El bistec de canguro que puede salvar al planeta

La COP17 en Durban llega a su fin. Como ya se comentó en otro post, la situación no está clara. De hecho han decidido jugar una prórroga, para no chutar penaltis. Parece que los chinos dicen que «sí», y luego que «no». Los americanos que «no», luego «bueno», y al final «no». Los europeos «claro que sí», pero temiendo quedarse más solos que la una. Todo a medio gas. Leyendo el boletín de la IISD, que cuenta cada día como están las negociaciones, se intuye que de haber acuerdos, serían de última hora: «Como en Copenhagen, no vamos a dormir esta noche«. Imaginen a los casi 20.000 representantes negociando, buscando avanzar, alcanzar un acuerdo en algo… «Durban no puede enviar el mensaje de no hacer nada» dicen. Pero no sé, no sé…

Seguro que las reuniones son largas y densas; las posiciones, firmes. Argumentos a favor y en contra en cientos de páginas y chuletas. Y seguro que el transporte ocupa un lugar principal en las discusiones. Trenes contra camiones. Motos contra coches. Aviones no, por favor. Híbridos contra gasolina. Eléctricos contra híbridos. Bicicletas contra todos. O mejor a pie. Y así con una idea muy clara: reduzcamos el consumo de combustibles en el transporte. Consumamos localmente. ¿Es así? ¿Importa tanto el transporte? ¿Y si lo importante no fuera el transporte sino lo que se transporta?

El cambio climático se asume generado por el calentamiento global; se ha producido un aumento de la temperatura de la atmósfera y de los mares, derivado de la acumulación de ciertos gases que hacen opaca a nuestra atmósfera a la salida de calor: la convierten en una especie de enorme invernadero. Estos gases, cuya emisión en exceso se entiende que es resultado de la actividad industrial humana de los dos últimos siglos, no son todos iguales. Se consideran seis gases diferentes con influencia en ocasionar este efecto: el dióxido de carbono (CO2), el vapor de agua, los óxidos de nitrógeno (NOx), el ozono, los clorofluocarbonados (CFC), y el metano. En un alarde de originalidad se les llama «gases de efecto invernadero«. A igualdad de concentración, el metano es de los peores. Hasta 23 veces más que el CO2. En 2010, el metano contribuyó al 14% de las emisiones totales, pero claro, su efecto invernadero equivalente fue mucho mayor.

¿Pero cómo se emite? Por sectores, según Global Methane, del orden del 90% de las emisiones de metano de 2010 se repartieron entre cuatro segmentos: agricultura y ganadería (53%), sector del carbón (6%), petróleo y gas (20%) y vertederos (11%). ¿Y si nos fijamos en la ganadería? Pues resulta que según la FAO el ganado es el responsable del 18% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Más que el transporte (con un 14%). O sea que todos los coches, camiones, barcos, trenes y aviones que mueven personas o cosas, producen menos gases de efecto invernadero que el conjunto de la agricultura intensiva, la maquinaría agrícola, el uso de fertilizantes, la quema de tierras agrícolas para barbecho, o la deforestación de tierras para pastoreo. Sin olvidar al propio ganado en sí. Y es que el ganado, ya sea vaca, oveja, cabra o buey, rumiantes ellos, son unos tremendos contaminadores; añadan cerdos y caballos, que no son rumiantes. Sus exhalaciones, eruptos, flatulencias y estiércol emiten metano (a todos esos fluidos corporales emitidos en fase gaseosa y maloliente les llamamos, finamente, fermentación entérica). Para hacerse una idea, el 6% de lo que comen es peído o eruptado (energéticamente hablando, está claro). Ya lo dicen los castizos «a barriga gigante, pedo retumbante«.

En otro post ya se habló sobre los problemas globales que se derivaban de un consumo intensivo en carne, debido a los elevados recursos que se precisan: espacio, abono, agua, pasto o pienso,… Sólo el espacio que se precisa para producir idéntica cantidad de proteínas vegetales y animales es 10 veces menor para legumbres, frutos secos y cereales. Hay que pensar que la ganadería ocupa el 70% de los terrenos del planeta que se destinan a la agricultura. Piense entonces que, además de la enorme cantidad de recursos que se utilización en comparación, hasta el 40% de todo el metano que se emite sale –nunca mejor dicho- de la agricultura en sus diferentes fases de producción. La EPA americana achaca un 28% del total al ganado. ¿Cómo actuar? Una línea de investigación abierta es dar otro tipo de alimento al ganado que genere menos gases (enriqueciendo con omega-3 el pasto o el pienso) . Incluso se ha planteado recolectar los pedetes de las vacas en una mochila. O convertir el estiércol en energía eléctrica. Pero probablemente, la mejor idea sea reducir el consumo de carne de vaca y sustituirla parcialmente por carnes blancas, huevos o pescado, o incluso haciendo nuestra dieta progresivamente más vegetariana.

