El criminal de guerra que ganó el premio Nobel y cambió la agricultura mundial

Fritz Haber nació en Prusia, en lo que hoy sería Polonia, pero que en 1868 era parte del Imperio Alemán. Su madre murió en el parto (algo no extraño en la época: en un nacimiento de cada 20-25 la madre fallecía). Su padre, un rico comerciante, tenía recursos para que el joven Fritz estudiase química. Al tipo no se le dio mal e, incluso, obtuvo el doctorado. Se casó en 1901 con Clara Immerwahr, la primera alemana con un doctorado en química. Clara era judía como Haber –askenazí-, pero este se había convertido al cristianismo años antes para disgusto de su padre. Tras la boda, Haber se dedicó a la electroquímica con éxito. Entre 1894 y 1911 se centró en la química del nitrógeno. Entonces, ya se sabía que los compuestos nitrogenados permitían una regeneración rápida de las tierras de cultivo. Pero hasta inicios del XIX lo único que se usaba como abono era una mezcla de estiércol con guano y agua, pues lo habitual era la rotación de tierras con leguminosas, que fijan el nitrógeno atmosférico al suelo. En 1820 en Chile y Perú se descubrieron y empezaron a explotar los grandes yacimientos de nitratos utilizables como abono, pero eran caros.

Y llegó Haber. Los nitratos eran interesante como fertilizantes y también para… fabricar explosivos. Así que imaginen la que se lió cuando patentó el llamado, entonces, Proceso Haber que permitía sintetizar amoníaco a partir de vapor, aire y metano (o sea, energía). En realidad, la reacción se produce a alta presión (200 kilos) y temperatura (450-500ºC) entre el nitrógeno del aire con el hidrógeno, que se obtiene por reformado del metano. El amoníaco resultante, al oxidarse, permite obtener los preciados nitratos, y así ¡zas! los preciados abonos sintéticos y el TNT. La innovación era brutal. Se pasaba de importar los lejanos y carísimos nitratos, a fijar de forma artificial el omnipresente nitrógeno (es más del 78% del aire). Con ello mejorarían enormemente los rendimientos agrarios. Adiós al estiércol. Adios al guano. Adiós a los barcos de Chile cargados de salitre. Carl Bosch, que trabajaba en BASF (pronúnciese béaseéfe), ayudó a Haber a mejorar el proceso en 1913 y a comercializarlo. De hecho, BASF financió buena parte de la investigación. Fruto de la cooperación, ese proceso de síntesis de amoníaco se llamó Proceso Bosch-Haber. La venta de la patente hizo rico a Haber a razón de un céntimo por kilogramo de amoníaco.

¿Qué significaba el amoniaco sintético? Un cambio de paradigma. Porque los abonos eran difíciles de conseguir y de pronto Haber y Bosch habían descubierto como producirlos de forma artificial. Piense que la alternativa a abonar era rotar cultivos o dejar las tierras en barbecho. Además, si había que importar nitratos, también había que importar el guano. El guano es esa mierda (literalmente) de aves, focas y murciélagos, que contiene un alto porcentaje de nitrógeno, fósforo y potasio, y que también tenía que traerse de lugares remotos en el Pacífico. Imaginen si era relevante el guano que Perú y España estuvieron en guerra en 1864 por el de las Islas Chincha. Pero es que Chile, Bolivia y Perú también se zurraron en 1880 por lo mismo: guano y salitre del desierto de Atacama. O sea, la cosa de las mierdas esas era muy seria. Y en esas que, mientras en BASF empezaban a fabricar los abonos sintéticos con el Proceso Haber, llegó otra guerra: La Primera Guerra Mundial.

Pero el cambio estaban en marcha. Hasta entonces, las grandes mejoras tecnológicas aplicadas a la agricultura habían sido poco más que pasar del buey al caballo como animal de tiro para arar (era más rápido). Y eso ocurrió en la Edad Media. Se siguió así (con alguna mejora en los arados) hasta 1868 cuando apareció el primer tractor accionado por una máquina de vapor: un arado acoplado a una locomotora pero sin railes, vaya. Piense que, además, un caballo tenía un elevado «autoconsumo» al comerse la tercera parte de lo que, tras labrar, se cosechaba. Y eso que entre 1650 y 1850 se había dado una auténtica revolución agrícola: el maíz, la caña de azúcar y la patata llegaron de América, se introdujeron los abonos, se inició la rotación y selección de cultivos,… Y, claro, con ello la población mundial dobló: se pasó de 550 a 1.200 millones de personas en 1900. Con la introducción masiva del petróleo llegó el tractor con motor de explosión a principios del siglo XX (entonces habían 21 millones de caballos en Estados Unidos) y con ello de paso se liberaban un montón de hectáreas para cultivo. Pero fíjese qué, en realidad, todas las mejoras técnicas agrarias fueron ¡mejoras energéticas! es decir, introducción de energía más barata. Porque los fertilizantes nitrogenados sintéticos de Haber no eran sino metano y vapor, a alta presión y alta temperatura, o sea…¡Energía! Hoy se producen más de 100 millones de toneladas de fertilizantes con el proceso Haber, que consumen casi el 1% de la energía mundial.

