Corp.” y el tercero “Blue Ridge Corp.». Si ahora el tercer fondo, inflado artificialmente, empieza a perder valor no puedes devolver ni un pavo. Pues así perdieron 485.000 millones de dólares durante el crack del 29. Bueno, los fondistas, claro.

Y si Smith entró en Goldman en 2001, se ve que el muy tonto tampoco se enteró de la que se lió entonces con la burbuja de Internet. En Estados Unidos sacar una empresa a Bolsa no era fácil. Como mínimo tenía que dar beneficios. Goldman se pasó eso por el forro, en 1996 con una empresa llamada «Yahoo!». Luego lo hizo con otras cuarenta puntocom… ¿Qué hacían? Pues estudiaban la compañía, tasaban las acciones, establecían la emisión, la presentaban a inversores y se quedaban un 6-7% de comisión. Luego llamaban a sus clientes y les ofrecían paquetes de acciones al precio de salida con su compromiso de comprar acciones más tarde. Si sabes que las acciones van a subir a la salida porque has convencido a tus clientes de que compren en dos escalones, te forras con la comisión (por eso se llama Laddering). Ya sabe cómo se engordó la burbuja del NASDAQ. En 2005 pagó 40 millones de dólares a la SEC (la CNMV americana) por esos timos. Otra cosa curiosa que hacían era el Spinning. Imagine que sacamos eBay a Bolsa y hacemos a su directora una oferta de compra de acciones muy baratas, a cambio de tasar baja la acción y de que, luego, eBay nos dé la gestión de sus futuras operaciones de banca de internet. Pues eso es lo que hicieron en 2005. A los de eBay, a los de Tyco, a Yahoo!… O sea sobornos y timos a sus clientes. «Yahoo!» pasó de más de 118 dólares a unos 4 en año y medio… ¿Qué hacía el tonto de Greg mientras? ¡Ah! Que se prepare Facebook…

Y si está claro que el tonto de Smith no leyó el libro de Galbraith, tampoco se debió enterar de nada entre el 2006 y el 2008. Goldman emitió fondos de renta fija construidos a partir de hipotecas basura, que otro tipo calificaba como sin riesgo con Triple A y que, en realidad, estaban estructuradas sobre auténtica basura. Eran las famosas CDO (las obligaciones de deuda garantizada), a menudo respaldadas con los famosos CDS (los credit default swaps). Estos eran una especie de seguros emitidos por entidades como AIG que, en realidad, no tenían obligación de contragarantía para pagar si la cosa salía mal (como sí pasa con los seguros de verdad). Goldman sacaba basura tóxica a razón de 50.000 millones de dólares al año. Usted se preguntará como uno puede ganar dinero vendiendo mierda. Es fácil: apostando a que esa mierda perderá su valor. A ver si me entiende, Goldman apostaba (se ponía corto) que los mismos productos que vendía a sus clientes bajarían de precio. Y encima los muy jetas lo decían (es el episodio ya famoso del «Big Short« con sus e-mails). Mientras, el tonto de Greg Smith seguís en babia.

Lo que pasó luego es conocido. Los «ninja« no pagaron las hipotecas y AIG no pudo pagar los CDS. Si AIG no pagaba, Goldman no pagaría a sus clientes. ¿Y sabe a quién se vendíó toda esa basura? Pues, entre otros muchos, a los fondos de pensiones de varios estados americanos, que se esfumarían. Al final, no se iban a dejar tirados a miles de trabajadores y pensionistas ¿no? Visto lo visto, el secretario del Tesoro americano Henry «Hank» Paulson (antiguo CEO de Goldman Sachs curiosamente) aprobó un rescate de 180.000 millones de dólares a AIG de los que 13.000 millones fueron a Goldman. Sí señor. Con un par. De paso, se olvidaron de ayudar a Lehman Brothers (el gran rival de Goldman), a Merrill Lynch (absorbido por Bank of America) y a Bear Sterns, que se había ido al carajo meses antes. O sea, te forras vendiendo basura (basura que tú sabes que es basura); te forras apostando a que la basura baja de precio, y luego te regalan pasta para que tus clientes no se vayan a la mierda. De eso hace poco más de cuatro años. ¿Dónde estaba el tontorrón de Mr. Smith? Igual forrándose con el bonus de los derivados (¡¡¡ si es que el tío de dedicaba a los derivados!!! ¡¡¡mesas de trading y estructuración!!! ¡¡¡lo más tramposo de todo!!!). Piense que en 2009 Goldman pagó 16.200 millones de dólares de bonos y antes, en 2007, 68.000 millones de dólares. En 2008 nada, eso sí.

