La curiosa apuesta de Ehrlich y Simon que nunca más se repitió

El cheque de los 576 dolares de Ehrlich a Simon. Fair Play, amigos, fair play..

Los años 70 dejaban tras de sí una década marcada aún por la «guerra fría», que se convertía en una «guerra caliente» entre norteamericanos y soviéticos en terceros países, ring de sus combates: Vietnam, Camboya, Laos, Tibet, Uganda, Afganistán, Argentina, Chile, Uruguay, El Salvador… Eso antes de entrar en los 80: el neoliberalismo, la oscuridad social en Occidente (el SIDA, las drogas, la destrucción del estado social en USA y UK…) y la amenaza del conflicto global de la «guerra de las galaxias» propuesta por Reagan. Mientras, el comunismo se desintegraba, poco a poco… Además, los 70 le dejaban a los 80 como herencia un elevado pesimismo social y ambiental fruto de la recuperación del peor maltusianismo catastrofista. La publicación por el Club de Roma en 1973 de «The Limits to Growth» y en 1968 de «The Population Bomb» -el best seller de Paul R. Ehrlich– revisitaban el mito de la finalización de los recursos del planeta por parte de una población creciente. Sólo faltaban las ropas llenas de lentejuelas, los hombros exagerados y el cuero barato, además de aquellos pelazos llenos de productos químicos para darles volumen, volumen y volumen, para que todo fuese deprimente al máximo.

En 1980, y bajo ese clima negativo sobre el agotamiento de los recursos y su control, el economista liberal Julian L. Simon y al ecólogo maltusiano Paul Ehrlich cruzaron una curiosa apuesta. Ambos tenían dos visiones claramente contrapuestas. Julian L. Simon era lo que se llama un tecnooptimista cornucopiano. Este profesor de economía de la Universidad de Maryland describía en 1981, en «The Ultimate Resource«, un mundo donde la riqueza, la población y la tecnología permitían un progresivo crecimiento. De hecho, Simon ya la había liado en «Science» en esas fechas al publicar un artículo de inequívoco título «Resources, Population, Environment: An Oversupply of False Bad News«; además de una avalancha de protestas (entre ellas la de Ehrlich), se había quedado a gusto con frases del estilo «por increíble que pueda parecer […] los recursos no son finitos«. Es decir lo opuesto a lo que pensaría cualquier neomaltusiano -como Ehrlich-. Porque éste, un prestigioso entomólogo experto en mariposas de la Universidad de Stanford, entendía que el futuro inmediato sólo podría ser la catástrofe. Según sus cálculos el crecimiento de la población (la «bomba demográfica» de su libro) provocaría entre 1970 y el 1985 la muerte de millones de personas por hambre, y pedía acciones decididas y urgentes para controlar la natalidad.

En el gráfico se ve lo que le pasó a los metales elegidos por Ehrlich. Cuando descontabas la inflación la cosa se iba a la mierda

Así que ambos acordaron una apuesta donde Ehrlich eligiría 5 entre cualquiera de las commodities -cereales, metales, combustibles- de las que, 10 años después verían qué habría pasado con su precio. Sobre un máximo de 1.000 dólares, verificarían la variación del precio y uno pagaría al otro según el alza o la baja. Ehrlich, asesorado por su amigo y colega John P. Holdren (profesor de Harvard y hoy asesor del Presidente Obama en ciencia y tecnología) con el que escribieron el famoso paper sobre la ecuación IPAT, eligió el cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno. Ehrlich estaba convencido de que estas cinco subirían de precio. Simon de lo contrario. Ambos decidieron acatar los resultados y que en 1990 ajustarían sus cuentas (y nunca mejor dicho) por un máximo de 200 dólares por metal, apuesta que se pagaría en efectivo. Firmaron un contrato y no se dejaron de repartir leña por escrito el uno al otro en esos 10 años.

Se acercaba 1990 y la población había crecido en más de 1.800 millones de personas en el mundo desde que Ehrlich publicó su apocalíptico libro en 1968. Igualmente, en esos diez años, las reservas de metales existentes en la Tierra no habían aumentado. Con eso de más demanda e idéntica oferta, Ehrlich se frotaba las manos. Pero llegó octubre de 1990 y, para espanto de uno y carcajadas del otro, TODAS las commodities seleccionadas habían bajado su precio. El descubrimiento de nuevos yacimientos, la finalización del monopolio del níquel canadiense, las mejoras en el proceso productivo, las mejoras en la extracción del cromo, la existencia de sustitutivos de metales más caros como cerámicas, plásticos u otros metales más baratos… entre todas ellas habían ajustado el precio de las cinco selecccionadas descontando la inflación, más o menos como Simon había previsto. Así que Ehrlich le envió a Simon por correo un papel con sus cálculos de variación de precios y adjuntó un talón por valor de 576 dólares y 7 centavos, firmado por su esposa Anne (co-autora del «The Population Bomb«). Aunque la historia se hizo famosa en todas partes (aquí el artículo del NYT de 1990), nunca se vieron las caras.