Pero ahí aparece el canguro australiano. ¿Se tiran pedos? Como todos. La gracia es que el mecanismo de digestión de los canguros (donde se retiene menor tiempo el alimento y no hay tanto tiempo para fermentar), y una bacteria especial presente en su estómago reduce enormemente la presencia de metano tras la digestión. Cosas del destino. Pues la idea sería incorporar al canguro en la dieta. Hamburguesas de canguro. Albóndigas de canguro. Bistec de canguro. Fricandó de canguro. Nuggets de canguro. McCanguro. El Gobierno Australiano recomienda el consumo de carne de canguro que, además, parece ser muy saludable. No quiero pensar en las campañas de los ganaderos vacunos y ovinos, americanos, argentinos, japoneses o españoles en su contra. Menuda campaña de marketing haría falta para el cambio. Y, claro, uno podría pensar que, con lo lejos que está Australia de todas partes, el consumo de combustible asociado al transporte de los filetes de canguro igual haría la cuestión inviable. Pues tampoco.

En 2008, dos investigadores de Carnegie Mellon llamados Weber y Matthews estudiando el llamado ciclo de vida de los principales productos consumidos por el americano medio, llegaron a la conclusión de que el transporte no era tan importante. El estudio -de cierta relevancia, y que incluso se mencionaba en el best seller Freakonomics– consideraba las emisiones en todas las fases de la cadena de suministro de los productos alimenticios: producción, transporte, distribución y consumo. El transporte era el 11% y la distribución el 4%. En su estudio (aquí) también se cepillaban el mito del consumo de los «productos de proximidad» (por ejemplo, los famosos «km.0» del movimiento «slow food») . De poder sustituir todos los productos por «locales», sólo se ahorrarían el 5% de los gases de efecto invernadero. Bien, pues eso mismo se lograría simplemente «Shifting less than 1 day per week’s (i.e., 1/7 of total calories) consumption of red meat and/or dairy to other protein sources or a vegetable- based diet«. Menos carne roja tiene el mismo efecto. Es más, cuanto más local, el tamaño de la explotación ganadera suele ser menor y, por tanto, las emisiones específicas suelen ser mayores. Seguro que habrán excepciones, según el mix energético de un país, pero los datos están ahí y el estudio es bastante riguroso.

¿Ideas? Pues que en esto del cambio climático no es oro todo lo que reluce. Carne de canguro saludable y no flatulento, transporte de baja contaminación relativa, terribles pedos de vaca, carne roja de elevadísimo coste oculto ambiental, ineficientes productos de proximidad -climáticamente hablando-… Paradojas una tras otra. Es normal que el acuerdo en Durban sea complejo. Primero, porque hoy, con la que está cayendo, luchar contra el cambio climático no es una prioridad. Lamentablemente, es así. Pero, segundo, porque se trata de un tema muy complejo y dificil. Múltiples causas, combinaciones, sistemas, subsistemas, amplificadores, inhibidores… un fenómeno no lineal y que se realimenta (los famosos «feedback loops«). Todo se mide con modelos aproximados muy sofisticados, donde los resultados se entienden como «probabilidades de«. Pues convenza a alguien de que deje de hacer algo (o peor: que pague) porque hay calculada una elevada probabilidad de que si se siguen haciendo las cosas igual, éstas vayan mal en el futuro. Difícil ¿no? Pues de eso va en Durban. De eso va luchar contra el cambio climático.

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¿Tomamos un cafelito y me cuentas eso de Durban y el cambio climático?

Oye, te invito a un café. Tú que sabes de eso… ¿Qué pasa en Durban?

Desde el lunes pasado que se reúnen en Durban representantes de (casi) todos los países del mundo para discutir sobre cómo resolver el problema del cambio climático. Los compromisos que teníamos hasta ahora (el Protocolo de Kioto) finalizan el 31 de diciembre de 2012 y no se tiene claro qué hacer a partir de entonces. Hay que negociar.

¿Pero lo de Kioto no era para salvar el clima?

En realidad sí, pero eso se hacía a partir de un acuerdo más socioeconómico que ambiental. La idea era que los países industrializados dejasen de emitir progresivamente, mientras que se dejaba a los países en desarrollo seguir un tiempo con su negocio as usual. Pero países que en 1997 no pintaban nada económicamente hablando (en especial Brasil, Rusia, India, China e incluso Sudáfrica, los llamados BRICS) ahora no sólo pintan, sino que son algunos de los principales agentes económicos del Mundo. Como el horno no está para bollos, casi todos ven ahora en lo de Kioto un freno para su crecimiento.

¿Y el clima cambia o no?… ¡Camarero! ¡Dos cortaditos!

Rotundamente sí. Desde 1900 el aumento de temperatura del planeta habría sido de unos +0,74 ºC. Por regiones es desigual. En España habría sido de +1,5ºC. El IPCC (el órgano técnico de Naciones Unidas que asesora en este fregao) dice que a final de siglo el aumento podría ser de hasta 5ºC según el escenario considerado. Eso sería un desastre.

Y qué más da que haga algo más de calorcito ¿no?

No es un poco de calor. No es meteorología solamente. Se trata de modificar el clima. Floración de especies, cambio de cultivos, nuevos insectos en otras latitudes, cambio en la migración de especies, regímenes de lluvia… Cambia el clima, que es la manifestación de  la meteorología en nuestro entorno. Y como cambia globalmente, se desordenan los muchos climas que hay en la Tierra. No es nada recomendable, la verdad.

¿Y de quién es la culpa?… ¿Quieres sacarina?