Pero volvamos a la Gran Guerra. Haber, además de un genio de la química, era un convencido patriota alemán. Eufórico cuando los alemanes invadieron Francia en julio de 1914, abrió otra línea de investigación en el Kaiser-Wilhelm-Institut für physikalische Chemie und Elektrochemie del que era director: la producción de gases venenosos para uso militar. Su primera gran idea fue producir gas cloro venenoso (el gas Chlorine). Si bien hubieron opiniones en contra de todo tipo (que si era inmoral, que si el viento lo llevaría contra las líneas alemanas, que si el veneno era de cobardes…), el 22 de julio de 1915, el mismo Haber dirigía el ataque de una nube de 168 toneladas de gas cloro que arrasó las trincheras en Ypres de los soldados francocanadienses. Fue un éxito para los alemanes, y podría haber sido mayor si tras lanzar el gas sus tropas hubiesen avanzado, pero temían morir por el Chlorine. La Guerra Química era real. A los pocos meses, Haber impulsaba la Fundación Kaiser Guillermo para las Ciencias Técnicas y Militares donde 1.500 personas investigaban nuevas tecnologías militares. Por ejemplo, se empezó a lanzar gas en proyectiles en lugar de impulsar una nube. Luego llegaría el gas mostaza.

Pero no fue suficiente con los gases venenosos. La entrada de los americanos en la guerra, aprovechando el hundimiento del RMS Lusitania en 1915 por los alemanes, decantó la balanza del lado aliado. El Imperio Alemán solicitó el armisticio el 11 de noviembre de 1918. Aquello sumió a Haber en una profunda depresión. Justo entonces la Academia Sueca de Ciencias le otorgaba el premio Nobel de Química de 1918 por su contribución a la síntesis del amoniaco; por ser «un medio extraordinariamente importante para el desarrollo de la agricultura y el bienestar de la humanidad«, y le felicitaba por su «triunfo en el servicio de su país y de la humanidad«. Pero como en 1918 aún se estaba en guerra, el premio no se entregó hasta julio de 1920. Meses antes, en febrero de 1920, los aliados presentaron una lista de «criminales de guerra» de 194 páginas con 895 nombres, que además de príncipes, generales del ejército alemán o comandantes de submarinos, incluía al… profesor Fritz Haber. Sin embargo, le otorgaron el premio. Curiosa lista pues los aliados tardaron seis meses en desarrollar también sus gases venenosos. Ya sabe que la historia la escriben los vencedores… Ese mismo año, Haber desarrolló un pesticida basado en el cianuro, el llamado Zyklon A, que años después fue modificado por los Nazis en el temible Zyklon B. Con ese gas, mataron a miles de personas (algunos Haber) en las cámaras de gas de los campos de Auschwitz-Birkenau, Majdanek y Mauthausen.

Y es que con la llegada de Hitler al poder, en 1933, Haber tuvo que huir de Alemania. Ni sus esfuerzos patrióticos, ni su contribución científica, ni siquiera el premio Nobel fueron suficientes para hacer olvidar a los Nazis que, aunque convertido al cristianismo, en el fondo era un aschkenasische Juden. Haber moría al año siguiente de un ataque al corazón a los 65 años en Suiza. Cuando le preguntaban sobre el uso de sus descubrimiento Haber contestaba «la muerte es la muerte«. No todos pensaban así. Clara, su mujer, se suicidó de un tiro en 1915 tras el primer uso del gas venenoso. No soportó la idea de que, tras el primer ataque con armas químicas, su marido se fuera a Rusia a dirigir el segundo. Su hijo Hermann emigrado a Estados Unidos se suicidó allí en 1946, avergonzado. Ludwig, el hijo que tuvo con su segunda esposa Charlotte, lo contó todo en «The Poisonous Cloud«. Menuda historia. Menudo ejemplo de lo que es la raza humana. Tenga por seguro que sin los fertilizantes sintéticos nitrogenados de Haber no hubiésemos podido alimentar a los 7.000 millones de personas que hoy somos. Pero piense también en ese extraordinario genio científico, que puesto al servicio de la peor motivación acabó asesinando a millones de personas. Paradojas del ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor. Ya sabe: Sic Transit Gloria Mundi.

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Alimentos orgánicos o, simplemente, más caros. Pero ¿hay para todos?

1978. Un chaval de veintipocos años, John Mackey y su novia, con poco más de 45.000 dólares prestados por las famosas 3F’s (family, friends and fools) abren un pequeño negocio en Austin, en Texas. Se llama «Safer Way Natural Foods» (juegan con el nombre de «Safeway» de una de las mayores cadenas de supermercados) y sólo venden eso: «natural foods«. A los dos años, en 1980, se fusionan con otro pequeño supermercado tejano y al nuevo negocio le llaman «Whole Foods Market«. Es un sencillo comercio local de alimentos orgánicos, que ocupa más de 10.000 m2 y emplea a 20 personas. Las dimensiones para un supermercado de comida «hippie» como ese no eran normales (entonces habían poco más de 6 en todo USA), y no parecía tampoco tener mucho futuro cuando una inundación devastó Austin en 1981. El local quedó totalmente destruido y no tenían seguro. 400.000 dólares de pérdidas. Olía a cierre. Pues clientes, proveedores, vecinos, trabajadores…, todos, echaron una mano para reconstruir aquel primer local y sólo 28 días después volvían a abrir.

