Resumen del año 2011 de «el blog de David Ruyet»

Pequeña entradita para presentar el resumen del año de Energy Puzzle (El blog de David Ruyet) que preparan los de WordPress; incluye visitas, países, post de mayor interés… Han sido más de 15.500 visitas en poco más de 9 meses (para unos 72 post).

Accesible en: https://davidruyet.wordpress.com/2011/annual-report/

¡¡¡Gracias a todos por su interés en el blog!!!

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Cayó el precio de los alimentos: acaba bien 2011, pero ¿empieza bien 2012?

Parece imposible que pueda acabar 2011 con una buena noticia. Con la que llevamos desde hace cuatro años… Todo empezó en julio de 2007 al estallar una crisis en Estados Unidos por los impagos de hipotecas otorgadas a clientes de poca solvencia. Hipotecas de mierda empaquetadas junto con otras no tan mierda, y revendidas como productos de alta rentabilidad por el mundo. Esos impagos generaron pérdidas en muchos bancos, llevándoles a la bancarrota en 2008; los impagos se propagaron como una epidemia y afectaron a entidades históricas como Merryll Lynch, Bear Sterns o AIG. Bancos en su mayoría americanos, sí, pero también algún europeo. La crisis se hacía global. En España nadie se enteraba, y el que se enteraba lo negaba. Esa cadena de insolvencias llegaba al summum en septiembre de 2008 con la caída de Lehman Brothers, y vaya cara que se le quedó a todo el mundo. Todo eso (como nos cuenta Hamilton y ya se contó en este post) sin olvidar el rol del alto precio petróleo y de la inflación como causa de los impagos.

En 2009 las pocas instituciones globales ejecutivas (IMF, WB y WTO) intentan atajar la crisis. En abril, el FMI establece la directriz principal de la recuperación: primero se salvará al sector financiero. En la reunión del  G20 en Pittsburgh de septiembre se establecen políticas fiscales de ayuda de (¡al loro!) el 2% del PIB mundial y se marcan las líneas de una nueva política expansiva de tipos muy bajos. Políticas keynesianas de gasto público en contraciclo para activar la economía. ¿Recuerda el Plan E de Economía y Empleo? Pues como eso, más o menos todos. Mal inspirado en el New Deal americano y peor ejecutado (al menos en España), con demasiado dinero en obra pública no prioritaria. Llegamos a 2010 sin epidemia global y con dos elementos clave: problemas de liquidez bancaria (malo) y desconfianza general (peor). La escasez de crédito asociado a la crisis (primero de liquidez, ahora de solvencia) y la falta de confianza tanto de consumidores como de empresas, corroen todas las economías en un círculo vicioso.

De hecho, en 2010 parecía que se esquivaba la recesión global; pero llegó 2011 y dejó claro que la salida de la crisis tenía dos velocidades: de un lado, la baja de la histórica OCDE (Estados Unidos, Europa y Japón); de otro, la rápida de los emergentes sin problemas en sus bancos y soportando el crecimiento global (aunque muestran síntomas de recalentamiento, sino de agotamiento como en Brasil). Y de la crisis del antiguo Primer Mundo -con deudas de dos dígitos sobre el PIB- se intenta salir equilibrando las cuentas públicas a toda costa. En Estados Unidos, los republicanos tienen, a la práctica, bloqueada a la función pública. En Japón siguen narcotizados desde hace 10 años, y encima les cae un terremoto con tsunami. En Europa tormentas semana sí, semana también. Ajustes derivados de la deuda de los estados. Y si hace falta renunciar al crecimiento, pues se renuncia. Durísima ortodoxia económica, donde se impone la visión alemana, con una máxima: austeridad cómo sea y dónde sea. Y del desempleo (200 millones de parados en el Mundo según la OIT) mejor no hablar o se acaba el post sólo con eso.