O sea, que los de Goldman son listos es algo que se sabe desde siempre y que sabe todo el mundo que lea los periódicos. Lo fueron en los años 30, lo fueron con la burbuja de internet, lo fueron con la burbuja inmobiliaria y lo han sido con las commodities (eso merece un post específico). La banca de inversión asesora, influye y toma posiciones en los mercados. Estos tipos llevan 150 años así, y eso lo sabe todo el mundo. Lo que no sabíamos es quién era Greg Smith, y que era tan tonto. Por cierto, el tipo se podía haber ido en diciembre; pero, claro, Goldman Sachs paga el bonus en enero… Ya ven. La cosa me ha recordado algo que leí en el fantástico “La Paradoja del Bronce” de Manuel Conthe. Allí se relata la visita de un tipo en los años 30 a los lujosos muelles de The Battery, en el Lower Manhattan. Mientras pasea, le cuentan de quién es cada uno de los monumentales yates amarrados.  “Mire, este es el del banquero fulanito”, “este del broker menganito…” y así toda la mañana. Sorprendido, el tipo pregunta  ¿Y dónde están los yates de los clientes?. Siempre han sido así de listos los de la banca de inversión. Goldman, Morgan, Merrill, Lehman… Greg, tontico, se te ve el plumero…

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¿Qué nos enseña Fukushima? Reflexiones un año después

Falta poco para las tres de la tarde. En esta época del año la temperatura es baja en la costa del noreste de Japón. Una fina llovizna hace que la sensación de frío sea mayor. El agua está helada. Realmente helada. De pronto la tierra tiembla. Es un temblor como no se ha visto antes. Parece que no vaya a acabarse nunca. Son 6 minutos que parecen 6 horas. Se detiene. Escombros. Gente corriendo. Silencio. Y de pronto se hace de noche. Una ola enorme tapa el escaso sol. Tras ella una marea gris y fría, que surge de la nada, lo cubre todo. Un estruendo horrible. Armagedón. Silencio. Los cadáveres de 15,845 personas son mudos testigos de lo que pasó. A otras 3,380 más no se las ha vuelto a ver. Se acabó la vida como era hasta entonces para 100.000 niños, que no han vuelto a su casa. Si es que tienen casa. Después del tsunami casi 1.000 personas han fallecido, pues sus condiciones de vida no les eran soportables. Terremoto y maremoto juntos. 9 sobre 10 en la escala de Richter. Ocurre 1 vez cada 20 años, dicen.

El resto de la historia es, si cabe, más conocido. La central nuclear de Fukushima-Dai Chi, construida en 1971 por los americanos de GE, quedó seriamente afectada por el sismo. El coste del suministro eléctrico detuvo los sistemas de refrigeración de dos reactores de los seis de la central. Los motores diesel de emergencia fueron destruidos. Como resultado se produjo una fusión parcial del núcleo de tres reactores. Al día siguiente una explosión de hidrógeno destruyó varios edificios de la central y el tanque de contención de un reactor. También se sucedieron múltiples incendios en otro reactor. Múltiples grietas que filtran agua contaminada al mar, más las fugas de partículas radiactivas a la atmósfera ya han catalogado a Fukushima al mismo nivel de desastre que Chernobyl. Un 7 sobre 7… Japón, tras el desastre, decidió parar 52 de sus 54 reactores nucleares. Por seguridad.