Y es que algo debería tener eso del «Whole Foods» y, sobretodo, la idea que había tras él, pues 30 años tras la apertura de aquel primer local en Texas, hoy tienen más de 300 stores de costa a costa en Estados Unidos. También cuentan con ocho locales en Canadá y siete en el Reino Unido (cinco en Londres), facturan más de 9.000 millones de dólares al año y cotizan en el NASDAQ. No está mal para dedicarse a vender sólo alimentos «naturales» y «orgánicos» (o «ecológicos» o «bio» o «sustentables», bueno, ya sabe). Porque la demanda de productos orgánicos no deja de crecer. La estimación de la empresa Organic Monitor indica que el mercado mundial de productos ecológicos en 2010 ascendió a 59.ooo millones de dólares, de los que -más o menos- la mitad sería de los europeos y la otra de los americanos. Precisamente Estados Unidos fue en 2011 un mercado de productos orgánicos de más de 31.000 millones de dólares y el 78% de las familias americanas compran esos productos. No hay ningún otro segmento agrícola que tenga esas tasas de crecimiento.

Pero la verdad es que en 2008 no se las prometían tan felices. Whole Foods suspendió el pago de su dividendo y su acción cayó un 75% de su valor. «Demasiado caro para una recesión» decían los analistas y pensaban los inversores. Pero el mercado de lo orgánico siguió creciendo a pesar de la crisis. Porque los productos «orgánicos» son productos más caros, de demanda muy fiel y está claro que en eso hay negocio. Así que este tipo de productos ya no serían único patrimonio de un pequeño productor local, artesano, que vende en proximidad. Grandes compañías también producen «orgánico«. Los jugos naturales de «Odwalla» los fabrica Minute Maid, o sea Coca-Cola. El Tesco OrganicReal food» dicen) que encontrarán fácilmente en Londres lo fabrica Tesco, la cuarta cadena de supermercados del mundo. Las hamburguesas vegetarianas orgánicas Boca Burger las fabrica Kraft. Y existen muchos más ejemplos. ¿Deja de ser orgánico un producto si lo fabrica una multinacional? ¿Es bueno que estos productos sean mainstream? ¿Se pervierte el romanticismo del orgánico? Mmmmmmm. Muchas preguntas.

¿Pero por qué compramos «alimentos orgánicos«? Por varias razones según los estudios de Nielsen de 2010 que convencen a sus compradores,: (1) son alimentos más sanos -lo piensa el 76%-, (2) saben mejor -lo cree el 45%-, (3) respetan al medio ambiente -el 50% de los que compran-, (4) hay concienciación sobre la (poca) seguridad de los alimentos y (5) sobre el maltrato animal -eso creen más de la mitad-, (6) apoyan al productor local -eso cree el 31%- y, sobretodo, (7) mola, (8) es «autentico» y (9) es moderno porque se compran alimentos «de toda la vida«. Efectivamente, no hay un único perfil de cliente o consumidor orgánico (aquí el paper de Hughner al respecto), pues para comprar existen todas las anteriores motivaciones (recuerde el post del LOHAS y como actuan los early adopters). Sin embargo, este tipo de productos presenta una paradoja: los alimentos orgánicos son más caros, y se pagan con gusto, pues serían más sanos (es más, si son muy baratos reducen su demanda) pero no hay evidencias científicas claras de que lo orgánico sea más sano, más seguro o de mejor sabor… ¿¿¿Cómo???

Pues no. Hay un montón de estudios que demuestran que, en realidad, no son más sanos. Un reciente estudio de 2010 (aquí) que hace una revisión bibliográfica de la literatura científica sobre el tema (estos estudios de revisión exhaustiva son muy apreciados por el resto de los investigadores, pues te indican dónde y con qué empezar a trabajar; además, la revisión bibliográfica es, sin duda alguna, un auténtico coñazo). De 98.727 artículos sobre el tema, publicados entre 1958 y 2010, no encontraron evidencia significativa alguna de la mejora en la salud de un producto orgánico sobre otro que no lo fuese. Otros estudios podrían ser el de Williams de 2002, o el de Greenbaum que también concluyen lo mismo. OK. De acuerdo. No son más sanos. Pero ¿tienen mayor calidad?. Mmmmm… Parece que tampoco. Según otra revisión bibliográfica exhaustiva de 2009 (aquí), esta vez sobre 52.471 artículos, sólo en 55 de ellos detectaron diferencias significativas. En detalle, parece que los alimentos convencionales tendrían más contenido en nitrógeno, mientras que los orgánicos lo tendrían en fósforo, a la vez que serían más ácidos. Y el sabor no es mejor… O sea, que ese efecto benéfico sería más una pura percepción del consumidor.