Y si económicamente el año ha sido complicadísimo, en el resto de materias (política, sociedad, tecnología…) ni hablemos: el tsunami de Japón, la fuga nuclear de Fukushima, los papeles de Wikileaks, la retirada americana de Iraq, el fin de la violencia de ETA; la cosmética del 15M y del Occupy. El Reino Unido desuniendo a los 27. Se liberó a Gilat Shalit. Se murió Steve Jobs y mataron a Bin Laden y la diñó el “amado líder” Kim Jong Il. Matanza en Utoya. Llegó la primavera árabe, llevándose por delante a dictadores con décadas en el poder: echaron a Ben Ali, procesaron a Mubarak y lincharon a Gadafi; y mientras, en Siria, emiten trailers de una futura y posible guerra civil. Al otro lado del Mediterráneo, ciao a Berlusconi, y fin de la reputación -la que fuese- de Rupert Murdoch; mientras, sigue el cachondeo de la política rusa y Turquía enseña la patita; y todo eso informados desde Twitter o Facebook, donde si no estás pues no estás… ¡ah! y se nos murió/suicidó (vaya usted a saber) Amy Winehouse. Y claro, sin olimpiadas ni mundial de fútbol, pues todo eso se nota más. Vaya año.

Pues lo dicho, ¿Es posible tener una noticia positiva para acabar el año? Pues parece que sí. Revisando el último informe de la FAO, parece que el precio de los alimentos habría bajado globalmente del orden de un 10% durante 2011. Increíble. Aceite, azúcar, cereales, y productos lácteos están más baratos. Buenísima noticia. La carne no, pero eso ya nos lo imaginábamos (recuerde este otro post) No olvide que, en el fondo, en esas revoluciones árabes (que a algunos les recuerda al nuevo escenario global que surgió en 1989 con la caída del muro de Berlín), subyace el elevado coste de los alimentos para las clases más bajas. Pues lo dicho ¿tenemos una buena noticia para acabar el año? Eso parece, porque el citado informe de la FAO establece que el índice de los precios de los alimentos (el indicador FFPI) llegó a 215 puntos en noviembre, eso es 23 puntos por debajo del pico histórico de febrero de 2011. Un 10% menos. Y si pensamos que los alimentos subieron en 2007, 2009 y 2010, pues no deja de ser una buena noticia.

Los alimentos han subido extraordinariamente en los últimos años (como ya se contó en este otro post). Eso ha sido debido a dos elementos básicos: por un lado, por la demanda de los emergentes, con China e India a la cabeza. Por otro, por el creciente interés de la especulación en los futuros sobre alimentos. Los movimientos especulativos de los mercados (o sea los bancos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensión y fondos especulativos) acaban interviniendo y afectando a los precios (vea el vídeo que lo explica dabuten). Sequías, inundaciones, lluvias, plagas, incendios… sí todo eso afecta al precio, pero la volatilidad financiera también afecta. Bueno, y también la geopolítica, claro. Aunque no olvide que si el PIB mundial es de 64 mil billones de dólares (o sea la economía real), en la esfera financiera se estarían moviendo unos 4.800 mil billones de dólares (Ignacio Ramonet dixit) al año. En cualquier caso, la bajada de los precios de 2011 se justificaría en las mejores cosechas de cereales de 2011: la mejor cosecha de trigo de la historia, también récord de la cosecha de maíz, e incluso para la de arroz. Y por regiones, el año no fue como el pasado para Rusia (incendios y más incendios) y no hubieron tantas inundaciones en China e India.

Un momento. ¿¿¿Y 2008??? ¿el FFPI subió en 2007, 2009 y 2010? Correcto. Subió en 2007-2010 menos en 2008. ¿Y qué pasó en 2008? Pues que también se produjo una reducción de los precios de los alimentos -es decir una deflación- en junio de 2008 (aquí puede juguetear con el FPPI por meses), meses antes del crack de Lehman. No olvide que en Estados Unidos la recesión empezó a finales de 2007, por lo que esos efectos de reducción de precio -con salidas y entradas de los especuladores a tutiplén- no se produjeron hasta meses después (seguro que ahora entiende porqué y cómo empieza este post, ¿no?). O sea, caída de precios previa a una recesión en 2008. Menuda perspectiva. ¿Acaso puede ser esta reducción de precios para los alimentos el aviso de una nueva recesión mundial en este nuevo año? Llega 2012, con carrerilla desde 2011. Así que plieguen su mesita, pongan el respaldo en posición vertical y abróchense los cinturones, que la cosa promete. Feliz y próspero 2012. O similar.