Er… no. Bueno, más que culpa digamos responsabilidad. Se asume que el clima cambia debido al calentamiento global. Y una de las principales causas del calentamiento, sino la principal, ha sido la quema masiva de combustibles fósiles desde el siglo XVIII. O sea, el hombre está detrás de eso. El CO2 emitido en la combustión –y otros gases, la mayoría impronunciables- vuelven a la atmósfera opaca a la transmisión de calor y las temperaturas suben como en un enorme invernadero. Las naciones industrializadas que, principalmente, han emitido ese CO2 debían liderar ese compromiso y así ha sido.

¿Y hasta ahora que se hacía?

Algunos países (sólo 38) tenían compromisos de reducción de emisiones y otros podían seguir emitiendo. Sólo se dejaba emitir a los industrializados si compensaban sus emisiones. Y eso se podía hacer de dos formas: una, pagando multas si no cumplían. Otra, desarrollando proyectos limpios en los países que sí podían emitir. A este mecanismo se le denominaba de desarrollo limpio y era una gran idea para transferir renta entre países ricos y pobres, mediante proyectos eficientes.

¿Y se pagaban las multas?

España ha pagado unas cuantas.

Coño, siempre igual.

España asumió compromisos muy difíciles de cumplir. Si bien podía seguir emitiendo, su modelo energético tenía aún que evolucionar bastante. Se han hecho muchos esfuerzos con las renovables (hay días que la eólica produce el 50% de la demanda), pero se ha gastado demasiado dinero en la fotovoltaica para lo que produce comparativamente. Ahora quieren recortar, porque las primas que ayudan a desarrollar las renovables no están en la tarifa eléctrica sino fuera, en los costes regulados, y hay una enorme presión de las utilities para rebajar esos costes y eliminar competencia. Y luego está la movilidad. Demasiado consumo de combustible para demasiado transporte por carretera, y demasiado poco ferroviario. Está complicado.

¿Pero no son los americanos los que pasan del tema?

Bueno, no ratificaron el protocolo de Kioto. Ahora los americanos (18% de las emisiones) dicen que no van a reducir más sus emisiones. Los japoneses se hacen los longuis, los rusos y los canadienses dicen que si los americanos pasan, ellos también. Los brasileños tampoco están mucho por la labor. Los chinos dicen que el compromiso aún les corresponde a los industrializados y no a ellos. Lo de los chinos es muy curioso; cuando les dicen que emiten mucho (más del 25% de las emisiones) ellos lo cuentan per cápita y, claro, vuelven a salir bien en la foto.

¿Y Obama? ¿Quieres otro cortadito? Yo de paso me pido un «donus«.

Bueno, lo intenta. Aunque no sé si lo dice con la boca pequeña o es que los republicanos le zurran demasiado. Lo cierto es que su plan para reducir las emisiones está parado. Y así estamos. De hecho, el negociador americano Jonathan Pershing ha dicho que “Estados Unidos no es parte de Kioto y no está en el debate”. Toma, castaña. Eso y que si no firma China, ellos tampoco. Ahora intentan que las negociaciones pasen a 2015 cuando está previsto el siguiente informe del IPCC (el quinto), pero no cuela. Los chinos y los brasileños también dicen lo del 2015.

¿Y los europeos?

Seguirán con el compromiso. Pero son pocos. Como mucho, Europa viene a ser el 15% de las emisiones globales y, en el fondo, la UE llega con los deberes hechos a Durban en tanto tiene compromisos superiores (la famosa directiva 20-20-20). Se ha trabajado bien, aunque los polacos (con carbón, shale gas…) se han ido oponiendo a todo. El año que viene, la aviación también tendrá que compensar sus emisiones. Algunos países son más chulos. Por ejemplo, Dinamarca y Noruega han dicho que reducirán sus emisiones un 40% en 2020. Los australianos, hasta un 25% en la misma fecha. Pero claro, no basta.

¿Y cómo hemos llegado a esta situación?

Por tres razones. Primero porque no son evidentes o, mejor dicho, cotidianas las alteraciones del clima. No hay esa preocupación en la ciudadanía. Sensibilidad sí, pero no preocupación. Segundo, porque se trata de un problema global y no tenemos una organización potente que articule la gobernanza global. Una COP es una asamblea y eso pocas veces resuelve las cosas. Tercero, porque lo teníamos que haber resuelto después de Kioto. No ahora. Hoy es la crisis económica, con la amenaza de recesión en Europa, el principal problema de la agenda global. No otros. ¿Se oyó algo sobre el cambio climático en la campaña electoral española? No ¿verdad? Pues eso.

Y entonces ¿qué pasará?

Pues nadie lo sabe. Los antecedentes no son halagüeños. En Copenhagen y en Cancún la cosa acabó de aquella manera. De hecho, en 2009, en Copenhagen casi se llegó a un acuerdo, y aún da más rabia. Ahora en Durban la cosa no pinta nada bien porque, con la que está cayendo, no es una prioridad para los gobiernos. Nadie pierde las elecciones por no tener compromisos con el clima, pero sí por cerrar hospitales o escuelas.