el GMO commodity index que por fundamentales demuestra el cambio de paradigma

Simon le respondió con una nota dándole las gracias y, canchero, le propuso elevar la apuesta a 20.000 dólares, sobre cualquier otra commodity y para cualquier año futuro. Ehrlich no aceptó la nueva apuesta. «The bet doesn’t mean anything» dijo; «I still think the price of those metals will go up eventually, but that’s a minor point. The resource that worries me the most is the declining capacity of our planet to buffer itself against human impacts«. Para Ehrlich no había ninguna enseñanza para el futuro. Para Simon: «Paul Ehrlich has never been able to learn from past experience«. Toma castaña. Y más canchero aún añadió que cualquier desastre sería una oportunidad. Por ejemplo, en el cambio climático, Simon entendría que la humanidad hallaría la forma de evitar el cambio de clima o de adaptarse a él, con lo cual todos -al final- saldrían ganando: «That sounds like an even better way to make money. I’ll give him heavy odds on that one«. Simon murió en 1998 y Ehrlich no aceptó nunca esa nueva apuesta… lamentablemente para él, pues el precio de las commodities elegidas no dejó de subir desde 1994 hasta hoy. Efectivamente, si Ehrlich hubiese aceptado la apuesta y esperado a 1995, habría ganado desde entonces. Simon no tenía razón, pero sí era un tipo afortunado en el juego ¿no?.

No hay ninguna ley de la naturaleza por la que los precios de los productos básicos (ajustados a la inflación o a lo que sea) bajen inexorablemente. Es cierto que los precios altos durante un tiempo suelen acabar bajando, pues generan sustitutivos. Pero lo mismo podría significarse al revés: los precios bajos generan altos pues la demanda los hace aumentar. Tampoco es así siempre. En realidad, lo que se discutía con esa apuesta infantil era algo más. Era dilucidar dos visiones contrapuestas sobre los límites reales del planeta y el destino de la humanidad. Porque ni los metales ni el petróleo se acabarán; la era del petróleo, o de los metales, acabará, pero no por quedarnos sin ellos. Se trata de saber cómo será esa transición. En estos años veremos los límites económicos de nuestro sistema que, a costes marginales crecientes, se probará contra las enormes volatilidades que vendrán. Como nos recordaba Jeremy Grantham en su comentadísimo “Time to wake up: days of abundant resources and falling prices are over forever“ de julio de 2011. La sobrepoblación y el entorno globalizado han generado una enorme demanda de recursos energéticos y materias primas en general que de momento se soportan por las mejoras tecnológicas asociadas a la producción de alimentos. Se habría producido un cambio de paradigma donde la tendencia de precios a la baja en las materias primas -de todo tipo- habría finalizado. Simon ya pierde. Gana hoy Ehrlich. ¿Para siempre?

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Se acabó Kioto ¿pero hay algo mejor?

Las protestas truchas en Qatar. Un pais donde el despilfarro material es todo un arte

Parafraseando a REM: “It’s the end of CO2 as we know it”. Acabó la cumbre de Doha con más pena que gloria. Es una lástima, pero no se me ocurre una expresión más clara para expresarlo. El calentamiento global y el cambio del clima de la Tierra serán algunas de las peores dificultades, ya no para las no futuras, sino para las inmediatas generaciones. A las actuales parece que les importa un bledo. Porque el acuerdo resultante de la COP 18 de Doha sólo implica y compromete… al 15% de los emisores de gases de efecto invernadero. El cambio climático no es una prioridad para los que van a mandar en el siglo XXI, o sea China, India, Estados Unidos,  Japón, Rusia, Brasil, México, Turquía, Sudáfrica… Los europeos siguen con su apuesta y algunos (pocos) les acompañan, pero lamentablemente, esto parece estar fuera de las agendas políticas (piense en Rio+20). La estrategia hoy es la patada para adelante: ya lo hablaremos en 2015, que entonces sí que irá en serio. Como en las aburridas celebraciones familiares, con esto del clima lo único que queda claro es que el año próximo habrá otra COP igual.

Que no habría acuerdo era el lógico escenario tendencial. Sólo había que ver la evolución de las diecisiete anteriores COP (menos en 1997 y en 2001, cuando se estableció el Protocolo de Kioto). Demasiada complejidad para un tema como este (a largo plazo, no lineal), en un escenario de crisis global, y cuando sobre la cuestión ambiental, en el fondo, aún pesan demasiado las ideologías. El blog del maestro Pedro Linares mencionaba el trabajo del Dr. Richard Tol de la Universidad de Sussex que calculaba la probabilidad de llegar a un acuerdo en la COP 18. El 27 de noviembre Tol establecía que la probabilidad de éxito para conseguir un acuerdo era del 2.3% y que con un 85% de confianza la probabilidad era de menos del 22%. Aunque siempre es divertido jugar con esto de la esperanza matemática el Teorema Central del Límite y la Campana de Gauss, tampoco parecía muy complicado llegar a una conclusión parecida a la del profesor Tol sin recurrir a las matemáticas. Lástima.