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La curiosa historia del precio del CO2 y la duda sobre si Coase tenía razón

35.200 pies de altura. Estoy en un Jumbo que me trae a casa desde Argentina tras participar en el stakeholders’ meeting de un proyecto MDL en Uruguay. En la tele del avión echan siempre la misma película: unos pingüinitos que chulean a Jim Carrey. O leo, o pienso, porque la película es una birria. A la cabeza me llega la única pregunta que hicieron en la audiencia pública de Montevideo. No era sobre Durban, ni sobre los presuntos beneficios del MDL, o sobre los impactos ambietales del proyecto… Más simple: «Disculpe; ¿Qué precio cree que tendrá el CO2 en los próximos años, ahora que se ha hundido?«. ¿¿¿Precio??? Y es que, efectivamente, el precio del CO2 se ha hundido en seis meses. La respuesta es sencilla, pero… ¿entra en lo normal? ¿cómo funcionan los mecanismos de precio del carbono y sus mercados?

El mecanismo para desarrollar Kyoto es original: para articular compromisos y obligaciones de los países interesados en reducir las emisiones se eligió el llamado “cap and trade system”. “Cap” (o sea techo) porqué asignaba a cada país un máximo de emisión; “trade”(o sea negociar) porque para conseguir ese límite podría desarrollar proyectos (MDL y JI) o comprar CERs si se pasaban, o venderlos si se cumplía con la reducción -de la forma que fuese- y te sobraban. El sistema, premiaba la eficiencia, traduciendo con CERs excedentes, que podían venderse a los no cumplidores. En pocas palabras, era un sistema efectivo (se reducen emisiones), eficiente (se minimizan costes) y equitativo (cada país tiene objetivos particulares). El precio del CO2 ligaba la oferta y la demanda de derechos de emisión. Una commodity virtual inventada (los derechos sobre emisiones de CO2) que se podían negociar mediante compraventa (en el post anterior se contó de que iba esto). ¿A quién se le ocurrió esto?

Durante el siglo XX se dieron dos enfoques teóricos para resolver y compensar la existencia de externalidades (cómo es el CO2: algo que emite alguien como resultado de su actividad principal pero afecta a un tercero). Por un lado, Arthur Pigou, por ahí 1920, proponía los llamados sistemas de mandato y control que penalizaban el exceso de externalidades. En pocas palabras, se pagaba una tasa per se, y se multaba en caso de no cumplir («impuestos ambientales» si lo prefiere). Ronald Coase, en 1960, proponía algo diferente: introducir mecanismos de mercado que generasen incentivos en la reducción de externalidades. Es decir, asignar cuotas mínimas o máximas sobre la externalidad y premiar si se cumplia y penalizar si no. Coase era profesor en Chicago, y le dieron el Nobel en 1991 (con los neoclásicos de moda) o sea que estaba claro qué pensaba: la competencia es buena. El cap and trade de Kyoto está basado en la propuesta de Coase (no literal de su teorema, pero sí al menos inspirado). Se asignan derechos de propiedad a las emisiones y, con ello, se permite su negociación. El mecanismo se ensayó unos años antes con éxito. Curiosa y paradójicamente, fue en Estado Unidos donde la EPA americana creó en 1979 el US Emissions Trading System, que se basaba en la asignación de cuotas y negociación de derechos, y que tuvo su mayor éxito con el programa para evitar la lluvia ácida en 1995.

El cap and trade climático asignaba una cuota de emisión máxima (incluso negativa, o sea debía reducir emisiones) a cada emisor identificado, otorgándole derechos sobre ella. A la vez, se establecía una multa por emitir de más. El mercado empezó dubitativo y con mucha volatilidad. Lógico. Luego, con la gestión (algunos dirán manipulación) de oferta y demanda de CERs el precio subió a 30 €/CER en poco tiempo (más o menos era el precio objetivo). La cosa parecía funcionar hasta que por ahí 2009 empezaron a funcionar las reglas de oferta y demanda y el precio se estabilizó en unos 12-13 € por CER. Tuvo un pico en 2011 después de Fukushima, llegando a casi 20 € por CER, pues algunos pensaron que la energía nuclear no sería válida como estrategia de no emisión de CO2. Pero, amigo, la lógica de los mercados es aplastante. Si el sistema no es sólido, no está bien diseñado y no se corrigen de forma adecuada sus ineficiencias, la cosa falla. Y falló. En un menos de un año, los precios de los CER en el marco de la EU-ETS Fase II han caído un 50% en lo que se llama un bear market. Este diciembre se ha llegado a precios por debajo de los 4 €. No hay mercado.