Venga, mójate…

En la COP 17 de Durban creo que no pasará nada; igual algo cosmético como en Cancún con el Fondo de Desarrollo Verde para países pobres (que por cierto, se han cargado entre americanos y saudíes). En la COP 18 del año que viene, creo que en Qatar, pienso que se logrará un acuerdo de mínimos en el último minuto. Y los europeos tirarán del carro en el post 2012, con la esperanza de que se suban más tarde los canadienses (si baja el petróleo) y los japoneses (si arreglan lo de Fukushima) e igual los americanos, si Obama revalida y tiene mayoría en las dos cámaras. Eso y acuerdos bilaterales con Europa para ir haciendo la bola más grande. Ojalá me equivoque.

Pues estamos apañaos…

El lunes, en la conferencia inaugural de la COP de Durban, Jacob Zuma, el presidente de Sudáfrica, declaró que “el cambio climático era una cuestión de vida o muerte”. Mejor hubiera escogido “susto”.

Coño. No llevo suelto ¿pagas tú?

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Margaret Thatcher, el NIMBY y el precio de la vivienda

Cada vez que paso cerca del polígono petroquímico de Tarragona pienso en lo que costaría construirlo hoy. Siempre llego a la misma conclusión: hoy no se podría. ¿Y prometiendo que se dispondría del hub petroquímico más importante del sur de Europa en producción de plásticos? ¿o que se crearían 10.000 empleos directos? ¿podríamos? Creo que ni así. Ni siquiera con la que está cayendo. Casi imposible. Vaya por delante que cualquier posición es lícita. Desde la de los colectivos locales, que luchan por defender y preservar el territorio, a la legítima aspiración del desarrollo empresarial. Todas las actuaciones impactan en el medio, pero escuchar la opinión del territorio en proyectos de gran afectación (impacto tienen todos), o de difícil encaje social o ambiental, suele mejorarlos. El problema se da cuando la queja no busca modificar proyectos y reducir sus riesgos sino pedir, simplemente, que lo hagan en otro sitio. Y cuanto más lejos, mejor.

En los 80 Margaret Thatcher emprendió una profunda reforma del Reino Unido. Eran años muy convulsos: el IRA asesinando a políticos, la inflación desbocada y una profunda crisis industrial; por ejemplo, los mineros británicos estuvieron todo un año de huelga (¿recuerda la película ”Billy Elliot?). Thatcher optó por muchas medidas impopulares, buscando reducir la inflación. Pura economía de oferta, caracterizada por privatizaciones,  reducción de impuestos y presión a los sindicatos. Fin del engorroso Estado. Y todo ello trufado con una moral muy conservadora. A lo Reagan. En ese entorno, una de las medidas estrella era la modernización de los desastrosos ferrocarriles británicos. Se necesitaban nuevas infraestructuras, de elevado impacto en el territorio. La reacción de la población (seguramente más fastidiada por otras cosas), los grupos ecologistas o la oposición política, fue de rechazo absoluto. Aunque era evidente que los trenes eran necesarios, y esas reformas deseadas, nadie quería asumir el coste territorial. Nicholas Ridley, Barón de Liddesdale pero también Secretario de Estado de Medio Ambiente, al ver la reacción de los afectados, les definió como los “Not in My Back Yard”. Es decir los “en mi patio trasero, no”. Aquí no me lo ponga, My Lord. Con el tiempo, el Barón ha pasado a la historia por la ocurrencia, que se suele a reducir a sus siglas: NIMBY.

Efectivamente. El término NIMBY se utiliza para designar a aquellos colectivos que reaccionan rechazando la instalación de nuevas infraestructuras en un territorio, pero no cuestionan su necesidad. A veces se usa el término castellanizado SPAN (“sí, pero aquí no”). Whatever. Al NIMBY le da igual que se trate de un complejo industrial, una central energética, una planta de tratamiento de residuos, un centro de drogodependientes, una comisaría o un colegio. Un NIMBY percibe la situación como un riesgo. Un peligro. Un cambio irreversible. Una molestia considerable, ya sea para ellos o para su entorno cotidiano. Entonces se organizan como un colectivo para presionar de forma legal: manifestaciones, campañas, cortes de tránsito, pegatinas, almuerzos populares, etc. Hay que crear una opinión y generar un debate.

Pero el elemento distintivo no es una discusión sobre los impactos del proyecto: es su proximidad a él. Aquí no. Hacen falta cárceles, pero no las ponga aquí. Mejore las carreteras y accesos, pero no expropie mi finca. Caray; que poca cobertura tengo, pero no me instale esa antena repetidora. Si quiere encontrar su NIMBY más cercano, entre en este website y localice su “conflicto socioambiental” más próximo. El extremo opuesto al NIMBY sería el BANANA (“Build-anything-at-all-near-anyone”, o sea “haga lo que sea donde sea”) y en sus antípodas, el NIMBY más radical, el NIABY («not-in-any-backyard«, o sea «nada en ninguna parte«); existe también el nuevo YIMBY (“Yes-in-my-backyard” o sea, «hágalo aquí«) que acepta nuevas inversiones en el territorio al coste que sea, como los municipios españoles interesados en albergar un almacén de residuos nucleares.