No obstante, podemos dejar una puerta abierta a los clientes orgánicos asuman pagar un poco más por esos productos en búsqueda de un supuesto beneficio. Igual que no hay evidencia científica de que los alimentos orgánicos sean más sanos o de mayor calidad, tampoco la hay sobre si el uso de pesticidas, contaminantes y demás técnicas «no naturales» puedan tener efectos a largo plazo en la salud de los consumidores. Porque más del 94% de los alimentos orgánicos no tiene trazas de pesticidas (aquí un estudio de los franceses que señala eso). Además, también estaría claro que las explotaciones ecológicas deterioran mucho menos los suelos y consumen mucha menos energía. Pero la cosa no va de eso. Va de una mayor calidad, y parece que bastaría con una dieta equilibrada mejora la salud tanto como el consumo sistemático de productos naturales. Como planteaba el (famoso) artículo de Trewavas en Nature en 2001 «Urban Myths of Organic Farming» (por el que le dieron bastantes palos) no serían mejores productos, afectarían menos al medio ambiente, y su rendimiento por hectárea sería peor (entre el 5% y el 34% peores). En resumen, los orgánicos van a salir siempre más caros, en coste y precio. Pero no se incluye el beneficio ambiental de no usar componentes químicos.

A la parábola de Malthus sobre la imposibilidad de alimentar a la población exponencial con el rendimiento agrícola lineal la vencieron los fertilizantes nitrogenados sintéticos, como recuerda el gran Vaclav Smil. A principios del siglo XX,  Haber y Bosch fabricaron fertilizantes nitrogenados a partir de aire, metano y vapor. O sea, energía. Con el tractor, con su motor de explosión (más energía) consiguieron liberar hectáreas de cultivo y reducir los autoconsumos (caballos o bueyes van con forraje). Gracias a ello la población mundial aumentó desde 1900 un 400%, las tierras cultivables un 30%, su rendimiento otro 400% y las cosechas un 600%. Hoy ya podemos suministrar hasta 3.000 calorías al día a cada persona del planeta. El problema es su injusta distribución. Y claro ahí surge el dilema: aunque la producción orgánica sea menos rentable y cara, al ser más sostenible, bastaría -sobre el papel- una correcta gestión para poder alimentar el planeta (aquí el paper de Badgley que lo propone). ¿Mayor rendimiento convencional o menor impacto del orgánico? Como en todo buen dilema ambiental, se contraponen una vez más ética, coste e impacto sobre el medio. Y como en todo buen dilema, no hay respuesta.

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La sorprendente eficiencia energética de la gran manzana

Me doy cuenta de que hoy es el día de mi vida que he visto más cosas” dijo Josep Pla -el inmortal escritor catalán- al llegar a Nueva York en 1954. Quizás a todo aquel que llega allí por primera vez le pase algo parecido. Aunque si la primera ciudad que uno descubre en Estados Unidos es Nueva York, puede llegar a pensar que el resto de ciudades del país puedan ser parecidas. Pues no. Nueva York poco tiene que ver con Los Ángeles, San Francisco, Austin, Las Vegas, Cupertino o Poughkeepsie. De hecho, el primer y común error suele ser confundir Manhattan con Nueva York. «The Big Apple» está formada en realidad por cinco barrios incluyendo Manhattan. Los «boroughs» de Nueva York son también Brooklyn, el Bronx, Queens y Staten Island, que se parecen tanto arquitectónica y urbanísticamente a Manhattan como un huevo a una sardina. “Un manojo fantástico de espárragos” dijo Pla que le recordaban los rascacielos del Lower Manhattan. Pues en el resto de boroughs de la ciudad no los encontrará fácilmente.

Pero, además, esta moderna Uruk que es hoy Nueva York es una ciudad singularmente energética entre todas las de Estados Unidos. Tiene uno de los menores consumos eléctricos per cápita del país: unos 6.000 kWh al año. Esa cantidad viene a ser menos de la mitad de la que tienen en Portland o Seattle, y casi la tercera parte de lo que consume un ciudadano en Miami o en Dallas. Y si, en su conjunto, Estados Unidos emite unas 19 toneladas de CO2 per cápita, resulta que en Nueva York se emitió en 2011 cerca de la tercera parte (6,5). Y siendo sólo el 3% de su población sus emisiones son menos del 1% del total. Pero este milagro energético tiene como contrapartida… la polución derivada de esa misma concentración: menores emisiones sí, pero mucho emisor. Se calcula que el 6% de los fallecimientos de la ciudad se deben de forma directa a la polución. Según la EPA americana, Nueva York es la tercera ciudad con mayor riesgo de contraer cáncer debido a la polución, sólo superada por Tippah County en Mississipi y  Boyd County en Kentucky -que vaya a saber usted dónde caen y a qué se dedican allí-.