¿Por qué ha ocurrido esto? Por muchas cosas, veámos:

  • Por la crisis económica: las empresas que tenían asignados derechos de emisión (hasta la fecha de forma gratuita) han visto en muchos casos reducida su actividad por la crisis. Mismos derechos para menor producción motivo CER sobrantes que se podían vender. Se emitía menos no por ser más eficiente, sino por haber reducido la actividad. De hecho, la demanda eléctrica ha bajado en Europa en su conjunto así que sobran derechos. Y claro, si uno va largo en CERs –sin uso alternativo- se venden al mercado spot al precio que sea: presión a la baja.
  • Por la sobreoferta: a pesar de la crisis, la UE otorgó nuevos permisos en el mismo periodo lo que introdujo un elemento adicional de presión a la baja en los precios. Más CERs en el mercado con los mismos compradores: vamos largos otra vez. Hay que pensar que los europeos se han gastado en esto unos 287.000 millones de dólares según UBS: es más del 90% del mercado mundial. Como, además, existe la duda de que el sistema colapse en 2012 una vez finalice el primer periodo, todos venden forward a la baja buscando monetizarlos (el BEI se ha lucido). A eso se le llama un fire-sale.
  • Por los polacos: ya en junio de 2011 el mercado se cayó un 20% en dos días. Eso coincidió con las dudas y bloqueos de Polonia de cara a seguir con este esquema. Polonia es rica en yacimientos de carbón y, muy probablemente, gas pizarra y no quiere ver reducido ese potencial de crecimiento así como así. La fuerte posición polaca en contra generó más dudas ya no sólo fuera de los países comprometidos, sino en la propia UE. Ala, precios pa’bajo.
  • Porque al final de la cadena no hay demanda: el cap and trade asume el efecto de la competencia tanto como la existencia del incentivo para reducir emisiones. Además, este sistema está pensado para funcionar con precios de entre 20 y 30 € por CER… Pero ello implica que las empresas (al final, las que en realidad asumen las obligaciones de reducción de emisión asignadas a los páises) entiendan que fabricar más limpio es también fabricar más caro. ¿Los consumidores lo entienden igual?
  • Por el miedo: en el fondo no hay convicción en que exista un acuerdo global para luchar contra el cambio climático. Durban ha sido la prueba (porque todos estos mecanismos son de mitigación y en eso no ha habido acuerdo como recuerda el maestro Pedro Linares). UBS dice que los precios no se van a recuperar hasta 2017. Point Carbon dice que en 2016 y que el rebote será posterior a precios de 3 €. Goldman Sachs (¡uh! ¡El lobo!) dice que se establecerán estrategias políticas para hacer subir el precio, pero que en el fondo no hay balance oferta-demanda posible hasta 2025. Y todo eso con los traders que acostumbran a acrecentar los efectos al alza y a la baja de los mercados (el famoso efecto borrego).

Ahí van algunas ideas que se me ocurren en el avión. Y se me ocurren porque vuelvo optimista; porque creo que la idea tiene sentido y funciona: Idea 1: sacar derechos del mercado (esa es fácil; tanto que ya la quieren poner en práctica); Idea 2: aumentar el cap (o sea que la UE en lugar de la estrategia 20-20-20 se vaya a la 20-20-30 con los mismos derechos); Idea 3: cobrar por la asignación a las empresas (hasta ahora la asignación de derechos era gratuita). Si se obliga a las empresas a pagar por ellos en subasta, ese precio se trasladará al precio final. Idea 4: comprar el exceso de derechos a lo quantitative easing para estabilizar precios (o sea parecido a lo que se le pide al BCE con la compra de deuda italiana y española). Idea 5: meter a nuevos sectores en el sistema, aumentando la oferta (como se pretende con las líneas aéreas). Idea 6: si los defensores de la libre empresa y comercio prefieren tasas a mercado, es que SEGURO que el mercado es la solución: nadie lucha contra su ADN… O Idea 7: hacer caso a «The Economist» enviarlo todo a tomar por saco, resucitar a Pigou e imponer una tasa a todo el mundo. ¿Riesgo? Aumento de costes, proteccionismo comercial entre regiones económicas y colapso económico si la tasa es excesiva. Otra vez empieza la peli de Jim Carrey… Buf. Y a ver si aterrizo de una vez, que me esperan en casa. Feliz Navidad. Bon Nadal.