El estudio del profesor Tol. The expected probability of negotiation success (solid line), its 95% confidence bound (dashed line) and the annual costs of climate negotiations (triangles)

Para no deprimir del todo a los irreductibles que, al opinar sobre Doha, entienden que «se ha dado un pasito hacia adelante» o que «el acuerdo es débil«, lo cierto es que se prolonga el acuerdo de Kioto aunque -como opina Greenpeace con razón– esto no va a servir para reducir las emisiones. En el mejor de los casos, servirá para no detener la maquinaria administrativa que generó el Protocolo. Porque… ¿Es bueno el mecanismo de Kioto? ¿Ha sido un problema de expectativas? ¿Se trata de fijar los objetivos adecuados? El protocolo definía dos elementos clave: los objetivos de reducción durante 2008-2012 y los «mecanismos flexibles«. Llegado el acuerdo a su final en 2012, en Doha no se llegó a un acuerdo para prorrogar lo primero de forma efectiva (o sea para detener el cambio climático), pero lo segundo sí se mantiene. Y eso no es menor. Porque, en realidad, eso de Kioto era un acuerdo global donde las economías desarrolladas pasaban a «restringir» su actividad implantando propuestas tecnológicas «low carbon» y transfiriendo renta (directa e indirecta) a las economías en desarrollo. Y ahí encalla la situación actual: no hay acuerdo en cómo establecer ese mecanismo de reparto norte-sur.

El sistema de cuotas de emisión negociables cap-and-trade propuesta por el Protocolo de Kioto se inventaba una commodity virtual (las emisiones de CO2) que se podían negociar mediante compraventa de derechos de emisión (los CERs). Mecanismos de mercado para conseguir objetivos ambientales: una idea rompedora. Ver como le iba al CER, en el fondo, era ver como cotizaba Kioto económicamente hablando. El mercado empezó dubitativo y con mucha volatilidad. Al poco, el precio subió a 20 €/CER. La cosa parecía funcionar hasta que por ahí 2009 empezaron a funcionar las reglas de oferta y demanda y el precio se estabilizó en unos 12-13 € por CER. Tuvo un pico en 2011 después de Fukushima, llegando a casi 20 € por CER, pues algunos pensaron que la energía nuclear no sería válido como estrategia de no emisión de CO2. Pero, amigo, la lógica de los mercados es aplastante. Si el sistema no es sólido, no está bien diseñado y no se corrigen adecuadamente sus ineficiencias, la cosa falla. Y falló. En un año cayó un 50% en lo que se llama un bear market. Este diciembre se ha llegado a precios por debajo de 1 € por CER. Y es que bastaba con ver ese mercado para entender que pasaría con Doha.

Evolucion de los precios de los CER durante todo el protocolo de Kyoto. Para abajo siempre

El problema ha sido la creación ineficiente de una commodity virtual incapaz de crear inflación sobre la misma, que era de lo que se trataba. Comprar o vender derechos de CO2 consistía, en realidad, asumir el coste de oportunidad de una multa, por lo que debía generarse demanda de CERs, pero no fue posible. Más bien al contrario. De hecho, el problema consistía en que la UE -que emitía el 15%- asumía prácticamente el 100% del coste. Los Americanos no estaban y en 1997 nadie pensaba que Chinos e Indios serían grandes emisores. Rusia aún daba miedo. Pero el resto de países transaccionaba en el mercado, queriendo vender sus CERs creando deflación (generando más oferta de créditos de offset, pero nunca demanda). Y ese ha sido el gran problema: haber diseñado un mercado ineficiente y asimétrico, donde se emitían derechos de offset sin demanda… ¡porque nadie quería asumirla -y pagarla- excepto los europeos!  Todos se han ido borrando de forma dislmulada… ¡hasta los canadienses! Si a eso le añade la crisis económica y financiera, la caída de demanda industrial, los problemas de deuda soberana en la eurozona… la cosa sólo podía acabar así. Mal.

¿Se puede ser optimista en esto? la EU-ETS (la norma que asumía para los países de la UE los compromisos de Kioto y utilizaba sus mecanismos) ha costado a los europeos durante esos cuatro años el 0.1% del PIB (según la misma UE en 2009), aunque algunas fuentes elevan esa cifra al 1%. Más de 200.000 millones de euros según UBS en septiembre de este año. Eso es una barbaridad en los tiempos que corren. Es imposible que, con esa señal, las economías que crecen asuman ese coste. A los americanos no los van a convencer en la vida, me temo. Pero es que, además, las emisiones globales no se han reducido. A 5 de diciembre de 2012 el valor del CO2 atmosférico era de 392 ppm (en este website se dan los valores medidos en el observatorio hawaiano de Mauna Loa). En 1997 (cuando empezó Kioto) era de poco más de 360 ppm. Así no se pasa la prueba empírica para verificar si el Protocolo ha funcionado. Suspenso. Una buena idea teórica, una cierta euforia colectiva y una mala implementación, en un mal momento y para un problema demasiado importante. Parece que -en esto también- the party is over y que así la cosa no va a funcionar. Aún así, ¿tenemos algo mejor? No. Y ese es el problema.