Los humanos vivimos bajo dos grandes tipos de riesgos. Por un lado, los naturales. A veces olvidamos lo pequeños que somos. Por otro los riesgos técnicos/tecnológicos. A veces nos creemos que somos muy grandes. Si un teórico nos ha mostrado esa nueva dimensión del riesgo es Ulrich Beck. Sin olvidar a Anthony Giddens, eso sí. A ellos dos hay que atribuir el término «Sociedad del Riesgo» que caracteriza a la postmodernidad occidental desde los 90. Beck publicó en mayo de 1986 «La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad» . La catástrofe de Chernobyl se produjo en abril del mismo año. No fue casual. Para Beck era el ejemplo más claro de la nueva dimensión del riesgo global y voluntario. Nuestra sociedad habría vivido en el fin del siglo XX un cambio de paradigma. Un cambio en los valores fundamentales, que habrían pasado de centrarse en el «tengo miedo» antes que en el «tengo miedo». El fin de la era industrial (al menos en Occidente) nos habría llevado a  valorar lo inmaterial antes que lo material, que se daría por supuesto. Se aprecia más la calidad de vida que el acumular bienes. Así que hemos pasado de repartir riqueza a repartir riesgos. Pero mientras sí tenemos herramientas para gestionar esa riqueza, no disponemos de nada para esa gestión del riesgo global.

El riesgo es siempre una percepción individual, o sea muy postmoderna. Pero nuestro tiempo muestra su complejidad. Da igual el riesgo químico, nuclear o genético. Son todos riesgos técnicos, sí; pero de implicaciones «metatécnicas«. Están deslocalizados en el tiempo, no tienen limitación espacial y son muy a menudo imperceptibles. Y, sobretodo, son indiscriminados pues afectan igual a todos. Fukushima muestra nuestra exposición total a esos riesgos globales y la ausencia de un espacio protector. Aislamiento, distancia, prohibición, ignorancia… es decir, nuestras habituales tácticas de protección ya no sirven. En el caso de la energía nuclear los riesgos son mucho mayores que las oportunidades, sin duda. Ello es debido a la existencia de sustitutivos de similar beneficio y menor riesgo. Eso ya lo sabíamos desde Chernobyl. Pero, además, y quizá sea la gran lección de Fukushima, hemos de tener en cuenta lo improbable en la valoración del riesgo. No hay causalidades, no hay hechos seguros y existe elevada incertidumbre en todo. Paradójicamente, tenemos una elevada ignorancia derivada de la sobreinformación. Ya se planteó en otro post anterior: «demasiada confianza en una tecnología de la que sabemos demasiado poco».

Si alguien estaba preparado por experto, avanzado, ordenado y disciplinado para gestionar una catástrofe de esta magnitud eran los japoneses. Hoy sabemos que ni a Japón le ha sido posible. Entonces ¿Cómo prevenir? ¿Qué riesgo es aceptable? ¿Qué protección es mínima? ¿Qué riesgos implica esa protección? Fukushima, como antes Chernobyl o Harrisburg nos muestra la inconsistencia del análisis del riesgo; a más información, más ignorancia. No se dispone de modelos que permitan valorar esa probabilidad ínfima, y ahora sabemos que la tenemos que incluir. En Chernobyl hubo error humano. En Three Mile Island también. Entonces había un modelo al que acudir (o una excusa, si quiere). Y habíamos imaginado aguantar un tsunami, o aguantar un terremoto. Pero no habíamos previsto tener que aguantar un tsunami y un terremoto a la vez. Esta vez no hubo error humano, pero tampoco hubo posible protección ante lo imprevisto. Confieso que no pensé en nada de esto hasta aquel 11 de marzo de 2011, justo hace un año. Hoy creo que lo entiendo. Hoy estoy convencido de que no nos hace falta más energía nuclear. ¿Por buena? ¿Por mala? ¿Por peligrosa? ¿Por insegura? ¿Por compleja? ¿Por su riesgo?

No. Por cara y por injusta.

Porque lo que nos enseña Fukushima es el auténtico valor de las cosas. Y si no podemos calcular el valor de la probabilidad, sí podemos valorar económicamente el efecto de la catástrofe. Porque de alguna forma la energía nuclear traspasa sus problemas al futuro de forma enormemente amplificada. Piense que, riesgo de catástrofe aparte, serán las futuras generaciones las que van a tener que gestionar los residuos de una electricidad de la que no disfrutaron. ¿Por qué mi tataranieto debe gestionar ese átomo radiactivo que le envío del pasado? Deberíamos poder incluir ese coste a futuro (provisionar se dice) en el coste de producción actual, pero no lo hacemos. ¿Se imagina que los faraones hubiesen tenido centrales nucleares? ¿Sabe quién estaría gestionando (y pagando) esos residuos? Pues piense que el plutonio 239 tiene una vida media de 24.400 años, por ejemplo.