Este trade off energético y ambiental de la Gran Manzana se fundamenta en un hecho particular: su densidad. La enorme densidad a la que están sometidos sus más de 8 millones de habitantes (más de 6.700 en cada km2) son una gran ventaja energética, pero a la vez una gran desventaja ambiental. Y pensando únicamente en Manhattan resulta que sus 1,6 millones de habitantes se reparten en sus poco más de 59 km2 a razón de… ¡¡¡27.150 por km2!!! Y obviamente una urbe tan densa y compacta obliga a vivir de una determinada forma. Si en Estados Unidos cerca del 95% de sus habitantes van al trabajo en automóvil, en Manhattan son poco más del 18%. Y es que el 77,5% de los habitantes de Manhattan no tiene vehículo propio. (en toda Nueva York serían el 55,7%) ¿Pueden imaginar esto en Madrid o en Buenos Aires? Piense que si en Estados Unidos hay 8 automoviles por cada 10 habitantes, en España son 6, en Argentina 3 y en Brasil 2,5. Y es que esa elevada densidad permite a los manhattanites vivir sin automovil, disponer de apartamentos sin excesivos lujos, no salir a las afueras para comprar en un centro comercial, caminar al trabajo o comprar en el deli de la esquina. Pero, además, Nueva York es la ciudad con mayor esperanza de vida de Estados Unidos. Demasiado ¿no?

¿Están más concienciados en Manhattan? ¿Son más listos? ¿Más ecologistas? A inicios del siglo XIX Nueva York sí era sólo Manhattan. Por entonces, en 1811, se aprobó el plan urbanístico  (el «Plan de los Comisarios») que dividiría la ciudad según una estructura que aún conserva: 11 avenidas recorrerían de norte a sur la isla, que serían atravesadas en ángulos rectos por 155 calles, desde Canal Street a 155th Street (hoy en Harlem). Ese entramado reticular, inspirado en la clásica cuadrícula romana y desarrollado por el ingeniero John Randel Jr., buscaba mejorar la salud pública de la ciudad: “[lay] out Streets… in such a manner as to unite regularity and order with the public convenience and benefit and in particular to promote the health of the City…«. Respetaba la avenida Broadway, que la atravesaba en Diagonal. Pero la propuesta urbanística en cuadrícula olvidó los espacios verdes. Por la presión de los neoyorquinos, se apostó por un gran parque urbano, a similitud en Hyde Park. Era el Central Park: 2,8 km2 de esplanadas, jardines, bosques y lagunas que hoy son el parque más visitado de Estados Unidos. Más que Yellowstone. Pobres Yogi y Bubu. Pero eso es Nueva York: una ciudad con más de una dimensión y donde sus 1.500 manzanas iguales son, en realidad, 1.500 ciudades diferentes, 1.500 culturas diferentes, 1.500 visiones diferentes y una sola ciudad.

Pero si saltamos de la vertiente más arquitéctónica y conceptual a la energética, ahí tiene la respuesta a la eficiencia neoyorquina: es la racional estructura de Manhattan, que la hace habitable y transitable, y su elevada densidad de población las que determinan su ventaja sobre las otras ciudades americanas basadas en un modelo urbanístico diferente: ciudades difusas frente al modelo de ciudad compacta que representa Nueva York. Es con la compacidad cuando la ciudad se convierte en lo que realmente es: un espacio de intercambio, comunicación y contacto. Es un ecosistema. La ciudad difusa no admite esa relación entre sus habitantes y, además, es demasiado cara: en uso del suelo (mucho para poco), en consumo de materiales (para ir y venir) y en deshumanización. Un modelo de crecimiento que es imposible mantener en el tiempo. David Owen, escritor en The New Yorker desde 1991,  publicaba en 2009 «Green Metropolis» uno de los más interesantes libros sobre ecología urbana de los últimos años (confieso que aún no he acabado el último, «The Conundrum«, que paradójicamente es más caro para Kindle que en la edición de bolsillo de papel). Owen resumía las claves de la sostenibilidad en las ciudades con un sencillo: «Living Smaller, Living Closer, and Driving Less«. Porque eso es en esencia o, mejor dicho, debe ser una ciudad. Un lugar muy denso en población, con cercanía de servicios y pensado (o debería ser así) para utilizar el automóvil lo mínimo. Así es también la eficiente, habitable, social y sostenible ciudad compacta.

Dice el gran arquitecto Rem Koolhas, ganador de un premio Pritzker, en su famoso libro «Delirio de Nueva York: un manifiesto retroactivo para Manhattan» algo así como que «La ciudad de Nueva York es en potencia todo lo mejor que había en Europa«. Porque esa es la otra parte de la historia. Por muy eficiente que sea Manhattan o Nueva York, comparada con otras ciudades americanas (la ciudad americana más europea), lo son mucho menos que la mayoría de ciudades europeas, asiáticas o latinoamericanas. Paris, Londres, Copenhaguen, Roma, Madrid, Barcelona, Bruselas, Berlin… pero también Sao Paolo, Yokohama, Buenos Aires, Rio de Janeiro o Seul… o prácticamente todas las ciudades relevantes de Inglaterra tienen menos emisiones que esas 6,5 toneladas/año por habitante en Nueva York. Así que si bien sería cierta esa ventaja estructural de la ciudad compacta europea que insinúa Nueva York (el hardware) le falta el software. Y con ese término hablamos de modos, de cultura, de percepción, de educación ambiental, de hábitos… Y para ello hay que empezar por sentirse parte de la ciudad. Decía el gran y no menos inmortal Frank Sinatra algo así como:

Start spreadin’ the news,
I’m leavin’ today
I want to be a part of it,
New York, New York…

Pues eso. Ya que no cabremos todos en Manhattan, seamos una parte; de Nueva York o de dónde narices estemos.