Puntito

Queridos lectores de este blog: lamentablemente me he pasado un mes sin postear. Mil disculpas. No hay excusas sino explicación: pasé mes y medio en Argentina y Uruguay por trabajo y no sé si ha sido el Malbeq, el bife de chorizo, las dudas sobre si Independiente se va a la B, el jet lag o qué, pero la actividad cayó en picado. Prometo mejorar y, en lo posible, recuperar el tiempo perdido. No se vayan todavía, por favor. Millones de gracias.

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La triple hélice del ecologismo

Los años 60 fueron la década de mayor progreso del siglo XX. 20 años antes los europeos nos matábamos entre nosotros y con todos. 40 años antes, igual. Pero algó nuevo pasó en los 60: la revolución sexual, la emancipación femenina, los lucha por los derechos soaicles y contra el racismo, la canción protesta, las revueltas estudiantiles,… Cambiaban los valores vigentes. Se construía una nueva sociedad occidental. El mundo, eso sí, seguía dividido bajo la influencia de dos superpotencias militares y económicas: la URSS (oriental y comunista) y Estados Unidos (occidental y capitalista). La guerra fría, con conflictos “de menor intensidad», deslocalizados en otros paises, y una intensiva carrera nuclear se prolongaría, por 46 años, hasta 1989 (un día hay que hablar de ese año…). Pero los “happy 60” eran, en realidad, herederos de los 50: los años del desarrollismo en los países democráticos; una expansión económica basada en acceder a materias primas muy baratas (en especial, el petróleo) , resultando el desarrollo de las clases medias occidentales. La época de los baby boomers gringos y europeos. Pues fue precisamente, en ese periodo encajado entre los 60 y 80, cuando se produjo la fundación de los grupos activistas que han resultado clave del ecologismo del siglo XX. Es interesante saber cómo se fundaron para entender porqué hacen lo que hacen, porqué son como son y, sobretodo, qué pueden llegar a ser.

En 1961, en Suiza, el Príncipe holandés Bernardo de Lippe-Biesterfeld era nombrado primer presidente de una organización impulsada por Victor Stolan, Julian Huxley y Max Nichols preocupada por los animales en peligro de extinción. Era la World Wildlife Fund que, en 1986, cambió su nombre por World Wide Fund for Nature, colectivo más conocido por su anagrama WWF y su tierno osito panda… Exactamente 10 años después, en Canadá, un grupo de inquietos jóvenes fundaba Greenpeace. Era un grupo muy diferente a WWF. De entrada, estos nunca admitirían a un príncipe como patrón… Esto era mucho más horizontal, asambleario y… catastrofista. A Greenpeace lo armó el miedo a que los ensayos nucleares de los gringos en Alaska en los 70 generasen una gran ola, un enorme tsumani que destruyese Vancouver… Por eso su primer nombre no fue el de «paz verde», sino “Don’t Make a Wave Commitee”. Eran asamblearios y reaccionarios. Unos sans culottes. Diferentes WWF y Greenpeace, pero con un ADN muy marcado: uno muy cercano al mecenazgo; el otro a la denuncia social. ¿Por cierto, recuerdan quién era el presidente de honor de WWF España hasta hace cuatro días? El Rey Juan Carlos I; bueno, hasta que fue expulsado cuando se le descubrió de joda cazando elefantes en Botswana… Sólo podía ser en WWF. Está en su ADN.

Aunque de ámbito básicamente local, ambos grupos eran marcadamente ideológicos y con vocación global. Algunos han interpretado esa visión trascendente de la ecología como una mezcla de ciencia y espiritualidad que impulsaba de forma justificada a una “causa superior”. Igual es una interpretación muy sesgada, pero en los 60 (al menos en Occidente) se estaba a las puertas de una revolución cultural promovida por una juventud culta. Una juventud dispuesta a romper los esquemas tradicionales de familia y estado,  incrédula con los beneficios de la industrialización que había hecho progresar a sus padres económicamente. Una visión contracultural (la de los hippies, los beatniks, los… )  cercana a la relectura que entonces se hacía del marxismo: un neo-marxismo mucho más flexible que el original, dialéctico y conflictivo también, pero que ni por asomo se acercaba al bondage del “socialismo real” que chinos y soviéticos practicaban entonces. Pero esa lectura sería incompleta si olvidásemos la influencia del pánico a la catástrofe ambiental que confluía en el tiempo con la crisis nuclear. No está de más recordar que en 1962 no nos fuimos todos a tomar por saco por los pelos, cuando entre Kennedy, Krushev y Fidel Castro se pusieron a jugar al “Risk” con todos nosotros. La cosa quedó en tablas entonces, pero nos fue de poco…