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Caliente o agujereada: el HFC-23 y lo listos que son los asiáticos (sobretodo los chinos)

Tras Durban, nuevo tablero: Los europeos siguen firmes con sus compromisos con el clima; australianos y neozelandeses también; rusos, japoneses y canadienses ya no; americanos, chinos e indios dicen que a partir de 2015. El resto se lo mira. Fijémonos en los gigantes asiáticos porque tiene su miga. Ya que el principal compromiso de la COP ha sido alargar lo establecido en 1997 con el Protocolo de Kyoto, parece interesante recordar qué Kyoto establecía dos bloques de países a partir del llamado Anexo B. Los que figuraban en él pagaban la fiesta, pues asumían compromisos de reducción; los que no estaban en el Anexo (se les llama, en un alarde de originalidad «países no Anexo B«) y ratificaban el Convenio entraban a formar parte de un conjunto de países que podían beneficiarse de esas reducciones. Luego había otros países incluidos en el Anexo B que tenían un asterisco y que se denominaban “en proceso de transición a una economía de mercado”; eran, básicamente, los antiguos países de la órbita soviética entonces en la órbita de la Unión Europea. Algunos aún orbitan.

¿Cómo funcionaba el tema? Simple. Los países no Anexo B, o con asterisco, podrían ser huéspedes de proyectos de reducción de emisiones desarrollados por los países del anexo B. Estos proyectos se denominaban en castellano MDL (Mecanismo de Desarrollo Limpio, para los no anexo B) o IC (Implementación Conjunta, para los de asterisco) según el país. Si un país buscaba reducir sus emisiones a partir de la construcción de un proyecto eficiente en otro país sin obligaciones, podía descontarse las emisiones que ese proyecto no generaba. Por ejemplo, si Suecia –obligado a reducir- montaba un parque eólico en Nicaragua -no Anexo B- y ese parque desplazaba X kWh de una central térmica con fueloil nicaragüense, pues se traducían esos X kWh en Y reducciones de CO2 y Naciones Unidas los certificaba como proyecto MDL. Así, Suecia obtenía tantos CER o “Certified Emission Reduction” como toneladas de CO2 se evitaban (por ser el promotor e invertir). Luego, si no las necesitaba para su cumplimiento propio podía venderlas a otros compradores necesitados. Por cierto, que de paso, el nicaragüense conseguía un parque eólico de inversión extranjera en su país. Cojonudo mecanismo de transferencia de inversiones Norte-Sur, ¿no? Pues sí. Lo era (aún lo es).

¿Y donde se han obtenido esos CER? Es decir… ¿En qué países se han desarrollado un mayor número de proyectos de esos MDL? Pues el 67% de los proyectos MDL (o CDM en inglés) desarrollados en… ¡tachán! China (46,5%) e India (20,5%). Pero en CERs la cosa ha sido mucho mayor: China se llevó el 58% de los CERS e India el 16%. Piense que en 1976 China e India no llegaban al 9% de emisiones. Hoy entre ambos superan el 30%. De hecho, China es el primer país en emisiones y la India el tercero (Rusia es el cuarto), y ambas son potencias económicas en auge, que no quieren contar en este de Kyoto como paganos… Como ha cambiado el mundo en poco más de quince años ¿no?

Un posible proyecto MDL (o IC con países*) era la eliminación del gas HFC-23, también llamado R-23 o fluoroformo. Este gas, del que seguramente usted no habrá oído hablar en su vida,  ocasiona un potente efecto invernadero. ¿Recuerda el post sobre el metano de origen ganadero y su efecto? Pues al HFC-23 le pasa algo parecido, pero mucho mayor.  Si se compara con el efecto invernadero que produce una molécula de CO2, una de HFC-23 lo produce 14.800 veces superior según el IPCC. Además, este gas, no sirve para casi nada, excepto para chinchar. Tremendo. “Y si es tan perjudicial ¿Cómo no he oído hablar de él antes?” Se preguntará. Pues porque se trata de un gas residual resultado de la fabricación de otro gas, el HFC-22 (o R-22) que sí que sirve. Y mucho. Es un muy buen refrigerante (aunque como perjudica a la capa de ozono se busca sustituirlo por otros como el R410C o el R134a). “¿Y este gas 23 qué pinta?” se preguntará ahora.