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Porqué lo llaman «estancamiento» si deben decir «equilibrio»

Sin ser una historia tan emocionante como las de la hacker bisexual neopunk Lisbeth Salander, en marzo se cumplieron 40 años desde la publicación de uno de los libros más importantes del siglo XX. «The Limits to Growth» cambió, a principios de los 70, la visión con entendíamos la relación entre los humanos y los recursos… La cosa empezó cuando el Club de Roma encargó en el verano de 1970 un informe sobre los posibles desequilibrios ecológicos del planeta a un grupo internacional de investigadores dirigido por el matrimonio Meadows (Dennis y Donella) y Jorgen Randers. El Club de Roma es una especie  de think tank fundado por tecnócratas independientes en 1968 (aunque ahora ya hay de todo), y cuya motivación es el estudio de las problemáticas globales. En 1970 el Club emprendió una serie de estudios en el marco del llamado «Project on the Predicament of the Mankind«, en un entorno muy influido por esa nueva conciencia ecológica mundial que surgía de los 60. Pues, en pocas palabras, «The Limits to Growth» preveía un colapso del sistema económico mundial durante el principio del siglo XX. Vendió más de 12 millones de ejemplares, en más de 37 idiomas.

El libro relacionaba los resultados de un modelo matemático informático (el World-3) alimentado con los datos del equipo de Meadows, planteando siete escenarios armados a partir de cinco variables: población, alimentos, industrialización, polución y recursos no renovables. Estas variables estaban relacionadas en el World-3 a partir de 77 ecuaciones diferentes. Los resultados mostraban un colapso global a partir del año 2000, en algún momento a inicios del siglo XXI. Unos años antes, en 1968, Garreth Hardin escribía en la revista ‘Science‘ su famoso «The Tragedy of Commons» donde relataba como un grupo de personas acababa destruyendo (la «tragedy«) un recurso compartido (el «common«) porque todos anteponían sus intereses personales al del conjunto (o sea, el dilema del prisionero relatado once again). Ese mismo 1968 (menudo añito…), Paul Ehrlich escribía «The Population Bomb» donde predecía un colapso debido a la sobrepoblación mundial… antes de 1980. O sea, todo listo para el retorno de Malthus por la puerta grande: en 1880 ya había previsto que el crecimiento exponencial de la población no podría satisfacerse con el lineal de los recursos. Y los Meadows parecían darle la razón…

¿Pero cuáles fueron exactamente las conclusiones de «The Limits to Growth«? Lo cierto es que se trataban muchos elementos. Desde la dificultad que entraña para nuestro cerebro y cultura (lineales) resolver los problemas exponenciales, a la retroalimentación y no linealidad entre crecimiento e industria, o el rol de la tecnología en esta situación (que sería insuficiente), pasando por los requerimientos que debía tener una economía equilibrada. Todas sus conclusiones se podrían concentrar en tres:

– Los limites del crecimiento del planeta se traspasarían en algún momento de los próximos 100 años (o sea antes de 2070). El resultado sería un declive súbito de la población y de la capacidad industrial.

– Sería posible modificar estas tendencias y establecer un escenario de estabilidad ecológica y económica que fuese sostenible en el futuro.

– Cuanto antes se avanzase en este cambio de modelo que conjugase ecología y economía, antes se conseguirían esos resultados positivos.

Porque «The Limits to Growth» no hablaba, en realidad, de los límites del crecimiento económico sino ecológico. En 1972 conceptos como «biocapacidad» o  «huella ecológica», que hoy resultan fundamentales para entender nuestra sociedad, no eran tan conocidos y, en el fondo, fundamentaban la mayoría de sus razonamientos. Así, planteaban el llamado «Estado de equilibrio global» donde la población y el capital se encontrarían estables. Habría un equilibrio entre tasas de mortalidad y natalidad, se aumentaría la eficiencia reduciendo el consumo de materias primas y las emisiones, se apostaría por los servicios a la vez que se priorizaría la producción de alimentos a la de productos industriales, los suelos se protegerían, el reciclado sería una apuesta importante… Recuerde, ¡estamos en 1972! La propuesta del informe del Club de Roma era intentar limitar el crecimiento material, pero no renunciar en ningún caso a la mejora de la civilización. Sin embargo, la cosa no se entendió del todo. 20 años más tarde (y luego 30 años más tarde, en 2002), el mismo equipo de «The Limits to Growth» revisó sus datos, mejoró el modelo, evaluó de nuevo sus escenarios y el diagnóstico… empeoró: «Society has gone into overshoot, … a state of being beyond limits without knowing it.»