Al acabar la segunda guerra mundial, con los americanos con sus fábricas intactas (el Plan Marshall buscaba tanto ayudar a Europa como a conseguir clientes), la industrialización masiva originó varias y graves catástrofes ambientales. Hasta entonces los problemas ambientales eran (en palabras del gran y recientemente fallecido Barry Commoner) “smoke, sewage and soot”. Polución y humo, vaya. Pero en los 70 y 80 la cosa cambió de escala. Desde la fuga en la planta química de Seveso, la contaminación en el Love Canal de NY, el incidente de la central nuclear de Three Mile Island en Harrisburg, que inspiró la película “El síndrome de China”, la terrible fuga de pesticidas en Bhopal (India) con miles de muertos, o a la catástrofe nuclear de Chernobyl en Ucrania, tuvimos por primera vez pánico ambiental global. Pánico que, en Occidente, llevada a pensar en la desigualdad social (la vieja lucha de clases marxista); en un nuevo conflicto entre industria y población; entre capital y proletariado. En ese entorno de lucha, en poco tiempo las espectaculares acciones de denuncia de Greenpeace, se hicieron populares. Colgarse de las torres de refrigeración de las centrales nucleares, bloquear con lanchas a los balleneros, atarse a plataformas petrolíferas… Eran los que mejor se movían en ese terreno, sin duda. Estaba en su ADN.

Pero volvamos a los 70. Sin que ni WWF, ni Greenpeace hubiesen sido muy conocidos y/o efectivos aún, los americanos instituían el 22 de abril de 1970 el primer Dia de la Tierra (Earth Day). En paralelo, en 1972, en Estados Unidos se tramitaban la Clean Air Act y la Clean Water Act destinadas a proteger el medio ambiente. Antes se creó la Environmental Protection Agency (EPA) federa,l a finales de 1970, para monitorizar los impactos sobre el medio ambiente de los negocios y la industria. De forma silenciosa y tremendamente efectiva, un grupo privado, el Environmental Defense Fund (EDF) con el apoyo económico de la Ford Foundation y el asesoramiento de bufetes de abogados expertos, había conseguido llamar la atención de Nixon que era el primer gran ambientalista. Lo logró EDF: el primer lobby ambiental. Fueron el primer grupo ecologista que operaba desde dentro del sistema, reivindicando el rol de un estado regulador. La idea del “control to protect” sería la tercera gran estrategia del ecologismo militante. Sólo la demora o la no efectividad del camino legislativo motivaba al activismo ambiental combativo de grupos como Greenpeace y WWF. Y eso resultaba de la combinación de actuaciones de denuncia (cuanto más llamativas mejor) en el mass media, junto con el apoyo científico.

Así que ya ve de qué manera esta formada esta triple hélice del ecologismo, como la que descubrieron Watson y Crick: mecenazgo, reivindicación y lobby. Y de ahí las bases del activismo ambiental o, si se quiere por extensión, del movimiento ecologista. Bases que, después de 40 años, han gozado de un poder sin precedentes. Es más: incluso han generado una base electoral en las economías más democráticas que se identifica con sus causas. Combinando eso con el disponer de apoyos financieros, tanto de fundaciones filantrópicas, mecenas, empresas o de sus asociados, se explica que este movimiento empezase a influir fuertemente en la sociedad occidental. Era una nueva pieza del puzzle político europeo (en Estados Unidos, menos). Los partidos denominados “verdes” empezaban a ganar escaños en parlamentos, senados, ayuntamientos… Sólo era cuestión de tiempo que la socialdemocracia europea se acercase a sus posicionamientos: por una parte, comerse parte del pastel electoral de la izquierda clásica y, por otra, para parecer más centristas y moderados («los ecosocialistas al extremo: son ex-comunistas«). A excepción de Alemania… ¿Dónde están hoy en día estos movimientos? Está claro que electoralmente bloqueados. No crecen. Su base no se expande. Por otra parte, los compromisos ambientales globales no avanzan. Es un escenario global demasiado complejo. Siendo más necesarios que nunca, es paradójico que sigan sin un espacio político notable, salvo contadas excepciones. ¿Hacia dónde avanza el ecologismo? ¿Debe mutar? ¿Están sus planteamientos agotados? ¿Ha muerto en realidad este ecologismo clásico?