Volvamos a los 80; ya sabe: el Thriller de Michael Jackson, las discos, los yuppies, el walkman, los videojuegos, el Spectrum, Ronald Reagan, La Thatcher, … Y el agujero de la capa de ozono. Seguro que recuerda el jaleo (quizá fue el primer problema ambiental de alcance global, al margen de accidentes o catástrofes concretas como la de Chernobyl en 1986). Entonces se descubrió que los CFC (clorofluorocarbonados), es decir gases de fabricación industrial utilizados como refrigerantes en compresores, destruían en su concentración en las capas altas de la atmosfera a las moléculas de ozono que nos protegía de las radiaciones ultravioletas. En 1987 casi la totalidad de los países -180- suscribieron el Protocolo de Montreal que pretendía detener esa destrucción de la capa de ozono. Ahí se llegó a un acuerdo rápido porque los CFC eran sencillos de sustituir y, además, todos ganaban pasta. ¿Se imagina lo que se gana fabricando millones de neveras nuevas y botes de laca de colorines por el bien del planeta? Pues mucho. Y encima te pagan la campaña de publicidad desde la ONU. Y, claro, la cosa funcionó.

Pues unos gases que tenían un efecto refrigerante parecido a los CFC eran los HCFC (hidroclorofluorocarbonados) y los HFC (hidrofluorocarbonados). Y entre todos ellos el HCFC-22 era la leche. En lo que no se cayó era en que en su producción se fabricaba el malvado HFC-23. A eso se le llama desvestir a un santo para vestir otro. Pues resulta que se ganaba más en la destrucción del HFC-23, quemándolo (con plasma o a altísima temperatura), y obteniendo por ello CER como proyecto MDL, que con la propia venta del  HFC-22 como refrigerante. Quemar costaba unos 0,2 €/Tn y se obtenían por cada CER unos 10-15 € ¿Adivina quién se ha forrado con estos CER? Los chinos. Del orden del 20% de los proyectos MDL han sido eliminación del HFC-23. El 6% parques eólicos. El 1% eficiencia energética. Pues calculo que, a lo poco, esos proyectos han comportado para los chinos unos 2.500 millones de dólares. Los indios habrán ganado –con otro tipo de MDL, eso sí- unos 1.300 millones de dólares según Fitch.

En 2011 ya no se admite más el fraude ese del HFC-23 pero ¿está usted ahora más convencido de esto del Post-Kyoto o menos? Porque, además, ya ha visto que los “huéspedes” de los proyectos MDL no han predicado mucho con el ejemplo… En el fondo, el gran debate es si la reducción de emisiones necesaria para la lucha contra el cambio climático debe recaer sólo sobre las espaldas de los europeos. Con el 16% de las emisiones la UE ha soportado más del 84% de los costes en 2010 via la EU-ETS. Hasta ahora ha sido así (aquí el informe 2010 del World Bank, medio actualizado al 2011). Y según UBS eso han sido unos 287.000 millones de dólares (y añade que «para nada«). Hoy Europa no está para muchas alegrías. Y los países con moneda propia que compiten con el euro (o sea el dólar y la libra) se parten la caja viendo el festival de Merkel y Sarkozy apretando a los países endeudados del sur… Por cierto, así off-topic, las deudas en Europa son entre bancos europeos, no con chinos o americanos; o sea que aún es todo más absurdo. O no tanto, porque esto va de que los bancos que prestaron la pasta a los países del sur, o sea pobres bancos franceses y alemanes, cobren. Pretty fair.

Con estos antecedentes y el escenario de dudas del tablero geopolítico y económico-financiero mundial… ¿De verdad había alguien optimista antes de la COP17 de Durban? Yo no. En la COP 18 de Qatar se supone que se definirá en más detalle el nuevo escenario a partir de 2013 y veremos que puede pasar y sobretodo que rol deciden los tres mayores contaminantes: China, Estados Unidos e India (en orden). ¡Ah! No olvide que a lo que se han comprometido en Durban estos tres listos es a establecer un acuerdo de reducción de emisiones en 2015, que entrará en vigor en 2020 y que… no tendrá penalizaciones si no cumplen. Y escribo todo esto en un avión camino de Uruguay, para colaborar en un stakeholders’ meeting asociado a un proyecto MDL de un parque eólico. O sea, encima, mosqueao, por si entre unos y otros se cargan un invento tan útil. Felices Fiestas.