Hace un par de semanas, Jorgen Randers -del equipo de Meadows- ha presentando un nuevo y escéptico informe del Club de Roma coordinado por él. El título es «2052: A Global Forecast for the Next Forty Years«. Aquí se da un pasito más porque al estudio genérico del futuro del planeta que eran los «Limits to…» ahora se le ponen nombres y apellidos. Las conclusiones del nuevo estudio (aun no publicado) y relatados en la rueda de prensa por Randers y el Club de Roma (aquí en Youtube) fueron:

– La respuesta de los humanos a la necesidad de adaptarse a las limitaciones del planeta es demasiado lenta.

– El PIB global crecerá a una tasa mucho menor de lo esperada debido a la menor capacidad productiva de las economías «maduras» (o sea, la OCDE).

– Así, las economías dominantes, en especial Estados Unidos, se estancaran. Brasil, Rusia, India, Sudáfrica y los Next-11 progresarán mucho más. China será una «success story» gracias a su capacidad de actuar.

– Habrán 3.000 millones de pobres en 2052, aunque el pico de población mundial -que seguirá creciendo- será en 2042 debido a la caída de la natalidad en las áreas urbanas.

– Los concentraciones de CO2 en la atmósfera continuarán creciendo y causarán un incremento de +2°C en 2052 y  +2.8°C in 2080, realimentando el cambio climático.

O sea que la cosa no pinta bien. «Vivimos de una forma que no puede mantenerse por las futuras generaciones sin un cambio» concluye Jorgens. Cierto. Pero una mayor población en el planeta ha de ir asociado casi de forma obligada a un crecimiento de la economía. De no ser así estamos en un mundo de suma cero: si lo tengo yo, no lo tienes tú. En ese escenario el conflicto es inminente; una amenaza permanente. Pero hemos roto esa dinámica malthusiana mediante la creatividad, la inteligencia colectiva, la disrupción tecnológica,… Nos lo enseñó Esther Boserup hace años. No obstante, ese crecimiento debe plantearse siempre en función de los parámetros y restricciones físicas de nuestro planeta. Esa es la condición principal para la supervivencia (llámela sostenibilidad si quiere) y esa es, precisamente, la que parecemos olvidar una y otra vez. Y el cambio es más mental, que de disponibilidad real de opciones. Se acabará el petróleo y vendrá el sol. Se acabará el plástico y vendrán los biomateriales. Repase la historia de la humanidad: desde la peste negra del siglo XIV nunca nos hemos estancado. Se trata de estar siempre en equilibrio con el planeta, sin romperlo. Siempre bien. Siempre mejor.

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¿Es el medio ambiente un lujo para ricos?

Por más que miro, nada. Y prometo que sigo periódicos, revistas, blogs, informativos de televisión, Twitter… Pero nada. ¿Dónde quedó la preocupación ambiental? ¿Qué pasó con el CO2? ¿la deforestación? ¿La pérdida de biodiversidad? ¿La contaminación de mares y océanos? ¿Desertificación? ¿Tampoco? ¿La sobreexplotación pesquera? ¿Las ballenas? Portada no son, eso seguro. Fukushima sí, pero tampoco mucho debate un año después. En España, el Gobierno de Rajoy decidió suprimir el Ministerio de Medio Ambiente, que creó en 1996, integrando sus competencias en uno de «agricultura, alimentación y medio ambiente«. De hecho, el Gobierno de Zapatero hizo algo parecido, pero al menos lo de «Medio Ambiente» iba al principio. En estos tiempos de crisis económica, el medio ambiente parece batirse en retirada… El Eurobarómetro de 2009 calificaba el cambio climático como el segundo gran problema mundial. En el de diciembre de 2011 ni siquiera aparece (eso en el informe standard; en los específicos sigue siendo una preocupación: la gente no es tonta). En la encuesta del Global Risks 2012 del World Economic Forum la primera preocupación ambiental (el cambio climático) cae al puesto 12…

¿Por qué esa despreocupación? Me viene a la cabeza la llamada «Curva de Kuznets«, pues igual puede explicar esa desidia ambiental. Simon Kuznets fue un chico de Ucrania que en los años 20 emigró a Estados Unidos siguiendo a su padre. Estudió y se doctoró en Columbia (o sea que su padre trabajó como un animal) y, se empezó a interesar por la relación existente entre crecimiento y desarrollo económico. El currículum de Kuznets da vértigo. Dio clases en Harvard, en la John Hopkins y en Wharton, y es -sin duda- uno de los grandes economistas del siglo XX (Nobel de economía en 1971). Es posible que su contribución más conocida sea la llamada «Curva de Kuznets«, si bien esa hipótesis aún mantiene algunas dudas sobre su existencia real. ¿Qué es eso? La Curva de Kuznets -con forma de U invertida- explicaría porqué la desigualdad económica aumenta mientras un país se desarrolla (y aumenta su renta poco a poco), hasta un punto en que el promedio de ingresos alcanza un máximo y entonces esa desigualdad empieza a decrecer. Es decir, la desigualdad es un motor de crecimiento hasta conseguirse un nivel de renta suficiente. En ese punto empieza la redistribución y se reduce la desigualdad. Cool.