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‘Sandy’ y el cambio climático

Estados Unidos recibía aterrorizado hace unos días al huracán “Sandy”. Más de 110 muertos en la primera economía del mundo, en la misma zona que un año antes recibía al “Irene” (8 muertos entonces). Las inundaciones en calles, túneles y metro, y apagones paralizaron New York y partes de New Jersey, afectando a 24 estados americanos ese fatídico 29 de octubre. Por paralizar, incluso detuvieron las campañas de los entonces candidatos Mitt Romney y Barack Obama (éste ahora ya reelegido presidente). Viendo más allá del primer mundo, el “Sandy” devastó antes medio Caribe: Haití (54 muertos), Guatemala (52 muertos y 20 desaparecidos, coincidiendo con un terremoto), Cuba, Dominicana (2 muertos), Jamaica y Bahamas (aquí por suerte sin víctimas). La propia campaña presidencial (Obama y Romney lo mencionaron sin complejos: el miedo siempre convence) y la prensa en general han insinuado la relación del “Sandy” con el calentamiento global. “It’s the global warming, stupid” titulaba Businessweek, pero ¿realmente hay relación entre este tipo de eventos?

En primer lugar, ¿Por qué fue el “Sandy” tan devastador?
 Por una perogrullada tal como que era un huracán enorme. Una tormenta tropical originada en el cálido Caribe, frente a Venezuela, que a medida que avanzaba hacia el norte iba alimentándose de las anormalmente calientes aguas del Atlántico. Poco a poco, iba aumentando en intensidad de lluvias y tormentas hasta toparse con un frente muy frío proveniente del Canadá y generar una supertormenta huracanada de 1.900 km de diámetro, con vientos de más de 120 km/h, que llegaron a ser de 280 km/h en el centro de la tormenta.  Pero ¿Esto es normal? Relativamente. Lo habitual es que estas tormentas se disipen en el mar; pero, en este caso, un sistema de altas presiones en Groenlandia (o sea, anormalmente caliente) la ha llevado hacia el interior. Así, al colisionar la masa de la tormenta caliente con el sistema frió sobre Estado Unidos, se ha formado una cosa tan extraña como un huracán tropical con alarmas de nieve. Si a eso le sumamos la luna llena (nada que ver con los hombres lobo), que eleva las mareas por encima del promedio, pues ya tiene un escenario extremo.

Buenísimo, pero… ¿eso tiene relación o no con el calentamiento global?
La respuesta está en algún punto entre el “ALGO” y el “BASTANTE”. Es muy difícil establecer relaciones causa-efecto en la meteorología. El clima es un sistema caótico por definición; multivariable, no lineal e interdependiente. Es inexacto aplicar un razonamiento mecanicista de “A implica B”. Aunque, en el fondo, eso daría igual si creemos lo que apunta George Lakoff, el famoso lingüista del “No pienses en un elefante” (¿en qué está pensando ahora? curioso ¿no?). Con el término “causalidad sistémica” explica Lakoff como en ocasiones asociamos elementos que afectan sólo parcialmente a algo como fuesen totalmente responsables de su totalidad. Por ejemplo, cita Lakoff, el tabaco causa el cáncer de pulmón. Bueno, el tabaco y más cosas ¿no? Da igual: el tabaco causa sistémicamente el cáncer de pulmón. Pues para Lakoff con el cambio climático y el «Sandy» ocurre lo mismo. Tiene sentido.

Saliendo de la subjetividad, en climatología tan importante como la magnitud es… la frecuencia. Reformulemos, pues, la pregunta anterior: “¿Habrán más episodios meteorológicos extremos debido al cambio climático?” entonces la respuesta es “SÍ”. Sin duda. En un post anterior (¡de 6 de octubre!) ya se hablaba de esa mayor frecuencia esperable para lo climas calurosos y de su afectación. Decía Andrew Cuomo, gobernador del estado de New York: “We have a 100-year flood every two years now”. Y los estudios parece que le dan la razón. Hace unos meses un equipo de investigadores publicaba en Nature un artículo donde se demostraba que el número de grandes tormentas ha aumentado en frecuencia desde 1923; es más, detectaba que los episodios extremos son unas dos veces más probablse en años más cálidos que en los fríos. Luego piense en este pasado verano de 2012 y el episodio de anormal deshielo Ártico. En principio, esas aguas dulces más cálidas podrían alterar el flujo de la corriente en chorro que rodea el hemisferio norte, aumentando la temperatura del agua del Atlántico Norte.  ¿Tendrá relación ello con el «Irene» y el «Sandy» y las enorme tormentas de invierno que han golpeado el noreste americano en los últimos años?

Porque las aguas atlánticas estaban unos 3ºC por encima de lo esperable, mientras al efecto consolidado del cambio climático sólo se le atribuiría unos 0,6ºC de incremento, pero eso “increases the risk of future enhancements in hurricane activity” (es lo que dice Kevin Trenberth, del NCAR americano en Boulder , Colorado). Está también el esperable aumento del nivel del mar debido al calentamiento global. En un estudio de Nature de febrero, científicos del MIT y de Princeton indicaban que los efectos combinados de este nuevo clima y un aumento de 1 metro en el mar podrían significar que los niveles de hace 100 años de eventos extremos se producen ahora entre cada 3 y 20 años… ¡¡¡para New York!!! O sea que cada 20 años (como poco) deberían esperar un “Sandy”, y eso no quiere decir que el próximo vendrá en 19 años… Encima, la costa noroeste americana está llena de pequeñas bahías, ensenadas, zonas bajas… es muy vulnerable y ¡tiene 500 kilómetros de costa!