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El bistec de canguro que puede salvar al planeta

La COP17 en Durban llega a su fin. Como ya se comentó en otro post, la situación no está clara. De hecho han decidido jugar una prórroga, para no chutar penaltis. Parece que los chinos dicen que «sí», y luego que «no». Los americanos que «no», luego «bueno», y al final «no». Los europeos «claro que sí», pero temiendo quedarse más solos que la una. Todo a medio gas. Leyendo el boletín de la IISD, que cuenta cada día como están las negociaciones, se intuye que de haber acuerdos, serían de última hora: «Como en Copenhagen, no vamos a dormir esta noche«. Imaginen a los casi 20.000 representantes negociando, buscando avanzar, alcanzar un acuerdo en algo… «Durban no puede enviar el mensaje de no hacer nada» dicen. Pero no sé, no sé…

Seguro que las reuniones son largas y densas; las posiciones, firmes. Argumentos a favor y en contra en cientos de páginas y chuletas. Y seguro que el transporte ocupa un lugar principal en las discusiones. Trenes contra camiones. Motos contra coches. Aviones no, por favor. Híbridos contra gasolina. Eléctricos contra híbridos. Bicicletas contra todos. O mejor a pie. Y así con una idea muy clara: reduzcamos el consumo de combustibles en el transporte. Consumamos localmente. ¿Es así? ¿Importa tanto el transporte? ¿Y si lo importante no fuera el transporte sino lo que se transporta?

El cambio climático se asume generado por el calentamiento global; se ha producido un aumento de la temperatura de la atmósfera y de los mares, derivado de la acumulación de ciertos gases que hacen opaca a nuestra atmósfera a la salida de calor: la convierten en una especie de enorme invernadero. Estos gases, cuya emisión en exceso se entiende que es resultado de la actividad industrial humana de los dos últimos siglos, no son todos iguales. Se consideran seis gases diferentes con influencia en ocasionar este efecto: el dióxido de carbono (CO2), el vapor de agua, los óxidos de nitrógeno (NOx), el ozono, los clorofluocarbonados (CFC), y el metano. En un alarde de originalidad se les llama «gases de efecto invernadero«. A igualdad de concentración, el metano es de los peores. Hasta 23 veces más que el CO2. En 2010, el metano contribuyó al 14% de las emisiones totales, pero claro, su efecto invernadero equivalente fue mucho mayor.

¿Pero cómo se emite? Por sectores, según Global Methane, del orden del 90% de las emisiones de metano de 2010 se repartieron entre cuatro segmentos: agricultura y ganadería (53%), sector del carbón (6%), petróleo y gas (20%) y vertederos (11%). ¿Y si nos fijamos en la ganadería? Pues resulta que según la FAO el ganado es el responsable del 18% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Más que el transporte (con un 14%). O sea que todos los coches, camiones, barcos, trenes y aviones que mueven personas o cosas, producen menos gases de efecto invernadero que el conjunto de la agricultura intensiva, la maquinaría agrícola, el uso de fertilizantes, la quema de tierras agrícolas para barbecho, o la deforestación de tierras para pastoreo. Sin olvidar al propio ganado en sí. Y es que el ganado, ya sea vaca, oveja, cabra o buey, rumiantes ellos, son unos tremendos contaminadores; añadan cerdos y caballos, que no son rumiantes. Sus exhalaciones, eruptos, flatulencias y estiércol emiten metano (a todos esos fluidos corporales emitidos en fase gaseosa y maloliente les llamamos, finamente, fermentación entérica). Para hacerse una idea, el 6% de lo que comen es peído o eruptado (energéticamente hablando, está claro). Ya lo dicen los castizos «a barriga gigante, pedo retumbante«.