Pero en los años 90 se propuso una relectura ambiental de la hipótesis existente detrás la Curva de Kuznets. De existir una relación entre crecimiento económico e impacto sobre el medio ambiente (que parece que sí), si cambiamos «desigualdad» en el eje X por «degradación ambiental» el razonamiento de Kuznets sería también aplicable. Según la hipótesis, nuestro crecimiento entonces sería a costa del medio ambiente (aunque hay quién dice que no), hasta llegar a un punto donde la renta -que ya cubriría lo básico– nos haría ver en los impactos sobre el medio un riesgo; ahí destinaríamos el excedente de renta a compensar la degradación ambiental. En otras palabras, hasta cierto nivel de renta el medio ambiente no sería una prioridad, que sólo lo sería cubiertas otras necesidades. Existen múltiples ejemplos reales que respaldarían la existencia de ese comportamiento acorde con la «Curva de Kuznets Ambiental«. La evolución de las concentraciones de muchos contaminantes en la atmósfera urbana cumple esa regla: aumentan con el desarrollo de renta y, a partir de cierto nivel, empiezan a decrecer.

En el New York Times un artículo de John Tierney, de hace un par de años, calificaba a la curva de Kuznets ambiental como «The richer-is-greener curve«. Algo de eso habría (de momento, inspirarme el título del post…). ¿Es cierto? Aquí un curioso paper que estudia la emisión de polución en automóviles en función de la renta: con mayor renta se conduce más, se tienen mejores coches y se renuevan más a menudo: contaminan menos. Más concretamente, Kuheli Dutt determinaba empíricamente hace unos años que el máximo de la curva de Kuznets ambiental se encontraba en una valor de 27.000 a 30.000 dólares per cápita en el caso del CO2;  a partir de esos valores de PIB empezaría la mejora ambiental. No obstante, Dutt hablaba con ciertas dudas del tema: la mayor renta se correspondía con sistemas políticos más avanzados más que otra cosa; también advertía (ojo, en 2002) que era probable que no se consiguiesen los objetivos de reducción del protocolo de Kyoto (que sólo afectaban a países «ricos»). Otros investigadores van en la misma dirección. También Neumayer relacionaba menor impacto ambiental con mayor democracia. Otra visión en que no todo sería renta sino también gobernanza.

Curva de emisiones de CO2 de los países del G8 entre 1950 y 2004

¿Países con más de 30.000 dólares per cápita en 2011? Pues serían unos 27 según el FMI: Luxemburgo, Qatar, Noruega, Suiza, Los Emiratos, Dinamarca, Australia, Dinamarca, Suecia, Canadá, Holanda, Austria, Finlandia, Singapur, USA, Kuwait, Irlanda, Bélgica, Japón, Francia, Alemania, Islandia, UK,, Nueva Zelanda, Bruneia, Italia, España, Israel y Chipre (en orden). O sea, que no son demasiados. El resto aún estaría creciendo en renta y, por tanto (según el modelo de Dutt) en emisiones. Y entre los que crecen… ¿algo a destacar? valga como dato el caso de China: sólo dispondría de unos 5.200 dólares de renta per cápita… Eso podría justificar los enormes problemas ambientales de China debidos a su rápida industrialización. Cuando se decretó el día sin coches, los chinos se hicieron los suecos. Pensemos ahora en India: 1,350 dólares per cápita y, claro, con graves problemas ambientales, muy similares a los de los chinos con el Kuznets a tope también fruto de su desarrollismo. O sea, que tenemos a la mayoría de países ascendiendo en la curva de Kuznets y empeorando el ambiente. Como la tecnología ha mejorado, la pendiente de los países en crecimiento no es tan bestia como lo fue en los años 60, por ejemplo, pero vivimos aún en un mundo de creciente degradación ambiental.

Pero claro, si la curva funciona en una dirección también lo podría hacer en la contraria. Es decir, al reducirse nuestra renta, la preocupación ambiental se reduciría también y dejaría de ser prioritaria. ¿Estamos en ese momento? Puede. Ausuble y Waggoner no son muy optimistas con la recesión actual. Pero es que las ventas en productos «sostenibles» han caído en los últimos años (en USA, al menos, que es el mercado más «green«, al menos en volumen). Porque la principal barrera para el consumo sostenible es… el precio (los de Ogilvy llaman «High costs of green» en su informe «Mainstream Green»). En España las ONG ambientales pierden fondos y subvenciones. En otras palabras, parece que para mejorar nuestro planeta debemos seguir creciendo, y cuanto más mejor, contra el coste ambiental. Y si dejamos de crecer, resulta que entonces nos olvidamos de que la importancia del medio ambiente. O sea, que en una dirección o en otra, estamos bien apañados. Como dijo aquél: «Sic Transit Gloria Mundi«…

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