¿Se imaginan los costes económicos y ambientales de proteger con diques toda ese área? En Louisiana hicieron algo parecido para contener el crudo del vértido de petróleo de la Deepwater Horizon de BP (no está de más recordar al responsable, por si la próxima vez que reposta gasolina se lo piensa). Pues establecer un dique (horrible) de arena de unos 70 kilómetros costó 360 millones de dólares. El coste es bajo para salvar vidas humanas pero… ¿no los podemos gastar en otra cosa? Porque si le importa un bledo la meteorología, hablemos de dinero. El «Sandy» va a costar más de 50.000 millones de dólares de coste de una catástrofe que… ¡pagaremos todos! En Estados Unidos no hay consorcio general de seguros, por lo esas enormes indemnizaciones las pagarán (a los que estuviesen asegurados) las compañías privadas. Calcule que más o menos la mitad del daño. De ahí, se extenderá ese coste a las primas de seguros del resto del mundo, en un negocio en que los agentes de aseguran y contraseguran. El «Irene» en 2011 causó pérdidas de 6.000 millones de dólares (esas aseguradas, el resto…). En otro post se hablaba de como Munich Re advertía de esto. Hoy por hoy, pocas aseguradoras creen formalmente que el cambio climático genere una prima de riesgo adicional. Pero mucho me temo que en la costa noroeste americana, más de uno, el año que viene contrata un seguro para su casa. Y bien gordo.

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8 euros y 47 céntimos para salvar la biodiversidad del planeta

9 euros es, hoy en día, una cantidad de dinero para poder comer un menú razonable en la mayoría de capitales de provincia de España al mediodía. Un primer plato a base de ensalada o carbohidratos, un segundo decente (incluso con pescado), un postre industrial, pan precongelado y vino peleón -con gaseosa a discreción-; también puede escoger agua, si no quiere dormirse al mediodía. Pues esa misma cantidad es lo que le costaría a usted cada año detener la que parece ya inevitable sexta extinción masiva de especies de la Tierra. Con unos 80.000 millones de dólares, que divididos entre los 7.000 millones de habitantes que habitan el planeta dan esa cantidad de 8,47 euros o 11,42 dólares, parece que se podría detener la pérdida masiva de biodiversidad. O al menos eso es lo que se deduce del estudio publicado en “Science” titulado «Financial costs of meeting global biodiversity conservation targets: current spending and unmet needs» y liderado por Donal McCarthy de BirdLife. De esa cantidad  una pequeña parte (4.000 millones de dólares) iría a “reducing the extinction” de las especies amenazadas y el resto (76.100 millones de dólares de nada) a proteger hábitats en situación crítica. ¿Barato?

Eso de «biodiversidad» suena muy académico desde que lo propuso Walter Rosen en 1986. Así que si, en lugar de eso de “perder biodiversidad”, le cuentan que estamos eliminando masivamente muchas de las especies animales y vegetales que hay en el planeta, es probable que la cosa le empiece a preocupar. Igual piensa que sólo se trata de algunas plantas exóticas y unos pocos bichos raros. En absoluto. De los 7 millones de especies que, más o menos, habitan la Tierra están en peligro… ¡un 12%! y con una tasa de pérdida de unas 150 especies al día. Y eso que la comunidad científica cataloga cada año unas 10.000 nuevas especies -principalmente insectos-, y que parece que quedarían por descubrir hasta 40 millones de nuevas especies, en su mayoría insectos (¡30 repugnantes millones!), bacterias y hongos. Sólo una especie de todas las que habitan la Tierra parece no tener riesgo de desaparecer: los 7 mil millones de humanos, que podrían llegar a ser 9 mil millones en 2050.

Que la Tierra pueda estar cerca de la sexta extinción masiva de especies es algo sobre lo que muchos científicos nos advierten desde hace tiempo. En realidad, nuestro planeta ya habría vivido otras extinciones masivas de especies hace 450, 359, 251, 200 y 2 millones de años que habrían acabado con el 75% de las especies. Tras 3,5 millones de años de evolución y cinco grandes extinciones, cierto es que las especies que habitan la Tierra son duras de pelar, pero igual no tanto… En otro estudio, liderado por Anthony Barnosky, de Berkeley y publicado en “Nature” hace un año, de significativo título como es “Has the Earth’s six mass extinction already arrived?”, se planteaba el hecho de que podríamos estar enfrentando la sexta gran extinción de especies. Esta vez la causa no serían glaciaciones o meteoritos como en las otras, sino… el hombre. De todo ello ya se habló en este post (el mas leído en este blog).