Pero eso no es nada comparado con la provisión económica que precisaría el riesgo ante lo improbable. Ahora sabemos que lo debemos incluir. Como mínimo hay que valorar el escenario de Tsunami+Terremoto. ¿Y qué tal Tsunami+Terremoto+Terrorismo? Se dice que Fukushima podría costar a TEPCO (y a los japoneses) hasta 77.000 millones de dólares. ¿Algún broker de seguros interesado? Además, el argumento de que no asumir riesgos compromete el crecimiento económico no es válido disponiendo de sustitutivos de mucho menor riesgo (y, por tanto, de mucho menor coste) para producir la misma electricidad que produce una central nuclear: carbón, gas natural, energía solar,… lo que sea. Menos riesgo… ¡Adiós nuclear! Joder… Nunca pensé que escribiría esto.

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Cuando el cambio climático no deja pensar en la crisis energética

El cambio climático es, sin duda, uno de los tres grandes problemas a los que se enfrenta la humanidad. Junto con la sobrepoblación (somos más de 7.000 millones de personas, y se esperan 9.000 millones en 2050) y la pobreza extrema (hoy en día unos 1.290 millones de personas viven con menos de 1,25 dolares al día) son nuestros tres grandes retos en este siglo XXI. Si bien la tasa de pobreza extrema bajó del 59% al 20% durante el siglo XX y la tasa de crecimiento de la población se ha frenado (ahora sería del orden del 1,1%), no sabemos muy bien como afrontar la inminente -y parece que casi irreversible- catástrofe climática. El reto global es que la temperatura no aumente +2ºC  en este siglo XXI. Eso equivale a no superar una concentración máxima de 450 ppm de CO2 equivalente en la atmósfera. La cosa está complicada porque la media del año 2011 en el observatorio de Mauna Loa en Hawai fue de 391,19. En 2010 fue de 388,45 ppm…

Ese objetivo de no superar los +2ºC sí tuvo consenso en Cancún (es la decisión 1/CP.16). El problema es que luego no se han asumido compromisos concretos para conseguirlo. Eso es lo que se esperaba en Durban, y no se logró ningún consenso. Como dato, para no llegar a esos peligrosas 450 ppm, las emisiones deberían reducirse en 2050 un 50% respecto a los niveles del año 1990 (entonces se tenían unas 350 ppm). La Unión Europea se ha comprometido a reducir un 85-90% en 2050, pero… los europeos sólo son el 14% del total de emisiones de carbono del mundo. Sólo Estados Unidos es un 18% y China más de un 23%. Por lo tanto, fijémonos en qué hacen los europeos (son los únicos que se han planteado una estrategia clara). Todo ello figura en el Energy Roadmap 2050, que se basa en las estrategias de la propuesta europea denominada de forma genérica «20-20-20«. Es decir, conseguir un 20% menos de emisiones respecto los niveles de 1990, un 20% de reducción del consumo de energía a partir de medidas de eficiencia energética y 20% de energía final obtenida a partir de renovables. Y todo ello en el 2020. De hecho ya se ha estudiado la posibilidad de reducir… un 30% las emisiones.

Estupendo. Pero… ¿Es el cambio climático un impulso para las energías renovables? ¿Serán los compromisos por el clima la base del boom de las renovables? Pues parece que no. La periodista americana Maggie Koerth-Baker en «Before the lights go out» analiza la paradoja de los muchos americanos que aunque niegan la existencia del cambio climático están modificando sus hábitos energéticos totalmente. ¿Guasa? ¿Incoherencia? ¿Ignorancia? ¿Economía? La pregunta es si, en realidad, no hemos sabido afrontar el debate energético y lo hemos sustituido por el irremediable cambio climático. Cerca de un 40% de los norteamericanos no creía en otoño del 2011 en la existencia del cambio climático. Sin embargo y por estudiar un caso concreto, el 81% de estos mismos habría sustituido sus lámparas por otras de bajo consumo. ¿Entonces? Como plantea la señorita Koerth-Baker, la visión climático-céntrica ha ido por delante de pensar en si utilizamos la energía responsablemente. La realidad es que el consumidor busca reducir su consumo energético si así reduce costes; no pone el cambio climático por delante, sino el bolsillo.