¿Por qué se produce este fenómeno? Desde un punto de vista económico, lo que busca un NIMBY es mantener el valor de su activo. Entiende que esa nueva actividad impactará negativamente en las condiciones de habitabilidad (polución, ruido, etc.) de su vivienda, terreno o entorno, y supone que con ello perderá valor. Y no hablamos de dinero en sentido estricto, sino de valor. Los economistas dirían que se trata de una estrategia típica de perfiles adversos al riesgo. La paradoja es que nadie puede asegurar el valor de un activo inmobiliario. Además, el sentimiento de disponer de un activo con valor es equivalente para una vivienda o un paraje natural; el impacto siempre reduciría su valor. Peligrosa e irreversiblemente. A partir de ahí, el elemento clave para optar por el NIMBY o no, será su flexibilidad y disponibilidad de alternativas. Si está de alquiler, se irá a otro sitio. Si está de propiedad, luchará por defender su propiedad, pues se trata de un activo personal muy valioso, que puede jugar un papel relevante en su futuro (vivienda, pensión, ocio…). Si se trata de un paisaje, será su vinculación afectiva con él la clave de su actuación. No querrá que pierda valor.

Y es que como El NIMBY suele ser tanto el inversor como el usuario del activo tiene muy difícil diversificar su riesgo: su activo es de tan alto valor -y no digamos si dispone del terreno en propiedad- que le resulta imposible vivir en una casa y tener otra como inversión a largo plazo. Además, tiene cierta perspectiva de inflación (ya saben: «los pisos no bajan nunca de precio«). Desde este punto de vista, el NIMBY y su ansiedad se reducen a la necesidad de no perder el valor, y eso se puede conseguir si algún otro lo pierde… En otras palabras, al desaparecer el proyecto del entorno desaparece la ansiedad. Ese sentimiento de desigualdad se compensa cuando existe otra desigualdad en la que mantienen su valor relativo: otro perderá el valor pero, en su conjunto, yo gano. Pura ganancia individual frente a la colectiva.

Llegados a este punto ¿a qué se parece la actitud NIMBY? A la del conocido dilema del prisionero de la teoría de juegos: se carece de un incentivo colectivo –la necesidad de la infraestructura común- que supere el incentivo individual –no perder valor del propio activo- y se renuncia al sacrificio. Por otro lado, es una respuesta natural a lo que se entiende como una amenaza opaca de un grupo inversor poderoso o una Administración poco transparente. ¿Es falta de solidaridad? el NIMBY tiene una vertiente muy positiva: de no existir, las agresiones al territorio serían indiscriminadas. ¿Pero cómo conseguir que se aprueben los proyectos necesarios? Por un lado transparentando el proyecto, reconociendo sus impactos y explicando su necesidad. Por otro lado demostrando la reversibilidad de la actuación (no tiene porque ser permanente), su carácter no rígido (que el NIMBY puede modificar el proyecto) y compensando la actuación de forma lo menos monetaria posible (eso ofende al NIMBY, que se siente comprado). No puede quedar claro que hay un ganador; porque pactar es siempre eso: nadie lo gana todo y todos pierden un poco.

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Pasado, mierda, tiempo y olvido. Y energía.

«Cómo están los tiempos». «Esto antes no pasaba«. «Si mi padre levantara la cabeza«. «Esta juventud«. «Vamos de mal en peor«. «No sé dónde vamos a llegar«. «Cualquier tiempo pasado fue mejor«. Usted habrá oído esas expresiones que, lejos de una melancolía romántica de la juventud, muestran la desconfianza en el presente y en sus perspectivas. Pues nada de eso es cierto. Nada. La vida cotidiana antes del siglo XX 0, si afinamos. antes de los años 60 era muchísimo más dura de lo que es hoy. Sin duda alguna. Y cuanto más retroceda en el tiempo mayor será la diferencia. Era una auténtica mierda. Le aseguro que si pudiese ver por un agujerito como les iban las cosas a nuestros antepasados, estaría encantados de volver al presente como el último pringado, rodeado de primas de riesgo de 500 puntos sobre el Bono Alemán. ¿Que no?

Pues piense en la Edad Media, llena de ciudades sucias y malolientes pues no había alcantarillas. Lo habitual era que nadie supiese leer ni escribir. Eso se reservaba para los más privilegiados, ya fuese un clérigo, santón o dictador. Por lo general, estos tipos eran unos zoquetes absolutos, ignorantes y fanáticos. ¿Y las mujeres? eran tratadas como un animal más. Todas eran analfabetas de no ser monjas, abadesas o nobles. De hecho sus opciones eran tres: matrimonio, convento o prostitución. No elegían marido, y este les sacaba como mínimo 10 años. Santo Tomás de Aquino las definía como una «deficiencia de la naturaleza«. Y eso lo decía un santo. Lo debía decir porque, debiluchas ellas, muchas morían durante el parto de sus hijos; y morían jovencitas, porque si una era fértil con 14 años, la fertilizaban. La mujer era un ser malo y pecador, obsequiada con el cinturón de castidad, el derecho de pernada, la persecución de la brujería, o no recibir la comunión. Culpa de «Eva, la tentadora». Menuda mierda.