El estudio de McCarthy calcula los costes financieros de conservar la biodiversidad; es decir, de evitar esa sexta extinción masiva. Se presentó en 11ª sesión de la Convención sobre la Diversidad Biológica (CDB) que tuvo lugar en Hyderabad, India, hace un par de semanas. Allí trataban de establecer los compromisos para detener la extinción y preservar la naturaleza para el año 2020, el compromiso internacional establecido en la  la famosa convención de 2002 sobre la biodiversidad. Aunque parece firme y 2011-2020 se declaró la Década de la Biodiversidad, todo esto no parece suficiente. Sigue el goteo de especies extinguidas para siempre. De hecho, en un artículo de «Science» en 2010, donde el investigador Stuart Butchart coordinaba a un grupo de investigadores del IUCN, se determinaba que el ritmo de pérdida de la biodiversidad seguía siendo significativo, sin descender las presiones sobre flora y fauna del planeta. La cosa no anda bien. De hecho, a partir de ese informa, claro y verosímil, se ha armado buena parte del informe ambiental de Naciones Unidad GEO5, que resulta referente periódico del estado ambiental de nuestro planeta.

¿Pero cómo llegan a esas conclusiones monetarias? Bueno, es importante recordar que los dos autores principales provienen, respectivamente, de BirdLife Internacional y la RSPB, y que extrapolaron los resultados del estudio realizado sobre aves para obtener respuestas a cómo conseguir la protección de todas las especies. En cualquier caso, otros autores provienen del PNUMA, de WWF, de las universidades de Princeton y Cambridge y de una docena de organizaciones ambientales más. Hay activismo, sí; pero también hay rigor académico y, claro, el aval de «Science»… No creo que el estudio sea parcial ni infle las cifras. ¿Qué cifras? Para empezar, reducir el riesgo para todas las especies de aves amenazadas hoy costaría entre 880 millones y 1.230 millones de dólares al año durante la próxima década. La “reducción del riesgo» sería mejorar la situación de todas las aves de la «Red List» de Especies Amenazadas de la IUCN (o sea, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). Son aves que hoy se categorizan como «en peligro crítico» que, de mejorar, pasarían a «en peligro» y que, de mejorar, luego pasarían a «vulnerable«. La cosa está muy complicada para los que caen en esa maldita “Red List”…

Desde ahí, y junto con datos sobre los costos necesarios para proteger a otras especies de animales y plantas, estimaron que mejorar la situación de todas las especies conocidas y amenazadas en la actualidad vendría a costar entre 3.410 y 4.760 millones de dólares anuales. La media son unos 4.000 millones. Para la protección de los hábitats, consideraron las «Important Bird Areas«. Se trata de 11.731 espacios terrestres y marinos identificados como importantes para la conservación de la biodiversidad en todo el mundo. Como la gestión eficaz del 28% de esos lugares costaría 7.200 millones al año, extrapolando la protección de los espacios adicionales salen unos 50.600 millones. Todo en dólares. Luego extrapolaron para calcular el coste de proteger todos espacios importantes para el mantenimiento de la biodiversidad. Como el 71% de los espacios necesarios para proteger a todas las demás especies ya están en las áreas importantes para las aves, resulta un total de 76.100 millones de dólares anuales para proteger todos esos espacios naturales realmente importantes del plantea y las especies que dependen de ellos. Ya ve: de las aves al resto.

No son buenos tiempos para pedir dinero. Eso está claro. Los gobiernos de casi todo el planeta están en bancarrota, la banca comercial anda achicharrada por los activos tóxicos inmobiliarios, la banca de inversión -pobrecica mía- ha reducido algunos de sus bonus; los que fabrican no tiene clientes, y los que compran no tienen dinero ni humor. ¿Soluciones? Los que piden más austeridad están congelando la economía mundial; los que piden planes de estímulo quieren resolver la crisis de deuda… con más deuda. La solución de unos y otros es, al final, enchufarle el problema a las generaciones futuras, míseras y endeudadas de por vida y, encima, en un planeta hecho un asco. Gracias a las tres generaciones de gilipollas que han gobernado despilfarrando y han dilapidado el planeta entre siglo XX al XXI. Pero luego estamos los que tenemos la responsabilidad de pensar si vamos a renunciar a un menú al año para evitar la extinción de todas las especies amenazadas del planeta. Bueno, sólo son números, aunque como dice el mismo Donal McCarthy «el total requerido es inferior al 20% por ciento del gasto anual de refrescos en el mundo«. No sé si es mucho o poco, ni como se recaudaría; ¿con un bote como las propinas? ¿con un website? ¿con un gran día de recaudación con pegatinas, como con la lucha contra el cáncer? No sé, pero… ¿no cree que vale la pena renunciar a ese menú? Es triste pedir, pero más triste es perder la biodiversidad. 9 euros. No. Menos.

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