En otro post ya se habló sobre los problemas globales que se derivaban de un consumo intensivo en carne, debido a los elevados recursos que se precisan: espacio, abono, agua, pasto o pienso,… Sólo el espacio que se precisa para producir idéntica cantidad de proteínas vegetales y animales es 10 veces menor para legumbres, frutos secos y cereales. Hay que pensar que la ganadería ocupa el 70% de los terrenos del planeta que se destinan a la agricultura. Piense entonces que, además de la enorme cantidad de recursos que se utilización en comparación, hasta el 40% de todo el metano que se emite sale –nunca mejor dicho- de la agricultura en sus diferentes fases de producción. La EPA americana achaca un 28% del total al ganado. ¿Cómo actuar? Una línea de investigación abierta es dar otro tipo de alimento al ganado que genere menos gases (enriqueciendo con omega-3 el pasto o el pienso) . Incluso se ha planteado recolectar los pedetes de las vacas en una mochila. O convertir el estiércol en energía eléctrica. Pero probablemente, la mejor idea sea reducir el consumo de carne de vaca y sustituirla parcialmente por carnes blancas, huevos o pescado, o incluso haciendo nuestra dieta progresivamente más vegetariana.

Pero ahí aparece el canguro australiano. ¿Se tiran pedos? Como todos. La gracia es que el mecanismo de digestión de los canguros (donde se retiene menor tiempo el alimento y no hay tanto tiempo para fermentar), y una bacteria especial presente en su estómago reduce enormemente la presencia de metano tras la digestión. Cosas del destino. Pues la idea sería incorporar al canguro en la dieta. Hamburguesas de canguro. Albóndigas de canguro. Bistec de canguro. Fricandó de canguro. Nuggets de canguro. McCanguro. El Gobierno Australiano recomienda el consumo de carne de canguro que, además, parece ser muy saludable. No quiero pensar en las campañas de los ganaderos vacunos y ovinos, americanos, argentinos, japoneses o españoles en su contra. Menuda campaña de marketing haría falta para el cambio. Y, claro, uno podría pensar que, con lo lejos que está Australia de todas partes, el consumo de combustible asociado al transporte de los filetes de canguro igual haría la cuestión inviable. Pues tampoco.

En 2008, dos investigadores de Carnegie Mellon llamados Weber y Matthews estudiando el llamado ciclo de vida de los principales productos consumidos por el americano medio, llegaron a la conclusión de que el transporte no era tan importante. El estudio -de cierta relevancia, y que incluso se mencionaba en el best seller Freakonomics– consideraba las emisiones en todas las fases de la cadena de suministro de los productos alimenticios: producción, transporte, distribución y consumo. El transporte era el 11% y la distribución el 4%. En su estudio (aquí) también se cepillaban el mito del consumo de los «productos de proximidad» (por ejemplo, los famosos «km.0» del movimiento «slow food») . De poder sustituir todos los productos por «locales», sólo se ahorrarían el 5% de los gases de efecto invernadero. Bien, pues eso mismo se lograría simplemente «Shifting less than 1 day per week’s (i.e., 1/7 of total calories) consumption of red meat and/or dairy to other protein sources or a vegetable- based diet«. Menos carne roja tiene el mismo efecto. Es más, cuanto más local, el tamaño de la explotación ganadera suele ser menor y, por tanto, las emisiones específicas suelen ser mayores. Seguro que habrán excepciones, según el mix energético de un país, pero los datos están ahí y el estudio es bastante riguroso.

¿Ideas? Pues que en esto del cambio climático no es oro todo lo que reluce. Carne de canguro saludable y no flatulento, transporte de baja contaminación relativa, terribles pedos de vaca, carne roja de elevadísimo coste oculto ambiental, ineficientes productos de proximidad -climáticamente hablando-… Paradojas una tras otra. Es normal que el acuerdo en Durban sea complejo. Primero, porque hoy, con la que está cayendo, luchar contra el cambio climático no es una prioridad. Lamentablemente, es así. Pero, segundo, porque se trata de un tema muy complejo y dificil. Múltiples causas, combinaciones, sistemas, subsistemas, amplificadores, inhibidores… un fenómeno no lineal y que se realimenta (los famosos «feedback loops«). Todo se mide con modelos aproximados muy sofisticados, donde los resultados se entienden como «probabilidades de«. Pues convenza a alguien de que deje de hacer algo (o peor: que pague) porque hay calculada una elevada probabilidad de que si se siguen haciendo las cosas igual, éstas vayan mal en el futuro. Difícil ¿no? Pues de eso va en Durban. De eso va luchar contra el cambio climático.

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