¿Niños? Se tenían muchos porqué se morían casi todos (más del 30% hasta los 4 años) y porqué el fornicio era lo más parecido al ocio de la época. Y casi nadie tenía dientes después de los 50; eso si estaban vivos, porque la esperanza de vida era de unos 45 años si no se era noble. Fuese hombre o mujer, con un 90% de posibilidades, usted viviría en el campo, junto a su ganado: todo olería siempre a estiércol, especialmente usted. Olvídese de la luz. Para calentarse, pieles. ¿Para comer? Legumbres y cereales, y la mitad para el cacique de turno. Cuando se malogran las cosechas, se muere casi todo el mundo. En la Edad Media, vivir era el arte de pasar hambre sin morirse. Los pobres fueron siempre delgados. Estar gordo era lo cool. ¿Camas? no existen: paja o al suelo. ¿Agua? Al pozo o al río. Y mejor al río. ¿Neveras? Salazón o conservas. ¿Médicos? Barberos, oiga. No había ningún tipo de higiene y, claro, lo que sí había era epidemias. Entre 1347 y 1351, la Peste Negra diezmó a unos 40 millones de personas. En Europa, al 60% de la población. ¿Tiene 5 amigos? Borre a tres. O borre a dos y, luego, bórrese usted. ¿Seguimos?

Qué demagogo. Pues vayamos a los siglos XVIII y XIX, que seguro son mejores ¿no? No. ¿Cree que las ciudades estaban mucho más limpias? Ni de coña. Hasta 1900 la esperanza de vida siguió siendo de 50 años. ¿Y lo del amor romántico? Oiga, que nuestro inmortal escritor Antonio Machado casó con su amada Leonor cuando ella tenía 15 años; la pobre murió con 16 de tuberculosis. El tipo tenía 34 años. Era 1912. Mi abuela nació en 1913. No hace tanto. Menudo panorama para las niñas (mi abuela tuvo más suerte). ¿Y para los niños? Son el 25% de la población activa. Los ingleses, con la «Factory Act» de 1844, prohibieron que los niños trabajasen… más de 6,5 horas al día. Eso si tenían más de 6; si tenían entre 12 y 18, que no trabajasen más de 12. Si usted hubiese sido rico (arriba), tendría criados (abajo). De ser de clase trabajadora, con suerte sería ese criado. Si no, trabajaría en una colonia textil durmiendo allí con su familia. También podría bajar a la mina como alternativa. Si fuese niño, mejor. En ambos casos, seguramente compartirá la habitación con más familias. Da igual que lean a Engels o a Dickens: cuentan lo mismo sobre la época. La higiene seguiría como siempre: o sea, no existiría. Además, como es la primera industrialización estará rodeado por intoxicaciones, accidentes, quemaduras, productos tóxicos y sueldos mínimos. Eso sí que eran sweatshops.

Podrá pensar que siempre nos quedará la pulcra civilización grecorromana. Eso sí que era vida ¿no? con sus togas siempre blancas, rebosantes de cultura y educación. La cuna de la civilización. O el antiguo Egipto, tan minimalista. ¿Está de guasa? De entrada, la mayoría de la gente hasta el siglo XVIII eran piojosos y desdentados. Eso siempre fue así, incluidas Grecia, Roma y Egipto. Una plaga bíblica fue de piojos. Despiojarse era una actividad cotidiana familiar y grupal. La caries era un drama absoluto que sólo se curaba arrancando el diente. A pelo, claro; y por alguien más parecido a un herrero que a otra cosa. Y el 20% de la población lo tenía asegurado. Y el aliento de todos era siempre pestilente. Eso aparte de las «pestes»: tifus, tuberculosis, lepra, escarlatina, malaria… Una plaga de esas se zumbaba al 10% o al 15% de la población de un plumazo. Si se sobrevivía, uno debía tener cuidado de que no le culpasen de la plaga: judíos, extranjeros y leprosos se llevaron a menudo esas culpas durante la Historia. Otra opción era la cólera divina. Genial.

¿Y beber agua? ¿Sabe lo que dice? El riesgo de beber agua contaminada ha sido altísimo durante toda la historia de la humanidad. De hecho, casi todas las civilizaciones antiguas confiaron en la cerveza que, además de vitaminas A, B, D y E, estaba aseptizada por el alcohol. De tenerla, hasta los niños bebían. ¿Leche? ¿Se imagina beberla hoy sin pasteurizar? Pues nadie la hervía… ¿Y los miopes? Pues si uno no moría atropellado por un caballo, elefante o una vaca que no había visto, se pasaba viendo borroso toda la vida. Las primeras gafas datan el año 1.000, así que ustedes mismos. ¿Papel higiénico? Ni un doloroso pergamino. Mano derecha o mano izquierda. A partir de Mahoma, sólo mano derecha. Mayas, aztecas, incas, aborígenes, pigmeos, indios del amazonas, de la india o americanos… todos estaban igual o peor que estos. Ya se lo adelanté, una mierda.

Todo eso si a uno no le pelaban por el camino, porque los ricos y poderosos SIEMPRE ganaban. Siempre ha funcionado eso de estar en lo alto de la pirámide social. De haberlos, jueces, árbitros o policías eran de pega. Las guerras duraban años y valía todo. Bueno, todo eso si además no se era un esclavo. De esos que los hijos seguían siendo esclavos, ya sabe. Era posible que uno lo regalesen, vendiesen o comprasen, y al resto le parecía bien o, como mucho, caro o barato. No olvide que han habido esclavos desde más-o-menos-siempre hasta el siglo XIX. Estados Unidos abolió la esclavitud en 1808  (o sea hace unos 200 años); pero Mauritania la abolió en…¡¡¡1980!!! bueno, y la abolió de aquella manera. La única justicia que existía era la impartida por microbios, virus y bacterias. Porque, fuese uno rico o pobre, rey o campesino, era igual de fácil morirse por epidemias, plagas, en el parto, por beber agua contaminada, por cualquier arañazo infectado con un palo o por la mordedura de un bicho que corriese por ahí. Collonut.