En otro post se comentaba hasta que punto determinados mensajes de sostenibilidad pueden saturar al ciudadano. Y es que la comunicación verde admite utilizar enfoques aparentemente contrapuestos para conseguir un mismo resultado. John Grant nos enseñaba en “The Green Marketing Manifesto” como un mismo posicionamiento puede, por ejemplo, utilizar la educación (información) o la evangelización (dogma) con similar resultado. Pues muchos consumidores están hartos de eso. Los a menudo mensajes de culpa o, simplemente, negativos cansan al consumidor. Es la llamada “fatiga verde”. Y es que menudo las estrategias (seguro que bienintencionadas) de publicistas, políticos o ecologistas con respecto a lo verde han sido mediante mensajes de culpa. Y en este sentido, los psicólogos han mostrado el éxito, por el contrario, que los mensajes emocionales tienen en la comunicación sobre el cambio climático. Curiosamente, según muestra el paper de Moser, el mejor efecto lo tendrían los mensajes que planteasen una visión positiva del futuro, el «doing good«, la lógica y la responsabilidad.

Sin embargo, las campañas que se han utilizado para mentalizarnos sobre el problema del cambio climático han apostado por otras estrategias. En este interesante paper de Doyle, se hace un recorrido de las estrategias de comunicación seguidas por Greenpeace desde los años 90. Destaca que ha sido fundamentalmente visual. Interesante. «Una imagen vale más que mil palabras». Pero, además, habrían usado siempre visiones «negativas«. En una primera etapa, hasta 1997, se centraron en una visión de una futura e inminente catástrofe. De 1997 al 2000, las campañas de Greenpeace mostraban los efectos reales del cambio climático: por ejemplo, la pérdida de glaciares. Posteriormente, hubo un cambio de estrategia: en el año 2000 y con George W. Bush al mando se centraron en mostrar la relación entre las petroleras y el poder. Del 2002 en adelante, habrían vuelto a centrarse en significar los efectos ya evidentes del cambio climático. Muy negativo todo ¿no?

Otras visiones (como en este paper de 2009 de Rhomberg) recuerdan, sin embargo, que presentar al cambio climático a partir de conflictos obtiene más repercusión. Y si pone a un político famoso aún más. Y no llame a científicos, que eso no interesa. O sea, que lo relevante no sería tanto el mensaje, el rigor o sus contenidos, sino conseguir su máxima difusión. O sea, en la comunicación del cambio climático buscamos notoriedad. De hecho, Hulme en 2007 ya advertía que las propias comunicaciones del IPCC apostaban antes por los mensajes alarmistas que por los optimistas, y que esto tenía un inmediato reflejo en la prensa: más del 60% de las noticas publicada en la prensa generalista británica sobre el cambio climático eran negativas o alarmistas. Vaya, una versión actualizada del «Un perro que muerde a un hombre no es noticia; lo contrario sí». La pregunta parecería clara: ¿Qué buscan estas estrategias de comunicación? En la comunicación social (como es el cambio climático) parece que la notoriedad es la clave. Esta notoriedad sería el equivalente del «vender más» que centra todas las estrategias de marketing comercial.

¿Pero realmente se trata de notoriedad? Aparentemente no sería así. La lucha efectiva por el cambio climático pasa por cambiar de prácticas y hábitos a nivel micro, y modificar nuestra estrategia productiva a nivel macro. El éxito no se fundamnetará en ser consciente de su existencia y punto. Y mucho menos si te machacan, responsabilizan o culpabilizan. Al final te entran ganas de comprarte un 4×4 e irte a atropellar osos al Polo Norte. El cambio climático no es una marca; Greenpeace sí. Porque el ecologismo sí es una idea, pero no una marca, un simbolismo o un producto (como sí es Greenpeace: una marca global de éxito). Probablemente exista esa confusión de conceptos en toda esta comunicación. La visión climática catastrofista centrada en conseguir notoriedad habría canibalizado el mensaje asociado a las prácticas eficientes. Y ya ve, unos descreídos del calentamiento global, como son los gringos, van y modifican sus prácticas hacia la sostenibilidad cuando descubren el ahorro económico. Será que los billetes de dólar son también verdes… Porque esto va literalmente de emprender nuevas «prácticas«: se trata de otra forma de hacer las cosas; de hacer más con menos, de pensar en el futuro, de no olvidar el presente, de no traspasar hipotecas ambientales impagables a las generaciones futuras. Ya ve. El debate climático se habría zampado con patatas al debate sobre el racionalismo energético.

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