Dígame ahora si vivir en el pasado no era una auténtica mierda. ¿Cuándo cambió esa dinámica? ¿Cómo cambió? Un ser humano es un sistema de unos 96 W de potencia, que viene a necesitar entre 1.500 y 2.000 kcal al día para funcionar. Con eso vivían los hombres primitivos cazadores-recolectores. ¿Necesita fuego para cocinar y calentarse? Súmele unas 1.000 kcal más al día. El paso a una sociedad agraria aumentó la cantidad de energía que se consumía, porque era necesario tener animales a los que alimentar para poder arar el campo. Ya estamos en 12.000 kcal diarias. ¿Ha dicho transporte? Doble la cantidad. El agricultor de barbecho, con su molino para el grano, y los artesanos, en sus gremios, consumían más de 25.000 kcal al día. Llega el siglo XVIII y, durante él, la Revolución industrial. Máquina de Vapor. Spinning Jenny. Especialización técnica. Carbón. Ciudades. 75.000 kcal por persona y día entre transporte, agricultura, industria, hogares, comercio y comida. Siglo XX. ¡Electricidad! ¡Radioisótopos! ¡Técnica! Hoy nos hacen falta más de 225.000 kcal por persona y día y ya sabemos leer casi todos. Somos 7.000.000.000 gracias a las vacunas (y repita conmigo PE-NI-CI-LI-NA). Eso sí, suerte del petróleo y su elevadísima densidad energética, porque si no, se acabó la fiesta. La evolución de las sociedades, y su complejidad, ya sabe que está directamente asociada a su consumo de energía. Energía es algo equivalente a desarrollo humano y viceversa.

Ahora igual ve alguna de sus cotidianidades, tan asimiladas como olvidadas, más parecidas a un lujo. Pues no olvide que hoy unos 1.500 millones de personas que todavía viven en algo muy parecido a ese pasado de mierda. Y sin muchas opciones de mejorar. Del resto de privilegiados (nosotros) y de su capacidad (la nuestra) para compartir el presente, depende de darles un futuro. A ellos y a nosotros. Seguramente habrá leído que se está estudiando si los neutrinos pueden ir más rápidos que la luz; de ser así, los viajes en el tiempo podrían ser posibles, pero sólo al pasado. Pues si es así, y lo consiguen, a mí bórrenme de la lista de posibles viajeros. Viaje al futuro; es fácil, gratis y, sin duda, siempre le resultará mejor.

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Zapatillas con nombre o porqué se van las empresas (y no es para contaminar)

Después de pasar las Navidades de 2001 en casa, Jonah volvió a sus clases en el MIT. De vuelta al Media Lab, sus coleguis le comentaron la última moda: el NikeID. El fabricante deportivo Nike permitía (y aún permite) personalizar sus zapatillas con una combinación de colores a elección del comprador. Incluso podías añadir una serie de letras -un ID- en el costado. “Build your own shoe” dice. Así que Jonah entró en el website de Nike y escogió el modelo ZOOM XC USA, unos zapatos de Running. Seleccionó los colores que más le gustaron, tecleó el ID elegido de nueve letras, pagó los 50$ que costaban y pulsó la tecla “Submit”. La orden de compra #o16468000 había sido registrada. En breve, el Sr. Jonah Peretti recibiría en su casa sus flamantes zapatillas personalizadas. Tras pocos días, recibió un mail de Nike. Las primeras palabras le sorprendieron: “Your NIKE iD order was cancelled”. Según el mail, se debía al ID escogido y le daban una serie de razones posibles por las que el pedido no se habría gestionado: (1) el ID elegido estaba protegido por la propiedad intelectual: “Mmm. Pues no”. (2) contenía el nombre de un atleta o un equipo: “Tampoco”. (3) no había ID: “¡Imposible!” exclamó Jonah. O (4) el ID era una palabrota: “¿Palabrota?” pensó Jonah; “What????”.

Jonah Peretti había elegido la palabra “sweatshop” como ID. Ese el término que los anglosajones utilizan para designar a las fábricas donde se explota a la gente. Caray con Jonah… ¿Sentido del humor? ¿Una apuesta? ¿Conciencia social? El sistema de gestión informática del NikeID en 2001 contenía filtros a varias entradas. Las palabras que no admitía eran del estilo de “Child labour”, Sweat shop” o “Exploit”. Y le pillaron. Tras el correo de rechazo, Jonah empezó un intercambio de mails con Nike para convencerles de utilizar su palabra. Tras una serie de e-mails sin desperdicio, desistió de disuadir a Nike y, en su lugar, les pidió una foto de la “niña vietnamita de 10 años que hace mis zapatillas» nada más y nada menos. Genio y figura. Al final se quedó sin sus ZOOM XC USA: tras la última gracia, Nike no le respondió más. Hoy todavía muchos asocian a Nike (y a otras muchas multinacionales) con explotación y trabajo infantil. Jonah también.

Y es que en 2001 aún permanecía el tufillo que, en los 90, envolvió a Nike por el asunto de la fabricación de sus balones de fútbol. Nike subcontrataba la fabricación a una empresa externa pakistaní. Muy bien. El problema era que ésta, a su vez, subcontrataba a varios fabricantes locales que tenían niños pequeños –hasta de 6 años- cosiendo los balones por unos 60 centavos de dólar al día. La historia tuvo gran repercusión mundial cuando el reputado reportero Sydney Schanberg  -conocido por sus reportajes sobre el genocidio camboyano que inspiraron la película «The Kiling Fields» (aquí se tituló «Los Gritos del Silencio»)- publicó en junio de 1996 un artículo en LIFE Magazine de inequívoco título: “Six cents an hour”. A Nike le cayeron palos de todos los lados. Al poco, dio un vuelco a su política de contratación y de Responsabilidad Social Corporativa. En la memoria de 2001 el CEO y fundador de Nike en 1965, Philip K.  Night, escribía “our biggest mistake was in Pakistan, where we blew it”. Que la cagamos, vaya.

El offshoring, o el externalizar trabajos fuera del país, es una práctica empresarial muy habitual (que mueve unos 110.000 millones de dólares al año). Lo que Nike hizo en Pakistán se denomina «arm’s lenght«; y lo del sweatshop es el caso extremo. Algunos economistas relevantes (y no precisamente neoliberales) como Jeffrey Sachs («My concern is not that there are too many sweatshops but that there are too few«) o Paul Krugman («Bad jobs at bad wages are better than no jobs at all«) creen que los sweatshop son mejores que nada. Que son el primer paso de una industrialización progresiva. Que resultan más útiles que los programas de ayuda internacional. Es obvio que no hablan de esclavitud ni de trabajo infantil (eso no tiene justificación). Pero, lamentablemente, son todavía una alternativa mejor a lo que hay para los locales: los trabajadores acuden  voluntariamente a éstos (de no ser así serían, simplemente, esclavos). Lo cierto es que los primeros países del sweatshop, que se han industrializado y aumentado renta (como Corea del Sur o Taiwan), ya no los tienen. Es decir, son más bien un síntoma de la pobreza que una consecuencia de la pobreza. Pocos activistas anti-sweatshop piden el cierre de las maquilas (entienden que algo positivo se deriva de ella). Lo que piden es que se mejoren las condiciones sanitarias y de trabajo. Y ahí es donde Nike (y el resto que lo practica) patinaron al no controlar sus subcontratas.

¿Por qué hay sweatshop o, en general, offshoring? Básicamente por costes laborales. Lo cierto es que está muy arraigado el mito de que se deslocaliza o externaliza la fabricación en el extranjero para contaminar allí. Pues no. La misma Comisión Europea recuerda que no hay evidencia de que la política medioambiental tenga un efecto substancial sobre la competitividad, ni que fomente la deslocalización, ni por tanto el desempleo (aquí el informe). De hecho, aumentan la competitividad a largo plazo. Lo cierto es que activistas ambientales como Vandana Shiva plantean los riesgos de lo que denominan «Apartheid ambiental». En otras palabras, la amenaza de deslocalizar las fábricas del Norte industrial rico, al Sur agrícola pobre, trasladando con ello la contaminación. Pues tampoco. Si bien es cierto que las industrias altamente contaminantes tienen un incentivo para instalarse en países de coste menor, eso sólo ocurre en los casos en que no precisen de mano de obra cualificada. Porque ese el principal incentivo del sweatshop: mano de obra muy barata, de reducida cualificación y en países de regulación laboral más permisiva.

Actividades muy industriales y contaminantes (como la petroquímica) no recurren el sweatshop: es demasiado arriesgado tener un proceso complejo con personal mínimo y poco cualificado (es lo que se aprendió en la catástrofe de Bhopal). La realidad (aquí el famoso y citado paper de Jaffe al respecto) es que las empresas industriales internalizan las políticas ambientales variando sus procesos: se trabaja diferente, contaminando menos, y no sólo reduciendo sólo la contaminación al final del proceso con depuradoras o filtros. Por tanto, la gestión ambiental en la industria se gestiona con… talento. Por ello la decisión de deslocalizar se fundamenta, en casi la totalidad de los casos, en los menores costes laborales. De hecho, los costes ambientales son menos del 2% del coste del producto final y son bastante similares en toda la OCDE (según la Comisión Europea).

El reto de la competitividad consiste en equilibrar la calidad del producto final con los costes de producción. Mejor a igual coste, o más barato a igual calidad. Tanto monta. Hacer más con menos. Y eso obliga a disponer de mejores tecnologías, pero sobretodo de mejor capital humano: mejor formado y más eficiente. Ese es el principal reto de España en esta crisis global que amenaza con tener al país 10 años con crecimientos menores que el 1% y sin creación de empleo neto hasta 2015 (y eso con mucha suerte). Cierto. España ha ido aumentando sus costes de producción progresivamente, pero sin mejorar la calidad de sus productos (está en el puesto 42º del Mundo de 133 según el WEF). Que las empresas no se vayan dependerá en buena parte de eso. ¿Y a dónde se irán? Cuidado: los costes laborales en Europa son un 30-60% superiores a los de… ¡Estados Unidos!. Voy a ver si me dejan escribir «Competitivity» en unas Nike.

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